¿Por qué escribo?

Hace poco Aníbal, un alumno y ya amigo, planteó una cuestión interesante, una cuestión relacionada con la pregunta «¿Por qué escribo?», pregunta que más tarde o más temprano todo escritor se formula.  En realidad, Aníbal ensartaba una serie de preguntas que apuntan de lleno al sentido de la escritura, a la relación del escritor con su talante creador y con su obra.

En su momento contesté a Aníbal, pero el tema merece, qué duda cabe, una reflexión más detallada en la que todos podamos participar. Porque, y esa fue parte de mi respuesta, lo que impulsa a un escritor a escribir varía en cada caso, y la relación de cada escritor con su proceso creativo y su obra es también única. No obstante, y aunque va por delante la invitación a que compartas tu sentir sobre este tema, desarrollo aquí lo que puede ser una aproximación preliminar a la cuestión, con la esperanza de que sirva de base para tus propias reflexiones, que espero leer en los comentarios.

¿Por qué escribo?

Para comenzar, lo mejor sin duda es que leas por ti mismo las preguntas que Aníbal planteó:

Y aquí entra de lleno mi dicotomía respecto a la escritura: ¿Escribo para divertirme, para entretenerme, o para contar algo, dar un mensaje? ¿Se puede escribir algo realmente bueno sin sufrir en el proceso? La verdad es que cada vez que me adentro más en este mundo, más dudas tengo respecto a todo esto.

Como ves, las dudas de Aníbal van más allá del «¿por qué escribo?»; incluyen esa pregunta, pero la trascienden. Esta es un asunto con muchas aristas. Quizá la cuestión es que la relación con la escritura va variando a medida que el escritor madura y conoce mejor su oficio.

Sin duda, se comienza a escribir porque es una actividad que resulta divertida, entretenida, placentera. La escritura comienza siendo, para muchos, una forma de ocio. Dirimir por qué algunas personas hallan diversión en tareas que exigen cierta concentración, aislamiento y reflexión parece algo misterioso, ¿verdad?; pero sucede, por fortuna para nosotros los lectores. De modo que el escritor encuentra solaz en su «afición», de su mente surgen mundos, personajes, situaciones… Es un demiurgo todopoderoso, él es quien mueve los hilos (quizá ahí se esconda parte del placer).

Sin embargo, me atrevería a decir que el escritor que se contenta con el placer que la escritura le causa es un escritor cuyo arte no progresará. Si obtener placer es suficiente, mientras ese placer se obtenga el resultado del trabajo puede ser suficiente… para él, no necesariamente para el lector.  Ya hablamos en otra ocasión de que el disfrute del escritor no es un valor literario; del goce que el autor pueda sentir mientras escribe sus obras no queda en realidad rastro en ellas, no es nada que el lector pueda percibir y valorar, como sí puede hacerlo con una trama bien construida, unos personajes vivos o un lenguaje usado con precisión y belleza. Siguiendo este enlace puedes leer el artículo completo, titulado ¿Importa disfrutar al escribir?

El progreso comienza, tal vez, cuando el escritor siente que tiene algo que decir, o bien desea compartir sus creaciones con otros (los lectores). Porque entonces es cuando comienza a preocuparse por si eso que tiene que decir o esas historias que quiere compartir resultan interesantes para el lector, o tan siquiera comprensibles. ¿Lo son?, ¿lo son lo bastante?, ¿y cómo puede hacer para asegurarse de que lo son?, ¿cómo puede hacer para ganarse la atención del lector y que una vez que este se ha asomado a la primera página siga absorto e interesando en lo que el escritor tiene que contarle?…

Ahí comienza el verdadero oficio de escritor, cuando empieza a interesarse por cómo puede contar lo que cuente para que el que disfrute sea el lector. El escritor ha dado un paso fundamental cuando comienza a preocuparle la recepción de su obra. Entonces el deleite propio pasa a un segundo plano: a lo que el escritor aspira ya no es a su disfrute, sino al del lector.

Pero ya dijimos que el disfrute del buen lector no proviene únicamente de la historia que se le cuenta (el qué), sino que proviene del cómo se le cuenta esa historia. Así que el escritor que ha dado ese paso decisivo comienza a preocuparse por el cómo. Y eso lo lleva irremisiblemente a preocuparse —volvemos a topar con ella— por la técnica.

Es la técnica, el dominio hábil de sus herramientas, lo que permite al escritor asegurarse de que el cómo es tan brillante, tan pertinente para la historia que cuenta, que el disfrute del lector será seguro.

En el dominio de la técnica es donde empieza la lucha para el escritor. El deleite que sentía en sus primeros tiempos se transforma, pero ¿lo hace necesariamente en sufrimiento? Enseguida trataremos de responder a esa cuestión, que entronca directamente con otra de las preguntas que Aníbal planteaba: ¿se puede escribir algo realmente bueno sin sufrir en el proceso?

¿Sufrimiento o placer?

El escritor que da el paso de preocuparse por la recepción de la obra, que deja de preocuparse (¿egoístamente?) por su propio placer para comenzar a preocuparse por el de su lector, comienza entonces a preocuparse por la técnica, por el oficio. De pronto le interesa cómo se construye un texto literario, qué piezas lo componen, cómo lo han hecho los grandes maestros antes de él y qué técnicas sirven para que el cómo resulte brillante, atractivo y deleitoso en sus textos.

El escritor comprende que tiene mucho que aprender y, aunque resulte paradójico, descubre que cuanto más sabe, más complicado le resulta escribir. Esa es al menos la promesa que nosotros hacemos en nuestros cursos: no que escribir te resultará más fácil, sino que te será más difícil; porque después de nuestras formaciones esperamos que entiendas la gran cantidad de pelotas que un buen escritor, como un malabarista, sostiene en el aire.

Por cierto que si quieres formarte con nosotros en mayo comenzará un curso cuya primera edición se celebra este año por vez primera : el curso de técnicas narrativas. Es un curso avanzado, para aquellos escritores que ya dominan lo esencial del oficio y quieren ir un paso más allá, aprendiendo y practicando recursos como el estilo indirecto libre, el extrañamiento, la metaficción, el contrapunto… Si quieres saber más sobre el curso y unirte a la lista de espera para que te avisemos en cuanto se abra el plazo de inscripción, tienes la información y el formulario al otro lado de este enlace.

Decíamos, entonces, que el escritor que comienza a preocuparse por el oficio descubre que escribir no es sencillo; que hay multitud de aspectos que tener en cuenta y que es él quien debe hacerlo; y que, aunque el estudio y la práctica no dejan de enseñarle cosas nuevas, tampoco acaba nunca de aprender…

Llegado a ese punto, que ese escritor siga encontrando deleite en la escritura o empiece a encontrar cierto sufrimiento dependerá en gran medida de su actitud. Si es una persona abierta al conocimiento, con sed de aprendizaje, verdaderamente apasionado por su oficio… seguirá disfrutando. Si es una persona cerrada para el conocimiento, a la que este le resulte indiferente e incluso antipático, el disfrute se habrá acabado. Porque la escritura comenzará a exigirle un esfuerzo que él no está dispuesto a satisfacer.

Cabría hacer una puntualización: es probable que ese escritor «cerrado al conocimiento» siga escribiendo. Solo que no habrá progreso en su escritura y sus obras continuarán teniendo el nivel que tenían el primer día. Pero este es un tema que merece, seguramente, tratarse de manera más detenida en otro artículo.

Sigamos con el otro escritor, el que tiene sed de conocimiento y quiere progresar en su arte. El estudio, la práctica y la lectura le van dando nuevas herramientas que utiliza cada vez con más pericia. Pero eso no lo eximirá de momentos de duda, momentos en los que se enfrentará solo a las dificultades inherentes a la creación literaria.

Porque es así: la creación presenta dificultades. El escritor debe tomar decisiones, rechazar y descartar opciones, resolver problemas con la cronología, la voz de su narrador, la verosimilitud, los personajes, la búsqueda de la palabra exacta o el modo en que todo se acompasa para dar lugar a un conjunto coherente.

Y podríamos decir que enfrentarse a esas dificultades tiene dos caras. Una es algo huraña, ¿a quién le gustan las dificultades? Pero otra es más risueña, porque hay un enorme gozo en, superada la lucha, saberse capaz de resolver los problemas que presenta la obra. Hay, como decía Henry James, «dificultades inspiradoras», son las que se desprenden de la propia obra, de sus características intrínsecas (argumento, estructura, conflicto, personajes, etc.) y no de las carencias del autor. Darle vueltas a esas dificultades hasta dar con la solución puede ser también una forma de disfrute.

Escribir es un desafío, si no te gustan los retos es mejor que busques otra profesión u otra afición.

De modo que, volviendo a la pregunta del amigo Aníbal, ¿se puede escribir algo realmente bueno sin sufrir en el proceso? Seguramente sí. Pero lo que no parece posible es escribir algo bueno sin afrontar cierto grado de reto y afanarse en resolver esas dificultades inspiradoras que la obra, por su mera condición de creación artística, presenta. Que en resolver esas dificultades se halla placer o sufrimiento será cuestión del talante personal de cada escritor.

Y no hay que perder de vista que también hay mucha mística con la cuestión de cómo se siente el escritor cuando escribe (en general el artista cuando crea): unos lo describen como un rapto de felicidad (Stephen King), otros como un sufrimiento agónico (Gustave Flaubert). Pero en muchas ocasiones cada cual cuenta de acuerdo más a la imagen de sí mismo como artista que quiere dar que a la realidad. No olvidemos que los escritores son también personajes públicos, con su vanidad y su ego.

Sea como sea, la experiencia y el conocimiento, el «oficio», por decirlo en breve, ayudan a enfrentar el proceso con una cierta ecuanimidad. Y, por qué no, a disfrutar de él.

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