Que la literatura es una forma artística es algo que a menudo no se tiene del todo presente. Cuando pensamos en una creación artística pensamos quizá en una pintura o en una escultura, en una obra musical…, pero nos resulta más difícil pensar en los libros que leemos en cuanto creaciones artísticas. En el fondo, como lectores sabemos que lo son, pero con frecuencia lo olvidamos.
Sin embargo, solo siendo conscientes de la parte artística de la obra podremos disfrutar de ella de una manera completa y conocedora, y experimentar, también, goce artístico al leer. Y solo cuando leamos de ese modo completo y atento estaremos, de verdad, honrando el trabajo del escritor como artista.
Hoy queremos reflexionar, junto a José Ortega y Gasset, sobre nuestro modo de leer habitual, que se correspondería con esa lectura mecánica de la que ha hemos hablado en otras ocasiones; y de un modo de leer que atiende también al goce estético que la obra puede proveer, que, de hecho, espera proveer.
Interesarse en los destinos humanos
Hemos comenzado diciendo que la literatura es una forma artística, pero que como lectores a menudo lo olvidamos. Si lo olvidamos es debido a que con la literatura —quizá también con el cine— la peripecia humana que las obras literarias recogen nubla en parte nuestra percepción artística. Y es que una de las características de la literatura es su afán, y su capacidad, de reflejar la vida. La literatura es, en gran medida, mímesis: imita el acontecer de lo humano, retrata nuestro modo de vivir en sociedad y copia también las turbulencias, penas y alegrías que a menudo vive en su fuero interno el ser humano como individuo. Y eso, nuestro interés en la experiencia humana, es en gran medida lo que nos impulsa a leer y lo que nos interesa cuando nos adentramos en una obra literaria.
En La deshumanización del arte, José Ortega y Gasset razona:
¿A qué llama la mayoría de la gente goce estético? ¿Qué acontece en su ánimo cuando una obra de arte le «gusta»? La respuesta no ofrece duda: a la gente le gusta una obra cuando ha conseguido interesarse en los destinos humanos que le son propuestos. Los amores, odios, penas, alegrías de los personajes conmueven su corazón: toma parte en ellos, como si fuesen casos reales de la vida.
De manera que, cuando leemos, a lo que solemos atender es a los «destinos humanos» y a la destreza del escritor para retratarlos con fidelidad. Somos seres humanos y, siéndolo, nada de lo humano puede sernos ajeno. Y esos destinos humanos nos obnubilan de tal manera que a menudo no somos capaces de percibir nada más en una obra literaria. Atendemos a lo que cuenta, pero no prestamos tanta atención a cómo se nos cuenta. Sin embargo, Ortega y Gasset advierte:
Ahora bien, alegrarse o sufrir con los destinos humanos que la obra de arte nos presenta es cosa muy diferente del verdadero goce artístico.
Porque fijarse solo en la parte de la literatura que imita a la vida es despreciar una gran parte (quizá la más importante) del juego literario. La literatura es arte, y un buen lector debe atender también, justamente, al artificio. Atender solo a la parte que representa la experiencia humana es igual que si, al contemplar un cuadro, atendiéramos tan solo a lo que representa: un paisaje, un retrato, una escena de interior… sin atender a cómo está pintado ese cuadro: pincelada, perspectiva, uso del color, corriente o escuela, simbolismo…
Como hemos dicho a menudo cuando hablamos de la literatura desde el otro extremo, desde el extremo del creador, en la creación literaria lo verdaderamente importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. De manera que si como lectores queremos honrar el trabajo que el escritor hizo, valorar aquello por lo que el escritor se esforzó y desveló, deberíamos fijarnos muy bien en cómo cuenta, en el artificio y no solo en la historia. Porque ahí, en reparar en el artificio, valorarlo y disfrutarlo, es donde se halla el goce estético.
El goce estético
Entonces, ¿dónde radica el goce estético?, ¿y cómo puede experimentarlo el lector? Ya lo hemos señalado: atendiendo a cómo se cuenta la historia y no solo a la historia que se cuenta. Pero eso da lugar a una nueva pregunta, más peliaguda: ¿cómo se atiende al cómo?
Ortega y Gasset lo explica con una comparación muy ilustrativa:
Imagínese el lector que estamos mirando un jardín al través del vidrio de una ventana. Nuestros ojos se acomodarán de suerte que el rayo de la visión penetre el vidrio, sin detenerse en él, y vaya a prenderse en las flores y frondas. Como la meta de la visión es el jardín y hasta él va lanzado el rayo visual, no veremos el vidrio, pasará nuestra mirada a su través, sin percibirlo. Cuanto más puro sea el cristal menos lo veremos. Pero luego, haciendo un esfuerzo, podemos desentendernos del jardín y, retrayendo el rayo ocular, detenerlo en el vidrio. Entonces el jardín desaparece a nuestros ojos y de él sólo vemos unas masas de color confusas que parecen pegadas al cristal.
Tomando la comparación de Ortega como base, podríamos decir que la historia contada es el jardín, mientras que el cómo se cuenta sería el vidrio. Habitualmente el lector mira por la ventana para deleitarse con las vistas del jardín, pero el lector común no suele fijarse en la calidad y las características del vidrio.
Para Ortega, «ver el jardín y ver el vidrio de la ventana son dos operaciones incompatibles» y remacha:
Del mismo modo, quien en la obra de arte busca el conmoverse con los destinos de Juan y María y a ellos acomoda su percepción espiritual, no verá la obra de arte. […] Más aún: esa ocupación con lo humano es, en principio, incompatible con la estricta fruición estética.
Es decir, Ortega considera que el lector que busca solo conmoverse con los destinos humanos, de alguna manera será siempre ciego a la obra de arte; se asomará al jardín sin reparar jamás en la forma de la ventana desde la que lo mira. Es más, el pensador considera que:
La mayoría de la gente sólo tolerará las formas propiamente artísticas en la medida en que no intercepten su percepción de las peripecias humanas. Tan pronto como estos elementos puramente estéticos dominen y no pueda agarrar bien la historia de Juan y María, el público queda despistado y no sabe qué hacer delante del libro. […] La mayoría de la gente es incapaz de acomodar su atención al vidrio que es la obra de arte; en vez de esto, pasa al través de ella sin fijarse y va a revolcarse apasionadamente en la realidad humana que en la obra está aludida.
Ver el vidrio
A nuestro juicio, la visión de Ortega es, en ese punto, algo desesperanzada. Pensamos, por el contrario, atreviéndonos a contradecir al sabio, que muestra capacidad para «ver el vidrio» y aprender a captar calidades y formas puede ser desarrollada y entrenada; en realidad, es algo que se aprende.
Volvemos al ejemplo del cuadro: todos sabemos «ver», de no tener alguna deficiencia visual, todos podemos situarnos ante Las meninas y ver lo que allí se representa. Pero para comprender muchas de las sutilezas de esa gran obra pictórica tenemos no solo que ver, sino también conocer. Es el conocimiento el que nos conduce a una visión más completa de la obra, y de esa visión se desprende una mayor comprensión. Esa comprensión es la que nos lleva al disfrute estético.
Otro tanto sucede con la literatura. Si el lector conoce y es capaz de comprender, ya no se queda «despistado» y sin saber «qué hacer delante del libro». De pronto comienza a ver el vidrio y no solo el jardín.
Insistimos: ser capaz de ver el vidrio y de valorarlo no impide ni dificulta la visión del jardín. Es como si el rayo de nuestra visión tuviera la rara facultad de enfocarse a dos distancias diferentes al mismo tiempo. Pero tenemos que entrenar nuestra visión para que pueda hacerlo.
Para entrenar nuestros ojos para ver el vidrio es necesario conocer qué más hay en la obra literaria más allá de la historia; hay que conocer los elementos que hay en el texto que, aunque sostienen la historia, no son la historia. Y entrenarse para reparar en ellos.
Si te interesa hacerlo, te interesará también el curso de lectura crítica que comenzará en abril. En él repasamos todos esos elementos que te ayudarán a ver el vidrio y lo hacemos además de manera práctica: leeremos juntos una obra literaria y reflexionaremos para dirimir no solo qué historia se nos ha contado, sino cómo se nos ha contado esa historia.
Puedes conocer el temario del curso y la lectura que compartiremos este año en la edición de 2026 del curso de lectura crítica siguiendo este enlace. Y si el planteamiento del curso te parece interesante, también allí encuentras un formulario para unirte sin compromiso a la lista de espera; así te avisaremos en cuanto se abra el plazo de inscripción, que será en breve.
La importancia de ver el vidrio para un escritor
Es importante señalar, y Ortega también lo hace, que muchas obras literarias son equiparables a un vidrio transparente. Muchas obras del siglo XIX (aunque no todas), y también muchas del XX. Son obras en las que se da preponderancia a la historia sobre lo formal.
Sin embargo, hay obras donde el cristal se engrosa, se deforma, se opaca… porque el escritor lo ha querido así; bien porque ha querido llamar la atención sobre él o porque ese cristal deformante es el que ha considerado apropiado para contar la historia tal como quería contarla (de nuevo el cómo).
Un escritor del siglo XXI debe conocer todas esas formas de narrar: las que buscan construir un cristal límpido y las que, por el contrario, usan cristales deformantes. Porque solo conociendo las distintas calidades y cualidades de los cristales podrá elegir bien cuál es el que quiere aplicar sobre su historia. En el siglo XXI al escritor no le basta con ser un buen paisajista para crear un jardín interesante que presentar a los ojos del lector; necesita también ser un arquitecto que sepa dar forma a las ventanas e instalar los cristales de la manera más conveniente para que se asomen a ese jardín que su imaginación concibió.
Y es que jardín y ventana son todo uno para el buen lector. Porque el buen lector sabe y puede atender a los destinos humanos, a la vez que experimenta el goce estético que, como conocedor, le depara el arte de la obra literaria.
Me ha perecido mue evocador el símil de la ventana y el jardín, y me pregunto si, llevándolo más allá, podríamos considerar que la ausencia absoluta de vidrio en dicha carpintería no hace que, a fuerza de sufrir con las incómodas rachas de viento o la presencia de insectos, e incluso malos olores (¿por qué no?) procedentes de ese jardín, puede ello afectar negativamente a su visión, por muy hermoso que sea el vergel que estamos contemplando. Tal vez si consideramos que el hecho de ver el jardín desde fuera y no estar en él, es lo que nos ha impulsado a coger el libro o ver la película (porque creo que funciona también con otro medio artístico como es el cine). Me ha pasado muchas veces leer una historia cuya sinopsis ofrecía una sublime inmersión en las más variadas pasiones humanas y acabar pasando la última hoja sumido en la decepción, no porque dichas pasiones no estuvieran allí contenidas, sino porque, más allá de narrar una historia de manera sistemática, casi científica, como ir del punto A al B pasando por C, no había nada. Ninguna otra cosa que sirviera de adhesivo a aquellos hechos narrados de forma secuencial, más allá de la simple lógica temporal. Y, sin embargo, obras cumbres de la literatura, por cuyo resumen creo que la mayoría no las hubiésemos escogido como lectura, pueden narrar los hechos más anodinos e insulsos de una manera tan perfecta que al cerrar la tapa te sientes completamente desamparado, como expulsado de un mundo maravilloso (o terrible) del que jamás habrías querido salir. Volviendo al cine, donde yo lo noto de manera más evidente, hay miles (o millones) de ejemplos de películas que narran grandes pasiones humanas de una manera completamente anodina, como cualquier film de sobremesa de fin de semana (que son muy útiles para dormir la siesta con cierto ruido monótono de fondo). Por supuesto hay obras cumbre en las que el cómo se cuenta y el qué se cuenta se elevan hasta alturas celestiales, dando grandes joyas de la filmografía humana (igual que pasa en la literatura), pero hay otros casos en los que las historias son un cúmulo de clichés puestos uno detrás de otro, los personajes tienen la profundidad de un charco y, sin embargo, han perdurado en la historia del cine también como joyas. El mejor ejemplo que se me viene a la mente es el de la cúspide del spaghetti western de Leone, con historias que han envejecido francamente mal, pero que poseen una estética que logró perdurar, con esos planos genialmente compuestos, heredados (y muchas veces copiados) directamente de Kurosawa, encapsulando la salvaje y cruda belleza de los desiertos de Almería como un trampantojo del wild west estadounidense, y la fantástica música compuesta por Morricone a base de silbidos y harmónicas, que han permeado en la cultura colectiva. Sin estas capas estéticas serían películas francamente olvidables, salvo, tal vez, por cierto carisma intrínseco de alguno de sus intérpretes. Y, volviendo al tema del artículo, considero que, aunque no sea de una manera consciente, todos estos recursos estéticos traslúcidos (por retomar el símil de la ventana) llegan también al lector (o al espectador) menos avezados de la misma manera que atisbamos la complejidad estética de una gran sinfonía sin tener ni idea de teoría musical. Por supuesto, y ahí coincido contigo, Natalia, todas estas obras serán mucho más disfrutables cuanto mayor sean los conocimientos específicos de los lectores (o espectadores). Fantástico artículo, por cierto, como nos tienes siempre acostumbrados. Estuve valorando hacer el curso de lectura crítica, pero justo me he metido de lleno con la estricta dieta literaria que recomienda Vanni Santoni en su libro (al que llegué por la recomendación de una de las sesiones del Curso de Estilo) y no me la quiero saltar, mucho menos menos ahora, que estoy inmerso en los siete tomos de En busca del tiempo perdido, y al que no sé si sobreviviré. Tal vez me apunte a la convocatoria del año próximo.
Si, comparto vuestros comentarios, encontrar la palabra apropiada, el verbo correcto, el adjetivo perfecto, es como la paleta de un pintor, hay que añadirle que el tema interese, enganche y así hasta conseguir tras horas de trabajo «una hoja perfecta», si se consigue queda para tí algo especial. Gracias por vuestro trabajo.
Querida Natalia: el tema que abordas, que es el aspecto estético de la literatura, y cómo lo haces, son muy interesantes; por medio del símil entre el vidrio límpido o deformado a través del cual se ve un paisaje; o, en el caso de su representación pictórica, la fidelidad o la evanescencia o la fuga abstracta; y, en el de la literatura, mediante procedimientos análogos de recreación, ya de naturalismo o de distintos grados de evocación y abstracción. Tengo la convicción de que uno de los elementos fundamentales de lo estético en la literatura es la palabra, que es la materia prima con la que trabaja el escritor, haciendo surgir de ella sus cualidades plásticas, sonoras, rítmicas y polisémicas. (Así como lo es, en el caso de la pintura, el color o la línea; por cierto, hay un caso interesante, en el caso de la literatura, los caligramas.) Hay otros aspectos, como los que tú sugieres, referentes a cómo se construye una expresión literaria al narrar o poetizar el drama humano. Pero la palabra es la piedra fundamental y, por serlo, fundadora. La palabra o palabras personales de cada escritor, esas que lo definen a él y a su creación propia, marcarán la personalidad de la obra que sea capaz de edificar con cada elemento lingüístico. Siempre te leo, querida Natalia, y me disculpo contigo y el resto de tus lectores, si acaso digo tonterías, que es lo más probable, pero al escribir esto es una manera de decir que estoy con ustedes, siguiéndolos, acompañándolos con gran interés. Muchas gracias por todo
Hola, Enrique:
Coincido contigo plenamente, ya lo sabes, en que la palabra, el lenguaje, es la piedra angular sobre la que se edifica el edificio de la literatura. Podría decirse que la palabra es la arena de sílice con la que se hace el vidrio: es el elemento fundamental, la sustancia. Y por sí misma contribuye a la opacidad o transparencia del cristal, al que luego se dará forma a través de otros recursos; si bien esos recursos están también hechos, naturalmente, de palabras.
Un abrazo.