Qué hacer cuando los personajes no obedecen al escritor

Seguro que te ha pasado alguna vez: estás escribiendo una novela y, de pronto, el protagonista o alguno de los personajes parecen cobrar vida propia. Comienzan a hacer cosas que no estaban previstas en el plan previo y conducen la historia por otros derroteros. ¿Qué sucede?

Esa es la magia de la escritura. Una experiencia creadora que parece reforzar la idea de que el escritor es un médium a través del cual se canaliza la obra. Si nos sigues desde hace tiempo sabrás que no somos partidarios de esa concepción de la creación. Las buenas obras no son nunca fruto del azar, sino de un plan premeditado y de un inteligente trabajo.

Entonces, ¿cómo es posible que un personaje se escape de las manos de su escritor?

A fin de cuentas, un personaje ha sido concebido, «diseñado», por el escritor. Él le ha atribuido cualidades, virtudes y defectos, un pasado y, sobre todo, un presente, el que narra la novela.

De hecho, después de más de una década formando escritores, en Sinjania sabemos una cosa: a muchos autores no os gusta nada lo del trabajo previo y os cuesta sentaros a planificar la obra al detalle porque las ganas de escribir os pueden. Sin embargo, la inmensa mayoría de vosotros sí que hacéis fichas de personaje. Os encanta elaborar una ficha que consigne desde el color de ojos de vuestro protagonista a sus relaciones familiares, pasando por sus manías y el nombre del colegio donde cursó sus estudios primarios.

Siendo así, la realidad de los personajes que parecen cobrar vida propia y dejan de obedecer al escritor es todavía más sorprendente. ¿Cómo puede suceder, si el protagonista es la parte de la novela que el escritor mejor suele conocer cuando aborda la escritura?

El motivo por el que un personaje se escapa de las manos de su creador

Ernesto Sabato, en su obra El escritor y sus fantasmas, apuntaba que los personajes son, ni más ni menos, el propio escritor:

Todos los personajes de una novela representan, de alguna manera, a su creador. Pero todos, de alguna manera, lo traicionan.

Según el escritor argentino, los personajes vienen a ser como partes del propio escritor, partes ocultas, recónditas, subconscientes… que se desgajan de él y toman vida en el texto. Ideas que un día expresó y que, en el contexto que ha diseñado para su obra, mutan y se transforman en algo nuevo que le sorprende incluso a él.

Saliendo, como salen, de la persona integral de su creador, es natural que algunos de ellos manifiesten ideas que de una manera o de otra, perfecta o imperfectamente, han surgido alguna vez de la mente del propio artista; pero aun en esos casos esas ideas, al estar encarnadas en personajes que no son exactamente el autor, al aparecer mezcladas a otras circunstancias, otras carnaduras, otras pasiones, otros excesos, ya no son aquellas que alguna vez el autor pudo haber expresado desde su propia situación; y deformadas por las nuevas presiones (presiones que en la ficción suelen ser tremendas y demoníacas) cobran un resplandor que antes no tenían […] El artista se siente ante un personaje suyo como un espectador ineficaz frente a un personaje de carne y hueso: puede ver, puede incluso hasta prever el acto, pero no lo puede evitar. […] Lo curioso, lo ontológicamente digno de asombro, es que esa criatura es una prolongación del artista; y todo sucede como si una parte de su ser fuese esquizofrénicamente testigo de la otra parte, de lo que la otra parte hace o se dispone a hacer; y testigo impotente.

Así, los personajes se basan en su propio autor —o tienen gran parte de él—: miedos latentes, deseos inconscientes, ideas, sueños, posibilidades, opciones descartadas… Todo eso que forma parte del sustrato de la psique del autor se encarna un día en un personaje.

Si bien ese personaje puede acabar por escaparse del control de su creador y tomar la iniciativa. Sin embargo, esta es solo una apariencia superficial. En realidad, el personaje sigue en todo momento bajo el control del escritor, pero no de lo que el escritor es, sino bajo el control de lo que el escritor podría haber sido (o teme ser o anhela ser).

Si fuera posible que el autor fuera más consciente de su inconsciente o de su subconsciente (disculpas por lo rocambolesco de la frase), tal vez nunca sentiría esa sorprendente sensación de que su personaje ya no le obedece.

Qué hacer cuando un personaje se desmanda

Bien, digamos entonces que, en realidad, como escritor siempre tienes el control de tu personaje (aunque tal vez esté bajo el control de determinadas facetas inexploradas de tu carácter, experiencia o personalidad); sin embargo, eso no quita que en ocasiones sientas que has perdido el control sobre tu novela, lo que a veces resulta muy estimulante, pero otras puede ser horriblemente frustrante. ¿Qué hacer entonces?

En primer lugar, deberías detenerte un momento para analizar qué es lo que sucede para dirimir la posible causa.

A menudo esa sensación de que la historia toma sus propias riendas y te deja a ti al margen es ocasionada por, ¿no lo adivinas?, la falta de trabajo previo.

Así es. Lo que sucede no es que el personaje haya cobrado vida al margen de tus designios, llevándose la historia consigo. Lo que sucede en realidad es que no conocías como es debido ni a la historia ni a tu personaje.

Porque conocer a tu personaje no implica acumular un sinnúmero de datos en su ficha. Implica concederle unas cualidades morales y decidir cómo va a reaccionar, según ellas, a los hitos de la acción. Pero también en evaluar cómo la experiencia de atravesar dichos hitos le cambiará.

Ambas cosas, cómo afecta el personaje a la acción y cómo afecta la acción al personaje, debes decidirlas con anterioridad, antes de empezar a escribir. Tal como aprenderás a hacer en el Curso de Novela. Cuando no lo has hecho llegan las sorpresas durante la fase de escritura. Y es entonces cuando el escritor se maravilla de que el personaje parezca actuar por instinto propio.

En absoluto es así, lo que sucede es que, como autor, no te habías tomado el trabajo de pensar con antelación cómo reaccionaría tu personaje a las líneas principales del argumento.

Por tanto, si tus personajes se desmandan y parecen actuar por libre, asegúrate en primer lugar de que has hecho un buen trabajo previo.

Quedamos entonces en que la falta de un buen plan previo elaborado antes de comenzar a escribir puede ser causa de la sensación de que los personajes van por libre.

Pero ¿que sucede si has hecho un trabajo previo concienzudo y aun así un personaje se suelta de tu mano y empieza a caminar solo?

Estaríamos entonces ante un caso como el que describe Ernesto Sabato: tu personaje está desarrollando ideas que alguna vez han pasado por tu mente, pero según su propia idiosincrasia y circunstancias. Es como si una parte desconocida de ti tuviera algo que decir y utilizase para ello a tu personaje. Por ello John Cheever decía que escribir es como tener una línea directa con el subconsciente.

En ese caso, aprovecha y disfruta de la magia de la escritura, pero no pierdas el control de tu novela. Hacerlo así implicaría un terrible desconocimiento del oficio.

De nuevo Cheever dijo, en una entrevista publicada en The Paris Review, respondiendo a la pregunta de si los personajes se pueden volver alguna vez ingobernables:

La leyenda de que los personajes salen huyendo de sus autores, que toman drogas, cambian de sexo y se convierten en presidentes implica que el escritor es un estúpido que no tiene ningún conocimiento ni dominio de su oficio. Eso es absurdo. Claro que cualquier ejercicio imaginativo valioso aprovecha una memoria tan compleja y apabullante que disfruta realmente del carácter expansivo —los giros sorprendentes, la respuesta a la luz y a la oscuridad— de cualquier ser vivo. Pero la idea de que los autores vayan corriendo inútilmente tras sus estúpidas invenciones resulta deleznable.

Un escritor que tenga conocimiento y dominio de su oficio controla en todo momento la historia que está contando y a sus personajes. Solo que en ocasiones estos establecen una línea directa con el subconsciente del autor y se puede producir un giro inesperado o una salida impensada. ¿Qué hacer entonces?

Simplemente recurrir de nuevo al plan previo. Analiza cómo ese cambio o alteración que tu personaje parece haber introducido afecta a la historia: a lo que viene a continuación, pero también a lo que ha sucedido antes.

Con eso claro, introduce los cambios que consideres necesarios para restablecer el equilibrio argumental y que el todo siga siendo coherente, comprensible y causal. Es decir, retoca y reajusta tu plan previo.

Como ves, el plan previo es como un raíl por el que avanzas con seguridad. Todo está contemplado en él, de manera que te pones a resguardo de imprevistos, bloqueos y lapsus. Pero incluso si un imprevisto sucede, puedes solventarlo de manera efectiva y rápida, asegurándote siempre de que la integridad de tu historia se mantiene a salvo.

Esa es la manera en que trabajan los escritores profesionales, y si quieres ser uno de ellos eres muy bienvenido a nuestra comunidad. Abajo tienes un formulario en el que, dejando tu nombre y tu correo, puedes unirte a los miles de escritores que ya mejoran su escritura con nosotros.


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  1. Me parece instructivo e interesante el material. Soy periodista con 39 años de experiencia. A parte de los materiales periodísticos, he producido micros, guiones radiales de variado contenido. En cuanto a escribir una novela, desde hace mucho, mucho tiempo, tengo la historia en mi cabeza. Incluso tengo la sinopsis del libreto escrito, pero el factor económico no me ha dado el chance que necesito.
    Me llamó la atención lo de la desobediencia de los personaje. En mi novela, el que era secundario, terminó de principal. Y siempre tiene nuevas escenas(en mi pensamiento).
    Gracias por el espacio. Gracias por leerme.

    Mirtha

  2. Excelente!! Muy buenos consejos. Me crucé con una realidad que pensé que sólo me sucedía a mi. Por un momento llegué a pensar que estaba loca, cuando casi no logro controlar un personaje, pero tener un plan previo siempre es lo mejor.

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