Cómo y por qué usar la emoción al escribir

Hace ya unos años (¡cuatro!), publicamos un artículo en el que hablábamos sobre la conveniencia de usar la emoción en la escritura.

Puedes leerlo completo siguiendo este enlace, pero te lo resumimos.

Hay estudios científicos que demuestran que, al leer, en nuestro cerebro se activan las mismas áreas que si estuviéramos experimentando de verdad lo que la historia nos cuenta.

Si el personaje sufre, el lector sufre; si siente miedo, el lector también; cuando es dichoso, el lector lo imita.

Por eso es tan importante saber cómo añadir emociones a tus obras. Porque al incorporarlas estarás «metiendo» al lector en la historia, le estarás haciendo sentir lo mismo que tus personajes sienten. ¿Se te ocurre un modo mejor de enganchar al lector y hacer que desee seguir leyendo?

Pues bien, en el artículo de hace cuatro años ya te contamos cómo usar la emoción en tus narraciones: sabiendo bien qué emoción es la que quieres transmitir, centrándote en el personaje y usando bien el «mostrar, no contar».

Más allá de la tristeza y las lágrimas

Bien sea porque algunos ya sabéis la importancia de usar las emociones como fórmula para haceros con el interés (y el cerebro y el corazón) del lector, bien sea de manera instintiva, muchos escritores procuráis incorporar emociones a vuestros relatos y novelas. Y eso es fantástico.

Sin embargo, entre nuestros alumnos, así como entre los autores que contratan nuestro servicio de Tutorías, hemos detectado que muchos escritores entendéis emoción como lágrimas o tristeza. En un momento u otro vuestro personaje aparece llorando. «Las lágrimas rodaban por sus mejillas», escribís, de manera que se une una expresión trillada a una situación vulgar.

O tal vez el motivo por el que insistís en describir a personajes con los ojos arrasados en lágrimas es porque es una manera fácil de mostrar. Hay una emoción, la tristeza, que se manifiesta de una manera muy clara: a través de las lágrimas. Así que para aplicar el archiconocido «mostrar, no contar» os conformáis con describir a un personaje infeliz mientras llora.

Sin embargo, la tristeza o la infelicidad no siempre se resuelve en lágrimas, hay otras maneras de expresarla. Y el «mostrar, no contar», para que funcione, se debe aplicar de una manera profunda y sutil.

Por otro lado, el ser humano es capaz de experimentar una miríada de sentimientos. Hay infinitos matices en la pena, en la alegría, en el amor, en el desamparo, en el odio, en el deseo, en la vergüenza… y el cerebro del lector está preparado para reconocerlos y hacérselos experimentar siempre que tú se los presentas en la página.

¿Te apetece que veamos algunos ejemplos?

Ejemplo de tristeza en Dickens

En la novela de Charles Dickens David Copperfield, la madre del protagonista se vuelve a casar con un hombre cruel, con el que tiene un hijo. Tras el parto enferma y más tarde muere. Su hijito recién nacido muere también y se cumple la voluntad de la madre: «Si también muere mi bebé, Peggotty, te ruego que lo pongas en mis brazos para que nos entierren juntos».

Cuando David Copperfield regresa del colegio en el que está interno por deseo de su padrastro para asistir al entierro de su madre, dice:

Desde el momento en que conocí la muerte de mi madre, su imagen de los últimos tiempos se desvaneció. Y, a partir de entonces, solo recordé a la madre joven de los primeros años de mi infancia, la que enroscaba sus hermosos rizos alrededor de sus dedos y bailaba conmigo en el gabinete al anochecer. El relato de Peggotty, lejos de traer a mi imaginación el periodo final de su vida, hizo que arraigara en mí esa primera impresión. Puede resultar extraño, pero así fue. Como si, al morir, ella hubiera retrocedido volando hasta su tranquila y serena juventud, y todo lo demás hubiera desaparecido.

La madre que reposaba en la tumba era la madre de mi primera infancia; la pequeña criatura que yacía en sus brazos era yo, tal como había sido antaño, dormido para siempre sobre su pecho.

Ese último párrafo, que además cierra un capítulo, es pura emoción condensada. David ha perdido a su madre y, con ella, el último vestigio de protección en su azarosa vida (su padrastro lo abandonará en el capítulo siguiente). La infancia de David ha muerto con su madre, por eso él siente que el bebé que yace en brazos de su madre no es su hermanito muerto, sino él mismo.

Han muerto su madre y su hermano, pero Dickens no nos muestra a su personaje llorando. Antes bien, le hace reflexionar sobre la muerte de su ser más querido y construye una imagen potente mencionando a la madre muerta abrazando (protegiendo) a su pequeño. Imagen que, de hecho, ha sido prefigurada algunos capítulos antes, pues exactamente así, con su bebé en brazos, es como ve David Copperfield a su madre con vida por última vez.

La sutileza de Dickens es sencillamente magistral.

El odio y la ira en Tolstói

Veamos otro ejemplo.

En Sonata a Kreutzer, Lev Tolstói expresa el odio que el protagonista alberga hacia su mujer. Es un odio que viene de antiguo, casi desde su luna de miel, y que ahora se acrecienta porque cree que ella le engaña.

Por primera vez me dieron ganas de expresar físicamente ese odio. Me levanté de un salto y me dirigí hacia ella; pero en el mismo instante en que me levantaba recuerdo que fui consciente de mi sentimiento y me pregunté si sería bueno entregarme a él, me contesté que sí sería bueno, que esto la asustaría y, al instante, lo alimenté en mi fuero interno y me alegré de verlo crecer más y más.

—¡Lárgate o te mataré! —grité acercándome a ella y la agarré por una mano. Exageré conscientemente el tono de odio de mi voz al gritarle. Y seguramente daría miedo, porque se espantó de tal modo que le faltaron incluso las fuerzas para irse y solo logró pronunciar:

—¡Vasia, ¿qué te pasa?!

—¡Largo! —aullé aún más alto—. ¡Solo tú logras sacarme de mis casillas! ¡Mira que no respondo de mis actos!

Al dar rienda suelta a mi furia loca me embriagué con ella y quise hacer algo fuera de lo común, algo que reflejara el grado sumo de mi desenfreno. Tenía unas ganas locas de pegarle, de matarla, pero sabía que eso no se puede hacer, así que, a pesar de todo, para desatar mi furia, agarré de mi mesa un pisapapeles y tras gritar una vez más «¡Largo!», lo arrojé contra el suelo junto a ella. Apunté muy bien para no darle. Entonces se dirigió hacia la puerta, pero, al llegar a ella, se detuvo. Y en aquel instante, para que ella lo viera (lo hice justamente para que lo viera), me puse a agarrar objetos de la mesa, candelabros, tinteros, y a lanzarlos al suelo sin parar de gritar:

–¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Que no respondo!

Pózdnyshev, el protagonista y narrador de Tolstói, considera el matrimonio un error. No solo el suyo, sino el matrimonio como institución, y para demostrar su tesis describe cómo el suyo se va enrareciendo hasta llegar a este momento en que el odio que siente por su esposa estalla. Ha colmado sus sentimientos y tiene que brotar, el propio Pózdnyshev desea que brote, quiere exhibirlo.

Fíjate en que el propio protagonista usa el «mostrar, no contar» para expresar su intensa ira ante su esposa. No se conforma con expresarla verbalmente, sino que la transforma en gestos: arroja un pisapapeles a su mujer y quiere que le vea lanzando al suelo los objetos que hay sobre la mesa.

El odio que el narrador siente ha tomado forma física, en una escena que prefigura lo que vendrá después cuando Pózdnyshev mate a su mujer.

La humillación en Eça de Queiós

En La capital, de José María Eça de Queirós, un joven poeta provinciano que sueña con el éxito acude a una velada de la sociedad aristocrática. Allí Artur lo pasa mal, nadie le presta atención y deambula solitario por los salones, cada vez más incómodo y avergonzado. Para colmo, cuando habla con la refinada mujer que ofrece la velada, Artur suelta sin querer una inconveniencia. Por fin, desencantado, decide marcharse, pero las tribulaciones de la noche todavía tienen que alcanzar su punto álgido.

Ahora detestaba a Meirinho, a doña Joana, a la sociedad de Lisboa, y ya se estaba poniendo su paletó en el vestíbulo cuando se dio cuenta aterrorizado de que se había olvidado el sombrero en el salón, sobre la poltrona. Desesperado se quietó de nuevo el paletó y regresó al salón. ¡Qué rabia! Una robusta señora, a quien familiarmente llamaban «la vizcondesa», se había sentado en la poltrona. Pensó que quizá ella hubiese visto el claque y lo hubiera puesto en alguna silla cercana. Pero no. Gorda y enorme como era, con una tremenda espesura de volantes y sayas, se había sentado, sin darse cuenta, encima del chato bombín. Se quedó de piedra. ¿Cómo osaría pedirle a aquella majestuosa señora que se levantara, que quería su sombrero? Pensó que no tardaría en levantarse, liberando así su claque, y se apoyó un momento en el quicio de la puerta. […] Decidió entonces decirle a la vizcondesa alguna frase ingeniosa, original, que hiciese que se levantara, riéndose, amable, encantada, pero solo le venía la frase más natural y seca: «¡Señora, está usted sentada encima de mi sombrero!». De pronto le asaltó la idea de que tal vez fuese una broma: querían escarnecerle, torturarle. Un soplo de orgullo, de rebeldía, le sacudió la voluntad: ¡no!, iría al salón, haría que se levantara aquel enorme corpachón de obesa matrona, y si viera sonreír la cara de algún hombre le estamparía una bofetada. Así resuelto, volvió al salón, pero enseguida se quedo inane, acobardado, viendo a la vizcondesa inmóvil, con su gran nariz borbónica muy lustrosa […]

Artur hizo una reverencia y salió. ¡Estaba harto, qué diantre! Se puso el paletó y bajó la escalera sin sombrero, pero le entró el pánico. En el zaguán había dos lacayos de librea blanca y un cochero de punto. ¿Subir otra vez?… ¡No! Hizo un esfuerzo de voluntad y se dirigió al portón, mientras el criado, atónito, abría despacio la gruesa cerradura. Oía a su espalda risitas contenidas, la maldita llave se resistía. Artur temblaba de rabia, de humillación. Por fin la maciza puerta giró y una húmeda frialdad le envolvió la cabeza: lloviznaba. […]

Al apagar la luz fue cuando se dio cuenta de que en casa de doña Joana Coutinho encontrarían el sombrero al día siguiente. Por las iniciales que, tonto de él, había mandado bordar en el forro de satén azul, lo reconocerían enseguida. ¡Qué carcajadas! Se haría famosa la historia del poeta de Oliveira que se había olvidado el claque, ¡el muy pardillo! […]

Queirós se regodea en el sentimiento de humillación que experimenta su personaje. Abandonado a su suerte en los salones en los que no conoce a nadie, pasa la noche sintiéndose humillado, preterido, vergonzoso y fuera de lugar. Y el remate llega cuando debe abandonar la casa sin sombrero, adentrándose en una noche que, por más señas, es lluviosa. Además, comprende que el haber dejado el sombrero da pie a que la gente conozca y comente la vergüenza que ha sufrido.

Como te han mostrado estos ejemplos, es posible expresar tristeza y crear una escena verdaderamente conmovedora sin necesidad de recurrir a mostrar las lágrimas de tus personajes. Pero además hay una enorme variedad de sentimientos, positivos y negativos, que tus personajes pueden experimentar y tú incorporar a tus obras. Busca cuáles son esos sentimientos y emociones y reflexiona sobre cuál es la mejor manera de trasladarlos al papel para que conmuevan al lector, para que este se identifique con ellos y comprenda por qué el personaje los experimenta.

¿Hay presencia de diversas emociones en tus novelas o relatos o tiendes a prescindir de ellas?, ¿sueles presentar a personajes anegados en lágrimas con la esperanza de conmover así al lector? Hablemos sobre la emoción y su uso en los comentarios.

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2 comentARIOs


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  1. Me hubiera gustado leer tambien sobre el sentimiento de la alegria. Creo que es tan importante, o tal vez mas, que los que habeis mostrado y cuando se consigue una mezcla de ambos, sale el relato ideal.

    1. Hola, Jorge:

      Como indicamos en el artículo hay miles de emociones, que además pueden ser matizadas y mezcladas. El artículo no pretende dar una muestra de todas ellas, porque resultaría imposible. Solo pretende ser un acercamiento al modo en que algunos grandes autores han abordado la emoción en sus obras.

      Saludos.

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