La regla de los veinte segundos para escritores

Cuando llega septiembre todos nos planteamos nuevos objetivos. O reciclamos aquellos otros que todavía no hemos logrado alcanzar. Es como si en septiembre sintiéramos savia nueva corriendo por nuestras venas y eso nos impulsará a, esta vez sí, alcanzar nuestras metas.

Pero todos sabemos lo que sucede: septiembre pasa, la savia comienza a circular con mayor lentitud y, no se sabe cómo, las metas se van desdibujando. Algo ha podido con nosotros, ha aplacado nuestros ímpetus y nos ha devuelto a la placidez de nuestras rutinas, ¿qué será?

La respuesta está en tu cerebro. Para entender por qué, vez tras vez, fracasas en tu intento de alcanzar esos ambiciosos objetivos que no dejas de proponerte (escribir más, terminar tu novela, leer más o encontrar la manera de que los lectores conozcan tus libros) tienes que conocer cómo funciona tu cerebro.

Veamos una explicación sencilla de por qué tu cerebro juega en tu contra a la hora de que alcances tus metas y una solución todavía más sencilla para que lo puentees y consigas lo que te propones.

Cómo funciona tu cerebro

Tu cerebro es un órgano potente y maravilloso, pero evolucionó en un momento en el que las condiciones de vida del ser humano eran muy diferentes. En un pasado muy, muy lejano el ser humano no disponía de alimento de la forma abundante y sencilla en la que hoy la mayoría de nosotros puede conseguirlo. Había que cazar, o caminar kilómetros para recolectarlo. Por eso tu cerebro se hizo un experto en ahorrar energía.

No olvides que el cerebro es el órgano que más energía consume. Aunque supone solo el 2% del peso medio de una persona adulta, el cerebro consume más del 20 % de la energía que generamos. El cerebro puede consumir unas 350 calorías en 24 horas, el equivalente a correr durante media hora. Una hora de trabajo intelectual intenso consume prácticamente la misma energía que una hora de trabajo físico intenso.

De modo que tu cerebro, para salvaguardarse a sí mismo (y a ti) es un experto en ahorrar esa energía que necesita en importantes cantidades, pero que antaño no resultaba tan sencillo conseguir. Por eso, tu cerebro te anima siempre a realizar aquella tarea o actividad que menos desgaste energético vaya a suponer para ti. Y ese es uno de los motivos (no el único) de que le guste mantenerte en tu zona de confort.

Por lo general, hacer cosas diferentes, incorporar nuevos hábitos en nuestra vida, nos exige aprender cosas nuevas y pensar en cómo vamos a hacerlas, algo que en los primeros tiempos implica necesariamente un mayor gasto de energía. Justo lo que tu cerebro quiere evitar.

Además, por lo general, esos nuevos hábitos que queremos incorporar suelen ser actividades más demandantes (por eso siempre aplazamos el momento de empezar con ellas): leer exige más atención que sentarse a ver una serie, ir al gimnasio cuesta mucho más que dormir la siesta, pasar el rato en Instagram es más sencillo que aprender un nuevo idioma… Tu cerebro sabe que dedicarse a cualquiera de esas actividades va a consumir un extra de energía, así que te disuade de hacerlas.

No es que seas perezoso, es que tu cerebro todavía no ha comprendido que, al menos en Occidente, la mayoría de nosotros tenemos la fortuna de disponer de alimento suficiente y accesible y ya no es necesario ahorrar energía.

La importancia de los hábitos

Perfecto, ahora ya sabes que tu cerebro juega en tu contra a la hora de intentar dedicarte a una nueva actividad. Pero quizá todavía no comprendas qué tiene que ver eso con el hecho de que tú, septiembre tras septiembre (o enero tras enero, es lo mismo), te plantees alcanzar nuevas metas a las que nunca eres capaz de llegar.

Para eso hay que hablar de la relación que guardan los hábitos con las metas.

Como nuestras metas y objetivos se sitúan en el futuro, nos olvidamos del poder transformador que tiene la rutina diaria. Lo que haces cada día te acerca o te aleja de tus objetivos sin que te des cuenta. Por eso es tan importante saber fijar nuestros objetivos y, después, desarrollar un camino de pequeñas acciones que podamos incorporar a nuestro día a día.

Por cierto, si quieres aprender a fijar tus objetivos de manera tanto inteligente como eficaz y a crear tu propia hoja de ruta para que te lleve a ellos paso a paso no te pierdas el Curso de Productividad para Escritores.

Por fin sabrás cómo alcanzar todo lo que te propongas y cómo organizar tu día a día para tener tiempo para escribir y gestionar tu carrera de escritor. Porque la productividad no trata de hacer más, sino de hacer lo preciso para alcanzar lo que deseamos.

Decíamos que lo que haces en tu día a día —tus hábitos— resulta vital para alcanzar tus objetivos. Y es que hábitos y objetivos se interrelacionan. Sin ciertos hábitos es imposible alcanzar determinados objetivos.

Por ejemplo, escribir tu novela en los próximos doce meses es un objetivo, pero para alcanzarlo necesitarás el hábito de escribir varias horas todos los días. Leer cincuenta libros al año es un objetivo, llevar un libro siempre contigo o ponerte a leer en lugar de dedicarte a ver vídeos en YouTube son hábitos. Escribir todos los días de cinco a seis es un objetivo, pero mantener esa hora despejada en tu agenda cada día es un hábito.

Se trata, por tanto, de fijar tus objetivos, aquello que quieres lograr. Y pensar a continuación qué acciones tienes que llevar a cabo de manera diaria (o con cierta periodicidad) para alcanzarlos.

Ya hemos dedicado un artículo a explicar cómo los hábitos te ayudan a alcanzar tus objetivos como escritor.

El problema es que a menudo nos cuesta desarrollar esos buenos hábitos precisamente por la manía de nuestro cerebro de ahorrar energía. Tu cerebro sabe que gasta menos energía si te dedicas pasivamente a ver vídeos en YouTube que si te dedicas a leer. Sabe que vas a gastar más energía en reestructurar tu agenda para hacerle un hueco a la escritura que si continúas con tus rutinas habituales. Así que subrepticiamente te anima a dejarlo para otro día, para otro momento, y hace que te decantes por la tarea más fácil, la que exige menos esfuerzo. La tarea que, por desgracia, no va a acercarte a tus objetivos.

Por suerte, existe una manera de puentear a tu cerebro, de lograr que se decante por la actividad que a ti te conviene realizar para acercarte paso a paso y día a día hacia tus objetivos. La regla de los veinte segundos.

La regla de los veinte segundos

La regla de los veinte segundos fue ideada por Shawn Achor y es tan sencilla de aplicar como eficaz en sus resultados. Lo que te propone es que facilites tanto como te sea posible el comenzar esa actividad, ese hábito, que sabes que debes implementar para conseguir el objetivo que previamente te has fijado. Paralelamente, debes dificultar el hacer aquella otra actividad que sabes que está impidiendo que dediques tiempo a esos buenos hábitos que quieres implementar.

Por ejemplo, si quieres leer más, pero sabes que pierdes mucho tiempo viendo las redes sociales, podrías facilitar la lectura teniendo tu libro cerca cuando por las tardes te sientas un rato a relajarte en el sofá. Y dificultar ese hábito negativo de perder el tiempo en las redes dejando tu móvil lejos de ti, incluso en otra habitación.

De este modo, tu cerebro va a encontrar que la tarea más fácil, la que menos energía supone, es estirar la mano, alcanzar el libro y ponerse a leer. Mientras que levantarse e ir a buscar el móvil a otra habitación implica un gasto energético que querrá evitar.

¿Sencillo, verdad? E increíblemente efectivo.

Esos veinte segundos que no pierdes buscando el libro que dejaste el día anterior en la mesita de noche, y esos veinte segundos que tardarías en ir a buscar el móvil suponen una diferencia. La diferencia entre desarrollar un buen hábito que te acerque cada día a las metas que te has marcado o continuar como hasta ahora, lamentando que el tiempo pase sin alcanzar lo que te has propuesto.

Solo tienes que pensar qué tareas son las que deberías realizar a diario o con frecuencia para cumplir tus objetivos de escritor. Y cuáles son aquellas otras que debes evitar, esos ladrones de tiempo que a menudo tanto nos perjudican sin que nos demos ni cuenta.

Si, por ejemplo, quieres escribir a diario, puedes facilitar el ponerte a ello teniendo siempre listo tu lugar de escritura y, al tiempo, poniendo obstáculos de veinte segundos que te impidan dedicarte a esas tareas que requieren menos esfuerzo: cierra sesión en Netflix y no guardes la contraseña, para que cada vez que quieras ver una serie tengas que introducir tu usuario; desenchufa la tele y quítale las pilas al mando; apaga tu teléfono móvil (sí, puede hacerse).

Seguro que ya habías oído hablar de la regla de los veinte segundos, pero quizá nunca habías pensado en usarla para favorecer tu carrera de escritor. ¿Qué hábitos beneficiosos para tu escritura planeas desarrollar este mes de septiembre?, ¿cómo puedes hacer que te sea más fácil ponerlos en práctica? ¿Y cuáles son esas otras actividades «nocivas» que te alejan de tus metas?, ¿qué obstáculos puedes poner entre tú y ellas? Cuéntanoslo en los comentarios.

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  • Tengo 73 años y nunca habia leido un consejo tan provechoso. Nunca es tarde para aprender. Gracias y un abrazo.

  • Si bien es cierto que toda actividad humana útil necesita ser planeada así sea de manera somera, muchas son las que requieren mayor cuidado y tiempo. Entre ellas, la escritura y su compañera inseparable la lectura. Por tanto la técnica de los veinte segundos ayuda, de manera eficiente a no posponer lo importante.

  • ¡Qué buenos consejos! Gracias por seguir compartiendo y ayudandonos.
    Los tomo como mi apoyo para un día poder decirles ¡Lo hice!

  • Woow excelente tip, me cuesta trabajo comenzar a escribir, lo reconozco, muchas amistades animan desde hace mucho, mantengo un libro cerca para leer y pocas veces lo tomo, mantengo un recordatorio para una hora promedio en la que se que ya estoy sin actividad y aún así solo paso de largo, pero pondré en práctica está regla de 20 segundos y también junto a mi recordatorio para iniciar hoy 😁

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