Aquí no pasa nada: ¿relleno o literatura?

Muchos lectores confiesan que no les gusta el «relleno» en los libros.

Las descripciones de paisajes, de personajes, de habitaciones y ropas; las inmersiones en los sentimientos y pensamientos del protagonista, etc. les causan una enorme impaciencia que les impulsa a saltarse esos párrafos o incluso a abandonar la lectura.

Como los escritores suelen (o al menos deberían) ser lectores, si pertenecen a esta categoría de los aborrecedores de la llamada «paja» optan por omitir cualquier descripción o pasaje que se aparte de lo que estrictamente pueda considerarse acción.

¿Eres tú de esos lectores? ¿Eres tú de esos escritores?

En narrativa no hay ninguna regla. Muchas de las mejores obras de la historia de la literatura han sido escritas por autores inconformistas que han renunciado a lo preestablecido y se han atrevido a experimentar y jugar. Por tanto, no vamos a decirte que debes incluir descripciones, flujos de conciencia, digresiones, etc., pero sí queremos hacerte reconsiderar su importancia. Porque eso que muchos consideran relleno no es tal. Y muchas veces en esas páginas se esconde la mejor Literatura, así, con mayúscula inicial.

Acción, acción, acción

Acción, se supone que eso es lo que quiere el lector, ¿verdad?

Pero ¿qué es la acción?

Solemos pensar en ella como en escenas trepidantes, llenas de movimiento, en las que siempre pasa algo. Pero la acción es simplemente todo aquello que hace que el argumento avance y, además, aquello que permite que el lector comprenda y se represente (imagine, si lo prefieres) la historia que le cuentas.

Como escritor solo tienes palabras y con ellas debes construir todo un mundo, además de recrear a los seres que actúan como personajes. Lograr todo eso sin describir, ya sea lo externo al personaje, ya lo interno, es prácticamente imposible.

Por tanto, no pienses que la acción consiste solo en mantener a tus personajes en movimiento, yendo de un lado para otro. En La señora Dalloway de Virginia Woolf hay tanta acción como en El Código Da Vinci de Dan Brown, si bien es cierto que se trata de un tipo diferente de acción en cada caso.

En ambas novelas «pasan cosas». Pero mientras en la novela de Woolf la acción es casi toda interna (pensamientos, recuerdos, proyectos de la señora Dalloway) y la externa puede parecer banal (las compras y preparativos de una mujer para una fiesta que va a ofrecer esa noche); en la novela de Brown la acción arrastra al protagonista, Robert Langdon, por París en busca de las pistas que le ayuden a resolver un asesinato.

¿Es relleno?

La buena escritura, la buena literatura, nunca es relleno. Incluso aunque se encadenen veinte páginas de descripciones.

En La culpa del abate Mouret, Émile Zola lleva al extremo su gusto por la descripción. En la novela, Serge, un joven sacerdote, ejerce su curato en un territorio inhóspito. Más adelante, se enamora de una hermosa muchacha con la que cae en la tentación. Esta parte de la novela transcurre en un jardín en plena floración.

La elección y la prolija descripción de los paisajes no son casuales. Con ellos el escritor subraya la tesis de la novela: la aridez de las normas sociales, en este caso representadas por la religión, frente a las leyes naturales, expansivas y libres.

Las descripciones de La culpa del abate Mouret no hacen avanzar la trama, pero la sostienen. Sin ellas la novela perdería parte de su significación, porque el jardín florido donde Serge vive su aventura amorosa puede considerarse también un trasunto de su estado de felicidad, de su vuelta al paraíso perdido. Mientras que la aridez del mundo exterior, cuando abandona el jardín, representa tanto la pérdida de la naturaleza como un estado primitivo y feliz, como su estado moral debido a haber violado el voto de castidad y pisoteado las normas sociales.

Ese juego, esa doble lectura, esa metáfora que las descripciones del paisaje construyen es Literatura. Porque escribir es más que contar una historia. Lo que diferencia a los buenos escritores es, precisamente, cómo cuentan la historia. Las descripciones, las digresiones, las inmersiones en la psique del personaje… no son relleno (si están bien hechas).

El cine como ejemplo

En el siglo XXI tenemos una gran cultura cinematográfica, pero menos literaria. Por eso resulta fácil explicar la importancia de eso que algunos consideran relleno comparando la escritura con el cine.

Las películas son imágenes. El espectador ve a los personajes, ve sus casas, sus coches, la calle donde viven… En resumen, en todo momento ve dónde sucede la acción. De igual manera, al escribir tienes que «construir» el decorado para que el lector se represente los lugares donde todo sucede.

En una película, el espectador ve al actor: es alto, delgado, calvo, viste un traje… En una novela eres tú quien debe decirle al lector cómo es el personaje. Y la descripción de lo externo no tiene por qué ser baladí, porque puede decir mucho del personaje: ¿Lleva tu personaje los zapatos sucios y la corbata mal anudada?, ¿o viste con esmero y por la boca de las mangas de su chaqueta asoman los puños de una camisa de una blancura reluciente? Esos simples detalles aportan, por tanto no pueden ser considerados relleno.

En las películas tenemos la fotografía, los decorados, la banda sonora, el vestuario… recursos empleados para dar realce a la historia y entregar al espectador los datos que necesita para ubicarla en el tiempo, en el espacio, para saber quiénes son los personajes y comprender mejor sus reacciones y emociones.

¿Cómo conseguimos todo esto en la literatura? Escribiendo párrafos (e incluso páginas enteras) que describan, den detalles, profundicen y ayuden a que el lector (re)cree una imagen lo más parecida posible a aquella que tú tenías en mente mientras escribías.

¿Es relleno? No, es literatura.

Los lectores que prefieren saltarse las partes de una novela en las que «no sucede nada», suelen ser malos lectores. No aprecian el hermoso (y enorme) trabajo que el escritor ha hecho para escribir cada una de las frases que ellos pasan por alto. No captan el simbolismo, no disfrutan del estilo ni de la correcta elección de las palabras, de las metáforas e imágenes. No prestan atención a la miríada de detalles que el escritor ha cuidado para que su texto sea no ya sólido, sino literario. A esos lectores les importa la historia, no el cómo está contada. En resumen, no aprecian la Literatura.

Si tú eres uno de esos lectores ten presente que un mal lector no puede ser un buen escritor. Es hora de que empieces a leer esas páginas que hasta ahora te saltabas alegremente y que prestes atención al trabajo que el escritor ha hecho en ellas.

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