Escritor, narrador y personaje, tres identidades diferentes (o no)

Hemos detectado que mucha gente tiende a pensar que el autor de una obra es también su narrador y que el narrador además es siempre un personaje.

Se confunden así los roles de escritor, narrador y personaje, que, como vamos a ver en este artículo, son tres identidades diferentes, aunque brotadas todas de la misma esencia, como si de una especie de Santísima Trinidad se tratase. Tres identidades que no tienen por qué identificarse entre sí, pero que (para complicar las cosas) a veces lo hacen.

El escritor

Empecemos por el escritor.

El escritor de una obra es fácilmente identificable: es el nombre que figura en la portada (aunque ese nombre en ocasiones es un pseudónimo).

El escritor es una persona (hombre o mujer) perfectamente normal. Va al dentista, declara impuestos, hace la compra, se lava las manos.

Pero esa persona tiene un oficio: la escritura.

A ese oficio se llega generalmente de manera vocacional. Si no existe una verdadera vocación es difícil que se llegue a prosperar en el camino de la escritura, porque hace falta vocación para perseverar en el esfuerzo, el aprendizaje y la mejora continua; hace falta vocación para luchar a brazo partido con las palabras y los personajes; hace falta vocación para resistir la soledad del trabajo creativo.

A nuestro juicio, y como explicamos en este otro artículo, para llegar a ser escritor la vocación es mucho más importante que el talento.

Una persona que se dedica a la escritura suele ser además una persona con inquietudes: le interesan todos los campos del saber humano y tiene una amplia cultura. También será un buen observador del género humano, un buen psicólogo. Ese conocimiento y esa capacidad de análisis de sus congéneres serán los elementos constitutivos de sus obras.

Sobra decir que un escritor tiene amplios conocimientos literarios y de narratología. Sabe cómo funciona un texto literario, sabe qué elementos lo componen y cómo usarlos, conoce los recursos de los que dispone y cómo jugar con ellos porque sabe que escribir no radica meramente en contar una historia, sino en cómo se cuenta esa historia.

Esos conocimientos el escritor los suele adquirir leyendo mucho (y siendo un lector atento), pero también puede formarse en cursos de escritura.

Ahora bien, también hay quien, como un personaje de Lawrence Durrel en El cuarteto de Alejandría, ve esta cuestión en un sentido inverso: no hay una persona que es escritor; hay un escritor que se pone «un disfraz humano».

En cualquier caso el concepto de escritor resulta bastante claro: si estás leyendo esto probablemente tú eres uno.

El narrador

El narrador es la voz que el escritor usa para contar la historia.

El narrador no es el escritor. El narrador es simplemente uno de los elementos de los que el autor dispone para crear su obra, como los personajes, la estructura, los diálogos o las descripciones.

Lo vemos mejor con unos ejemplos:

La novela David Copperfield, de Charles Dickens, comienza así:

Si llegaré a ser el héroe de mi vida u otro ocupará ese lugar, lo mostrarán estas páginas. Para comenzar por el principio el relato de mi vida diré que nací (según me contaron y así lo creo) un viernes, a las doce de la noche.

Quien nació un viernes a las doce de la noche no fue Dickens, sino David Copperfield, narrador y protagonista de la novela homónima.

Otro tanto puede decirse de Robinson Crusoe, escrita por Daniel Defoe:

Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un extranjero de Brema que, inicialmente, se asentó en Hull.

Daniel Defoe nació en Londres, en alguna fecha entre 1659 y 1661, por lo que, como es obvio, no es la misma persona que su narrador.

J. D. Salinger se inspira en el inicio de David Copperfield en el comienzo de El guardián entre el centeno:

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo de David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.

Quién habla, naturalmente, no es el propio Salinger, sino el irreverente Holden Caulfield.

Mientras, en el párrafo inicial de Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain hace que su narrador le aluda directamente:

No sabéis quién soy yo como no hayáis leído Las aventuras de Tom Sawyer, pero eso no importa. Ese libro lo hizo el señor Mark Twain, y en él dijo la verdad poco más o menos. Exageró algunas cosas; pero, en general, dijo la verdad.

Como ves, Huck Finn alude, en un plano de igualdad, a su autor, incluso se permite juzgar cómo abordó la historia: «dijo la verdad poco más o menos».

De modo que vemos que los narradores no se identifican necesariamente con sus autores. Si bien es cierto que todos los anteriores narradores tienen una característica común: son narradores en primera persona que actúan como protagonistas de sus historias.

Pero también hay ejemplos de narradores en tercera persona. En este ejemplo el narrador en tercera de El camino, de Miguel Delibes, nos presenta a su protagonista:

Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal.

En la novela de Delibes un narrador anónimo (pero que no es Delibes) nos cuenta las remembranzas que el pequeño Daniel hace de su pueblo y de sus amigos antes de partir a la ciudad para estudiar el bachillerato.

En este caso el narrador es además un ente ajeno a los acontecimientos. Los conoce y los narra, pero no participa en ellos. Es decir, el narrador no es el escritor, pero tampoco un personaje.

Ahora bien, como queda dicho, el narrador es una herramienta del escritor, un recurso del que se sirve para contar su novela, de modo que en cierta manera es normal que en ocasiones (pero no siempre ni por defecto) el narrador exprese opiniones o juicios del propio autor. Manuel Puig decía: «A la larga acaba saliendo la opinión que tengo de las cosas, o eso espero».

Personaje

Por su parte, los personajes son los entes que llevan a cabo las acciones contadas por el narrador.

Sin duda gran parte de la confusión entre narrador y personaje proviene de textos como los de los ejemplos anteriores, en los que se usa un narrador en primera persona que además se corresponde con el protagonista. En esos casos la identificación entre narrador y personaje es correcta (pero recuerda que aunque narrador y protagonista tengan la misma identidad, esta no tiene nada que ver con su autor).

También hemos visto el ejemplo de El camino, en el que el narrador no es un personaje. Veamos más ejemplos de narradores en tercera, que cuentan la historia desde fuera y que no se corresponden por tanto con ningún personaje.

Así comienza Arroz y tartana, de Vicente Blasco Ibáñez:

A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado, envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño y velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.

Y Boris Vian inició así La espuma de los días:

Colin estaba terminando de asearse. Al salir del baño se había envuelto en una amplia toalla de rizo de la que solamente sobresalían las piernas y el torso. Del estante de cristal tomó el pulverizador y roció sus cabellos claros con fluido y oloroso aceite.

Pero no tenemos que olvidar que los personajes ni siquiera tienen por qué ser seres humanos. Pueden ser animales, seres de fantasía e incluso objetos. En ese caso está claro que esos personajes (incluso aunque cuenten su propia historia en primera persona) no pueden identificarse con el escritor de cuya mente han brotado, aunque sí pueden ser narradores de su propia historia, como sucede en Soy un gato, de Natsume Sōseki:

Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana.

El gato de la novela de Sōseki actúa como narrador interno de su propia historia, pero también es el narrador testigo de la historia de su amo, un pobre profesor.

Si quieres aprender las distintas tipologías de narradores, no te pierdas nuestro Curso de Novela.

Por otra parte, también hay que tener presente que casi todos los autores basan sus obras en aquello que conocen y que han experimentado de primera mano. A menudo sus personajes están basados en personas de su entorno (Tolstói decía que nunca inventó ni un solo personaje). Y naturalmente, los personajes también pueden tener rasgos (incluso inconscientes) del propio autor. Hablamos de ello cuando explicábamos por qué a veces los personajes no obedecen a la voluntad del escritor y parecen tomar vida propia y actuar por su cuenta.

Pero esto no significa que automáticamente debamos identificar al personaje principal con el escritor. En su libro Cómo piensan los escritores, Richard Cohen explica:

Tras la publicación de El mal de Portnoy, Philip Roth leyó lo que se decía en los periódicos de su crisis nerviosa («tanta masturbación le ha pasado factura —opinó Martin Amis con aspereza antes de añadir—: la novelista pulp Jacqueline Susann dijo en un programa de entrevistas que le gustaría conocer a Philip Roth pero que no le gustaría estrecharle la mano»). Con el orgullo artístico herido, Roth haría que su alter ego en la ficción, Nathan Zuckerman, explicara en La contravida (1986) que habían confundido «imitación por confesión, y que le hablaban a un personaje que habitaba en un libro». En una entrevista que le hicieron en 2014 lo explicó con mayor detalle: quienquiera que crea que las palabras y pensamientos de los personajes de un autor son los suyos propios, «va muy desencaminado».

Sin embargo, como has visto, Philip Roth creó a un personaje que es su alter ego. Nathan Zuckerman, un novelista cuya trayectoria recoge en diversas novelas y que es un trasunto del propio Roth.

Hay más autores que se convierten en personajes en sus obras. César Aira usó su apellido para bautizar a uno de los personajes de su colección de relatos Las curas milagrosas del doctor Aira. Y Unamuno, en Niebla, hace que su personaje acuda a Salamanca para consultarle sobre la idea de suicidarse:

Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. (…) Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.

Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí preside los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó frente a mí.

De modo que, como ves, escritor, narrador y personaje no tienen por qué ser una misma entidad. Pueden ser tres entidades perfectamente separadas con el único nexo de unión de que narrador y personaje hayan salido de la mente del escritor.

Pero a veces narrador y personaje se identifican, sobre todo cuando se usa un narrador interno en primera persona. Y también puede suceder que el escritor se introduzca en su obra de manera categórica o en forma de alter ego.

¿Has confundido alguna vez escritor y narrador? ¿Crees que siempre es el personaje quien debe contar su propia historia? ¿Qué te parecen los autores que se introducen en sus obras y le hacen un guiño desde allí al lector? Comparte tus opiniones en los comentarios.

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4 COMENTARIOS


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  1. Parece algo sencillo de diferenciar, pero es fácil encontrarse casos en los que no se hace. Además, hay textos que juegan con estos conceptos y los utilizan en beneficio de la propia trama. Yo mismo tengo un relato en el que un narrador en tercera persona, en apariencia ajeno a la historia, resulta ser el protagonista en primera persona

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