El villano: cómo y cuándo incorporarlo a tu novela

En Twitter, una de nuestras canteras favoritas de temas para artículos (escritores, os leemos), se habla a menudo de los villanos: de cómo crearlos, de qué cualidades deben tener para ser «buenos malos» y de cómo el escritor a menudo acaba sintiendo un gran cariño por ese personaje oscuro que lleva la contraria al protagonista.

Al repasar esas conversaciones, y también por lo que nos transmiten nuestros alumnos, se tiene la impresión de que algunos autores tienen la idea de que toda novela debe tener, sí o sí, un villano. Un personaje antagónico que se oponga al protagonista y en quien se encarne el conflicto. Sin embargo, no es así, y hoy vamos a hablar de cuál es el papel del villano dentro de una novela y de cuándo y cómo puede resultar interesante incorporarlos a la tuya (o no).

Es cierto que determinados géneros parecen inseparables del papel del villano, el enemigo acérrimo del protagonista: a menudo los encontramos en novelas de fantasía y en muchas obras de aventuras, también aparecen con frecuencia en las novelas románticas como ese tercero en discordia. Hay un personaje (o personajes) que se opone al protagonista y que no cesa de plantearle obstáculos una y otra vez.

Cuando están bien trabajados, los antagonistas pueden ser una parte importante de una novela. Ayudan a mantener siempre vivo el conflicto y pueden resultar personajes de una gran complejidad psicológica y moral. Pero esto no significa que toda novela haya de tener indefectiblemente un antagonista. Muchas grandes novelas no lo tienen y eso no les resta mérito. Tal vez la tuya tampoco lo necesite.

Lo que importa es el conflicto

Tal vez uno de los elementos más importantes de los que conforman una novela sea el conflicto.

Por un lado, el conflicto es el motor de la acción: mientras dure el conflicto la acción se irá desarrollando, pero cuando el conflicto se agote la acción finalizará. Por otro, el conflicto se relaciona directamente con el personaje: el conflicto lo es porque afecta al protagonista de acuerdo con las cualidades que este tiene (las que tú le has otorgado); como sucede en la vida real, una misma situación no afecta igual a todas las personas, lo que para unas es fuente de conflicto a otras puede que tan solo les provoque un encogimiento de hombros. Es por esa doble condición, que afecta al personaje y que es el germen de la acción, por la que el conflicto importa.

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La mayoría de los escritores, incluso los más bisoños, tenéis clara la importancia del conflicto. Sin embargo, a menudo tenéis dificultades para detectar cuál es el de la historia que queréis escribir u os cuesta explorar todas sus facetas, para darle riqueza y entidad. Una solución sencilla para esa situación consiste en transformar el conflicto en un antagonista, hacer que tome carne en un personaje (si se puede decir que los personajes tienen carne).

Cuando se tiene un conflicto el villano está claro: él materializa el conflicto. Sus acciones, palabras y pensamientos, toda su actitud, se opondrá a la del protagonista. Y el protagonista tendrá que luchar por derrotar —no necesariamente de un modo físico, puede ser una lucha y una victoria moral— al antagonista.

Conflictos que no necesitan un villano

Sin embargo, hay conflictos que no pueden ser encarnados en un villano so pena de restar fuerza y matices a la obra. El del protagonista contra un antagonista es solo uno de los muchos tipos de conflicto en torno a los cuales puede girar una novela. El protagonista también puede oponerse al medio físico, al entorno social e incluso a sí mismo. Si quieres conocer todos los conflictos te interesa el Curso de Novela.

El conflicto que emana del enfrentamiento entre el entorno social y el protagonista es quizá uno de los más interesantes que pueden plantearse. El insigne escritor inglés Thomas Hardy lo exploró con acierto en la mayoría de sus obras. En ese caso, las fuerzas que se oponen al personaje principal son las convenciones, las estructuras y las costumbres de una sociedad a la que el protagonista es contrario. Un choque potente.

Curiosamente, en este tipo de novelas el conflicto puede tomar la forma de algún personaje (o personajes) que actúe como representante de determinada costumbre, institución o convención: un padre, un religioso, en general cualquier figura de autoridad, pero no únicamente. En ese caso es necesario tener cuidado para que el antagonista no se convierta en un arquetipo, trabajando muy bien su personalidad y dándole hondura.

Pero en estas novelas el conflicto externo —social— del protagonista encubre por lo general un intenso conflicto interno. El personaje principal no es, al menos no es siempre, un rebelde. Él quisiera acatar las normas de su sociedad, pero hay algo poderoso que se lo impide: tal vez una convicción ética, tal vez un anhelo de alcanzar algo para lo que determinadas convenciones ponen trabas… Y resulta difícil transformar ese conflicto interno en un personaje antagónico. Aunque no imposible, como demostró Robert Louis Stevenson con El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.

Los conflictos internos son siempre, cuando se abordan con inteligencia, de una gran enjundia. Gran parte de la mejor narrativa del pasado siglo XX gira en torno a los conflictos internos de sus protagonistas, como La conciencia de Zeno, El extranjero, La montaña mágica o La náusea. Pero los conflictos internos no necesitan, como es lógico, de un antagonista o villano que ponga en jaque al protagonista.

Por otro lado, en casi todas las novelas, al menos en las buenas (como las que tú aspiras a escribir) es posible identificar un conflicto interno, aunque no sea el principal. Ese conflicto resulta secundario, subyacente al externo o principal, pero está ahí, contribuyendo a sostener la historia y a facetar al personaje.

Es natural, una novela busca imitar a la vida y sus personajes tratan de asemejarse a los seres humanos. Y a los seres humanos nada de lo que vivimos, por muy externo que pueda ser, deja de afectarnos de una manera íntima y personal. Puede que persigamos el amor, pero esa persecución nos transforma; quizá deseemos alcanzar una mejor posición social, económica o laboral, pero ese deseo probablemente oculte alguna carencia.

Por eso es tan importante aprender a desarrollar el conflicto interno, al margen de que tu novela tenga o no un villano. Aquí te contamos más sobre él.

En resumen, antes de comenzar a escribir examina despacio tu idea para dirimir qué tipo de conflicto es el que le da vida. Valora además si necesita o no de un antagonista. Es posible que puedas prescindir de él, pero quizá te interesa incluir uno o varios personajes que encarnen el conflicto o alguna de sus fuerzas. Repasa por último el conflicto interno que correrá de manera explícita o subterránea a lo largo de la trama, te ayudará a darle mayor complejidad.

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