Cómo el escritor crea a su lector

El escritor es el autor de todo lo que sucede en su obra: los personajes, el conflicto, los escenarios y las atmósferas, cada acción y cada diálogo. Pero ¿y si te dijéramos que el escritor también crea a su lector?

Sabemos que la relación con el lector preocupa siempre al escritor: ¿cómo persuadirle para que elija mi obra?, ¿cómo lograr que vuelva página tras página?, ¿cómo «atraparle» y mantener su interés? ¿Cómo conseguir que capte todos los matices del tema y el conflicto?, ¿cómo recibirá y completará el texto?, ¿lo hará tal como yo imaginaba?

Esa preocupación es perfectamente normal, pero recordar que tú también creas a tu escritor puede ayudarte a quitar presión de encima de tus hombros, a darte mayor flexibilidad a la hora de crear (sin sentir que tienes que obedecer los dictados de un lector tirano) y a afrontar la escritura con una mayor libertad.

Cómo el escritor crea a su lector

En su ensayo La búsqueda de interlocutor, Carmen Martín Gaite se refiere a esa creación del lector por parte del autor.

Martín Gaite alude primero a la narración oral, que, precisamente, no se puede dar si no existe la figura del oyente. Para evitar esa adversidad, el escritor debe «inventar ese interlocutor que no ha aparecido, y, de hecho, […] inventar con las palabras que dice, y del mismo golpe, los oídos que tendrían que oírlas». Para la escritora, esa creación simultánea del texto y su lector «es el prodigio más serio que [el autor] lleva a cabo cuando se pone a escribir».

El lector es, por tanto, una presencia exterior al texto, pero que surge de manera paralela a este. Al elegir el tema, los personajes, la trama e incluso (tal vez especialmente) el lenguaje, el escritor se dirige a este tipo de lector, pero no a aquel. Se dirige al lector que gusta de este tipo de temas, este tipo de personajes, este tipo de trama y de lenguaje. Y deja fuera al lector al que esos temas, personajes, trama y lenguaje no le agradan o le dejan indiferente. Así crea el escritor a su lector.

El peligro de crear al lector equivocado

Entonces, parece claro que desde el primer momento el autor se dirige a su lector. Pero eso puede implicar cierto peligro si el que crea el autor es el lector equivocado. A fin de cuentas, como apunta Constantino Bértolo al comentar el ensayo de Carmen Martín Gaite en su libro ¿Quiénes somos?: «La estatura del interlocutor interviene en la estatura del texto».

Si escribes para un lector espantadizo, que a la mínima ocasión va a abandonar tu libro para correr a sumergirse en su feed de Instagram, el cual considera mucho más ameno y gratificante, tu obra estará a la altura de ese lector, porque te creerás en la obligación de prescindir de ciertos recursos o usar ciertos otros para asegurarte de que capturas su atención y lo mantienes con la mirada fija en la página. Eludirás ciertos argumentos, pues te parecerá que no le van a resultar atractivos; prescindirás de las descripciones, que tanto pueden aportar a una obra, porque ese tipo de lector las encuentra aburridas; achatarás los momentos de reflexión y resolución, porque no contienen la suficiente acción; buscarás la sorpresa a toda costa y el final inesperado…

En resumen, coartarás tu obra para que coincida con el gusto de un lector que, en realidad, parece serlo solo de nombre, ya que en apariencia los libros y la lectura le interesan muy poco y siempre está dispuesto a abandonar una obra sin la más mínima vacilación.

Crea al lector utópico

Puesto que el escritor crea al lector, puesto que eres tú como autor el que decides quién y cómo será, ¿por qué no crear un lector más amable, más benévolo, más respetuoso contigo y con tu obra? En definitiva, un lector «de mayor altura».

Carmen Martín Gaite señala que «Se escribe y siempre se ha escrito […] al encuentro de un oyente utópico».

Me refiero al momento en que [el escritor] elige deliberadamente coger la pluma, que es el único momento que importa. […] En ese momento de romper a escribir que, por mucho que se haya desatendido, es el que cuenta, lo que en cambio no cuenta para nada es el público real que un día va a leer lo que quede dicho.

Tal vez el problema es que el escritor, en el momento de romper a escribir (el único que importa) piensa demasiado en un lector real. Y, guiado por ideas brotadas de no se sabe qué ignoto lugar, considera que ese lector real no tiene a priori ningún interés en su obra y que, cuando abre el libro y lee la primera línea, debe aprovechar para agarrarlo fuerte del cuello y ya no aflojar la presa hasta el último párrafo. Ese lector real resulta un lector voluble y un poco infantil, al que hay que engañar con añagazas y mantenerlo contento para evitar que siga su verdadero impulso, que es abandonar el libro en cuanto tiene ocasión.

Más que un lector, parece un rehén. Alguien obligado por el escritor a hacer algo —leer— que en realidad no quiere hacer. Alguien tentado de continuo por actividades mucho más placenteras (series, películas, redes sociales, terrazas de bar) que la lectura.

¿De verdad quieres escribir para alguien así? ¿Puede ser ese tu «lector utópico»?

Tal vez ha llegado el momento de redefinir al lector y dejar de considerarlo un ser con muy poco interés en el libro que tiene entre manos y deseoso de abandonarlo para dedicarse a otras cosas más atractivas.

Como tú no puedes vivir sin escribir, hay quienes no pueden —no podemos— vivir sin leer. Escribe para ellos.

Esos lectores no esperan un gancho en la primera página, ni acción y sorpresas continuas. Saben valorar el efecto de una descripción o de un largo pasaje narrativo, porque son lectores solventes que comprenden todo lo que el uso de diversos recursos aporta a la narración. Esos lectores confían en el autor y en su oficio y le dan margen para que desarrolle su historia con tranquilidad y los seduzca página a página.

Sobra decir, pero tal vez es necesario apuntarlo, que ese lector espera de ti una buena obra. A pesar de la confianza que te entrega es precisamente un lector muy exigente y desea que tú hagas alarde de toda tu pericia narrativa. No creas que este es un lector complaciente solo porque no espera que cada página traiga un punto de giro.

Piensa en qué cualidades podría tener tu lector utópico, imagínalo como un lector amable y entregado en lugar de como lo que en realidad parece ser a todas luces un no lector. Si necesitas ayuda, revisa este artículo en el que repasamos las que, según Vladimir Nabokov, son las cuatro características de un buen lector.

Y después, con ese lector amable y entregado en mente, ese lector que goza de la paciencia y atención suficiente para seguir tu obra sin estar predispuesto a abandonarla a cada vuelta de página, escribe para él. Escribe solo para tu lector utópico.

John Steinbeck recomendaba:

Es muy normal que cuando escribes para que te publiquen cualquier libro te pongas rígido, como cuando te van a hacer una fotografía. La manera más sencilla de superar esa rigidez es escribir para alguien, al menos eso es lo que hago yo. Así, lo que escribes pasa a ser como una carta dirigida a una persona, y cuando eliminas el vago terror de dirigirte al vasto y anónimo público descubres que eso te da una sensación de libertad y desaparece la vergüenza.

Confiamos en que este artículo de hoy te invite a reflexionar sobre quién puede ser de verdad tu lector y sobre sus atributos. Y que de esa reflexión surja para ti un mayor sentimiento de libertad a la hora de escribir y crear, sin tener que sentirte esclavo de los gustos de un lector hurañamente esquivo. Los buenos lectores no son así. Y seguro que tú deseas escribir para buenos lectores.

Nos gustará de verdad que compartas el fruto de tus reflexiones y de tus experiencias aquí debajo, en los comentarios. De ellas aprendemos todos.

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11 COMENTARIOS


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  • Muchas Gracias por este artículo, por la dedicación que imparten a quienes deseamos compartir nuestras ideas a través de la escritura, sus consejos me han ayudado y este en particular se que así lo hará, seguiré atento a vuestro contenido.

  • Muy buena entrada! Coincido en que no lo tenemos muy presente y deberíamos. A esta altura ya está “algo” presente en mí, sobre todo presionándome a mejorar cada día.

  • Gracias por este muy buen artículo, volveré seguramente a leerlo una y otra vez. Hace un par de años escribí un cuento y se los di a mis amigos para saber su opinión. No todos los leyeron. Dos me escribieron al día siguiente, lo habían leído al volver del trabajo. El marido de una amiga (que todavía no lo miró) me pidió que se lo pasara y me contó que se había tentado de leer los diálogos en voz alta. Una esperó a terminar una monografía y otra, a tener una mañana tranquila para sentarse a tomar el té a solas con mis cuatro páginas y “darle el tiempo que se merece”. En ellos cinco pienso cuando escribo, porque hacen que me esfuerce en ser mejor, en que se merezca mi escritura el tiempo de ese almuerzo, de ese descanso y su atención. Y también pienso en que quizás alguna vez mis historias sean leídas por alguien que tenga algo en común con mis personajes. Yo deseo que ese lector en particular sienta que al personaje se lo trata con respeto y se lo representa con verosimilitud, y eso trato de tener en mente también al escribir.

  • Me aportan y me ayudan vuestras exposiciones. En mi segunda novela, os tomé en cuenta y todo fluye mejor, sintiéndome más cómoda y nada preocupada a la hora de escribir. Muchas gracias

  • Estoy bastante de acuerdo con este artículo. Aunque admito que yo jamás me he parado a pensar en un lector imaginado. Para mí, y tal vez esté equivocado, lo fundamental es que lo escrito me guste. Si disfruto mientras escribo, supongo que el resultado final tendrá sus lectores acérrimos.

  • La recomendación de Jhon Steinbeck ha resultado muy reveladora para mi, me siento como liberado de una camisa de fuerza, es significativo saber que escribes para una persona que tu mismo has creado, obviamente, a partir de un contexto muy particular.

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