La importancia del alcance ético e intelectual del narrador en primera persona

El narrador en primera persona es uno de los preferidos por los escritores noveles. La creencia es que se trata de un narrador que transmite al lector una sensación de mayor cercanía (es cierto, aunque también con el narrador en tercera puede lograrse) y, en general, es un narrador con el que los escritores declaran sentirse cómodos.

Sin embargo, esa idea de «comodidad» no es por la que deberían regirse los escritores a la hora de elegir a sus narradores. Desde luego, que el trabajo resulte más sencillo es un punto a favor, pero seguramente no es el más importante. Repetimos con frecuencia que escribir es tomar decisiones, y quizá una de las decisiones más importantes a las que se enfrenta el autor en el proceso de concebir y planificar su obra es precisamente la elección del narrador.

Muchas son las cosas que hay que sopesar antes de decantarse por uno u otro narrador. Y muchas las cosas sutiles que hay que tener en cuenta para dar forma a la voz que contará nuestra historia al lector. Y es que ese es nada menos el papel del narrador: servir de intermediador entre el lector y la historia, ser su voz, la figura siempre presente que cuenta.

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El narrador en primera persona

El narrador en primera persona suele corresponderse con un personaje de los que intervienen en la acción, por lo general el protagonista, pero no siempre. Tiene por tanto un conocimiento suficiente de la historia que cuenta, que ha adquirido bien directamente (al verse implicado en los acontecimientos), bien recabando los datos necesarios sobre los sucesos para poder explicárselos al lector.

De modo que lo primero que debe preguntarse el escritor cuando se plantea usar un narrador en primera persona es: ¿tiene este personaje toda la información precisa para poder contar la historia?, ¿y cómo la adquirió, porque participó en los hechos o porque los ha conocido de otra forma?

Una vez contestadas esas preguntas, todavía hay otras, de índole quizá más delicada, que debes plantearte y que tienen que ver con cosas como el tono que le quieres dar a la narración, de acuerdo con su tema y a las conclusiones que esperas que el lector alcance; así como la posición moral o la capacidad intelectual que tu narrador en primera poseerá.

El alcance ético del narrador en primera persona

En su novela Ethan Frome, Edith Wharton se sintió en la necesidad de incluir un prólogo con algunas explicaciones acerca de la concepción de la novela y sus decisiones acerca del narrador. Ethan Frome es una novela de temática muy distinta a la de las otras obras de la autora, no se desenvuelve en el ambiente de las clases acomodadas neoyorquinas, como sus otras novelas, y sus personajes no son gentes refinadas, sino campesinos. Quizá por eso la autora consideró importante dar algunas pinceladas aclaratorias sobre su narrador.

En Ethan Frome, Wharton se sirve de un narrador en primera persona que, sin embargo, no participó en los hechos que narra, solo los conoce mucho después de que sucedieran. El narrador es un ingeniero que, por trabajo, se encuentra en un pueblo de Massachussets. Allí se interesa por un hombre que llama su atención en la oficina de correos y del que se ocupa en averiguar su historia. La novela comienza con las siguientes palabras:

Me contaron esta historia varias personas, poco a poco, y, como suele suceder en tales casos, cada vez era una historia distinta.

Esas palabras iniciales apuntan una reflexión que todo escritor debería hacerse: cómo cambia una historia según quién la cuente. Por eso al elegir a nuestro narrador debemos tener en cuenta qué ha visto este de interesante en esa historia, qué le impulsa a contarla. Pero también, y sobre todo, cómo la manera de ser, los intereses y las experiencias del narrador en primera van a modelar tanto la impresión que se hace de la historia como el modo en que la cuenta.

El narrador en primera persona, que es siempre un personaje, tiene una perspectiva ética (basada en sus vivencias, en su educación, en su carácter…) a través de la cual filtrará la historia. Puede que esos actos que narra le parezcan reprensibles, o le causen admiración, o le provoquen tristeza… todo ello en función de su carácter. Y es desde ahí desde donde va a narrar.

En el caso de Ethan Frome, el narrador siente conmiseración por el hombre cuya historia averigua y cuenta (el propio Ethan Frome), trata de comprenderle, de ponerse en su lugar y de subrayar la tragedia de los actos en los que se vio envuelto.

Por eso es importante que, al sopesar cuál puede ser el narrador de tu historia, tengas en cuenta esas ideas: quién es tu narrador, qué visión tiene del mundo y cómo, de acuerdo con ella, va a juzgar y narrar los hechos.

El alcance intelectual del narrador en primera persona

Pero todavía hay algo más que debes tener en cuenta: el alcance intelectual de tu narrador en primera.

En su prólogo, Edith Wharton expresa la preocupación que la inquietó mientras pensaba su obra respecto al hecho de que los posibles narradores, los convecinos de Ethan Frome, eran simples campesinos que probablemente no tendrían los suficientes recursos para comprender y juzgar la tragedia en la que se había visto envuelto Ethan Frome, como tampoco de expresarse con acierto para contar la historia.

Así lo explica Edith Wharton:

Tenía que encontrar el medio de que mi tragedia llegase a oídos de su narrador de manera natural y descriptiva a la vez. Podía haberlo sentado frente a alguna comadre del pueblo que le hubiera servido en bandeja la historia completa en pocos segundos, pero entonces habría falseado dos elementos esenciales de mi narración: en primer lugar, la arraigada reticencia y la incapacidad de expresarse propias de la gente que me proponía describir; y, en segundo lugar, el efecto de redondez (en el sentido plástico) que se produce al dejar que su historia nos llegue por mediación de personas tan distintas como Harmon Gross y Ned Hale. Cada uno de mis cronistas contribuye a la narración solo en la medida en que ambos son capaces de comprender lo que les parece un caso complejo y misterioso; y solo el narrador de la historia posee capacidad suficiente para verlo todo, explicarlo de forma sencilla y situarlo en el lugar que le corresponde entre sus categorías más amplias.

Es decir, Wharton comprendió que quienes conocieron la historia de Ethan Frome de primera mano, sus convecinos, no tuvieron en realidad un conocimiento completo de la misma. Cada uno sabía una parte, pero sin tener la visión de conjunto que daría conocer su totalidad, la historia resultaría incompleta y perdería gran parte de su dramatismo. La solución pasaba entonces por buscar un narrador que, de algún modo, lograra reunir todas las piezas y completar los huecos entre ellas para así poder comprender (y presentar) la historia en toda su grandeza trágica.

Otro inconveniente de usar a los convecinos de Ethan Frome para contar su historia se relacionaba, para la autora, con «la arraigada reticencia y la incapacidad de expresarse propias de la gente que me proponía describir». Ethan Frome es un hombre de campo, como lo son sus vecinos, y (así lo consideraba Wharton) las gentes de campo son personas reservadas a las que nos les gusta hablar con los forasteros de las vidas de sus conocidos. Pero, incluso si vencieran esa reticencia, ¿tendrían la elocuencia precisa para contar la historia de una manera interesante y expresiva? Seguramente no.

Porque el registro del habla de tu narrador también es un factor importante que debes sopesar antes de elegir al tuyo. ¿Cuál es su acervo lingüístico?, ¿dispone de la capacidad para contar una historia compleja, usando un lenguaje complejo?, ¿cómo será su forma de hablar y su léxico dada su biografía? Si es un niño, si es una persona anciana, si tiene estudios o no los tiene, su profesión… todos esos factores influirán en la forma de articular la historia de tu narrador y en las palabras que elija para hacerlo. Estos detalles son importantes y hay que tenerlos muy en cuenta porque aportan matices a la narración y contribuyen decididamente a su fisonomía, dando lugar a narradores más o menos subjetivos, más o menos fiables, más o menos moralistas…

Edith Wharton resolvió su problema haciendo que un forastero viniera a averiguar la historia de Ethan Frome. Ese forastero era un ingeniero, a quien se le supone por tanto la capacidad intelectual para comprender la historia con todos sus matices y los recursos léxicos para contarla después con riqueza y propiedad.

Aquella noche descubrí la clave de Ethan Frome y empecé a articular esta visión de su historia…

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