diciembre 23

«No puedo parar de escribir» o por qué no es malo ser un escritor prolífico

Escritura Creativa

1  comments

Una vez, en mi adolescencia, competí con mi mejor amigo Rob para ver quién podía leer más en el transcurso de las vacaciones de verano. No fue un concurso sutil: el ganador sería el que devorara más páginas. Temas como la comprensión lectora y la calidad artística no nos importaban. No nos enfrentamos a Proust, necesitábamos algo de ritmo más rápido. A mí se me ocurrió la idea de leer historias cortas de ciencia ficción, jugosas y de fácil digestión, o eso pensaba yo.

Mientras yo cruzaba los páramos de planetas imaginarios, Rob se deslizaba a través de la obra de P. G. Wodehouse. Yo también empecé a leer a Wodehouse, aunque de todos modos perdí porque Rob simplemente leía más rápido que yo. Pero estuvimos de acuerdo en que Wodehouse era buen material, y en que había mucho: unos cien libros escritos a lo largo de setenta y cinco años. Por alguna razón, nos pareció que esto era una cosa muy buena.

El asunto de la cantidad en la literatura ha estado dando vueltas en mi mente desde que mi nuevo libro fue publicado recientemente. Un buen porcentaje de las críticas me describió como «prolífico» o «muy prolífico». He publicado veinte libros en veintidós años (algunos de ellos bastante cortos), y yo diría que no es excesivo, puesto que no soy nuevo en el oficio. Sin embargo, acertado o no, «prolífico» no parecía un cumplido.

Me consolé al comprobar que la etiqueta «prolífico» me situaba en la afortunada compañía —de otra forma, poco probable— de, por ejemplo, Joyce Carol Oates (más de cien libros en cuarenta y cinco años). ¿Alguien en las últimas décadas ha podido revisar su obra sin mencionar la prolificidad? John Updike no lo consiguió. En su opinión sobre la novela de Oates You must remember this, se refirió a su «productividad asombrosa», y sugirió que nació cien años tarde porque hubiera necesitado «una vigorosa audiencia» de «victorianos devoradores de palabras».

Viniendo de Updike (sesenta libros más o menos en cincuenta años, más si se incluye toda su poesía) resulta gracioso. Él, más que nadie, debería haberlo entendido. Quienes escribieron sus recientes obituarios sin duda encontrarían difícil superar el hecho sorprendente de que Updike escribió mucho. The Associated Press le llamó «prolífico, incluso compulsivo», y Los Angeles Times declaró: «Para bien o para mal, John Updike produjo un flujo casi inagotable de trabajo».

Entre la generación más joven, William T. Vollmann es el ejemplo de una «excesiva» producción literaria: más o menos veinte libros en otros tantos años. Y la mayoría son enormes: una novela de ochocientas páginas aquí, un estudio sobre la violencia en siete volúmenes allá. «Al acumular una vasta bibliografía… Vollmann probablemente se ha negado a sí mismo el número de lectores que de otro modo podría haber disfrutado», afirmó James Gibbons una vez en Bookforum. No estoy muy seguro de entender la lógica, pero parece que cuanto más escribas, menos probable es que seas leído. Esto puede ser, sin duda, motivo de desesperación para el escritor.

Gibbons también dijo: «El autor realmente prolífico solo puede ser un escritor de género o una reliquia». Sin duda tiene razón al identificar prolificidad como una distinción entre la literatura «popular» y la literatura «seria». De hecho, la prolificidad es casi un requisito para los novelistas de género. Si autores como Dean Koontz, Danielle Steel o James Patterson no fueran tan prolíficos, no serían tan populares. La producción abundante se nutre del consumo abundante. Y si invocamos a Trollope o a Dickens como escritores populares pero prolíficos que tienen respetabilidad literaria, confirmamos que crear un corpus literario serio pero popular viene de antiguo.

Sin embargo, el gusto del público es solo una parte de la historia. Hay algunos autores para los que la prolificidad parece tener poca relación con la oferta y la demanda. En esta categoría están escritores como Rajesh Kumar, autor de mil quinientos libros de bolsillo; o Kathleen Lindsay, quien se hizo con un récord por sus novecientos cuatro libros escrito en cuarenta y cinco años. La novelista de romántica Barbara Cartland parece inactiva en comparación, a pesar de que escribió alrededor de setecientos libros, logrando la hazaña inconcebible de dejar ciento sesenta novelas inéditas en el momento de su muerte.

Lo que nos lleva a Frank Richards, en realidad un seudónimo de Charles Hamilton. Su obra apareció sobre todo en revistas juveniles más que en forma de libros, y la mayoría permanece sin recopilar, pero se calcula que escribió más de setenta millones de palabras. Al parecer, fue publicado por primera vez en 1885, antes de que hubiera cumplido diez años de edad; y todavía escribía en el momento de su muerte en 1961. Una larga vida es, obviamente, una gran ayuda si quieres ser prolífico.

¿Habría sido Richards un mejor escritor de haber escrito menos? Parece poco probable. ¿Habría podido Georges Simenon (más o menos quinientos libros en setenta años) ser mejor considerado si hubiera escrito un pequeño volumen cada cinco años? Probablemente no. Por otro lado, a veces me imagino un universo alternativo en el que Thomas Pynchon ha escrito un libro al año desde 1963 y está a punto de publicar su 46ª aventura de Stencil Herbert. ¿No seríamos todos, incluido Pynchon, más felices con este arreglo?

En última instancia, sabemos que los escritores hacen lo que pueden. La productividad realmente extrema (como su contraria) está más allá del control de la autor. Para los escritores, tanto los respetables como los maníaco-productivos, hay explicaciones más prácticas: es parte del dilema del escritor freelance. Anthony Burgess (más de setecientos cincuenta libros en más de cuarenta años) solía decir que él nunca rechazó una oferta de trabajo razonable, y muy pocas de las no razonables.

Pero quizás la verdadera razón por la que seguir escribiendo es la esperanza, ingenua tal vez, de que vamos a hacer un mejor trabajo la próxima vez. A menos que seas un genio o un loco, te das cuenta de que todo lo que escribes, incluso los «éxitos», son siempre una especie de fracaso. Y lo vuelves a intentar.

Recuerdo con frecuencia un pasaje de Worstward Ho en el que Samuel Beckett —aunque no se refiere específicamente a la producción literaria—, escribe: «Inténtalo. Falla. No importa. Vuelve a intentarlo. Falla de nuevo. Falla mejor».

[button text=»Fuente» type=»btn-custom» size=»» url=»http://www.nytimes.com/pages/books/review/index.html»]


Tags

aprender a escribir, cómo publicar un libro, curso de escritura, curso de novela, recursos para escritores


You may also like

Cuatro claves para no abandonar NaNoWriMo

Qué es NaNoWriMo y cómo participar

  • Siempre he envidiado la capacidad de algunos autores de escribir páginas y páginas sin aparente esfuerzo. Yo estoy muy lejos de ser prolífico, pero me encantaría tener la opción de serlo.

  • {"email":"Email address invalid","url":"Website address invalid","required":"Required field missing"}

    Use this Bottom Section to Promote Your Offer

    Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit, sed do eiusmod tempor incididunt ut labore et dolore magna aliqua. Ut enim ad minim 

    >
     
    Gracias por compartir este contenido.
    Puedes seguirnos en las redes para estar al tanto con los próximos artículos:
    Comparte esto con quien quieras