En los últimos meses hemos hablado ya en un par de ocasiones de la importancia de la técnica para el escritor. Ella abre el camino hacia la libertad; le da la posibilidad al escritor de lograr lo que quiere con sus materiales para que el texto final sea lo más idéntico posible a lo que concibió. También es la senda que conduce hacia la innovación: para ser original y crear algo nuevo es necesario igualmente dominar la técnica.
Hoy queremos remachar el clavo y volver una vez más sobre el valor que tiene para el escritor conocer y dominar la técnica, de usarla a favor de sus intereses y objetivos. Porque, como apunta Javier Aparicio Maydeu, inspirándose en el parecer de muchos de los autores a los que tanto admiramos, toda magia narrativa es técnica.
No el qué, sino el cómo
A menudo hemos dicho que en narrativa lo importante no es qué se cuenta, sino cómo se cuenta. El arte narrativo (y el goce que el lector saca de él) no estriba tanto en el qué, sino en el cómo.
Esto significa que, al pensar una obra, no importa tanto el argumento, la historia que se cuenta, sino cómo se cuenta esa historia; es decir, cómo usa el escritor la técnica para organizar sus materiales.
Tiene todo el sentido, porque las historias que contamos no suelen ser novedosas u originales. En cuanto la narrativa se ocupa de la experiencia humana, y dado que esta experiencia es, más o menos, limitada y repetitiva, las historias tienen el regusto manido de lo ya conocido; a no ser qué mediante la técnica se les concedan nuevas formas, nuevas estructuras, nuevas maneras de usar el lenguaje…
Antes de seguir adelante, es necesario aclarar una cosa. El hecho de que la experiencia humana sea más o menos limitada no debe preocuparnos. Para cada nuevo ser humano que nace, esa experiencia será nueva y la vivirá como si nunca nadie hubiera antes estado vivo. Por eso, si es un individuo curioso, seguirá haciéndose preguntas y buscando respuestas, a menudo en los libros.
Es lo repetitivo de la experiencia humana, que a pesar de los cambios tecnológicos y sociales circula desde hace milenios por los mismos raíles, lo que permite que los hombres y mujeres de hoy sigamos emocionándonos y comprendiendo las historias contadas hace siglos: cuando la esencia de una obra literaria es sustancialmente humana, el hombre siempre podrá reconocerse en ella.
Nada nuevo bajo el sol
Así que los temas son, más o menos, limitados. Ya en el Eclesiastés se afirma que no hay nada nuevo bajo el sol, y el texto tiene más de dos mil años: «¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol».
La narrativa examina los conflictos humanos, y lo hace centrándose en las relaciones íntimas (pareja, familia), las relaciones interpersonales de grupos más amplios (grupos sociales, entorno laboral, paso de las generaciones) o bien las «relaciones» del individuo consigo mismo, cuando toca temas de índole psicológica. Por lo tanto, se trata de saber usar los recursos narrativos (y retóricos) para que las palabras hagan aparecen la panoplia de las relaciones humanas y los conflictos que de ellas se derivan.
Porque es ese el manejo de los recursos narrativos lo que logra que cada novela, aunque aborde temas similares, resulte única. Pensemos como ejemplo en las novelas de mujer adultera del XIX: Effie Briest, Anna Karénina, Madame Bovary, La Regenta… y pensemos en cómo cada una de esas obras es única, un mundo en sí mismo levantado solo con técnica (recordemos hasta qué punto obsesionaba el manejo de sus materiales a Flaubert).
De manera que no debe tenerse por negativo el hecho de que las historias, los argumentos, lo que pasa… sean historias casi siempre ya sabidas. Precisamente el trabajo del escritor, su reto, su lucha, es imprimirles a esas viejas historias un carácter nuevo gracias al modo en que use la técnica.
La técnica, otra vez
De manera que tanto la solidez del texto como su originalidad proceden únicamente del modo en que el escritor trabaja con los elementos que lo componen. El trabajo del escritor (y su libertad como autor) radica en las infinitas combinaciones posibles.
Pero para poder realizar esas combinaciones, para poder dar con la suya, la que el escritor considera apropiada para esa obra concreta, de acuerdo con el modo en que él la concibe, es obvio que necesita conocer esos elementos, así como las posibles maneras de combinarlos. No es solo porque no podemos usar lo que no conocemos, sino porque si un determinado recurso ni siquiera está en nuestro imaginario, no podemos valorar si sería un medio apropiado para contar esa historia que queremos contar. Sin ese conocimiento, a la postre el escritor se ve abocado a usar siempre los mismos recursos; de manera que tendremos las mismas historias contadas además siempre de la misma manera.
Por eso para un escritor es tan importante leer mucho, leer variado y conocer la tradición; para un escritor que se tome en serio su oficio resulta imprescindible conocer a los clásicos. Porque la tradición es un repositorio inacabable del que extraer técnicas y recursos con los que probar nuevas combinaciones. Rafael Chirbes lo decía así: «Para un novelista, toda la literatura que lo precede es un enorme almacén de materiales con el que abastecer su taller».
Si te gustaría abastecer tu taller con algunas técnicas nuevas, explorando cómo las han usado los grandes escritores de la tradición literaria, te interesa el curso de técnicas narrativas.
El curso de técnicas narrativas es un nuevo curso cuya primera edición comenzará en mayo. Durará dos meses y en él repasaremos algunas técnicas interesantes, como el contrapunto, el extrañamiento, el estilo indirecto libre… Tendrás que escribir cuatro ejercicios aplicando alguna de estas técnicas y recibirás el feedback de la profesora (Natalia Martínez) sobre esos cuatro textos. También habrá cuatro sesiones grupales para resolver dudas.
Puedes unirte sin compromiso a la lista de espera y te avisaremos en cuanto se abra el proceso de inscripción. Encuentras el formulario para hacerlo siguiendo este enlace.
Toda magia narrativa es técnica
De modo que cuando el escritor se interesa por la manera en que puede «atrapar» al lector, por lo que ha de interesarse en realidad es por la técnica; por conocerla y dominarla. De hecho, el concepto de «atrapar» al lector es realmente desafortunado, porque parece denotar que el lector no quiere ser atrapado, que, como una gacela, huye, mientras el autor, como una leona, corre tras él. Denota que el lector es un rehén y que el autor debe asegurarse de mantenerlo cautivo en contra de su voluntad.
El punto de vista debería ser otro. El escritor no debería aspirar a construir una jaula para el lector, sino una habitación tan cómoda, acogedora, confortable y atrayente que este no quiera abandonarla. Y que, una vez fuera, la recuerde siempre con placer e incluso quiera regresar a ella.
¿Cómo se construye una habitación de esas características?, ¿cómo han sido levantadas aquellas que los lectores visitamos una y otra vez desde hace siglos o décadas, de las que hablamos con nuestros amigos y a las que les recomendamos acudir? Exacto, con un buen dominio de la técnica.
Cuando un libro nos «atrapa», lo hace con la técnica. Cuando un libro perdura, lo hace por la maestría en el empleo de la técnica que demostró su autor. Esa es la magia, no hay otra.
Las entrevistas a los escritores cuando cuentan cómo hicieron sus novelas, eso sí que enseña. Las del New York Times fueron y han sido escuelas, se llaman «HABLAN LOS ESCRITORES».
En el caso específico de GABO hay que leerse con detenimiento » El olor de la guayaba», un librito todo simple donde el escritor y periodista Plinio Apuleyo M. le va preguntando cosas de sus novelas, y el nobel las va contando!
Atrapar un lector no es una persecución. Yo estudié nunca dejar que se vaya, se duerma o se aburra. Hemingway fue un hombre de acción que no te deja ir, y no te pone calefacción ni sillón mullido y música de fondo: los leones salen y la mujer dispara. No te dormirias en absoluto.
*Cito a Hemingway por ser guerrero lleno de cicatrices, sabía de estar en acción.
Buen tema! Excelente artículo!
¡Qué artículo tan acertado! Estoy totalmente de acuerdo con vosotros: la magia es el efecto, la técnica es la estructura que la sostiene. He ahí la maestría del Arte.
Muchas gracias de nuevo por estas reflexiones que son pepitas de oro. Mágicas 🙂
Otra vez en el clavo. El cómo y el qué perfectamente explicado para el que lo quiera ver.