Cómo aplicar la Teoría del iceberg en tu escritura

Probablemente ya hayas oído hablar de la Teoría del iceberg, postulada por Ernest Hemingway en las primeras décadas del pasado siglo. En su obra París era una fiesta, que es en parte una crónica de su formación como escritor, escribió:

Sentado allí en Lipp, seguí pensando y recordé el primer cuento que logré escribir después de la pérdida de mis manuscritos. Fue en Cortina d’Ampezzo, adonde había vuelto a reunirme con Hadley. Después de una temporada de esquí en primavera, interrumpida para ir a hacer un reportaje a Renania y al Rhur. Era un cuento muy sencillo titulado Out of season, en el cual omití el verdadero final, que era que el viejo protagonista se ahorcaba. Lo omití basándome en mi recién estrenada teoría de que uno puede omitir cualquier parte de un relato a condición de saber muy bien lo que uno omite, y de que la parte omitida comunica más fuerza al relato, y le da la sensación de que hay más de lo que se le ha dicho.

Para Hemingway, un texto literario recoge solo una novena parte de la historia narrada, mientras las ocho partes restantes no aparecen explícitamente relatadas. Como si de un iceberg se tratara, el lector solo ve una minúscula parte; solo el escritor conoce la enorme parte sumergida bajo las frías aguas que rodean al iceberg.

Aplicar la Teoría del iceberg implica tener una gran confianza en el lector. Saber que va a ser capaz de comprender toda la historia que subyace entre líneas y tener la seguridad de que el lector completará la obra con inteligencia y acierto.

Como muestra de la Teoría del iceberg sirva este microrrelato que el propio Ernest Hemingway escribió como respuesta a un reto que le proponía contar una historia en tan solo seis palabras:

Se venden. Botitas de bebé. Nuevas.

Seis simples palabras, tres frases, cuentan una historia completa. El texto solo narra que se venden unas botas de bebé. Esa es la punta del iceberg. Por debajo de ella se esconde la tragedia de los padres que compraron esas botas para su hijo, que ha muerto sin llegar a usarlas.

Cómo aplicar la Teoría del iceberg

De modo que en literatura también se puede aplicar el adagio «Menos es más». Pero ¿cómo hacerlo?

Permaneciendo muy atento durante todo el proceso de escritura, para que la historia no medre más allá de ciertos límites. Más o menos como si cultivases un bonsái.

Durante la fase de planificación

Cuando realizas el trabajo previo de planificación de tu novela (o de tu relato, que también hay que planificarlos) debes ceñirte a lo importante. Sopesa qué datos sobre tu personaje, sobre el contexto, sobre la acción son necesarios, primero, para que la propia acción se desarrolle; segundo, para que el lector comprenda lo que sucede.

Cíñete a la historia que quieres contar, no te distraigas demasiado con el antes ni con el después, como tampoco con el dónde.

Aunque siempre encarecemos la importancia del trabajo previo, no es menos cierto que hay escritores a los que se les escapa de las manos. No porque acumules más y más información durante esta fase tu novela será mejor. Basta con que te centres en lo importante: los hechos que acontecen, su orden, la relación causa-efecto entre ellos y las motivaciones y objetivos de los personajes principales.

Por eso te conviene tener un método eficaz de trabajo previo, como el de nuestro Curso de Novela, para trabajar con orden y criterio y saber ceñirte a lo importante.

Hay tres momentos durante la planificación en los que puedes correr el riesgo de extenderte en detalles superfluos, que al final harán que la parte visible del iceberg de tu historia sea del tamaño de Groenlandia y que no exista el subtexto, porque todo ha sido narrado de manera explícita y prolija:

  • Durante la creación del personaje.
  • En la fase de documentación.
  • Durante el worldbuilding, si escribes fantasía o ciencia ficción

1. El personaje

Tú eres un escritor con ciertos conocimientos (para eso nos lees) y sabes que los personajes son una pieza clave en cualquier relato o novela. También sabes que tienes que conocerlos muy bien para después ser capaz de «manejarlos» mientras escribes. Por eso acostumbras a realizar fichas de personaje.

El problema es que a menudo estas fichas no se abordan de manera correcta. Te esmeras en anotar una enorme ristra de datos sobre el personaje sin tener en cuenta que basta con apuntar aquellos que son relevantes para el desarrollo de la historia, y que es más importante hacer hincapié en los aspectos psicológicos y éticos del personaje, en su carácter, que en datos físicos o externos.

Lo que verdaderamente importa de un personaje es su desarrollo, cómo cambia a lo largo de la novela debido a los hechos a los que se enfrenta. Y eso es lo que debe recoger tu ficha.

2. La documentación

La fase de documentación también pone en peligro el escribir aplicando la Teoría del iceberg, porque durante ella se recopilan toneladas de información que luego se meten con calzador en la novela.

Ya que has invertido tanto tiempo en localizar toda esa información, sientes que sería un desperdicio no incluirla en la historia. Así que la incluyes. Sin embargo, además de unas cuantas dosis de infodumpig, lo único que lograrás es sobredimensionar la narración.

De nuevo la mayor parte de tu iceberg estará por encima del agua y poco será lo que se sitúe por debajo de la línea de flotación, formando parte del subtexto de tu historia.

La clave de una documentación eficaz es sencilla: tener claro qué es lo que necesitas saber y limitarte a recopilar esos datos. Por eso lo ideal es abordar esa fase una vez has hecho el trabajo previo y conoces la información que necesitas incluir para que la trama avance y se comprenda.

Cuidado con la documentación, porque es una de las cuatro fuentes de procrastinación del escritor. Descúbrelas todas aquí.

3. El worldbuilding

Para los que escribís fantasía o ciencia ficción, la preparación del worldbuilding también es un momento delicado que puede conducir a que, en lugar de omitir, como proponía Hemingway en su Teoría del iceberg, se añada.

Sucede como con la documentación: cuando te has esmerado tanto en crear el mundo imaginario en que el sucederá la acción no puedes resistirte a acabar incluyéndolo todo en la novela.

Por eso el worldbuilding, como la documentación, debe abordarse después de la fase de trabajo previo. Cuando ya sabes cómo se desarrollará el argumento, sabes también qué contexto debes desarrollar para él. Si en tu novela no se menciona la religión, no tiene sentido que inventes siete dioses con sus respectivos cultos.

Sobre los problemas que plantea un exceso de worldbuilding ya hemos hablado en este otro artículo.

Durante la fase de escritura

Durante la fase de escritura también puedes aplicar la Teoría del iceberg y mantener tu texto escueto. No solo respecto a la historia, cuidando de presentarla de forma sucinta, sino también respecto a las palabras.

Hemingway podría haber escrito: «El bebé había muerto. Los padres, compungidos, pusieron a la venta sus botitas en la sección de anuncios del diario local. No había llegado a estrenarlas». Pero logró contar lo mismo en tan solo seis palabras.

Por tanto mantén tu escritura concisa, precisa, sobria. No te deshagas en palabras. Si puedes usar una frase, no uses dos; si puedes expresarlo con una palabra, no uses más.

Recuerda que no se trata de acumular palabras, sino de reflexionar hasta dar con la palabra exacta, le mot juste, como proponía Gustave Flaubert.

En el manejo del lenguaje se ve la verdadera talla de un escritor.

Durante la fase de revisión

Hemingway, el promotor de la Teoría del iceberg, apuntó en una ocasión que eliminaba la mitad de lo que escribía. ¡La mitad!

Por su parte Stephen King es más comedido y propone reducir el texto en torno a un diez por ciento.

Chéjov no daba cifras, pero su consejo era «¡Cortar, cortar y cortar!».

La fase de revisión es el momento de (entre otras cosas) eliminar todo lo superfluo. Eliminar duele, lo sabemos, pero en el fondo es como limpiar una herida.

Puede haber tramas secundarias que sobren, personajes, diálogos, escenas… En ocasiones será necesario eliminarlos, pero otras veces bastará con resumirlos y sintetizarlos.

Por nuestra experiencia, por lo general es la primera parte de la historia, su planteamiento, la que debe ser podada con más esmero. Por una parte, porque el escritor tiende a dar muchas explicaciones en la creencia de que el lector las necesita para comprender todo lo que va a suceder a continuación.

De nuevo de Stephen King recomienda:

No pierdas el tiempo de tus lectores con explicaciones sobre el trasfondo de la historia, largas introducciones o más largas anécdotas. Reduce el ruido. Reduce los balbuceos.

El otro motivo por el que el planteamiento suele alargarse innecesariamente se debe a que el escritor necesita un tiempo para «entrar» en la historia, hasta hacerse con las riendas. Por eso las primeras páginas son como un tanteo. No es que el lector necesite meterse en la historia, el que lo necesita eres tú.

En una segunda revisión puedes prestar atención al lenguaje para eliminar todas las palabras y frases superfluas. De este modo el mensaje ganará en claridad y cumplirá el objetivo de contar mucho con pocas palabras, como en el microrrelato de las botitas de bebé de Hemingway.

Si quieres saber más sobre cómo afrontar la revisión de una novela, te lo contamos aquí.

En resumen, para aplicar la Teoría del iceberg céntrate en lo importante, ten presente la punta del iceberg. Por supuesto, puedes conocer la mole subacuática, pero no la viertas en el texto.

Recuerda que omitir alguna parte, si sabes lo que omites y por qué, va a reforzar el sentido de la historia.

Y confía en el lector. Él sabrá intuir y comprender todo lo que subyace debajo de tus palabras.

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