El año pasado una alumna planteó, al finalizar uno de nuestros cursos, una pregunta que casi todos los escritores se hacen, sobre todo al comienzo: «¿Tengo aptitudes para escribir?». (Un abrazo, María Laura).
La pregunta es lógica. Como queda dicho, esa es una pregunta recurrente en la mente de cualquier autor, y el que otra persona, sobre todo si tiene solvencia para hacerlo, la responda es una fuente de tranquilidad. Es una especie de espaldarazo que ratifica que no hemos errado al dedicarnos a la escritura.
Porque ese es otro aspecto de la cuestión, parte de su trasfondo. Si alguien nos asegura que tenemos aptitudes, que «servimos» para escribir, nos sentiremos impulsados a perseverar en este arduo camino de la creación literaria; pero si no valemos, ¿para qué molestarse?
Pero enfocar el asunto desde esa actitud quizá no es lo más adecuado. Si te paras a pensarlo es como si alguien que quisiera ser deportista, pongamos alguien que quiera dedicarse al tiro con arco, quisiera saber por adelantado si tiene aptitudes para hacerlo; solo si se lo confirman entrenará y aprenderá lo necesario de su disciplina. Sin embargo, el camino es justamente el inverso: entrenando y aprendiendo lo necesario es como se llega a ser un buen arquero. La prueba es que existen arqueros ciegos a quienes, a priori, puesto que no disponen del sentido que les permitirá ver la diana a la que deben disparar, quizá no se les concediera tener las aptitudes necesarias.
Vamos a pensar más sobre este tema de las aptitudes para escribir.
¿El escritor nace o se hace?
Con lo expuesto en los párrafos anteriores, queda claro que, en nuestra opinión, no hay tal cosa como «tener aptitudes para la escritura». No al menos de una manera congénita.
Lo que suele haber es una inclinación natural hacia la escritura (y la lectura) que en ocasiones se da ya desde muy temprano en la vida. Las personas que sienten desde pequeñas la llamada de las letras juegan con cierta ventaja, de la que luego hablaremos. Pero no es imprescindible que esto suceda: muchas personas descubren tarde, a veces ya en su madurez, su inclinación por la escritura, y eso no obsta para que lleguen a ser excelentes escritores. Por ejemplo, aunque José Saramago tuvo un escarceo con la literatura en su juventud (publicó una primera novela con 25 años), abandonó la literatura durante décadas y no volvió al oficio hasta los 44 años, con el éxito que todos conocemos.
Esa inclinación natural por la escritura es el único verdadero requisito previo que un escritor debe tener, pero no importa si se le despierta a los quince o a los cincuenta años. ¿Por qué? Porque la escritura es un arte exigente, que demanda mucho del escritor, y sin esa inclinación, sin esa ligazón indisoluble que lo ata a las letras, no podrá ejercer ese duro sacerdocio.
Pensemos en el arquero de antes, pensemos en los duros entrenamientos a los que deberá someterse hasta llegar a dominar su disciplina. Si no amase de verdad lo que hace, no tendría la fuerza para afrontar lo que el tiro con arco exige de él. Antes o después tirará la toalla porque no habrá en él la motivación suficiente para arrostrar las renuncias y exigencias que su disciplina impone.
Lo mismo sucede con la escritura. La escritura implica tiempo, implica aprendizaje, implica constancia, implica paciencia, implica reflexión… Hay en ella gratas recompensas también, por supuesto, pero es un camino arduo por el que hay que desear caminar. Si falta ese deseo, si ese deseo es débil o bebe de las fuentes equivocadas es probable que el (proyecto de) escritor abandone más pronto que tarde.
Así que, a nuestro juicio, la verdadera pregunta no es ¿tengo aptitudes para escribir?, sino ¿es absolutamente imperiosa la necesidad de escribir en mí? Si lo es, entonces tendrás la motivación necesaria para desarrollar esas aptitudes, que no son innatas, sino adquiridas.
Los tres pilares de las aptitudes para la escritura
Hay tres condiciones que un escritor necesita para escribir bien, para pergeñar buenas obras: conocer los elementos del texto literario, escribir y leer. Quizá no en ese orden; quizá no haya un orden, porque son actividades que se retroalimentan en un círculo virtuoso. Pero sí pensamos que leer es una parte fundamental de esa tríada. Empecemos por ahí.
Leer
Más arriba decíamos que quienes sienten una temprana inclinación por las letras, quizá ya desde su niñez, tienen una ventaja competitiva con respecto a quienes sienten esa atracción más tarde. Porque esa inclinación suele venir a través de los libros, de la lectura.
Quien ha sido un lector voraz desde niño tiene varias cosas a su favor que le ayudarán a la hora de dedicarse a la escritura. La primera es que su bagaje literario será mucho mayor que el de aquel que se acerca a la lectura más tarde. Es una simple cuestión de tiempo dedicado a la actividad.
Ese bagaje lector propiciará, quizá (no siempre sucede), que haya tenido contacto con algunos de aquellos títulos que suponen las cumbres de la literatura universal. El conocimiento de esas obras siempre es necesario, por no decir básico, para un escritor, como explicábamos hace tiempo en este otro artículo.
Las muchas lecturas son también el modo en que se llega a tener el dominio del lenguaje y la sensibilidad para su manejo que todo escritor necesita. Cuando leemos (siempre que leamos libros bien escritos; o bien escritos y bien traducidos, si se trata de literatura extranjera) aprendemos de forma amena, sin que nos demos cuenta, ortografía y gramática; disciplinas más áridas de dominar si tratáramos de estudiarlas en un manual.
Pero leer tiene todavía otra ventaja: esa cultura literaria que da la lectura es el sustrato ideal para que en él prendan los conocimientos sobre narratología que también necesita el escritor.
Conocer los elementos del texto literario
Hemos dicho que conocer los elementos del texto literario forma parte de ese círculo virtuoso que lleva a un escritor a la maestría. De ahí surgen también esas «aptitudes para escribir» sobre las que hoy hablamos.
Cuando se acumulan lecturas, se tiene lo que podríamos llamar un conocimiento intuitivo sobre los elementos del texto literario, sobre sus diversos modos de uso, sobre cómo engranarlos entre sí… Simplemente, el escritor es capaz de imitar (no necesariamente de manera consciente) lo que ha visto en las obras que ha leído y replicarlo en sus propios textos.
Pero lo ideal es que un escritor se instruya en el conocimiento de esos elementos. Es un aprendizaje que no puede rehuir, que debe propiciar. Puede recibir formación académica, asistir a cursos o talleres no reglados, leer libros sobre escritura y creación literaria… (aquí te dejamos nuestra lista, que en estos momentos incluye 45 títulos, pero que crece periódicamente), pero debe buscar un conocimiento extenso y profundo de lo que la narrativa y la literatura son.
El caso es que cuando un escritor es un lector habitual resultará más sencillo para él comprender lo que esas obras sobre creación literaria explican. Porque entonces el escritor tiene referentes en sus lecturas que le ayudan a penetrarse mejor de cualquiera de los elementos o herramientas explicados y a entender cómo funcionan en vivo, dentro del texto. De hecho, seguramente no tendrá un ejemplo, sino varios. Si por ejemplo le explican el monólogo interior o el uso de la metáfora, a su mente vendrán textos en los que los autores los han usado y la explicación tendrá un sentido más completo para él. Al tiempo, será capaz de identificar esos elementos o herramientas en sus siguientes lecturas y, en consecuencia, tendrá una imagen viva de cómo opera en el texto.
Escritura
Nos ocupamos de la escritura, de su práctica cotidiana, en último lugar, pero ya hemos dicho que no hay un orden jerárquico entre estas piezas de las que surgen las «aptitudes del escritor».
Es un axioma, al que ya hemos recurrido en numerosas ocasiones, que la práctica hace al maestro. A escribir se aprende escribiendo. Escribiendo mucho, escribiendo a diario.
Pero también practicando una escritura consciente, porque solo si escribimos con consciencia transitaremos el camino hacia la maestría, tratando de acercarnos a nuestro ideal literario y puliendo los defectos y vicios que pueda haber en nuestra escritura.
El círculo virtuoso
Recorriendo la ronda de lectura, conocimiento y escritura es como se desarrollan las aptitudes para ser escritor. Nadie nace con ellas, es necesario trabajarlas con denuedo.
De esa forma se crea un círculo virtuoso que mejora cada vez más nuestra escritura. Al conocer los elementos del texto literario, leemos mejor; al leer mejor, mejor conocemos los elementos del texto literario; y eso retroalimenta de manera continua nuestros propios textos, que son cada vez mejores por la práctica continua.
Si estás leyendo este artículo es que tú estás andando ese camino, sentando las bases de tu relación con la escritura, echando a rodar ese círculo virtuoso. Cuánto más leas y más escribas, mejor lo harás.
La idea de que existe tal cosa como unas «aptitudes para escribir» que unos tienen y otros no puede resultar perniciosa porque puede condicionarte. Si crees que tú no las tienes, es probable que el desánimo te lleve a abandonar alguna de las tres actividades del círculo virtuoso y entonces se dará una profecía autocumplida, porque, en efecto, jamás llegarás a desarrollar tus aptitudes.
Trabaja con firmeza y seriedad, date tiempo. Así desarrollarás tus aptitudes. Un día serás un excelente escritor, un día serás el arquero que acierta siempre en el centro de la diana. Sigue adelante.