Cómo usar el lenguaje para mejorar tu novela

La trama, los personajes, el argumento, los diálogos, las descripciones… Todos ellos son aspectos que deben cuidarse al escribir. Pero hay algo elemental, que forma parte de todos ellos, y a lo que no se suele prestar tanta atención: el lenguaje.

Las palabras son las herramientas del escritor. Sin ellas no existiría el resto. Las palabras son la arcilla que el autor moldea para, con ellas, crear cada parte de una novela o de un relato. Los personajes, las atmósferas, los capítulos… están formados de palabras.

¿Les prestas la debida atención?

Probablemente no.

Si estás empezando en la escritura estarás tratando de aprenderlo todo sobre la estructura, la construcción de personajes o la forma de hacer avanzar la acción para no perder la atención del lector. Todo ello está muy bien, pero también debes prestar atención a la arcilla.

Porque precisamente las palabras que elijas, el uso del lenguaje, contribuirán de manera importante a crear tu estilo. Y tu estilo será lo que te diferencie del resto de escritores y lo que haga que un lector vuelva una y otra vez a ti.

En busca de la palabra exacta

El uso del lenguaje, referido no solo a las palabras, sino a la estructura de las frases y al ritmo de estas dentro de los párrafos es la seña de identidad de los mejores escritores.

Gustave Flaubert estaba obsesionado con le mot juste, la palabra exacta.

¡Qué extraña manía la de pasarse la vida consumiéndose a propósito de palabras y sudando para redondear frases! […] Hoy, por ejemplo, he empleado ocho horas en corregir cinco páginas, y creo que he trabajado muy bien.

James Joyce confesaba a un amigo, mientras escribía Ulises, que había trabajado durante todo un día para escribir tan solo dos frases. Cuando su amigo lo achacó a una búsqueda de le mot juste, Joyce contestó: «No, ya tengo las palabras, lo que estoy buscando es su orden exacto dentro de la frase.»

Julian Barnes en El loro de Flaubert dice al respecto:

La palabra correcta, la frase verdadera, la oración perfecta están siempre «ahí fuera», en algún lugar; la tarea del escritor consiste en localizarlas por cualesquiera medios que estén a su alcance. Para algunos, esto significa solamente una excursión al supermercado, y una vez allí cargar el carrito hasta los topes; para otros, significa perderse en una llanura de Grecia, de noche, durante una nevisca, bajo la lluvia, hasta encontrar lo que buscas gracias a un truco raro, algo así como saber imitar los ladridos de un perro.

¿Y tú?

Si no lo has hecho todavía es hora de que empieces a prestar atención a los ladrillos (palabras y frases) que forman tus textos.

Aquí tienes algunas ideas a la luz de las cuales puedes examinar tus textos y que te ayudarán a usar el lenguaje para mejorar una novela.

Corrección

Todos hemos pasado por el colegio y nos han enseñado las normas de ortografía y gramática. Úsalas. Si no las recuerdas, repásalas.

Un texto con errores ortográficos o fallos gramaticales o de sintaxis señala, no ya a un escritor principiante, sino a un escritor descuidado. Un escritor que no respeta su oficio y, lo que es peor, que no respeta a su lector.

Muchos confiáis en que vuestros textos acabarán en manos de un corrector. Tal vez sea así. Pero debes saber que un gran número de editores descartan originales si contienen faltas de ortografía. Así que si escribes mal te estás cerrando puertas.

Mientras tanto puede que envíes textos a concursos literarios, que los subas a tu blog o que los mandes por correo a algunos amigos para conocer su opinión. Si esos textos contienen faltas tu mensaje será: «Me considero escritor, pero en realidad el oficio no me importa tanto como para dedicar un momento a aprender lo básico. Tampoco me importas tú, a quien le he pedido que lea mi texto, por eso no me he tomado la molestia de revisar el texto y corregirlo. Quiero que me leas, haz el esfuerzo, pero no me pidas que me esfuerce yo.»

Vocabulario extenso

Para encontrar la palabra exacta, esa que trasmite de forma precisa tu idea, necesitas un amplísimo vocabulario.

Para conseguirlo tienes dos opciones: memorizar un diccionario o leer.

La segunda opción resulta mucho más divertida. No solo te permite ampliar tu vocabulario, sino aprender además sobre la marcha ortografía, gramática y sintaxis.

También te permite conocer cómo manejan otros escritores los mimbres de sus obras: personajes, narrador, tensión narrativa, etc.

Ser escritor es ser lector, así que debes hacerle un espacio (grande) a la lectura en tu vida.

Pero no solo basta con leer mucho (qué menos que cincuenta libros al año), también debes hacer lecturas variadas. No cometas el error de encasillarte en el género que escribes, lee de todo: clásicos, contemporáneos, poesía, ensayo… Fuera de tu género puedes encontrar técnicas y recursos inspiradores que usar en tu obra para hacerla única.

Cuidado con el lenguaje ampuloso

Mientras adquieres ese lenguaje extenso que te ayudará a que cada una de tus frases sea una maquinaria perfectamente ajustada, escribe con sencillez.

Escribe como hablas, no uses palabras que no manejas habitualmente en tu día a día. Si estás trabajando en ampliar tu vocabulario verás que también tu lenguaje cotidiano cambia. Pero mientras no lo haga de forma natural, no lo fuerces.

Usar un lenguaje altisonante que no es el tuyo no te convierte en mejor escritor, por el contrario, te señala como un aprendiz.

Leyendo te darás cuenta de que existe una gran diferencia entre un escritor con tablas y un lenguaje rico, como el de Rafael Sánchez Ferlosio en Industrias y andanzas de Alfanhuí; y un escritor novato que cree que cuánto más raras sean las palabras que usa, mejor escribe.

Cuidado con los sinónimos

Por eso mismo, debes tener mucho cuidado con el uso de sinónimos.

Muchos de vosotros trabajáis con el diccionario de sinónimos abierto. Unas veces lo usáis para no repetir una misma palabra, otras para buscar una palabra «más bonita» que hermosee el texto.

El problema es que, si no tienes un buen vocabulario, los sinónimos son un arma de doble filo. Muchas veces elegís una palabra que os gusta, pero que no conocéis porque no forma parte de vuestro lenguaje. El resultado es que esa palabra no significa exactamente lo que pensáis y, en lugar de embellecer, estáis estropeando el texto.

Es una cuestión de matiz. Una palabra puede no significar exactamente lo mismo que otra aunque sean sinónimas. Por eso Flaubert, Joyce y Barnes se afanan en buscar le mote juste, porque no sirve cualquier palabra.

Por tanto, antes de usar una palabra que no forma parte de tu vocabulario habitual, consulta el diccionario de la RAE para asegurarte de que significa lo que crees y que se adapta a lo que quieres expresar como anillo al dedo.

Extensión de las frases

A los autores noveles se les recomienda que escriban con frases cortas.

¿Es que pasa algo con las frases largas? ¿Debemos proscribirlas? En absoluto. Henry James es un excelente ejemplo de cómo las frases largas pueden crear obras inmortales.

Pero sucede como con las palabras que no estás acostumbrado a usar. Si todavía no manejas muy bien gramática y sintaxis corres el riesgo de equivocarte y acabar por escribir frases sin sentido, en las que falla la concordancia y la puntuación es un caos.

Apuesta por la sencillez. Ya irás incrementando la longitud de las frases a medida que avances por la senda de la escritura.

Pero si dominas la gramática y la sintaxis, no te cortes. Dales vuelo y amplitud a tus frases.

Ritmo interno

Si eres un escritor avezado, con tablas, puedes prestar atención al ritmo interno de tus frases y párrafos y a la manera en que este afecta al conjunto del texto.

Para trabajar el ritmo conviene leer (y escribir) poesía con asiduidad.

Presta atención al acento métrico, pues es el que más influye en el factor del ritmo. El acento métrico marca la regularidad de los apoyos en el tiempo. La correspondencia entre acento métrico y acento gramatical influye en el efecto sonoro de la frase. Si acento métrico y acento gramatical coinciden, la frase produce la impresión de robustez; si la coincidencia es menor, la impresión será de flexibilidad y levedad.

De igual manera, las frases cortas imprimen vivacidad al párrafo, mientras que las frases largas lo vuelven moroso. Puedes buscar causar una u otra impresión con el fraseo según el tipo de escena que estés escribiendo.

Otros aspectos a tener en cuenta

Palabras, frases, vocabulario, ritmo… Todavía hay una cuestión más a la que puedes prestar atención: las letras.

(Sí, ese es el nivel de detalle al que descienden los buenos escritores).

Como en un poema, presta atención a la repetición de vocales y consonantes y a los efectos que provoca en el texto.

Fíjate que no se encadenan una serie de palabras en las que predomina una determinada vocal o consonante (por ejemplo: «Acabarás harta de amar, Sara»), porque puede producir un efecto indeseado, volviendo el texto plano y sin relieve.

Pero recuerda que puedes usar ese y otros recursos semejantes de manera premeditada e inteligente. Sinalefas y aliteraciones juegan con la disposición de vocales y consonantes para crear efectos sonoros que refuerzan las ideas que trasmite el texto.

Hay grandes obras donde el lenguaje es su misma esencia, más allá de la trama o del protagonista. Desde el ya mencionado Ulises, de James Joyce; a Paradiso, de Lezama Lima; pasando por A la busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

El uso del lenguaje no es un detalle menor en una novela que aspire a ser buena, ni para un escritor que aspire a considerarse como tal. Así que préstale la atención que se merece.

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