La semana pasada hablamos sobre cómo alcanzar el goce estético durante la lectura. Recordamos entonces que una obra literaria es también una obra de arte (al menos las mejores lo son), y, como tal, aspira a que el lector valore su componente estético y sepa disfrutar de él. Un buen escritor no aspira solo a contarte una historia, sino que aspira igualmente a que disfrutes con una variada cantidad de elementos, usados también de maneras diversas, que sirven para contar esa historia, pero que la trascienden.
Eso significa que el lector ha de desarrollar unas determinadas competencias para poder alcanzar ese disfrute estético; no es algo que tengamos innato o que nos sea dado simplemente cuando aprendemos a leer.
De la ventaja de desarrollar esas competencias y de cómo hacerlo es de lo que hablaremos hoy.
Lo que la lectura nos pide
Se habla con frecuencia de todo lo que la lectura nos da: cultura, entretenimiento, conocimiento, ocio productivo, entendimiento sobre el ser humano y sobre el devenir histórico de nuestras sociedades… Hay incluso quien dice que leer es sexi. Pero no se habla tanto de lo que la lectura nos pide.
La lectura es un toma y daca: nos ofrece un sinfín de cosas buenas, pero exige a cambio ciertas habilidades sin las cuales el propio acto de leer no es posible, o no de la forma completa en que debería darse.
Así, la lectura nos pide, por ejemplo, comprensión lectora: ella asegura que entendemos las ideas del texto leído, su significado, y que somos capaces de ponerlas en relación con nuestras propias ideas.
Nos pide también vocabulario y cultura; aunque también nos da ambos, lo cierto es que cuando en una obra aparecen una palabra o un dato que ignoramos, el texto esperaba que los conociésemos; es encontrar esa palabra o ese dato en el texto lo que nos insta a informarnos sobre ellos y ampliar así nuestro vocabulario y nuestra cultura.
La lectura exige, por supuesto, esfuerzo, práctica y constancia. Es una actividad que, como cualquier otra, se hace mejor cuanto más se practica; un lector habitual leerá mejor que un lector esporádico (entre otras cosas porque gracias a esa práctica constante tendrá más comprensión lectora, más cultura y mejor vocabulario).
Por último, la lectura pide tiempo y concentración. La lectura es una actividad intelectual; podríamos apostillar incluso que es una actividad intelectualmente exigente. Por eso para desarrollarla necesitamos estar concentrados, y la concentración requiere, casi indefectiblemente, tiempo.
Dos literaturas, dos lectores
Pero podría decirse que, para disfrutar de la obra literaria en cuanto creación artística, la lectura todavía nos exige más. Porque, como ya dijimos, el arte nos pide ser conocedores de las bases de ese arte; solo ese conocimiento puede convertirte de un mero lector en un sensible consumidor de arte. Y es que no hay que perder de vista que cuanto más artística es una obra literaria, más exige del lector, mayores competencias da por sentadas.
Conviene, quizá, antes de seguir adelante, indicar que hay dos tipos de literatura como hay dos tipos de lectores. Ya hemos hablado del lector creativo, criterioso, literario… que se opone al lector mecánico. Este último es, precisamente, aquel que solo se fija en la historia; el primero será el que no solo se fija en la historia, sino en cómo se cuenta esa historia.
Del mismo modo, hay dos tipos de literatura: una que solo cuenta historias, y otra que cuenta historias, pero lo hace muy atenta al cómo se cuenta. Las obras del segundo tipo hacen un despliegue de técnicas y recursos que exigen más al lector que las primeras.
Sobra decir que ambos tipos de lectores y ambos tipos de literatura son perfectamente respetables. Se puede ser un lector «solo de historias» al que, justamente, le guste la literatura que solo cuenta historias. Es un match perfecto y no hay por qué ir más allá.
No obstante, no está de más advertir que a un escritor le conviene ser un lector criterioso y ser capaz de adentrarse en esas obras maestras en las que hay mucho más que una historia. Por dos razones: porque, como escritor, debería conocer las obras cumbre del arte que ejerce; y porque en esas obras están aplicados todos los recursos que un escritor debe conocer, incluso si prefiere no aplicarlos.
En realidad, también para un lector «solo de historias» podría resultar grato convertirse en un lector de literatura más artística, en cuanto esta está integrada por obras cumbre que forman parte de nuestro acervo cultural e histórico. Igual que hoy en día nos afanamos por viajar para conocer las obras artísticas que la historia ha ido acumulando en diferentes países o regiones —catedrales, pinacotecas, calles, plazas y puentes, ruinas históricas, incluso la gastronomía o el folclore…— ¿por qué renunciar a conocer esos otros hitos de la creatividad y el ingenio humanos que son las grandes obras maestras de la literatura? ¿Cómo pasar por este mundo y renunciar a conocer esas maravillas, cuando además abrir un libro resulta mucho más sencillo (y más barato y menos contaminante) que viajar?…
El miedo a leer
Decíamos antes que para disfrutar de la obra literaria en cuanto creación artística, la lectura todavía nos pide más de lo que lo hace cotidianamente. Más que vocabulario y cultura, más que comprensión lectora, más que esfuerzo y práctica y tiempo y concentración.
Esas obras literarias cumbre nos piden también que no les tengamos miedo.
Lo que nos impide acercarnos a esas obras literarias es, con frecuencia, el miedo; un respeto mal entendido que hace que no nos consideremos preparados para adentrarnos en ellas pensando en el disfrute, como sí hacemos con otro tipo de literatura.
En ese miedo intervienen dos factores. El primero tiene que ver con que a menudo, y desde bien temprano en nuestras vidas, se nos dice que esas obras no son para nosotros, o al menos no todavía. Se nos dice que nos van a aburrir y que no las vamos a comprender. Y esto, como es natural, resulta disuasorio. Puede que nunca nos acerquemos a esas obras porque nos consideremos siempre insuficientes; o puede que, si llegamos a acercarnos, lo hagamos dando por sentado que nos vamos a aburrir y que no vamos a comprender y al final así sea, en parte por una especie de profecía autocumplida.
Sobre el miedo a la lectura, sus motivos y sus desastrosas consecuencias ya hemos hablado aquí.
Así que lo primero que hay que hacer es ignorar esos agoreros cantos de sirena y acercarnos sin respeto, incluso con irreverencia, a esas obras. Seamos nosotros mismos quienes juzguemos si son o no para nosotros, si nos aburren o no las entendemos.
Y es que sí, puede suceder que nos aburran o que no las entendamos. ¿Y qué importa? Eso no descalifica a esas obras ni nos descalifica a nosotros.
Un problema de expectativas
Decíamos más arriba que en ese miedo que se tiene a la gran literatura intervienen dos factores. El primero eran esas admoniciones perniciosas y limitantes. El segundo puede tener que ver con la propia experiencia. Resulta que te has atrevido a acercarte a alguna de esas obras y, vaya, los agoreros tenían razón: o te han resultado aburridas o no las has comprendido. Puede que lo hayas intentado con dos o tres obras de esas obras que siempre se señalan como lecturas obligatorias y al final hayas acabado por desistir; el gato escaldado del agua fría huye.
El quid de la cuestión radica en que, como hemos dicho desde el comienzo, cuando la literatura no se conforma con contar historias, sino que aspira a ser una obra artística, exige más del lector.
Lo primero que exige es, naturalmente, un cambio de expectativas. Porque si el lector es un lector «solo de historias» le costará adaptarse a una propuesta estética donde la historia ya no es el centro.
Como vimos la semana pasada, tomando una explicación certera de Ortega y Gasset, el lector es como un espectador que contempla un jardín a través del vidrio de una ventana; el jardín viene a ser la historia, la peripecia que les sucede a los personajes, mientras que el vidrio sería cómo se cuenta esa historia (ahí está el arte, ahí está la posibilidad de goce estético).
Si el lector es un lector acostumbrado a fijarse en el jardín, le costará mucho verlo a través de un vidrio que tal vez lo distorsione, deforme u opaque. Y hay que tener en cuenta que las grandes obras de arte, sobre todo las escritas en el siglo XX, prefieren los cristales deformantes. El lector va buscando una historia y lo que sucede es que se le pone delante un vidrio de colores que le dificulta encontrar lo que busca. Y como la historia ya no tiene la primacía, el lector se aburre o se desorienta.
Como ves, es una cuestión de expectativas. Se trata, por tanto, de saber que en muchas obras maestras la historia no lo es todo, que lo que el escritor esperaba de ti es que te fijases también en el vidrio, porque él ha puesto toda su pericia y maestría en pulir ese cristal.
Si reenfocamos nuestras expectativas y no esperamos de la obra lo que no intentaba procurarnos, ya tenemos una parte adelantada.
El control de los mandos interpretativos
De acuerdo, en un acto de buena voluntad, un lector interesado en acercarse a las grandes obras de la literatura universal está dispuesto a renunciar a que meramente le cuenten una historia; comprende y acepta que, en según qué obras, la historia ya no está en el centro. Pero eso no impide que no sea capaz de comprenderlas y eso, al final, le conduce nuevamente al aburrimiento, cuando no a la frustración.
Lo que sucede es que, como dice Javier Aparicio Maydeu, el lector «deberá exigirse aumentar su grado de competencia si no quiere perder el control de los mandos interpretativos del texto que tiene entre manos».
Cuando los textos aumentan su complejidad, cuando el artificio literario es mayor, el lector debe tener las habilidades necesarias para seguir al mando. Esas habilidades las da, qué duda cabe, el conocimiento. Cuanto más sepa el lector de la historia de la literatura y sobre narratología, con más pericia sostendrá en sus manos el timón del texto y será capaz de interpretarlo y disfrutarlo. Ahí es cuando comienza el disfrute de verdad; podemos pensar que un simple lector de historias no sabe, en realidad, lo que se pierde.
Pero reparemos en que Maydeu habla de que el lector «deberá exigirse aumentar» sus competencias. Es decir, hay un acto volitivo, es el lector quien decide trabajar activamente por lograr esas competencias.
El lunes próximo comienza la edición de este año del curso de lectura crítica, que puede ser un modo de ayudarte a mejorar tus competencias y habilidades lectoras. Lo hacemos a través de un método teórico-práctico. Por un lado, repasamos los diferentes elementos del texto literario, para que sepas cuáles son y cómo operan; y, por otro, aprendemos a localizarlos en el texto por medio de dos lecturas, una común y otra de libre elección.
Pero, en realidad, a leer de este modo más profundo se aprende sobre todo leyendo. Acercándose sin miedo a esas obras a las que a veces tememos un poco. Reenfocando nuestras expectativas y buscando en ellas algo más que la historia. Tolerando el aburrimiento y la frustración si se dan, aceptando que la obra pide de nosotros algo que todavía no podemos dar. Y prosiguiendo con buen ánimo nuestro entrenamiento para desarrollar esas competencias. Leyendo, leyendo, leyendo.
Y así, poco a poco, nos convertiremos en sensibles consumidores de arte literario. Todos aquellos que lo son no tiene nada que tú no tengas, simplemente es que ya han recorrido ese camino. Si quieres recorrer un trecho con nosotros, te esperamos en el curso de lectura crítica.
Estimada Natalia: suscribo todo lo que dices y, dado lo interesante que es, quisiera complementarlo, desde otro punto de vista, a riesgo de equivocarme, opinando lo siguiente. Las obras artísticas no lo son por su sencillez o complejidad, sino por la manera en que se trabaja el lenguaje, explorando todas las posibilidades que, en este caso, ofrece la palabra, el idioma; de manera análoga, ya lo mencionábamos la vez anterior, a lo que sucede, por ejemplo, en la pintura, cuya cualidad artística lograda depende de la forma en que el artista trabaje el color y/o la línea. Lograr la sencillez no es menos arduo que alcanzar la complejidad de una obra. La epifanía, ese estado que se alcanza tras una larga y difícil jornada, permite al artista vislumbrar su obra y cómo expresarla estéticamente (según sea su medio de manifestación: palabras, sonidos, espacios y luz, color, materiales sólidos, en fin), atisbando cómo crearla. El resultado final, complejo o transparente, estará por leerse, imaginarse, verse, escucharse, palparse, vivirse, que es cuando, de manera efectiva, se realiza plenamente la obra. Pero su complejidad o sencillez, lo opaco o nítido de ella, no determinan su grado de belleza estética, sino la forma en que se trabajan los materiales propios del artista, que son sus medios de expresión. La obra la realiza su creador, claro está, pero se cumple, una y otra vez, en la percepción del receptor, quien, como tú lo explicas, debe prepararse para lograrlo plenamente. Entiendo, desde luego, que en las denominadas “grandes obras”, donde puede haber mayor artificio, hay mucho por disfrutar y aprender; solo agrego a lo dicho por ti que también en las que no gozan de ese bautismo.
Esto es lo único que escribiré por estos días de silencio literario!
Creo que más que cualquier pretexto para no leer es que se haya perdido la curiosidad. Yo leí con ese elemento al rojo vivo, los libros me atraían. Una biblioteca es como un mar de aventuras!
Desde que aprendí a leer recuerdo haber abordado de la misma forma a Mujercitas como haberme topado – a lo topo- con Las Mil y una Noches! Nadie me dijo nada, qué leer, qué no leer. Era pura curiosidad!
Tal vez no comprendí los poemas de los apéndices en las mil y una Noches, pero jamás olvidas cómo te hicieron sentir! Esa fantasía! Eso es lo máximo!
Chao! Felices vacaciones!
Hola, Hilda:
Gracias por compartir tu experiencia. Yo crecí como tú, leyendo lo que caía en mis manos, sin recomendaciones o injerencias de nadie.
Y sin embargo, andando el tiempo y por los derroteros que ha tomado mi vida, muchas veces lamento no haber tenido alguien que me guiara desde más temprana edad hacia las buenas obras. Pero así fueron las cosas.
Un abrazo.