Cualidades de una buena novela: el narrador

Continuamos con la serie de artículos dedicados a las cualidades de una buena novela. Dichas cualidades son las que el escritor William Somerset Maugham enumera en su recomendable ensayo Diez grandes novelas y sus autores, y juntos hemos hecho ya un repaso por algunas de ellas:

Hoy nos dedicaremos al narrador.

En realidad, más que de cualidades, podríamos hablar de aspectos esenciales, elementos a los que se debería prestar atención cuando se escribe una novela. Pero se hace necesario aclarar que Maugham no habla específicamente del narrador cuando en el arte de la ficción con el que inaugura el libro repasa esas «cualidades». Sin embargo, a lo largo de su ensayo dedica varias reflexiones a este elemento tan fundamental en cualquier texto literario, y por eso las traemos aquí, para que iluminen nuestra comprensión sobre el narrador.

El narrador

El narrador es la voz que cuenta, una herramienta al servicio del escritor, quien la usa para transmitir y articular la historia.

La elección del narrador es una decisión importante cuando se planea una obra. Elegir uno u otro puede cambiar por completo la fisionomía de una novela (en conjunción con el tono, el punto de vista y el estilo). Por eso, antes de comenzar a escribir una novela, todo escritor debería responder a la siguiente pregunta: ¿quién cuenta la historia, y desde dónde?

Responder a esta pregunta entronca directamente con el tono, como es lógico, pero va mucho más allá, puesto que determina qué información se contará, cuál debe reservarse y, si es el caso, cuándo se revelará aquello que el narrador se ha reservado; además de valorar qué efectos de verosimilitud —o de ironía— pueden construirse en el texto.

En su ensayo, Maugham se detiene a desgranar tres de las opciones de las que dispone el escritor: narrador omnisciente, narrador en primera persona y narrador en primera persona testigo. No son las únicas opciones —hay numerosas gradaciones, el tema del narrador es asaz complejo—, pero sí son quizá las principales. Repasemos las tres opciones que desarrolla Maugham para entender no solo sus virtudes, sino también el precio que cada una de ellas le cobra al escritor.

Narrador omnisciente

Maugham se ocupa en primer lugar del narrador omnisciente:

Se puede redactar una novela desde el punto de vista de la omnisciencia. En este último, el autor puede contarnos todo lo que estime necesario para que los lectores sigamos su narración y entendamos a sus personajes. Puede describir sus emociones y motivos desde dentro. Si uno de ellos cruza la calle, el autor puede decirnos por qué lo hace y qué consecuencias tendrá esa acción.

La omnisciencia recibe a menudo el nombre de «el punto de vista de Dios». El novelista que la elige concede a su narrador un privilegio divino: puede entrar y salir de la conciencia de cualquier personaje y explicar motivaciones que ni los propios personajes sabrían articular. Como dijimos al hablar del personaje en esta misma serie, exponer motivaciones, pensamientos y emociones es fundamental para construir personajes y, por supuesto, para construir novelas bien tramadas. El mundo interior del personaje debe quedar reflejado, y puesto que el narrador omnisciente tiene la facultad de entrar en él, es una herramienta muy útil para esa finalidad.

El narrador omnisciente puede, además, anticipar —o diferir a voluntad— las consecuencias de cada gesto. Si, como dice Maugham, un personaje cruza la calle, el autor omnisciente no está limitado a describir ese acto desde fuera; puede decirnos por qué lo hace, qué anhelo o qué temor lo empuja —o qué decisión inconsciente o banal—, y qué le deparará haber cruzado la calle dos capítulos más adelante.

Maugham añade, sobre este narrador:

Puesto que la mayoría de las novelas se han escrito desde el punto de vista de la omnisciencia, cabe suponer que en general los novelistas han pensado que es la forma más satisfactoria de vencer sus dificultades.

Quizá es arriesgado afirmar que la mayoría de las novelas se han escrito usando un narrador omnisciente (aunque sea atrevido hacer este tipo de puntualizaciones cuando la afirmación la hace un escritor de la talla de Maugham). Pero lo que sí es seguro es que muchos novelistas, de manera más o menos consciente, han considerado la omnisciencia de su narrador una solución viable para sortear las dificultades técnicas que la escritura presenta. Y es comprensible: la omnisciencia resuelve de un plumazo el problema de cómo transmitir información que ningún personaje individual —como un narrador en primera persona— podría poseer.

Pero la versatilidad del narrador omnisciente tiene su lado oscuro. La omnisciencia es una herramienta versátil, pero también es sencillo que el escritor, engañado por su aparente facilidad de manejo, la emplee con torpeza.

Cuando se usa el narrador en tercera persona omnisciente hay que cuidarse de no permitir que la tensión dramática se diluya. Puesto que el narrador lo sabe todo, podría dar toda la información según se va desovillando la historia. Esto, sin embargo, daría al traste con cualquier efecto de anticipación o incertidumbre: cuando se le han dado al lector ciertos indicios que le permiten conjeturar por dónde pueden desarrollarse los acontecimientos, pero no tiene la certeza y debe seguir leyendo para comprobar si su hipótesis es acertada.

Si al escribir tu novela te decantas por un narrador omnisciente debes prestar especial atención a la dosificación de la información y al manejo del tiempo.

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Narrador en primera persona

La segunda posibilidad apuntada por Maugham es el narrador en primera persona. Es decir, el narrador que es, a la vez, el protagonista de la historia.

El narrador en primera cuenta, desde el punto de vista del «yo», los hechos que le acontecen. Pero eso implica que el narrador pierde la omnisciencia: ya no lo sabe todo sobre la historia que narra; o, mejor dicho, solo sabe lo que le atañe a él, por lo que cuando narra hechos que afectan a terceras personas solo puede contar lo que otros le han referido o hacer suposiciones. De este modo, pierde parte de su fiabilidad. Tienes ya un artículo sobre estas cuestiones del narrador en primera.

Maugham dice sobre él:

Cuando el narrador es al mismo tiempo el protagonista, como sucede en David Copperfield, no puede decir que es apuesto y atractivo sin que ello resulte inconveniente; puede parecer jactancioso cuando relata sus hazañas y estúpido cuando no ve algo que es obvio para el lector, por ejemplo, que la heroína lo ama.

El ejemplo del narrador protagonista de la novela David Copperfield, que Maugham propone, resulta elocuente porque ilustra un problema característico de este narrador: no puede, sin incomodar al lector, describirse a sí mismo como apuesto, brillante o admirable. Cuando lo hace, el efecto no es de autoridad sino de vanidad; el relato de sus propios logros, contado en primera persona, corre el riesgo constante de sonar jactancioso.

Y hay un segundo problema, quizá más interesante todavía: el narrador en primera persona puede parecer torpe o corto de entendederas cuando no se da cuenta de algo que resulta evidente para el lector (como que la heroína lo ama, cosa que el lector descubre páginas antes que él).

Sin embargo, esos problemas que aduce Maugham pueden ser sorteados. Es perfectamente posible hacer que el narrador se describa a sí mismo y hable de sus logros de manera que no resulte jactancioso o fatuo. Miles de novelas escritas en primera persona lo demuestran, como, de hecho, David Copperfield.

En cuanto a la asimetría entre lo que sabe el narrador y lo que sabe el lector (por ejemplo, que la heroína lo ama) puede ser, en realidad, un recurso interesante: genera ironía dramática, que es la que se produce cuando el lector tiene más información acerca de los hechos que el personaje. Además, espolea en el lector el deseo de descubrir en qué momento el narrador-protagonista descubrirá por fin el hecho, cómo reaccionará y qué pasará entonces.

Narrador testigo

Por último, el narrador testigo es también un narrador en primera persona que narra desde el «yo». Pero él no es el protagonista de los acontecimientos, sino solo un testigo. Alguien que ha presenciado los hechos, participando en ellos de manera más o menos indirecta.

Es el tipo de narrador, por ejemplo, de El último siglo después de Beatrice, del escritor Amin Maalouf, cuyo narrador dice:

De los acontecimientos que consigno en estas páginas yo sólo fui un testigo entre otros, más cercano a ellos que la muchedumbre de espectadores, pero igualmente impotente. Ya sé que mi nombre ha sido mencionado en los libros…

Maugham dice sobre el narrador testigo:

Es como el coro en una tragedia griega, reflexiona sobre las circunstancias de las que es testigo; puede lamentarse, puede aconsejar, pero no tiene poder para influir en el curso de los acontecimientos.

La comparación del narrador testigo con el coro de una tragedia griega es acertada. Como el coro, este narrador observa los acontecimientos desde un margen relativamente aparte; puede comentar, lamentarse, incluso aconsejar a los personajes que sí protagonizan la acción, pero carece de poder real para alterar el curso de los hechos.

La función de este narrador personaje no es actuar, sino iluminar, ofrecer perspectiva, matiz moral, distancia. Es la voz que permite al escritor (y al lector) tomar cierta distancia crítica sin perder el elemento emocional de lo que ocurre porque el narrador-testigo —a diferencia del narrador omnisciente y como el narrador-protagonista— tiene sus propias limitaciones de conocimiento y sus propios sesgos; lo cual acerca más su narración a la experiencia real de comprender a otra persona, algo que nunca se logra del todo porque nuestra visión es siempre desde afuera.

Decisión autorial

Como hemos visto al repasar estos tres tipos de narradores de la mano de W. Somerset Maugham, cada uno de ellos tiene ciertas ventajas que resuelven determinados problemas técnicos: ofrecen diferentes grados de conocimiento sobre la historia, distintos grados de cercanía o autoridad…, pero a cambio se sacrifican ciertos aspectos, que varían según cada narrador. Así, el narrador omnisciente tiene un control total sobre la información, pero ha de cuidar muy bien cómo y cuándo la entrega; el narrador-protagonista gana intimidad y arriesga la antipatía o la inverosimilitud; y el narrador-testigo gana distancia crítica, pero renuncia a la acción directa.

Pensar en estos términos no es un ejercicio meramente académico: para quien planea escribir una novela, la pregunta de quién cuenta la historia —y qué le está permitido saber a esa voz— es, quizá, una de las primeras decisiones narrativas, de la que se derivarán a continuación muchas otras. Porque, como ya he dicho en otras ocasiones, escribir es tomar decisiones. Y esas decisiones no deberían tomarse al albur, sino sopesadamente y desde un buen conocimiento de las diversas posibilidades y sus implicaciones.

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