La evolución del personaje como consecuencia del conflicto

La evolución del personaje como consecuencia del conflicto

Uno de los elementos esenciales de toda historia, de acuerdo con la definición de Joseph Campbell, es la evolución del personaje, el cambio final que se produce en el protagonista como resultado de las decisiones que haya tomado el héroe al enfrentarse con las fuerzas adversas en su viaje en busca del objeto que restaurará su equilibrio perdido.

De hecho, toda narración está compuesta de múltiples cambios, de tal forma que si analizamos la situación inicial de un personaje al principio de la historia y la comparamos con la situación final, deberíamos encontrar el arco de la historia, el gran abanico de cambios que lo han llevado gradualmente desde una a otra situación.

El escritor parte de una idea inspiradora y, para desarrollarla, recrea una determinada situación, coloca en ella a los personajes que ha elegido e imagina cual sería su reacción en esas circunstancias, lo que le conduce a una nueva situación y a otra reacción, y así sucesivamente.

En este proceso, es fundamental trabajar la evolución del personaje: al principio, los cambios que sufre son pequeños, casi sin importancia, y fácilmente el protagonista podría arrepentirse y volver a ser el que era pero, a medida que avanza la narración, la transformación va aumentando gradualmente en intensidad y calidad, hasta que, indefectiblemente, llega un momento en que ya no hay vuelta atrás: el cambio es completo e irreversible. Ese cambio, más allá del cual no cabe un cambio ulterior, es el momento crucial de la historia: el desenlace o clímax narrativo.

La evolución del personaje, el cambio sufrido por el protagonista no consiste en meras modificaciones de su apariencia o de sus circunstancias personales, sino a un cambio significativo en la orientación de su vida, es decir, a un cambio expresado en relación con algún valor narrativo.

Pero, cuidado: no estamos hablando de civismo o moralidad, y mucho menos de aprecio o de intrepidez, sino de condiciones o situaciones presentes en la vida del personaje que, en un momento dado, pueden cambiar a su contrario.

Los valores narrativos, en palabras de Robert McKee, son las cualidades universales de la experiencia humana que pueden cambiar de positivo a negativo o de negativo a positivo de un momento a otro, como, por ejemplo, vivo/muerto, amor/odio, verdad/mentira, y en general, todas esos conceptos o atributos que se pueden emparejar con su opuesto.

Podrían ser morales (bueno/malo), éticos (bien/mal), religiosos (virtud/pecado), mundanos (elegancia/vulgaridad), sociales (tolerancia/intransigencia), cívicos (honradez/corrupción), médicos (salud/enfermedad), o de cualquier otra clase.

Lo importante es que el paso de uno a otro produzca un cambio de positivo a negativo, o de negativo a positivo, en la vida del personaje.

Por eso, independientemente de que este cambio sea para bien o para mal, sea material o espiritual, lo lleve a la madurez o a la locura, al final de la narración el personaje debe ser distinto a como era en un principio.

Esa necesaria evolución del personaje protagonista conlleva un aprendizaje o crecimiento personal que constituye precisamente una de las funciones del héroe, hasta el punto de que, en caso de duda, uno de los elementos que permite distinguir cual es el personaje protagonista en un texto más o menos confuso es determinando cuál es el personaje que más aprende o crece en el curso de la historia.

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  • […] Desenalce: en el viaje del héroe el desenlace se corresponde con el Regreso. El protagonista vuelve al mundo ordinario, es decir, a una situación que puede no ser como la de partida, pero que supone el retorno del equilibrio. En el momento del desenlace puede que el protagonista no haya logrado su objetivo, sin embargo sí que debe haber completado su evolución. […]

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