Hace unos meses escribimos un artículo en el que reflexionábamos sobre el elitismo en la cultura. Porque con frecuencia se acusa a la cultura de ser elitista, y sin duda lo es, incluyendo también la literatura.
La cultura es elitista porque, por una parte, es creada únicamente por un grupo reducido, dado que no todos tenemos las destrezas y recursos que son necesarios para, por ejemplo, escribir una obra literaria o pintar un cuadro. Y, además, se dirige a su vez a una minoría: la de aquellos que tienen en primer lugar el interés y después los conocimientos para acercarse y comprender la obra de arte, el producto cultural.
En resumen, el artista —el escritor— es un intelectual, pertenece a una élite en cuanto domina una técnica que no todos dominan. Y crea únicamente para los que son capaces de comprender y apreciar esa técnica, quienes también forman un grupo reducido con respecto a la mayoría de «no iniciados».
Al tiempo, hay una élite que se encarga de catalogar y filtrar la inmensa producción artística y literaria, discriminando las obras de acuerdo con criterios estéticos y artísticos para guiar la atención de los interesados/iniciados hacia determinadas obras y colaborar así a su difusión y a que, conocidas y amadas por las personas con intereses artísticos, perduren a lo largo de las generaciones.
Este es un breve resumen de nuestra visión sobre el elitismo en la literatura. Si te interesa, puedes leer el artículo completo siguiendo este enlace.
Tras publicar ese artículo, tanto en la sección de comentarios como en las redes sociales cuando lo compartimos en ellas, algunas personas tuvieron la generosidad de expresar sus ideas sobre el tema del elitismo. Pero en algunas de esas reflexiones parecía haber cierta tendencia a confundir élite con mercado. A considerar ambos como una y la misma cosa.
La élite, decían, ensalza a malos artistas, a malos escritores, en aras del negocio. A su juicio, el beneficio, las ventas… están por delante de los criterios artísticos y esa élite rectora que debería guiarnos y señalarnos lo excelente hace dejación de sus funciones y se vende al mercado.
Que, en efecto, el «mercado» existe es innegable. Y que tiene poder para encumbrar obras y autores también lo es. Pero las voces del mercado no son las mismas que las de la élite. Por eso nos ha parecido interesante hacer en este artículo un esfuerzo por diferenciarlos, porque resulta necesario no confundirlos.
El mercado
Comencemos hablando del mercado.
El mercado busca vender, obtener un beneficio económico. Esta realidad puede gustarnos más o menos, pero es legítima. El editorial, al margen de cualquier consideración cultural o artística, es un negocio. Y un negocio sin ventas no perdura.
Las editoriales hacen una labor innegable de difusión de la literatura. Sin ellas tantas buenas obras no hubieran llegado jamás a nosotros. También los autores que optan por la autopublicación lo hacen: entregan a los lectores lo mejor de sí mismos en forma de libros. Y es justo, nadie puede negarlo, que su trabajo reciba una legítima recompensa. Esa recompensa, en nuestra sociedad, viene en forma de dinero. Sin el dinero de las ventas, editoriales y autores no podrían subsistir, unos tendrían que dejar de publicar, los otros de escribir.
Ahora bien, es cierto que el mercado, a grandes rasgos, se dirige a lo que podríamos llamar «el gran público». Puesto que las ventas son necesarias para la subsistencia del negocio editorial (con todos los agentes implicados en la cadena: autores, editores, correctores, diseñadores gráficos…), cuantas más ventas haya, mejor. Esto implica que a menudo los editores (y los escritores) publican libros bajo la premisa de que ese título guste a la mayor cantidad posible de personas. Como es lógico, si el libro gusta a todo el mundo tiene muchas posibilidades de ser un éxito de ventas.
Pero como ya vimos cuando hablamos de la fórmula para escribir un best seller, una de las características de este tipo de libros es su reducida calidad literaria (con honrosas excepciones, naturalmente). Aunque resulte paradójico, cuando un libro alcanza miles de ventas es porque ha logrado atraer a personas que habitualmente no leen o que leen poco.
Recodemos que en España, según el Informe de hábitos de lectura y compra de libros de 2022, solo el 52,5 % de la población es lector frecuente, un 12,3 % es lector ocasional y hay un 35,2 % que no lee nunca o casi nunca. Para que un libro se convierta en superventas tiene que atraer a una parte importante de los lectores frecuentes, sumar a los lectores no frecuentes e incluso atraer a algunos no lectores.
Sin embargo, para que un libro pueda satisfacer el gusto de aquellos que no son lectores frecuentes su calidad literaria suele ser menor. Alguien que no está entrenado en la lectura estará, lógicamente, menos avezado para distinguir y apreciar la solidez de una trama, el desarrollo de un personaje o la originalidad de la prosa. Un libro de estilo y lenguajes sencillos, donde prime la acción sobre consideraciones estéticas o literarias, tiene muchas más posibilidades de convertirse en un best seller. Y los editores lo saben.
Por eso, las editoriales ponen a trabajar toda su maquinaria publicitaria cuando tienen un libro de esas características. Saben que pueden tener un caballo ganador (aunque el factor azar también tiene un peso importante en la aparición de un best seller) y ponen toda la carne en el asador para atraer el interés de una inmensa masa de lectores hacia libros que los lectores frecuentes, mejores conocedores, a menudo no consideran merecedores de tal despliegue.
De ahí la sensación que algunos tienen de que la élite encumbra obras que no lo merecen. Pero, como hemos visto, no es la élite quien lo hace, sino el mercado.
La élite
Por su parte, el trabajo de la élite no es vender libros (aunque indirectamente lo logre en muchas ocasiones), sino construir algo así como un repositorio de obras de calidad. Su labor consiste en, gracias a los amplios conocimientos sobre literatura de sus miembros, etiquetar, explorar, descartar, sistematizar… como forma de descubrir y conservar la mayor cantidad posible de buenas obras y, al tiempo, como forma de divulgarlas y hacerlas llegar al mayor número de personas.
Por eso, el trabajo de la élite se dirige a un público conocedor y, por tanto, minoritario. Al gran público no le interesan los estudios literarios: busca libros para entretener su ocio, por eso elige su próxima lectura entre los anuncios de novedades, las listas de los más vendidos… en una palabra, allí donde los editores juegan la baza de la publicidad para llegar hasta ellos.
Solo un grupo no demasiado amplio de lectores ve en la literatura más, mucho más, que una simple forma de ocio. Vladimir Nabokov los llamaba lectores criteriosos, C. S. Lewis lectores literarios. Esos lectores saben distinguir la voz del mercado de la voz de la élite y eligen sus lecturas allí donde saben que esa élite que estudia, cataloga y descarta hace oír su voz. Saben qué editoriales y qué sellos acogen libros de corte más superventas y cuáles lo hacen con libros más literarios; valoran la crítica seria y siguen sus recomendaciones y poco a poco van haciéndose con una idea amplia de la historia de la literatura que les ayuda a descubrir verdaderas joyas de ayer y hoy.
La unión de mercado y élite
Pero no podemos tomar esta distinción entre mercado y élite, con sus diferencias, como una visión dicotómica en la que, además, el mercado es el malo de la película, con su interesada búsqueda de los beneficios económicos. Élite y mercado se mezclan a menudo, y se necesitan siempre.
Sin editores que pongan en circulación los libros, ¿cuál sería el objeto de estudio de la élite? Sin élite que señale lo que merece la pena ser reeditado, ¿qué sería del mercado? La élite juzga y cataloga las obras que primero un editor entregó al público, arriesgando su capital y su trabajo. Los editores escuchan las indicaciones de la élite para mantener en sus catálogos esas obras que, por haber sido declaradas imperecederas, siempre concitarán el interés de los buenos lectores.
No hay mejor ejemplo de la colaboración entre élite y mercado que la que apunta el agente literario Guillermo Schavelzon: «Con frecuencia, editoriales de gran prestigio literario necesitan publicar algunos libros altamente comerciales —que no llegan a ser deleznables—, como estrategia que les ayude a sostener el proyecto y a ganar dinero». La idea es que ese libro superventas sufrague la apuesta de publicar libros más literarios y a nuevos autores (que siempre tienen un índice de ventas menor) o la reedición de clásicos.
Élite y mercado no son lo mismo, y conviene aprender a distinguirlos. Pero también conviene conocer sus sinergias y puntos de contacto. Solo de esta forma es posible hacerse con el conocimiento del ecosistema literario que todo escritor y todo buen lector debe tener.
¿Tienes tú clara la diferencia entre élite y mercado?, ¿cómo ves la relación entre ambos? Cuéntanos tus ideas en los comentarios. Charlemos un rato.
También es cierto que existen superventas que lo son poseyendo calidad literaria, aunque hayan tenido que añadir técnicas de escriitura, como en toda obra destinada al mercado. Esas son las que marcan la diferencia. Las otras son las que se leen para distraerse en el Metro.
Muchas gracias por el artículo. Es válido mencionar que concursos literarios son una de las formas en que la elite selecciona las obras de calidad. Un premio es una de las pocas recompensas tangibles que se pueden obtener en el mundo de la elite; y además, si la obra tiene suerte, una forma de confluir con el mercado.
Estoy de acuerdo con Rosa Reboredo: ¿quién no ha leído un superventas? Además, como indica, el tema se da también en otros ámbitos no literarios.
A mi modo de ver, la cuestión es saber en qué liga juega cada uno y respetarnos. Como decía el artículo anterior, no es buena idea comprarse con otros autores. Y si lo haces que sea para crecer.
Buenos días.
Lo de la élite y mercado sucede en todos los gremios, no solo atañe a la literatura.
Y, al final, debemos estar agradecidos a esos bestsellers porque mantienen a flote
a las editoriales y pueden publicar otros libros. Además, quien no haya leído en su
vida un superventas que tire la primera piedra.