¿Síndrome del impostor o inexperiencia?

El síndrome del impostor, ese desagradable sentimiento de insuficiencia y falta de merecimiento, es un síndrome muy habitual en cualquier grupo o profesión. También entre los escritores.

Muchos autores confiesan sentir esa ansiedad derivada de la idea de llevar una máscara, de estar fingiendo. Externamente, se comportan con normalidad: trabajan en sus obras, las publican, se relacionan con otros escritores o con los lectores desde su posición de «autores»… Pero en su fuero interno son dolorosamente conscientes de que llevan una careta. No se sienten justificados para hacer lo que hacen porque, en realidad, consideran que no tienen ni idea de lo que están haciendo. Y eso les lleva a temer que algún día alguien se dará cuenta y dejará al descubierto su impostura.

Entonces, el síndrome del impostor se manifiesta, más o menos, mediante la idea de que no merecemos estar donde estamos. Nos sentimos un fraude. Con frecuencia, este síndrome se relaciona directamente con nuestras creencias internas y nuestra percepción de lo que merecemos. Otras veces, a menudo de manera paralela, el síndrome se manifiesta en forma de inquietud por ser desenmascarados; nos preocupa que en algún momento otras personas nos digan: «Oye, tú, ¿cómo te atreves a decir que eres escritor? Estás fingiendo, tú no mereces darte ese nombre».

Podría decirse, por tanto, que el síndrome del impostor aflora, al menos, de dos formas distintas. Una tiene que ver con la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestras capacidades. Así, por ejemplo, mientras escribimos, mientras trabajamos en nuestras obras, no dejamos de repetirnos: «Sin duda esto está mucho más allá de mi capacidad, habilidad y talento. No debería hacerlo, no debería ni intentarlo».

Mientras que la segunda forma que adopta el síndrome del impostor se relaciona con la forma en que creemos que los demás nos perciben y surge directamente de la comparación. El escritor que padece el síndrome del impostor se compara con otros escritores y considera que todos los demás tienen mucho más talento que él, que hacen las cosas mucho mejor y que, un día, alguien se dará cuenta de la bochornosa diferencia entre él y los demás. De la relación entre el síndrome del impostor y la comparación ya hablamos en este otro artículo.

Así se manifiesta el síndrome del impostor. Pero resulta que ese síndrome es a menudo confundido entre los escritores principiantes con algo mucho más sencillo: la simple inexperiencia.

¿Principiante o impostor?

Algunos escritores noveles se sienten de inmediato identificados cuando leen sobre el síndrome del impostor. Enseguida se dicen: «Eso es lo que me sucede a mí». Pero a menudo se confunde la inexperiencia, el estar al comienzo de la andadura como escritor, con el síndrome del impostor.  

Si estás al comienzo de tu camino como escritor, habrá muchas cosas que todavía ignoras: sobre técnica literaria, sobre tu proceso de escritura, sobre el mundo editorial, sobre literatura, sobre la relación con los lectores… Es lógico que eso te haga sentir inseguro y es normal que, si te comparas con personas que van por delante de ti en dicho camino, sientas que no estás a su nivel: es que ciertamente todavía no lo estás.

No se debe confundir la relativa ansiedad de los comienzos, cuando te preguntas si serás capaz de alcanzar lo que te propones y eres consciente de que te queda mucho por aprender, pero todavía no ha habido lugar a que demuestres lo que vales, con la ansiedad que puede surgir (ojalá en tu caso nunca lo haga) más adelante: cuando ya sabes, pero crees que no, o que no lo suficiente; o cuando, a pesar de tu innegable experiencia, sigues comparándote con los demás y sintiendo que tú no estás ni estarás nunca a su altura.

Una cuestión de perspectiva temporal

Como ves, ambas cosas, las preocupaciones de un escritor principiante y los síntomas del síndrome del impostor provienen del mismo lugar. Ambas surgen de la lacerante (pero normal) duda: «¿Y si no soy lo bastante bueno?». Pero entre ambos estados hay una diferencia sustancial: el momento en el tiempo.

Es humano dudar de nuestras capacidades, plantearnos la pregunta de si somos capaces de emprender una tarea o alcanzar un objetivo. Y esa pregunta tiene especial sentido cuando nos hallamos todavía en la línea de salida o muy cerca de ella.

Nunca has intentado escribir una novela antes, no tienes muy claro lo que tienes que hacer ni cómo. Te lanzas a escribir en un acto de fe, de fe en ti mismo y en la historia que deseas contar, pruebas, te equivocas, lo intentas de nuevo; aprendes mucho, yerras otro tanto; empiezas a mirar los libros que lees con otros ojos, buscas referentes y modelos, para ti todo se va volviendo poco a poco literatura…

En ese momento es lógico que te asalten mil dudas: ¿lo estoy haciendo bien?, ¿es así como debe hacerse?, ¿cómo lo hacen los demás, cómo lo han hecho otros?, ¿soy yo capaz de hacerlo tan bien como desearía? También es normal que mires a tu alrededor y te equipares con los que ya han logrado lo que tú deseas y que, por comparación, te sientas como lo que eres: un aprendiz. Pero no olvides que esas personas a las que en ese momento admiras un día estuvieron también en tu posición, en la posición de salida.

El remedio para ese sentimiento de duda e insuficiencia que atenaza a un escritor al comienzo de su carrera es muy sencillo: dejar pasar el tiempo.

Deja pasar el tiempo, recorre tu camino, aprende, equivócate, escribe, lee, aprende todavía un poco más… Dentro de cinco años te sentirás más seguro de ti. Dentro de diez, todavía más.

Ese sentimiento de inseguridad, ansiedad y temor del comienzo dejará paso a una relativa serenidad. Serás consciente del camino recorrido, conocerás tu valor (y tus defectos). Si eres honesto contigo mismo, sabrás también que todavía no lo sabes todo, serás consciente de que el sendero del aprendizaje no se acaba nunca, y seguirás caminando por él sabiendo que todo lo que has aprendido hasta el momento te facilita la labor de seguir aprendiendo. Porque la veteranía es un grado.

Por supuesto, esto implica tener desde el principio la humildad de reconocer nuestras carencias y el tesón para trabajar, hasta donde sea posible, por erradicarlas. Es difícil que quien cree desde el inicio que lo sabe todo recorra el camino hasta esa serenidad que proporcionan el conocimiento laboriosamente adquirido y la experiencia. Su soberbia le bloqueará el paso y hará que permanezca siempre en el mismo lugar.

Ahora bien, hay quien recorre el camino, quien aprende y adquiere experiencia y, a pesar de ello, sigue sin sentirse merecedor ni tan siquiera de su propio reconocimiento. Entonces sí podemos hablar de que esa persona sufre el síndrome del impostor.

El sentido de lo literario

Hemos visto que las tribulaciones de un autor novel y las de uno veterano que padece el síndrome del impostor difieren en el momento temporal: solo si llevas tiempo dedicado a la escritura y sigues dudando de ti mismo, pensando que tus logros y el reconocimiento del que disfrutas son inmerecidos, puede decirse verdaderamente que te aqueja el síndrome del impostor. Pero ambas tribulaciones tienen un origen común: la duda sobre la propia capacidad.

El problema radica en que esa duda no es tan sencilla de acallar porque es consustancial al propio talante creativo.

Los creadores, y entre ellos los escritores, se dedican a la creación porque tienen una idea propia de la estética, entendida como teoría del arte; en el caso de los escritores, hablaríamos de una teoría del arte literario, de una poética. Cuando un autor escribe sus primeros textos tiene una noción de la obra ideal que le gustaría crear. A veces esa noción no es del todo consciente, pero existe. Y con sus obras, el autor trata de alcanzar ese ideal.

Como es lógico, en los primeros tiempos la falta de técnica, de un estilo y una voz propios, de un adecuado manejo de las herramientas y recursos del escritor, hace que su producción no sea tan buena. Tiene potencial, pero el autor es consciente de que lo que produce dista todavía de su ideal. Es su sentido de lo literario el que hace que su trabajo le decepcione.

Muchos autores nunca superan ese periodo y abandonan. Sin embargo, la mayoría de los escritores que conocemos y admiramos pasaron durante años por esa fase. Fueron conscientes de que su trabajo carecía de ese algo especial que deseaban que tuviera. Su sentido de lo literario les indicaba que había una distancia que debían esforzarse por salvar.

De nuevo, para salvar esa distancia solo hay un remedio: el trabajo. Solo escribiendo (y leyendo) mucho serás capaz de cerrar la brecha que ahora percibes entre tu trabajo y tu ideal. Por supuesto, llevará tiempo. Se trata de perseverar.

El problema radica en que cuando leemos nuestros textos y nos decimos «Debería hacerlo mucho mejor» el sentimiento que permitimos que aflore es el de la frustración, en lugar de dejar espacio a lo que debería ser una sensación estimulante.

Si eres consciente de que deberías hacerlo mejor es porque tienes un sentido correcto de lo literario. Ese sentido de lo literario ha insuflado en ti lo que podríamos llamar un estándar de calidad al que tus habilidades todavía no te permiten llegar. La clave está justamente en el todavía. Tus habilidades aún no están a la altura de lo que dicta tu sentido de lo literario, pero lo estarán. Lo bueno es que, precisamente porque tienes ese sentido de lo literario, sabes hacia dónde debes avanzar: tienes una dirección.

Ese es el motivo por el que es mucho más difícil enseñar a adultos que a niños. Los niños no tienen miedo a equivocarse porque no han desarrollado todavía un marco con el que compararse, no tienen una imagen ideal de lo que deberían hacer. Los adultos sí, y por eso son capaces de medir la diferencia entre la obra titubeante de alguien que comienza en una nueva disciplina y la de un veterano.

De modo que el quid de la cuestión no está en preguntarse si eres capaz de lograrlo o qué pensaran los otros. El quid está en ser consciente de la diferencia entre tu modelo ideal de lo que una buena obra literaria debería ser y lo que tú, en un momento dado, puedes crear. No pierdas el tiempo dudando de ti o comparándote con los demás, mejor dedícalo a adquirir y mejorar las habilidades que te llevarán a escribir esa obra tal como la imaginas. (Por ejemplo, aprendiendo todo lo que necesitas saber para escribir una novela).

Una advertencia: nunca lo lograrás. Porque a medida que domines técnica y herramientas, a medida que conozcas más sobre la producción literaria de toda la historia de la humanidad, tu sentido de lo literario se irá refinando cada vez más. Pero, al contrario de lo que pueda parecer, eso no te incapacitará; por el contrario, serás más capaz de evaluar tu obra con justeza y de apreciarla en lo que vale. Y seguirás trabajando esforzadamente por alcanzar tu ideal, lo que redundará en beneficio de tus textos y de tus lectores.

Cada vez que tengas dudas sobre si eres lo bastante bueno o que empieces a compararte con los demás, cada vez que te asalte el miedo a que alguien descubra que eres un tremendo fraude, simplemente ponte a escribir o toma un buen libro y lee. Deja pasar un año y repara en el camino recorrido, en lo que no sabías y ahora sabes, en esas nuevas habilidades adquiridas con tu esfuerzo diario. Deja pasar dos años y compárate con el que eras al principio. Persevera y deja pasar algunos años más…

Un buen día serás consciente de que nunca lograrás escribir esa obra ideal a la que siempre aspirarás; pero también sabrás que las que escribes son lo bastante buenas y que mereces el lugar que ocupas.

Si tratas de superar el síndrome del impostor sin comprender que no es eso lo que te aqueja, entonces es natural que nunca veas progresos y que ese sentimiento siga tan fuerte en ti como el primer día.

Y ahora cuéntanos: ¿sufres el síndrome del impostor?, ¿o tal vez solo eres un escritor novicio? ¿Qué trucos o recursos pones en práctica para sacudirte de encima la inseguridad, las dudas y la sensación de falta de merecimiento? Hacemos terapia de grupo en los comentarios.

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  • No sé si ya comenté antes, leo el artículo porque me llega a mí correo y amo leerles.
    Ahora, 2024, es distinto.
    Yo comencé a escribir cuando él fragor de una guerra me silbaba por los oídos. De la guerra, perdí todo, todo. Y seguí escribiendo. La novela «Spora» se salvó y la publiqué sin dinero, cero pesos. Yo no pensé en millones de asuntos . Eso fue en 2014. Y vendí 30 copias. Pero vinieron no sólo críticas sino insultos.
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    Mi libro de cuentos lo sacaré cuando lleguen recursos para ponerlo bien en el mercado, no tengo prisa. Sigo construyendo me!

  • Como siempre oscilo. A veces pienso que soy un fraude y otras creo que lo que hago merece la pena. Pero sí es una fuente de sufrimiento esa inseguridad, esa mala conciencia.

  • Gracias por este gran artículo.
    Me ha ayudado mucho. Ahora sí entiendo la diferencia entre ser un impostor, y las dudas lógicas de una persona principiante.

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