Hace aproximadamente un año escribimos un artículo titulado La duda es escribir. En el intentábamos responder a la inteligente pregunta que una querida alumna y amiga había dejado en un comentario: ¿cómo puede saber el escritor si está usando bien sus herramientas? La respuesta a esta cuestión no es nada sencilla, pero intentamos contestarla apuntando dos posibilidades complementarias: por un lado, el escritor debe conocer bien sus herramientas y, por otro, debe ir haciéndose una poética, un ideal literario. Te dejamos el artículo enlazado, por si te interesa leerlo.
Como decimos, el tema que destapa esa pregunta es complejo, y hoy queremos volver sobre él para explorar alguna otra de sus caras, abundando más en la idea del necesario conocimiento que de sus herramientas ha de tener un escritor. No solo como una manera de lidiar con la duda, sino también de construir obras que se ajusten a su ideal literario, sobre todo si este se ha construido con los bloques de mármol del canon literario.
La técnica lleva a la libertad
Releyendo El desguace de la tradición, un estupendo ensayo/manual de Javier Aparicio Maydeu que ya te hemos recomendado en alguna otra ocasión (lo encuentras en nuestra lista de libros recomendados sobre escritura y creación literaria), encontramos esta cita del artista David Hockney: «La técnica lleva a la libertad».
Coincidirás con nosotros en que esa aseveración es cierta. Cuando escribes, deberías saber qué efectos buscas lograr, desde lo que pretendes provocar en el lector al modo en que quieres construir la obra: quizá quieres darle un ritmo determinado, o crear una determinada atmósfera, o establecer una determinada distancia —más cercana o más lejana— con respecto a lo narrado…
Dominar la técnica es lo que te permite lograr esos efectos y construir la obra tal como la concibes ya desde el mismo momento de su ideación y planificación. Es decir, dominar la técnica te da la libertad a la hora de crear.
Sin ese dominio te verás restringido a hacer únicamente lo que sabes y únicamente como sabes hacerlo, y eso puede condicionar en gran medida tus posibilidades expresivas. Por ejemplo, quieres jugar con el ritmo de la narración, pero no tienes ni idea de los recursos que te permitirían hacerlo y eso conduce a que tu obra tenga un ritmo monocorde que la empobrece y le resta vitalidad. O quieres jugar con la distancia, pero tu idea del narrador no va más allá de que puede ser en primera, segunda o tercera persona…
Es decir, la falta de técnica va a condicionar en gran medida la obra que escribas; mientras que será la técnica la que te conceda la libertad de trabajar con tus materiales del modo en que deseas para que el texto adquiera todo su significado, sea expresivo, sea literario…
De nuevo Maydeu apunta:
La técnica determina qué historia se nos cuenta, y la historia que se nos quiere contar, señalan muchos escritores, determina a su vez, en círculo vicioso, qué técnica es preciso emplear.
Esto quiere decir que, según la técnica de la que dispongas, así serán las historias que cuentes. Por ejemplo, ¿cómo sería La señora Dalloway si no hubiera sido escrita por una autora con un dominio del flujo de conciencia y de la focalización múltiple como el que desarrolló Virginia Woolf? ¿Reviste algún interés literario el día de una mujer que va a dar una fiesta y el del resto de los personajes que la acompañan?, probablemente no. Lo que nos fascina de esa novela no es tanto lo que nos cuenta como el modo en que nos lo cuenta.
De nuevo en El desguace de la tradición, Maydeu aporta una cita de Edward W. Said en la que, hablando sobre Gabriel García Márquez, el teórico literario dice que escribir una novela o un relato es, para algunos escritores «un deseo de contar una historia en mucha mayor medida de lo que lo es de contar una historia» [las cursivas pertenecen a Said].
Es decir, a muchos autores les interesa mucho más el cómo —la técnica— que el que —la historia—. Esto tiene que ver, indudablemente, con el ideal literario del escritor. Como decíamos antes, cuanto mayor conocimiento de la tradición literaria, y en especial de la experimentación intensiva que tuvo lugar a lo largo del siglo XX, más posibilidades de que el escritor sea más sofisticado y le conceda más atención al cómo, a la técnica.
Un determinado nivel de sofisticación (si es lo que buscas) solo lo dará un elevado dominio técnico. Pero también funciona a la inversa: quizá la historia que quieres escribir exige un determinado grado de sofisticación, y si no dispones de la técnica necesaria no podrás escribirla de manera solvente.
Maydeu insiste: «Toda magia narrativa es técnica. Una técnica defectuosa puede matar una buena historia».
Técnica y duda
Volviendo sobre la duda, dominar la técnica es también el modo de afrontar con garantías esas dificultades literarias de las que ya hemos hablado. En uno u otro momento del proceso de creación, el escritor se topa con problemas que debe resolver: hay un punto de la trama, un aspecto de un personaje, una información que debe darse… pero no sabe cómo hacerlo. Lo ha intentado una vez, dos veces, pero no da con ello.
Cuanto más dominio de la técnica tenga el autor, más posibilidades existen de que dé con el modo acertado (acertado para esa obra concreta, para ese autor concreto, no porque exista un único modo de hacerlo) y lo haga en un tiempo breve. Muchos bloqueos literarios no son otra cosa que un escritor sin la técnica suficiente como para dar con el modo de resolver una de esas dificultades que la obra presenta para materializarse.
Técnica e innovación
La técnica es, igualmente, la que permite la innovación.
Como escritor, quizá quieras probar otros modos de hacer. Quizá por un mero afán de experimentación, por empujar tus límites y probar cosas nuevas (algo siempre encomiable e incluso saludable); quizá, simplemente, y volviendo al cómo, porque comprendes que el modo en que habitualmente tratas tus materiales no se adapta en esta ocasión, para esta obra nueva que planeas, a lo que deseas hacer.
O quizá lo que buscas no es mover tus límites, sino mover los de la ciencia literaria. Tal vez no buscas simplemente probar otras maneras de narrar que ya conoces, porque las has visto utilizadas por otros autores de cualquier época, sino encontrar un modo novedoso de construir tu historia, uno que no ha sido usado antes, pero que consideras que es no solo el modo en que esa historia debe contarse (el cómo), sino también un modo de hacer que concuerda con tu visión de la narrativa como arte, del mundo, del ser humano. Quieres ser tú el creador de nuevas técnicas que expandan el campo literario y que sirvan a otros autores para llevar adelante sus propios trabajos.
Todo eso es lo que la técnica da, lo que la técnica posibilita.
Cerramos esta reflexión citando de nuevo una cita encontrada en El desguace de la tradición, esta del compositor Karlheinz Stockhausen: «El arte también está hecho de artesanía, es decir, de absoluto dominio técnico».
Esta idea de Stockhausen concuerda con la visión que Rafael Chirbes comparte en su ensayo El novelista perplejo, de la que ya hemos hablado en otra ocasión.
En su obra El novelista perplejo, Rafael Chirbes lo explica así:
Toda novela tiene la obligación de ser una obra maestra, no en el sentido metafísico y trascendente del término que tanto fascina a los críticos, e incluso a los propios autores de novelas, sino en el sentido más puramente artesanal. Del mismo modo que los gremios medievales exigían del aprendiz que, para pasar a maestro, hiciera una obra en la que demostrara su capacidad y dominio de las técnicas más avanzadas, cualquier novela contemporánea tiene la obligación de llevar incorporado el saber novelesco y la reflexión en torno a ese saber de cuantas la han precedido.
Ese «saber novelesco» que el escritor necesita no es una cuestión de mera erudición o pedantería, sino el verdadero modo de poder crear libremente, sin cortapisas técnicas que impidan que la obra se materialice tal cual la imaginas; y, todavía más allá, de tener la capacidad de imaginar e idear mejor tus obras.
Si te interesa aprender más sobre técnicas, valora unirte a la próxima edición del curso de escritura creativa. Comenzaremos en marzo, pero ahora puedes unirte sin compromiso a la lista de espera para que te avisemos en cuanto se abra el plazo de inscripción. En este enlace encuentras el formulario.
He leído varios de los artículos de las «herrramientas» del escritor, o de la «técnica»… y en este momento me pasa parecido que con el tema de «los valores»: Muchos hablan de los valores, pero no se si están hablando de los mismos valores. Cuando tu hablas de las «herramientas», ¿de que estamos hablando?
Desde el sur:
La respuesta a esa pregunta, Gera, implica todo un curso de creación literaria 😅.
Primero tenemos que distinguir y conocer los elementos que componen en texto literario: personajes, narrador, escenarios, tiempo, ritmo, estructura… Y después ser conscientes de que todos esos elementos pueden usarse de diferentes maneras, aplicando diferentes técnicas y recursos.
Por ejemplo, para trabajar el tiempo tenemos herramientas como las anacronías y las anisocronías, que sirven también (junto con otras) para trabajar el ritmo. Para trabajar a los personajes tenemos también diferentes técnicas: descripciones, diálogos, monólogos y flujos de conciencia… Es decir, por cada elemento del texto hay diversos modos (herramientas) para tratarlo y montarlo, siempre en función de lo que queramos hacer, de cómo queramos contar la historia. Las posibilidades son prácticamente infinitas.
Un abrazo.
Estoy de acuerdo (por supuestísimo) con la teoría desarrollada en el artículo: Los escritores deben de conocer las técnicas literarias; eso quiere decir que los escritores (como los artesanos) deben de aprender.
Hoy tenemos escuelas, centros y talleres (como Sinjania) donde estudian y se preparan los futuros escritores.
¿Dónde se formaron Miguel de Cervantes, Homero, Shakespeare, Dante, Lope de Vega, Góngora, etc, etc, etc?
Natalia ¿el genio nace o se hace?
Cuando leo una novela me gusta distinguir entre la inspiración y la técnica. Podríamos poner ejemplos de trabajos literarios geniales, pero sin técnica; y trabajos técnicamente perfectos, pero sin «chispa». ¿Qué opinas?
Hola, Luis:
Planteas preguntas muy interesantes. Allá van mis respuestas que, por supuesto, no son artículos de fe, tan solo mi opinión.
– ¿Dónde se formaron Miguel de Cervantes, Homero, Shakespeare, Dante, Lope de Vega, Góngora, etc, etc, etc?
Evidentemente, no en una facultad de letras o en un taller literario. Probablemente leyendo mucho y teniendo un contacto muy estrecho con las letras desde muy temprana edad. Siempre digo que la lectura es el mejor maestro para un escritor.
– Natalia ¿el genio nace o se hace?
Para mí, sin duda se hace. Aunque haya «un algo innato», si no ese algo no se educa no hay tutía. Pensemos en la poesía de Bécquer «¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas / como el pájaro duerme en las ramas, / esperando la mano de nieve / que sabe arrancarlas!». Sin educación y práctica, el genio permanece dormido y es lo mismo que no tenerlo.
– Cuando leo una novela me gusta distinguir entre la inspiración y la técnica. Podríamos poner ejemplos de trabajos literarios geniales, pero sin técnica; y trabajos técnicamente perfectos, pero sin «chispa». ¿Qué opinas?
Yo no tengo tu habilidad y me es imposible distinguir inspiración de técnica cuando leo. ¿Cómo distinguir qué parte del texto fue escrita por la inspiración y cuál otra fue una decisión consciente, técnica? ¿Y en las partes «inspiradas» acaso no hay técnica también?
De hecho, creo que no puede haber una obra genial sin técnica, porque es precisamente la técnica lo que las hace geniales.
Un abrazo.
Maravilloso Natalia: No hay obras perfectas sin técnica. Y para que las obras sean perfectas, la técnica tiene que tener el brillo del talento.
«Conversaciones en la Catedral» tiene inspiración y técnica. Es una obra maestra, producida por un artesano genial.
«La Catedral del Mar» tiene técnica, pero le falta la inspiración. Es una obra manofacturada, producida por un proceso industrial.
Nos vemos en el próximo curso.
Apapacho inmenso,