Hay algo que muchos escritores temen, quizá sobre todo en sus comienzos, si bien puede ser una alarma que los acompañe durante mucho tiempo: que sus lecturas influyan en su escritura, opacando o tergiversando de algún modo su voz y su estilo.
Ese temor es absolutamente injustificado, y de eso vamos a hablar en este artículo, evaluando lo que la lectura puede hacer por tu escritura, y lo que seguramente no puede hacer (aunque quisieras).
Leer no contamina tu escritura como tú crees
Comencemos examinando el segundo punto: lo que la lectura no puede hacer.
El temor de los escritores de que los libros que leen contaminen de algún modo las obras que escriben es lógico. Si hay algo a lo que un escritor aspira es a tener una voz propia y reconocible, una voz que el lector pueda identificar y que permita a este, casi sin mirar la portada de un libro, reconocer que esas páginas son de tal o cual autor.
Esa voz propia se relaciona muy directamente con el estilo, pero el estilo está compuesto por una variedad de elementos: por supuesto, el uso del lenguaje —vocabulario, fraseo, hasta la construcción de los párrafos—, pero también los temas y el modo de tratarlos, el tipo de personajes que se crean y de las historias que estos viven, etc. Pensemos en escritores con un estilo muy marcado, como H. P. Lovecraft, Thomas Bernhard o Franz Kafka. Lo característico de ellos no es solo su manera de usar el lenguaje, sino también el tipo de historias que escriben y los personajes que las encarnan. Podríamos decir, de hecho, que esos tres elementos (y otros que no enunciamos aquí) funcionan juntos y le dan su marchamo personal a cada una de sus obras.
De modo que un escritor que lea, por ejemplo, a Kafka, ¿puede escribir como él? Es muy difícil. Y no porque Kafka sea uno de los autores más destacados del pasado siglo, sino porque su escritura está integrada por una serie de componentes que no es fácil que pasen todos a la obra del escritor novicio. Sin duda una huella de la lectura de Kafka pasará, quizá los temas, o algo del modo en que Kafka escribe, o sus atmósferas opresivas…, pero es (nos atrevemos a decir) imposible que todo lo que hace a Kafka Kafka pase a la obra del escritor.
De hecho, imitar a un escritor de manera consciente, tratar de copiarlo a propósito no es nada sencillo. Incluso si el escritor pone toda su atención y su intención en imitar a un autor que admira, lograr un parecido razonable no es nada fácil.
Hace no mucho, recibí un correo de un alumno que había estado leyendo a Jon Fosse, el autor recientemente galardonado con el Nobel. El alumno sentía que el texto en el que trabajaba había quedado severamente impregnado de la particular prosa del autor, y me enviaba un fragmento para corroborarlo. Casualmente yo tenía fresca la lectura de Fosse y pude comprobar que en el texto apenas había nada del escritor noruego. El alumno había «imitado» la disposición de las frases en página de Fosse, pero nada más había en común entre su texto y uno de Fosse (sin que esto suponga un demérito).
Si fuera fácil imitar a un escritor, escribir sería muy sencillo. Solo tendríamos que elegir a nuestro autor favorito, o al más superventas, o a uno de los excelsos autores cuyas obras son imperecederas, leer algunas de sus obras y, voilà!, ya escribiríamos como él. Sin embargo, no es tan simple.
Por cierto, que imitar a los escritores superventas puede resultar más sencillo porque ni sus temas, ni sus historias, ni su estilo suelen tener un alto grado de complejidad, como explicamos en este otro artículo. Eso es justamente lo que hace que sean superventas: que escriben obras de relativa sencillez capaces de llegar a un amplio público lector que lo que busca son, precisamente, obras poco complejas.
Leer contamina la escritura de este modo
Sin embargo, leer mucho (y bueno y variado) es el camino más seguro que un escritor puede seguir para mejorar su escritura. Porque las buenas lecturas siempre dejan un poso en el lector; y la naturaleza de ese poso resulta muy interesante cuando ese lector es, además, escritor.
Leer es la mejor manera (la más amena, la menos ardua) de aprender vocabulario, sintaxis y gramática. Sin tener que leer áridos manuales, cada lectura nos enseña las normas de acentuación o puntuación, el uso correcto de los tiempos verbales, la atinada construcción de las frases… Por eso hay que tener tanto cuidado con leer a malos autores, malas traducciones o malas ediciones, porque podemos aprender a usar mal nuestro idioma, lo que si siempre resulta deplorable lo es especialmente en el caso de los escritores.
Leer nos da acceso, además, a ese almacén del que hablaba Chirbes del que el escritor puede sacar innumerables materiales para construir sus propias obras. Cuanto más se lee, más extenso y nutrido es ese almacén, más elementos (temas, narradores, personajes, usos del tiempo, técnicas…) tiene disponible el escritor. Y eso le permite tanto mayor libertad creativa (podrá hacer cualquier cosa), como mayores recursos expresivos y estéticos.
Pensemos en el caso del alumno del que hemos hablado, el que sentía que ahora Fosse vivía en sus textos. ¿Era posible identificar rasgos de Fosse en su prosa? Ciertamente no, o no de un modo claro. Pero ese escritor había descubierto, gracias a Fosse, un modo diferente de usar el lenguaje, las frases y los párrafos. Un modo que decidió conscientemente aplicar o que, sorprendido, encontró después en su texto.
Y eso es a todas luces bueno, porque la perspectiva de ese escritor quedó así ampliada y enriquecida. Disponía de un recurso más del que echar mano, había encontrado un rasgo que le parecía interesante añadir a su estilo. Había puesto un nuevo ladrillo en su ideal literario, del que ya hablamos aquí.
Y ese es otro aspecto interesante de la utilidad de la lectura para un escritor. Hemos dicho que los libros son un almacén inagotable de materiales, técnicas y recursos. De manera que, cuando leemos, es frecuente encontrar que el autor ha usado algún recurso interesante o ha encontrado una solución que nos parece que puede aplicarse a nuestra propia obra. La lectura es, a la postre, una forma lúdica de aprender a usar mejor nuestras herramientas de escritor. Si leemos bien, la lectura nos espoleará a probar cosas nuevas, simplemente a modo de ejercicio; algunas de esas cosas nos las llevaremos después a nuestras obras, otras las descartaremos porque no encajarán con nuestro estilo ni con nuestro ideal. Así es como se crean una voz, un estilo y una poética propias.
Ahora bien, para colmar ese almacén del que venimos hablando, es necesario hacer una lectura creativa y comprensiva. Una lectura capaz de diseccionar la obra y, sin dejar de comprenderla como un todo, poder reconocer y nombrar cada uno de sus elementos; analizar cómo funcionan y, en lo posible, comprender por qué los eligió su autor.
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¿Se notan las influencias literarias?
Entonces, ¿es posible percibir la influencia de sus lecturas en los textos de un escritor? Sí y no. ¿Debería eso preocupar a un escritor? Decididamente no.
Lo que sí se puede distinguir a simple vista es si un escritor acumula lecturas a sus espaldas o no; incluso podría decirse qué tipo de lecturas acumula. Un mal manejo de la ortografía y la gramática denota pocas lecturas, el tipo de recursos que utiliza y cómo los utiliza también da pistas.
En ocasiones también es posible detectar influencias y filiaciones, parecidos razonables, usos semejantes de semejantes recursos, ideas afines… Lo que no siempre resulta posible dirimir es si esas influencias son voluntarias o involuntarias, conscientes o inconscientes… Aunque muchas veces los autores reconocen y hablan de sus propias influencias, y un lector sagaz quizá pueda reconocerlas si los lee atentamente.
Preguntada Annie Prouxl por sus influencias en The Paris Review, contestó:
Jack London, Faulkner, Hemingway, Dante, mucha ciencia ficción, Graham Greene, Jaroslav Hašek… ¿para qué seguir? Casi todos los libros que he leído me han dejado huella, y me parece absurdo buscar influencias […]. La escritura nace de la lectura, y leer es la mejor maestra para aprender a escribir.
Otras veces esas influencias son simplemente fruto del conocimiento de ciertas obras canónicas que se han infiltrado, como no puede ser de otra manera, en la obra de los autores posteriores. Vivimos, es inevitable, en un ambiente cultural contaminado por los bacilos de las grandes obras que han contribuido a crear ese ambiente, así que al final esas grandes obras formatean nuestro ideario, nuestra forma de ver el mundo y, como es lógico, nuestra manera de escribir: temas, recursos, estilo, formas… Incluso si no leyeras nada tendrías influencias literarias sin tú saberlo; influencias que habrían llegado a ti a través del cine, la televisión, la música e incluso la gente que te rodea.
Un miedo infundado
Muchos escritores tienen un miedo infundado a que la lectura distorsione de alguna manera su voz. De hecho, hay ¿escritores? que dicen no leer para que ninguna posible influencia altere su voz (algo imposible, como acabamos de ver). Ese temor es infundado.
Como hemos visto, que de esas lecturas quede una huella visible o reconocible en el texto es muy difícil. El escritor tendría que poner toda su atención en ser un copista más que un artista, cosa que seguramente sucede muy raras veces.
Entre otras cosas porque un escritor no lee a un único autor; no ya a lo largo de su carrera, sino simplemente mientras trabaja en una de sus obras. Dados los tiempos del proceso creativo, un escritor habrá leído un número variable de obras mientras trabaja en las suyas. Y esas lecturas habrán dejado cada una un poso de distinto calibre. Esos posos se irán sedimentando y amalgamando, creando algo nuevo que ya no guarda un parecido tan fácilmente identificable con su modelo. Para colmo, el proceso de reescritura y revisión acabará con cualquier vestigio evidente de «copia» o inspiración.
Hemos dicho en otras ocasiones que cada lector recorre un sendero único a través de los vastos territorios de la literatura. Como lectores, no leemos los mismos títulos ni en el mismo orden que cualquier otro lector; nuestro mapa es único y personal. Ese mapa personal se traduce para el escritor en una voz propia que además estará condicionada y matizada por sus vivencias individuales y su personalísima mirada de escritor.
En resumen, leer mucho no puede perjudicar a un escritor de ninguna manera. Mientras que leer poco o —el dios de la literatura no lo permita— nada va a perjudicarte decididamente; lo peor es que tú no tendrás la cultura literaria suficiente para darte cuenta.
Hola Natalia, suscribo lo que apuntas. Quien, en su sano juicio podría sentirse empobrecido, amenazado por el saber de otro autor? En mi caso, cuando leo tengo a mano el celular y voy tomando nota de una reflexión, un juego de palabras, un nombre, que intento expandir, prolongar, buscar una deriva nueva. Y acabo en lugares impensados. La lectura atenta es un disparador de ideas, pensamientos, todo puede suceder si te entregas a esos instantes mágicos. Hay una palabra que expresa esa magia: serendipia. Un hallazgo impensado, virtuoso, como resultado de dejarse llevar. Todos somos Arquímedes. A partir de un punto que otro nos ha facilitado movemos universos. Somos dioses.