Hay un ensayo de Natalia Ginzburg titulado Mi oficio ārecopilado en el volumen Las pequeƱas virtudes (Acantilado, 2009)ā, en el que la escritora italiana reflexiona sobre el oficio de escribir.
Afloran en él ideas lúcidas y al tiempo emotivas sobre la relación de un escritor (escritora, en este caso) con la escritura; y ademÔs propone un repaso ilustrativo sobre la evolución del escritor a medida que madura en su oficio. Por eso hemos querido utilizar el texto de Ginzburg como base para una reflexión sobre el oficio de escribir.
El oficio de escribir
Natalia Ginzburg se mostraba asĆ de entusiasta al hablar de su oficio:
Cuando escribo historias soy como alguien que estĆ” en su tierra, en calles que conoce desde la infancia, y entre muros y Ć”rboles que son suyos. [ā¦] Este es mi oficio, y lo harĆ© hasta mi muerte. estoy muy contenta con este oficio y no lo cambiarĆa por nada del mundo.
Sin embargo, era muy consciente de las dificultades del oficio de escribir, a las que alude sin cesar a lo largo de su ensayo. Y por eso no incide Ćŗnicamente en el goce de escribir, como si quisiera lanar una advertencia a los que piensan dedicarse a este oficio:
Ahora bien, cuidado: no es que uno pueda esperar consolarse de su tristeza escribiendo. Uno no puede abrigar la ilusión de que el propio oficio lo acaricie y lo acune. […] Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compaƱĆa. Este oficio es un amo, un amo capaz de azotarnos hasta hacernos sangrar, un amo que grita y condena.
Los orĆgenes
Natalia Ginzburg sintió temprano la llamada de la escritura, segĆŗn cuenta; entre los cinco y los diez aƱos todavĆa abrigaba dudas, pero a partir de los diez supo siempre que serĆa escritora. Al comienzo, siendo todavĆa una niƱa, escribĆa sobre todo poemas, aunque tambiĆ©n algunos relatos y novelas. En esos relatos y novelas habĆa siempre Ā«un aspecto dĆ©bil, algo equivocado que lo estropeaba todo y que me resultaba imposible modificarĀ».
Vemos que la escritora tenĆa ya conciencia de lo que fallaba en sus narraciones y las volvĆa dĆ©biles. Pero le resultaba imposible modificarlo, probablemente porque todavĆa no disponĆa ni de los conocimientos āla experienciaā necesarios ni de las herramientas para hacerlo. Y sigue:
Entretanto, chapuceaba siempre entre lo moderno y lo antiguo, sin lograr situarlos bien en el tiempo: habĆa conventos y carrozas, y un aire de revolución francesa, y tambiĆ©n algunos policĆas con porras; y, de repente, salĆa una pequeƱa burguesĆa gris con mĆ”quinas de coser y gatos, como en los libros de Carola Prosperi, que no pegaba nada con las carrozas y los conventos. Fluctuaba entre Carola Prosperi y Victor Hugo y las historias de Nick Carter, no sabĆa muy bien lo que querĆa hacer.
Ginzburg era todavĆa una niƱa, pero al rememorar sus primeros pasos enumera aspectos que son comunes a los orĆgenes de tantos escritores: la influencia de los autores favoritos, que se infiltra en el texto de un modo todavĆa desordenado y tosco. El autor toma de sus lecturas ambientes, tramas, personajes⦠pero los mezcla todavĆa sin buen criterio, dando lugar a ese Ā«algo equivocadoĀ» que el escritor en ciernes percibe, pero que no puede todavĆa solucionar.
La evolución
Sin embargo, la prĆ”ctica va haciendo al maestro, y el escritor siente un dĆa que ha dado un paso adelante y que su escritura ha cambiado.
La primera cosa seria que escribĆ fue un cuento. Un cuento breve, de cinco o seis pĆ”ginas: me salió como por milagro, en una noche, y cuando me fui a dormir, estaba cansada, aturdida y estupefacta. TenĆa la impresión de que aquel cuento era una cosa seria, la primera que habĆa hecho hasta entonces; de repente, las poesĆas y las novelas con las muchachas y las carrozas me parecieron muy lejanas, de una Ć©poca desaparecida para siempre, criaturas ingenuas y ridĆculas de otro tiempo.
La escritura ha dejado de ser un juego, de pronto es algo serio, una tarea exigente que requiere esfuerzo:
DescubrĆ entonces que uno se cansa cuando escribe algo en serio. Es mala seƱal si uno no se cansa. Uno no puede esperar escribir algo serio asĆ, a la ligera, como quien escribe con una sola mano, como de pasada. No se puede salir del paso como si nada. Cuando uno escribe algo serio, se mete dentro, se hunde hasta el fondo [ā¦].
Eso no obsta para que la labor sea satisfactoria: Ā«HabĆa escrito mi cuento en papel cuadriculado y me habĆa sentido feliz como nunca en mi vida, y rica de pensamientos y de palabrasĀ». Ese es el estado ideal para un escritor, sentirse rico de pensamientos y de palabras.
Los personajes
La diferencia que Ginzburg percibió entre sus primeras piezas titubeantes y ese cuento que de pronto le pareció que era Ā«una cosa seriaĀ» fueron los personajes. De pronto ya no eran Ā«criaturas ingenuas y ridĆculasĀ» como las de antaƱo, habĆa logrado insuflarles vida:
En este nuevo relato habĆa personajes. Isabel y el hombre de la barba rojiza [personajes de sus primeros relatos] no eran personajes: yo no sabĆa nada de ellos salvo las frases y las palabras de las que me habĆa servido con ellos, y estaban confiados al azar y al capricho de mi voluntad. Las palabras y las frases de las que me habĆa servido con ellos las habĆa encontrado por casualidad, como si hubiese sacado de un saco, al azar, ahora una barba, luego una cocinera negra o cualquier otra cosa utilizable. Por el contrario, esta vez no habĆa sido un juego, esta vez habĆa inventado personas con nombres que no habrĆa podido cambiar: no habrĆa podido cambiar nada de ellos y sabĆa una gran cantidad de detalles sobre ellos, sabĆa cómo habĆa sido su vida hasta el dĆa en que habĆa escrito el cuento, aunque mi relato no habĆa hablado de ella porque no habĆa sido necesario. [ā¦] Y lo sabĆa todo sobre la casa, el puente, la luna, el rĆo. [ā¦] Esas cosas vivĆan en mĆ.
PodrĆa decirse que en ese relato, y por primera vez, Ginzburg no se limitó a poner en movimiento a sus personajes, construyĆ©ndolos (y con ellos al relato) con retazos tomados al azar. Ya no se limitó a ver la historia y a sus protagonistas desde afuera, sino que penetró en ellos, buceó en los detalles y los hizo vivir en ella. Solo de esa forma podĆa darles una vida que semejase verdadera en sus pĆ”ginas.
De eso modo, la joven autora descubrió pronto la importancia de los personajes y de los detalles. Y se lanzó en su persecución.
Como habĆa descubierto que existĆan los personajes, me parecĆa que bastaba con tener un personaje para hacer un cuento. AsĆ, estaba siempre a la caza de personajes, miraba a la gente en el tranvĆa y por la calle, y cuando encontraba una cara que me parecĆa adecuada para salir en un cuento, tejĆa a su alrededor detalles morales y una pequeƱa historia. TambiĆ©n estaba a la caza de detalles sobre la manera de vestir y el aspecto de las personas, o los interiores de las casas, o de los lugares; si entraba en un cuarto por primera vez, me esforzaba por describirlo mentalmente y me esforzaba por encontrar algĆŗn detalle mĆnimo que encajar en un cuento.
La mirada
Vemos que para Natalia Ginzburg la realidad se convirtió en sustancia literaria. La mirada que lanzaba a su alrededor dejó de ser de civil para pasar a ser la de una escritora. En su ensayo habla de un dĆa en que vio pasar un carrito en el que alguien llevaba un enorme espejo con marco dorado en el que se reflejaba el cielo verde del atardecer y cómo esa imagen la acompañó durante mucho tiempo y le dio una nueva perspectiva acerca de las posibilidades de la escritura. La capacidad de captar esos detalles de realidad, la plenitud del instante, son definitivos para un buen escritor.
Pero Natalia descubrió otras cosas que nos cuenta en su ensayo. Cuando descubrió que la realidad era el sustrato de la literatura, comenzó a llevar consigo una libreta en la que anotaba Ā«ciertos detalles que habĆa descubierto, o pequeƱas comparaciones, o episodios que me prometĆa poner en los cuentosĀ». Pero al poco se dio cuenta de que todas esas notas no servĆan. Esos detalles e ideas apresados en la libreta cristalizaban y morĆan y ya no podĆan vivir en los cuentos.
ComprendĆ entonces que en este oficio no existe el ahorro. [ā¦] Los detalles se gastan, se echan a perder si uno los lleva consigo sin utilizarlos durante mucho tiempo. No solo los detalles sino todo, todas las ocurrencias y las ideas.
Natalia nos cuenta mÔs cosas sobre su oficio y su relación con él. Desde el momento en que adquirió la pericia para escribir buenos cuentos, «despojÔndolos de todo lo inútil», hasta el tiempo en que se alejó de la escritura tras el nacimiento de sus hijos. MÔs tarde volvió a sentir las ganas de escribir «ardiendo alegremente» dentro de ella y ya nunca la abandonaron.
Una advertencia
Ginzburg acaba su ensayo con una advertencia final:
Lo que sĆ es importante, en cambio, es tener la convicción de que es justamente un oficio, una profesión, algo que se harĆ” toda la vida. Pero, como oficio, no es broma. Existen incontables peligros ademĆ”s de los que he mencionado. [ā¦] EstĆ” en peligro de estafar con palabras que no existen de veras en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado a ser bastante listos. EstĆ” el peligro de pasarnos de listos y estafar. Es un oficio bastante difĆcil, como veis, pero es el mĆ”s bonito del mundo.
Nada peor que estafar con las palabras. Escribir con palabras que no viven realmente dentro del escritor vuelve el texto falso. Como sucedĆa con los personajes, el lenguaje tiene que vivir dentro del escritor si este quiere usarlo con verdad.
Poco a poco se va aprendiendo: a crear personajes vivos, a cuidar el detalle, a usar las palabras… Y asĆ se adquiere el oficio de escribir. El oficio mĆ”s bonito del mundo.
ĀæQuĆ© hay de tu propio camino?, Āæa quĆ© edad comprendiste que querĆas ser escritor/a?; ĀæcuĆ”les son tus influencias?; ĀæquĆ© momento o descubrimiento sobre tu escritura ha sido determinante para ti? Comparte tu experiencia y tu recorrido en los comentarios.
A propósito de Ā«estafar con palabrasĀ», le dĆ el borrador de un relato a un amigo que es buen lector, me hizo la crĆtica correspondiente y ademĆ”s agrego algunas frases que, aunque sonaban bonito, no me gustaron, porque no eran mĆas, y me sentĆa como si tuviera un vestido que a mi me gusta, pero con un adorno prestado.
La frase era: Ā» El cielo, limpio, casi insolente de tan azulĀ»
El insolente azul estaba limpio, cielo limpio.
EmpecĆ© a escribir cuando empecĆ© a leer. Mi primer libro de cuentos lo abracĆ©, no querĆa muƱecas. EscribĆ mi primer poema a los trece, para reĆrme. Y me reĆ mucho. A los 15, asistĆa a clases de literatura con un escritor reconocido de MedellĆn. Y quedĆ© escribiendo, me levantaba muy temprano a teclear. Cuando entrĆ© a la universidad, a los 27 aƱos, habĆa leĆdo en forma y me aburrĆ. Me dieron un premio por un cuento. Lo demĆ”s fue pintar, escribir y aguantar guerra en forma. DecidĆ no escribir para resolver, y a los 50 hice mi primera novela y la publiquĆ©, sin nada en los bolsillos. Y ahora llevo casi 20 aƱos de escribir a diario, con responsabilidad. Creo que sigo riendo de mis ocurrencias- cuando me salen absurdos- y planeo un libro con todas las ganas.
Es un oficio que no sirve de escapismo, es meditación consciente, nunca me ha hecho su esclava, no. Me fascina por lo difĆcil! Amo lo difĆcil, lo que cuesta harto!
Se aprende mucho! Es genial, te reconozcan o no.