Cuatro formas de mejorar tu estilo de escritura

Todos nuestros artículos tienen el objetivo (otra cosa es que logremos alcanzarlo) de ayudarte a mejorar tu escritura. Hablamos de los personajes, de la trama, del diálogo…, hablamos de los distintos elementos que componen el texto literario y de cómo usarlos para que la obra revele todo su significado. Pero una obra literaria es lenguaje en acción, está compuesta de palabras, frases y párrafos. Por eso hoy vamos a detallarte algunas formas de mejorar el estilo de escritura.

Qué es el estilo

Ya hemos hablado con anterioridad del lenguaje y del estilo —por ejemplo en este artículo y en este otro—, pero lo hemos hecho precisamente desde un punto de vista literario, valorando esos aspectos como elementos constitutivos de la obra en cuanto artefacto artístico. Hoy, sin embargo, queremos centrarnos en su aspecto básico: el de transmitir información de una manera correcta y clara, que resulte comprensible para el lector.

De modo que hoy vamos a hablar de mejorar el estilo de escritura. Pero no tu estilo como autor, sino el estilo que se corrige cuando se contrata una corrección de estilo.

Tu estilo como escritor podría decirse que es como tu huella dactilar de autor. Es la suma de todas esas peculiaridades que nos permiten reconocer y distinguir un fragmento de Bernhard de uno de Baroja o de otro de García Márquez. Basta con leer unas pocas líneas o párrafos para distinguir un registro propio, una manera particular de presentar las ideas, de usar la puntuación o de colocar las palabras.

Pero el estilo es también otra cosa, algo más elemental (aunque también complejo) que reside en cualquier texto y que un autor debe cuidar con mimo. El estilo se refiere a la claridad del texto, a la eficacia con que transmite las ideas que el escritor vuelca en él y permite al lector hacerse una idea exacta y cabal de su significado.

El estilo se refiere por tanto a la ortografía y a la gramática, al correcto uso del vocabulario (no usar una palabra por otra, dar con la palabra apropiada), a la concisión, al orden interno del texto y a la forma en que se dispone en él la información… Es, como si dijéramos, la arcilla de la que está hecha la obra. Si esa arcilla no tiene la necesaria calidad se resentirá la obra entera. No importa lo bien desarrollado que esté tu personaje o lo original que sea tu argumento. Si el texto no está bien escrito a ese nivel elemental, el lector no pasará más allá de la primera página, y un editor o el miembro de un jurado lo descartarán de manera automática.

Pero no te alarmes, mejorar el estilo de escritura es posible. Vamos a repasar algunos puntos en los que el estilo suele flojear para que compruebes si el tuyo también falla por ahí y empieces ya a ponerle remedio.

Ortografía y gramática

Ojalá pudiéramos prescindir de ellas, sabemos que muchos las consideráis áridas y aburridas, pero son básicas. Saber cómo funciona el lenguaje es crucial para usarlo bien.

Las reglas gramaticales no son un conjunto de normas arbitrarias pensadas solo para dificultar la vida de quienes escriben, sino que su objetivo es lograr que el mensaje que transmite el texto sea fácil y correctamente comprendido por el lector. Y estamos seguros de que tú deseas que tu lector comprenda sin problemas la historia que has ideado y escrito para él. Pues cuando, casi siempre por desconocimiento, no sigues esas reglas, estás dificultando que el lector comprenda adecuadamente lo que cuentas. No hay forma más efectiva de dejarlo fuera de la historia.

Estudiar ortografía y gramática de una manera metódica puede resultar poco atractivo, pero por suerte hay multitud de libros de estilo en el mercado que te presentan un repaso rápido, ejemplificado y fácilmente asimilable. Aquí se recopilan algunos.

También tienes disponibles sitios web que te permiten realizar consultas rápidas, para resolver tus dudas sobre la marcha, como los de Fundéu o los de la Real Academia de la Lengua.

Falta de concisión

Además de dominar a la perfección ortografía y gramática hay algunos otros aspectos que es importante cuidar en el texto literario para mejorar el estilo de escritura. Uno de ellos es la concisión.

El buen estilo y la buena literatura no están reñidos con la concisión. Es frecuente la idea de que cuantas más palabras se acumulen y más largas resulten nuestras frases, mejor escribiremos. Nada menos cierto: el lenguaje busca transmitir el máximo de significado con el mínimo de medios y, en realidad, el significado a menudo se pierde o resulta confuso cuando las palabras proliferan de forma descontrolada.

El consejo más sencillo que te podemos dar para que mantengas tu estilo conciso es que no uses dos palabras donde puedas usar una. Es algo que vemos con bastante frecuencia entre los autores que contratan nuestras tutorías de proyectos narrativos: usan dos o tres palabras allí donde es perfectamente posible usar una sola y atentan así contra una de las reglas básicas del lenguaje: la economía.

No escribas «hacer mención», escribe simplemente «mencionar»; no escribas «pudo conseguir», «consiguió» es suficiente; no escribas «sentía que se ahogaba», escribe tan solo «se ahogaba»; no escribas «el método a seguir», basta con «el método». En este estupendo artículo de Relatos Magar encuentras muchas otras formas de trabajar la concisión, con útiles ejemplos.

Recuerda, ser conciso no quiere decir que no seas literario. Del mismo modo que alargar las frases no quiere decir que escribas mejor.

Atención también a las redundancias y repeticiones. Revisa tu texto para comprobar que no repites una misma palabra en frases cercanas. Si lo haces, trata de sustituir alguna de ellas por un sinónimo. Por su parte, la redundancia es la «repetición o uso excesivo de una palabra o concepto». Si consideras que una idea no ha quedado clara para el lector, no te limites a repetirla de nuevo: busca otras maneras de exponerla, sírvete de una metáfora o de un símil.

Revisa también si recurres a pleonasmos. El pleonasmo es el empleo en una oración de palabras innecesarias para que esta tenga sentido completo. Expresiones como «repetir de nuevo» o «volar por los aires» o «lapso de tiempo» son redundantes. Bastaría con «repetir», «volar» o «lapso» porque los términos «de nuevo», «por los aires» o «de tiempo» no son necesarios para que la frase tenga un sentido completo y comprensible: no se puede repetir algo que no se ha dicho antes, ni volar por la tierra o el mar y un lapso es «el tiempo entre dos límites».

Bien es cierto que el pleonasmo es un también una figura literaria usada para enfatizar el sentido de una construcción o embellecerla, como el verso «Temprano madrugó la madrugada», de la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández.

Ambigüedad

Hemos recalcado que un texto literario debe ser, ante todo, claro. El lector debe comprender correctamente su significado. Para mejorar el estilo de escritura debes cerciorarte de que la ambigüedad no intencionada no se cuela en tus textos.

Las frases sin sujeto, o cuyo sujeto no está claro; las frases confusas o incorrectamente construidas; los errores de concordancia; usar la puntuación de forma indebida; descuidar el orden de las frases… todo ello es fuente de ambigüedad en el texto y va a dificultar la lectura. Como ves, manejar con soltura ortografía y gramática es algo imprescindible para un escritor.

Pero la ambigüedad también atañe a la elección de las palabras. Hay palabras cuya indeterminación da lugar a que las frases en las que aparecen no transmitan la idea que pretenden comunicar con claridad y fuerza. Y si hay algo a lo que todo texto literario debe aspirar es a comunicar ideas con claridad y fuerza.

Palabras como «cosa», «tema», «idea» son palabras comodín que, en muchos contextos, carecen de concreción y vuelven la frase en la que se usan ambigua. Algo parecido sucede con aquellas palabras que se refieren a conceptos o sentimientos intangibles (libertad, felicidad, amor) y que pueden despertar ideas diferentes en diferentes lectores; además, por su carácter abstracto, los conceptos que representan pueden pasar por la mente del lector sin desencadenar una respuesta sensorial.

Intenta servirte de palabras concretas que nombran cosas que la gente experimenta con sus sentidos (naranja, gato, calor). Al usar ese tipo de palabras, lograrás que el lector obtenga una imagen de aquello sobre lo que el texto está hablando y, en consecuencia, le resultará más sencillo entender su significado.

Un buen método para volver concretas ideas o reflexiones de cariz abstracto es, nuevamente, servirse de metáforas y símiles. Por ejemplo, para hablar de un concepto abstracto como la libertad puedes servirte de un símil: «Se sentía libre como un pájaro recién escapado de la jaula».

Pero mucho cuidado al construir tus símiles y metáforas, no vayas a caer en el cliché (como acabamos de hacer nosotros con la imagen del pájaro fuera de la jaula). Si usas imágenes gastadas estarás restando fuerza a tu texto, lo estarás convirtiendo en una acumulación de palabras sin relieve. Aquí te compartimos algunas otras reflexiones sobre el cliché.

Las metáforas también pueden ser fuente de ambigüedad si la imagen que crean no es certera. Para que tus metáforas sean efectivas, procura reducirlas a un único elemento bien desarrollado.

Por ejemplo, la siguiente metáfora aúna dos elementos: «Como un murciélago surgido del infierno, el nuevo director del colegio salió de su despacho decidido a resolver la tormenta que se había desatado en un vaso de agua». Por un lado representa al nuevo director del colegio como un murciélago salido del infierno, por otro alude a un conflicto menor refiriéndose a él como una tormenta en un vaso de agua.

Sin embargo, un murciélago tiene poco que ver con una tormenta o un vaso de agua, y eso da lugar a que la imagen que se forma en la mente del lector resulte confusa. Sería mejor: «Como el capitán de un navío, el nuevo director del colegio bogó por la oficina decidido a resolver la tormenta que se había desatado en un vaso de agua». La unión de términos marineros —capitán de navío, bogó, tormenta— forma una imagen clara sin dejar de subrayar la actitud ridícula del nuevo director que, muy consciente de su autoridad, se afana por resolver un pequeño conflicto.

La construcción de buenas metáforas y símiles puede elevar tu estilo de manera sustancial. Inclúyelas en tu escritura.

Pobreza de vocabulario

Para mejorar el estilo de escritura nada mejor que aumentar la riqueza de tu vocabulario. La pobreza léxica puede afectar de manera muy negativa a tu estilo y, de hecho, se relaciona con varios de los elementos que hemos visto hasta ahora.

En cierta medida, es para suplir la falta de léxico por lo que se alargan las frases de manera innecesaria, así «parece» que se escribe mejor (aunque no es cierto). Cuando no se dispone de vocabulario suficiente también es común escribir de manera ambigua, simplemente porque no se es capaz de dar con la palabra certera, la que encaja a la perfección con el sentido del texto. Y se suele incurrir en repeticiones de palabras porque sencillamente no se dispone de otras.

Pero la pobreza de vocabulario perjudica de otras formas al estilo. Una de ellas es usar palabras que no tienen el sentido que les atribuimos, algo que sucede a menudo cuando se usan sinónimos. Aunque sinónimas, entre dos palabras pueden existir diferencias de matiz que hacen que su sentido varíe.

Por ejemplo, «tiempo» y «clima» no son sinónimos, aunque a menudo se usan como tal. El tiempo es el estado atmosférico en un momento concreto; por ejemplo, «estos días hace buen tiempo». Mientras que el clima es el conjunto de condiciones atmosféricas que caracterizan una región. Por ejemplo: «en el clima asturiano los otoños son lluviosos».

Si vas a usar como sinónimo una palabra que no usas habitualmente y cuyo significado exacto desconoces, búscala primero en el diccionario para cerciorarte de que significa lo que crees. Aunque este consejo es válido siempre: si vas a usar una palabra que no forma parte de tu vocabulario habitual o sobre la que tengas dudas, comprueba primero su significado.

Disponer de un vocabulario amplio es imprescindible para un escritor. Aquí te damos algunas ideas para mejorar tu vocabulario.

Pero ya adivinas cuál es nuestra recomendación principal: lee mucho. Es la manera no solo más divertida, sino también más eficaz, de interiorizar las reglas de ortografía y gramática, de ampliar tu vocabulario y de afinar tu estilo y tu instinto narrativo. Eso sí, es importante leer libros que estén bien escritos y que hayan pasado la preceptiva corrección ortotipográfica y de estilo. Si lees libros en ediciones descuidadas lo más probable es no solo que no aprendas, sino que puedas adquirir nuevos vicios.

¿Te ocupas del lenguaje como material básico de tus historias? ¿Qué tal llevas lo de la ortografía y la gramática?, ¿crees que a tus textos les falta concisión o pecan de ambigüedad?, ¿y qué tal anda tu vocabulario? En los comentarios hay lugar para tus reflexiones.

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  • Buenas tardes. Gracias por el mensaje y las aclaraciones. Mi punto de vista es que el oficio de escritor se va aprendiendo con el tiempo, con mucho escribir y mucho leer a los buenos autores. Pero, tal como se explica aquí, los buenos autores no siempre tienen éxito en la venta de sus libros, así que hay que completar sus lecturas con algo más y, aun así, sigue haciendo falta mucha suerte para dar el el clavo varias veces al año.

    En la Universidad, estudiamos una carrera de letras (Filología Hispánica) y luego nos quedamos con un cerro de libros y otro de apuntes, pero no basta con haber aprendido a escribir con perfección: hay que tener suerte, escribir mucho, leer mucho y corregirse uno mismo también mucho.

    Les quedo muy agradecido por sus consejos.

    Cordiales saludos a todos.
    Juan A. Rubio

  • Muy interesante, consejos muy valioso para nuestra preparación en el desarrollo de la escritura y el pensamiento. Gracias

  • ¡Me encantan sus consejos! Creo que mis textos tienen ambigüedad de sobra, por lo que hice algunas notas para revisarlas siempre que pueda y acabar con ello. También creo que a mis historias les hace falta vocabulario, por lo que muchas veces no estoy satisfecha con el resultado. Creo que este artículo me ayudará bastante para dar al clavo a mis errores, ¡muchísimas gracias! Seguiré revisando más de sus artículos.

  • Muchas gracias por vuestros artículos, sois para mí como un oasis donde refugiarme cuando los temores y las dudas me invaden cuando intento escribir un texto.

  • Muy buen artículo, Muchas Gracias !
    Un Comentario: En el último renglón del párrafo correspondiente a «Falta de concisión» la Elegía de Ramón Sijé fué escrita Miguel Hernández.

  • Muy interesante este artículo, me siento identificada en muchos puntos y estoy de acuerdo en todo. Muchas gracias por ese gran trabajo.

  • Son unos genios. Admiro profundamente este sitio, es maravilloso. Gracias desde Argentina.

  • Estaba leyendo «consejos» hasta que me topé con esta definición: «obra en cuanto artefacto artístico». Aprovecho para trasladarles la definición de la RAE para artefacto, en todas sus acepciones: 1. m. Objeto, especialmente una máquina o un aparato, construido con una cierta técnica para un determinado fin. Un artefacto electrónico. Un artefacto volador.

    2. m. despect. Máquina, mueble o, en general, cualquier objeto de cierto tamaño.

    3. m. Carga explosiva; p. ej., una mina, un petardo, una granada, etc.

    4. m. En un estudio o en un experimento, factor que perturba la correcta interpretación del resultado.
    No me atrevo a sugerirles textos ni técnicas de escritura, lo que sí haré es relativizar la calidad de vuestros envíos debido a los reiterados errores en los que cae. Atte.
    RB

    • Hola, Raúl:

      Gracias por tu apunte. Términos como «artefacto artístico» o «artefacto literario» son de uso muy común en críticos y estudiosos de la literatura. Lamentamos si nos hemos puesto un poco técnicos, usando términos poco habituales en blogs divulgativos.

      Saludos.

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