Cualidades de una buena novela: el personaje

Antes de la pausa veraniega habíamos comenzado una serie de artículos dedicados a repasar las cualidades de una buena novela, ¿te acuerdas? Lo hacíamos siguiendo las ideas que William Somerset Maugham expone en su ensayo Diez grandes novelas y sus autores, un libro del que se pueden espigar muchas ideas interesantes sobre las que reflexionar.

El libro se abre con una introducción titulada «El arte de la ficción» en la que Maugham quiere «señalar cuáles son, en mi opinión, las cualidades que ha de reunir una buena novela». Más que de cualidades, podríamos hablar de aspectos esenciales, elementos a los que se debería prestar atención cuando se escribe una novela.

Entre esos aspectos se encuentran el tema, al que ya le dediqué un artículo que puedes leer siguiendo este enlace.

Y la coherencia y la estructura.

Hoy repasaremos juntos las ideas de Maugham sobre otro aspecto relevante: los personajes.

Seres inventados

Los personajes son los entes de ficción que llevan adelante la acción, son a los que les suceden los hechos que la novela narra. Y son importantes porque es su reacción a esos hechos lo que determina en gran medida el interés de la historia.

Sobre los personajes, Somerset Maugham advierte:

Los seres inventados por el novelista deben ser observados con individualidad, y sus acciones deben nacer de sus respectivos caracteres.

Esa sucinta explicación resume de manera exacta la vedad elemental de la creación de personajes. Estos han de ser individualidades y tener un carácter propio. Es decir, en lo posible deben parecerse a los seres humanos a los cuales imitan y tener, como ellos, motivaciones, ideas y aspiraciones propios. Porque es esa individualidad la que reacciona a los sucesos narrados —al conflicto—, y esa reacción variará en función del carácter que le concedas al personaje.

En los albores de la narrativa, nos explica Maugham, los personajes solían tener una pasión o característica dominante: el avaro, el egoísta, el altruista, la dama candorosa, la femme fatale… De este modo, esos personajes resaltaban con nitidez y el lector, al que lo único que se le pedía era que entendiese esa característica única de su personalidad, los comprendía sin esfuerzo. Pero esa sencillez en la creación de los personajes ya no es posible:

Hoy, debido en gran medida a las obras de los novelistas que han procurado que nos interesemos por la psicología de sus personajes, no creemos ya que todos los hombres estén cortados por el mismo patrón. Sabemos que están compuestos de elementos contradictorios y en apariencia irreconciliables; son precisamente esas discordancias que hay en ellos lo que nos intriga y, como las sabemos en nosotros mismos, despiertan nuestra simpatía.

De manera que al crear un personaje es importante pensar en su carácter, y hacerlo de acuerdo con su relación con los hechos que se narrarán y con el conflicto que moverá la historia. Como ya explicaba en este otro artículo que te enlazo, personaje e historia se retroalimentan y deben pensarse en paralelo.

Motivaciones, pensamientos y emociones

Los buenos personajes se componen, entonces, de elementos contradictorios e incluso irreconciliables. Deben ser seres complejos para imitar así la complejidad humana (incluso si no son humanos, si son, por ejemplo, seres de fantasía). Y para retratar esa complejidad:

El novelista hace más hincapié en las motivaciones, los pensamientos y las emociones de sus personajes que en sus acciones.

Reparemos bien en este punto, porque es importante: lo que sucede dentro del personaje —motivaciones, pensamientos y emociones— tiene más importancia que lo que sucede fuera, que la acción.

Muchos escritores principiantes creen que es justamente al revés: que la acción es lo principal y los personajes son poco más que marionetas a los que esta zarandea y arrastra de aquí para allá, sin dejar la más mínima huella en sus emociones o en sus pensamientos.

Por el contrario, a un buen novelista (Maugham habla de Stendhal) «no le atrae la acción en sí misma, sino solo en la medida en que viene ocasionada por las emociones de sus personajes, las singularidades de su carácter y las vicisitudes de sus pasiones». Es decir, la acción es el instrumento del que el escritor se sirve con el objetivo de retratar el carácter de su personaje y su subsiguiente evolución.

Y esa acción, por consiguiente, no tiene por qué ser «una acción violenta como caer por un precipicio o ser atropellado por un autobús; una acción como entregar un vaso de agua a una persona puede alcanzar la máxima intensidad dramática».

Un gesto sencillo como entregar un vaso de agua puede decir más sobre el personaje que lo da y sobre el que lo recibe, sobre su idiosincrasia y su personalidad, que obligarlos a enfrentarse a las más extremas peripecias. Sobre la acción entendida como una pieza más de la ficción, que no se refiere necesariamente a una secuencia de imprevistos, azares y sorpresas, peleas y reconciliaciones, huidas y persecuciones tienes ya un artículo.

Y si quieres algunas ideas sobre cómo presentar con eficacia el mundo interior del personaje, aquí las encuentras.

Comer sopa de col

Al respecto de que la acción, los hechos narrados en una novela, no tiene por qué estar formada por acontecimientos asombrosos, Maugham cita un comentario de Chéjov: «La gente no va al Polo Norte y se despeña desde un iceberg. Va a la oficina, discute con su mujer y come sopa de col».

Si los personajes de ficción, los personajes de una novela, buscan imitar a los seres humanos, lo lógico es que imiten a los seres humanos corrientes, a gente que vive vidas normales, va a la oficina, discute con su mujer y come sopa de col.

Un escritor que dé sus primeros pasos, sobre todo si es un lector que acostumbra a leer narrativa comercial, puede considerar que leer sobre personajes que se dedican a comer sopa —sea de col o de fideos— puede resultar aburrido, que es un tema que no «enganchará» al lector. También puede considerar que escribir sobre esa gente banal ha de resultar igualmente aburrido. Pero en realidad no es así. Según Maugham.

Es cierto que normalmente las personas van a la oficina, se pelean con su esposa y comen sopa de col, pero el cometido del escritor realista es hacer florecer lo que no es corriente de la persona corriente. Entonces comer sopa de col puede ser un momento tan extraordinario como caerse de un iceberg.

Ese es el reto, y solo los buenos escritores lo consiguen: lograr que comer sopa de col resulte tan extraordinario como la más extraordinaria de las aventuras. Pensemos en grandes obras como En busca del tiempo perdido o La señora Dalloway y comprenderemos el extraordinario valor narrativo de lo cotidiano.

Qué sucede a continuación

Lo explicado en el punto anterior puede parecer contradictorio respecto a la siguiente advertencia de Maugham, pero no lo es:

El lector de una novela debería sentir deseos de saber qué les sucede a continuación a las personas por las que el autor le ha hecho sentir interés, y, si no es así, no hay razón alguna para que lea la novela.

¿Puede un lector sentir interés por lo que le sucede a un personaje que va a la oficina, discute con su mujer y come sopa de col? Puede y, si el escritor es hábil al construir a sus personajes y plantear la historia, lo hará. Porque lo que le interesa al lector es la experiencia humana, amén, naturalmente, del hecho literario.

Maugham apunta: «A través de los hechos que decide narrar, de los personajes que escoge y de su actitud hacia ellos, el autor nos ofrece una crítica de la vida». Esa crítica de la vida es la que interesa al lector porque, como queda dicho, representa la experiencia humana; dado que un simple mortal solo puede vivir una única vida, la literatura le brinda la oportunidad de conocer muchas otras experiencias vitales, ampliando así su conocimiento sobre el mundo y lo humano.

Pero esa experiencia humana que la novela presenta queda además matizada, filtrada por la mirada del autor. El escritor no cuenta con objetividad —aunque lo pretenda e incluso lo finja—; el escritor «ofrece una crítica de la vida», la suya. Confluyen así dos individualidades: la del personaje y la del autor; y cabría añadir una tercera, la del lector.   

De ese cruce de personalidades surgen visiones contrapuestas que siempre invitan a la reflexión. Y aunque Maugham insiste en que la misión de la literatura no es otra que entretener, cuando el escritor es bueno y el lector atento, el aprendizaje sobre lo que significa la experiencia humana —en su infinita variedad— parece inevitable.

De manera que, si quieres escribir buenas novelas, debes prestar especial atención a tus personajes (algo que seguro que ya sabías). Ocúpate de darles complejidad, luces y sombras.

Piensa en quiénes son; quiénes son de verdad, no meros aspectos superficiales como su sabor favorito de helado. Y piensa cómo reaccionarán a los eventos que la acción les reserva de acuerdo con esa personalidad compleja que les has dado.

De hecho, debes pensar también qué acontecimientos pueden servir para poner de manifiesto el carácter de tu personaje, ser su piedra de toque y mostrar de lo que están hechos.

Y recuerda que los «movimientos interiores» de tu personaje, lo que sucede dentro de él, son también «acciones», hechos relevantes que deben constar en tu novela y que, bien trabajados, contribuirán a impulsar la historia e interesar al lector.

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