Cuatro consejos para describir personajes

Ya hemos dicho en numerosas ocasiones que los personajes son uno de los elementos básicos de una obra de ficción. Ellos son los que dan vida a la acción y encarnan la historia. Por eso es tan importante saber cómo plasmarlos de manera adecuada en la narración.

Como es natural, una de las formas de que tus personajes se materialicen en el relato es mediante su descripción directa, aunque también puedes caracterizarlos de manera indirecta.

Hoy te explicamos en qué consisten ambas (descripción directa y caracterización indirecta) y cómo usarlas de manera efectiva.

Descripción directa y caracterización indirecta

La descripción directa es aquella que proporciona al lector información de forma inmediata sobre el personaje, ya sea sobre su aspecto físico o sobre su carácter moral. Es la descripción de personajes tal como la solemos entender.

Por su parte, la caracterización indirecta se crea al permitir que el lector vea la personalidad o el estado de ánimo de los personajes mediante sus acciones o reflexiones.

De la importancia de la descripción hablamos en el Curso de Novela. No te lo puedes perder.

En resumen, podría decirse que la caracterización directa cuenta mientras que la caracterización indirecta muestra. (En este otro artículo te explicamos la diferencia entre contar y mostrar).

Comprenderás mejor la diferencia entre descripción directa y caracterización indirecta con un par de ejemplos:

Descripción directa:

Jorge era un pésimo camarero. No tenía memoria para las comandas ni destreza con la bandeja y era raro que atendiera una mesa sin tener algún contratiempo.

Caracterización indirecta:

La botella de agua se desequilibró y cayó al suelo, por suerte era de plástico y no se rompió. Sin embargo, gran parte de la cerveza de la jarra se derramó y empapó las cazuelitas de paella del aperitivo. Se cruzó con Silvia, que le dijo: «Jorge, los de la mesa cinco están esperando». Dios mío, había olvidado por completo lo que le habían pedido.

Como ves, la descripción directa dice sin ambages que Jorge es un mal camarero y por qué. Mientras que la caracterización indirecta muestra a Jorge en el desempeño de su labor y deja que sea el lector quien saque la conclusión de que Jorge no ha nacido para servir mesas: olvida las comandas, tira las bebidas y estropea los aperitivos.

Ambas son formas muy efectivas de presentar a tus personajes, por eso no se trata de elegir entre una u otra. En un buen texto ambas se combinan de forma que creen un retrato completo del personaje para permitir que el lector lo conozca y aprecie su evolución.

Veamos algunas ideas para usarlas en tus obras con pericia.

Presentar a tus personajes

La primera vez que un personaje aparece en escena conviene realizar una presentación nítida y concisa de él. De esta forma permitirás que el lector se haga una idea clara de su aspecto y de sus actitudes.

(Pero esto no es un axioma, y también puedes presentar a tu personaje un poquito más adelante, no de inmediato cuando aparece por vez primera. De igual modo que puedes elegir entre hacer una larga presentación de este o bien hacerlo de forma fragmentaria en diversos momentos de la narración).

En esa primera presentación al lector del personaje puedes usar una combinación de descripción directa y caracterización indirecta. Puedes usar la descripción directa para explicar de forma explicita quién es un personaje y aportar algunos de sus rasgos físicos, y a continuación añadir algo de caracterización indirecta para mostrar acciones, pensamientos, movimientos, diálogo… que corroboren lo que la descripción directa nos ha contado.

En Viaje al fin de la noche, Céline describe así al hombre cuyo puesto el protagonista debe cubrir en mitad de la selva:

Debía de andar por los treinta años y era barbudo… […] Pero, al observarlo, después, más adelante, le vi cara de aventurero innegable, cara muy angulosa e incluso rebelde, de esas que entran a saco en la existencia en lugar de colarse por ella, con gruesa nariz redonda, por ejemplo, y mejillas llenas en forma de gabarras, que van a chapotear contra el destino con un ruido de parloteo. Aquel era un desdichado.

Un par de páginas más adelante, la alocución del propio hombre confirmará el talante aventurero que el protagonista y narrador le ha supuesto.

«[…] ¡Conténtese, pues, con que yo le deje un poco de dinero en metálico y no pida más!… En cuanto a las mercancías, si es cierto que le ha recomendado hacerse cargo de ellas… respóndale al director que no quedaba nada, ¡y se acabó! Si se niega a creerlo, pues ¡tampoco importará demasiado!… ¡Ya nos consideran, convencidos, ladrones a todos, en cualquier caso! Conque no va a cambiar nada la opinión pública y para una vez que le vamos a sacar algo… Además, no tema, ¡el director sabe más que nadie de chanchullos y no vale la pena contradecirlo! ¡Esa es mi opinión! ¿Y la de usted? Ya se sabe que para venir aquí, verdad, ¡hay que estar dispuesto a matar a padre y madre! Conque…»

Como ves, la descripción directa a menudo se usa para introducir, mientras que la caracterización indirecta confirma lo apostillado en esa primera introducción.

Veamos otro ejemplo de caracterización directa. Esta vez tomado de la novela La señorita, de Ivo Andrić:

La señorita cree acordarse de su padre desde que tiene uso de razón. […] Lo ve ante ella con toda claridad, y lo verá así hasta la hora de su muerte. Alto, erguido y esbelto, delgado; el bigote canoso; junto a las sienes, el cabello blanco como la nieve. En la cabeza, un bombín negro; el traje claro de color ceniza, y una impecable camisa blanca almidonada de cuello alto duro y una corbata de seda de listas azules y negras. Sobre el pecho, una dorada cadena de reloj; en la mano dos pesados anillos de oro, una alianza de boda y un sello; en los almidonados puños de picos redondos, grandes botones esféricos de oro. Y se movía por la calle tan erguido y tan orgulloso, que daba la impresión de ser un monumento que no se pudiera inclinar ni sentar. Su rostro era serio como el de un santo. Ni se reía ni hablaba, sino que daba únicamente breves indicaciones y órdenes. Y aquel hombre tan grande y majestuoso a sus ojos era su padre […]

La narración de Andrić describe claramente al padre de Rajka, «la señorita» protagonista de la novela, pero también nos está dando información clara sobre la relación entre ambos personajes, mostrando con sutileza, pero con nitidez, el sentimiento de admiración, incluso de reverente temor que la hija alberga hacia su padre.

Y es precisamente ese sentimiento el que marcará el devenir de la historia, cuando Rajka centre su vida entera en cumplir la promesa que le hizo a tal padre en su lecho de muerte.

Por tanto, la descripción directa sirve para mucho más que para introducir datos sobre el aspecto físico de los personajes.

Dar contexto

El ejemplo de descripción directa tomado de La señorita es una buena muestra de cómo ese tipo de descripciones sirven también para aportar contexto.

Ya hemos hablado de cómo apunta el tipo de relación que existe entre el padre y su hija y los sentimientos de ella hacia él. Pero además nos está aportando otros datos.

El texto habla de «impecable camisa blanca», «corbata de seda», «dorada cadena de reloj», «pesados anillos de oro» y «grandes botones esféricos de oro». Evidentemente, la impecable manera de vestir y la riqueza de los complementos del padre de Rajka nos hablan de un hombre de posición acomodada. También se menciona que «daba únicamente breves indicaciones y órdenes», por lo que sabemos que es un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido.

El contexto es crucial en la narración de historias para comprender la situación de los personajes tanto como los datos de trasfondo. Y la descripción directa es una manera muy apropiada de proporcionarlo.

Usar adjetivos precisos

Ya hemos hablado sobre el manejo del lenguaje y la importancia de dar con la palabra exacta cuando se escribe. Y si esto es válido en cualquier ocasión, cobra especial relieve en las descripciones.

De nuevo lo verás con más claridad con algunos ejemplos. El primero es de El doctor Centeno, de Benito Pérez Galdós.

Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés, esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa y sombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte años, que parecían aparatos de calefacción o salida de humos de la cabeza.

La descripción comienza con una enumeración de tono jocoso que, al tiempo, permite hacerse una idea de las actividades de la alegre juventud que transcurrían en aulas, cafés y pensiones. Después se detiene en su indumentaria y se centra en las chisteras, a las que define muy apropiadamente como culminantes. En efecto, la chistera culmina el vestido de una persona, al ponerse en la cabeza, pero también su forma alargada y dominante hace que sea una pieza que llama la atención. Más en este caso donde, de acuerdo a la moda imperante, se las compara con «aparatos de calefacción o salida de humos de la cabeza».

El siguiente ejemplo es de La casa lugubre, de Charles Dickens:

El tierno demandante o demandado a quien prometieran un día un caballo de madera para cuando se fallase Jarndyce contra Jarndyce ha crecido, ha poseído verdaderos caballos, y se ha ido trotando al otro barrio.

Esta descripción representa cómo el tiempo pasa sin que un pleito se resuelva, de modo que el que era un niño al que se prometía un juguete se ha hecho mayor y ha muerto sin que se dicte sentencia. La frase gira en torno a los caballos: es el juguete que se le promete al niño quien, de adulto, ha llegado a poseerlos de verdad, por eso la forma elegida para definir su paso al otro mundo es, muy acertadamente, trotando.

Proporciona detalles significativos en tus descripciones

En definitiva una buena descripción debe centrarse en aportar detalles significativos sobre tus personajes. No te limites a proporcionar detalles que pueden no decir mucho al lector y que, por tanto, resultan en realidad secundarios.

Haz que tus descripciones vayan más allá de dar datos sobre el aspecto físico de un personaje o sus principales rasgos de carácter. Haz que además aporten contexto sobre su posición socioeconómica, su profesión, sus aficiones… También sobre sus relaciones con otros personajes.

Completa las descripciones directas que explican con caracterizaciones indirectas que muestren a tu personaje tal como la descripción lo ha presentado.

Y cuida con mimo el lenguaje. Ahí es donde un escritor demuestra su talla.

¿Conocías la diferencia entre la descripción directa y la caracterización indirecta? ¿Has pensado que una buena descripción va mucho más allá de explicar cómo es el aspecto físico del personaje? ¿Qué te parece la manera en que el lenguaje puede potenciar una descripción y de paso convertirla en literatura de la mejor especie? Cuéntanos tus experiencias con la descripción de personajes en los comentarios.

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