La semana pasada hablamos del instinto creador, esa potencia creativa del escritor que, apoyada por la capacidad imaginativa, la mirada atenta y el interés por lo humano, se encuentra en el origen de toda obra literaria.
Ese instinto se complementa, según vimos, con lo que Vladimir Nabokov llama imaginación literaria, esto es, «la facultad de descubrir, de modo natural, unas maneras de contar la historia que estén a la altura de su originalidad en el arte de la descripción». Te dejo el enlace al artículo por si te lo perdiste.
A ese binomio de instinto creador e imaginación literaria habría que añadir un tercer elemento sin el cual la obra no puede nacer, o bien puede nacer con serias malformaciones. Ese elemento es, en román paladino, la capacidad de «escribir bien», o, dicho de otro modo, la capacidad de hacer un buen uso —un uso literario— del lenguaje.
Saquemos una vez más a W. S. Maugham a la palestra (creo que comienza a estar un poco harto de mí). En Diez grandes novelas y sus autores dice:
Da la impresión de que escribir bien no fuera una parte esencial del equipamiento del novelista, que el vigor y la vitalidad, la imaginación, la fuerza creativa, la observación aguda, el conocimiento de la naturaleza humana —con el interés por ella y la simpatía hacia ella—, la fertilidad y la inteligencia son más importantes. Así y todo, es mejor escribir bien que regular.
Hay en esas palabras dos ideas esenciales: escribir bien forma parte esencial del equipamiento del escritor. Y es mejor escribir bien que regular.
Parte esencial del equipamiento del escritor
Escribir bien es parte esencial del equipamiento del escritor. Tan esencial que, en realidad, sin ese equipo es imposible dar a luz una obra bien formada. Sin embargo, esta es una verdad fundamental que el escritor que comienza a menudo no tiene en cuenta.
Un escritor novel valora mucho la imaginación, la capacidad para pergeñar situaciones, personajes, mundos…
Quizá también aprecia su capacidad de observación, la mirada aguda con la que radiografía su entorno, a sus congéneres e incluso a sí mismo.
Y si es un escritor algo más avezado, comienza también a darle importancia a la técnica, al cómo se compone la historia.
Pero, en realidad, imaginación, observación y técnica acabarán por convertirse en palabras, en lenguaje. Quisiera invitarte una vez más a recordar que, a fin de cuentas, lo que el lector tiene ante sí cuando lee no son más que palabras; no los ojos negros de tu personaje, ni su habitación desordenada, tampoco aquello que constituya su conflicto… Lo único que hay son palabras sobre una página. Y su combinación sagaz y estilística es la que construye unos ojos, una habitación, un conflicto.
Aún más: esos ojos, esa habitación, ese conflicto… fueron ya palabras en la mente del escritor antes de convertirse después en palabras sobre la página. Porque es mediante palabras como articulamos nuestro pensamiento. De manera que las palabras están en el origen de la obra y están en su final. Siendo así, las palabras, el lenguaje, debería ser un aspecto al que el escritor prestara atención exquisita. Aunque con harta frecuencia no sucede.
Mejor escribir bien
«Así y todo, es mejor escribir bien que regular», dice el amigo Maugham. Pero ¿qué es escribir bien? La buena escritura tiene, en realidad, muchas caras; si eres un buen lector ya lo sabes. Pero también es cierto que tiene algunos ingredientes básicos.
El primero de ellos es el respeto por la gramática. En Mientras escribo, Stephen King advierte: «La gramática es algo más que una lata. Es un bastón para poner de pie a las ideas y hacer que caminen».
Como decía antes, las ideas se formulan mediante palabras. Si las palabras flaquean, las ideas resultarán titubeantes. Quizá haya grandes ideas en tu texto, pero si no sabes expresarlas perderán brillo, si es que no resultan directamente ininteligibles.
La buena escritura descansa sobre la corrección idiomática, que a su vez se relaciona con el conocimiento y el uso de las normas gramaticales. Las normas gramaticales no son normas arbitrarias ideadas malévolamente para complicar la vida de los hablantes (y escribientes) de una lengua, sino que pretenden organizar la información que el emisor desea transmitir para que el receptor la comprenda de manera sencilla, clara y sin ambigüedades.
Por eso el desconocimiento o el descuido de la gramática lleva siempre a textos oscuros, ambiguos y vagos en los que la información fluye de manera tortuosa, si logra hacerlo. Textos que exigen un mayor esfuerzo de comprensión para el lector, quien a menudo no estará dispuesto a hacer dicho esfuerzo. Si quieres perder a tu lector, escribir mal o regular es una de las mejores maneras de lograrlo. Y no deja de ser curioso que muchos escritores obsesionados con «atrapar al lector» demuestren un desprecio olímpico por el lenguaje y pierdan de vista la posibilidad de tejer con él una red exquisita que envuelva al lector.
Además, el proceso funciona en los dos sentidos. Es decir: la idea se formula a través de las palabras; pero antes de eso tiene que haber sido pensada también mediante palabras. El lenguaje no es solo una herramienta para comunicarnos con los otros, sino el marco mismo dentro del cual pensamos y entendemos el mundo. Pensamos con palabras, y seremos capaces de pensar con mayor claridad y exactitud cuanto mejor sea nuestro dominio de la lengua.
La imprecisión de nuestros pensamientos tiene que ver con un manejo torpe del lenguaje. Y la imprecisión de pensamiento se traduce casi siempre en una imprecisión de estilo. Y viceversa: la imprecisión de estilo denota casi siempre una imprecisión de pensamiento. Hablar y escribir bien significa pensar bien.
Escribir es seducir
Otro ingrediente básico de la buena escritura es su capacidad para persuadir. De nuevo Stephen King dice: «Escribir es seducir. La seducción tiene mucho que ver con hablar con gracia».
Eso es lo que pretende el escritor: seducir al lector, persuadirlo de que se sumerja en la obra, atraparlo, si prefieres decirlo así. Y si hay una herramienta de seducción (incluso por encima de un buen palmito) es la palabra. Pero la palabra usada «con gracia».
¿Qué es escribir con gracia? En literatura es darle literariedad al texto. La literariedad es el conjunto de propiedades estéticas, lingüísticas y formales que convierten un texto común en una obra de arte literaria.
Y es que en literatura el lenguaje no se usa como se usa de ordinario, a pesar de que el buen lenguaje literario suele estar muy cerca del modo en que los hablantes de a pie usamos la lengua. En literatura el lenguaje tiene un componente estético que lo diferencia y hace que el lector sepa, con apenas leer unas líneas, que se halla ante un texto literario.
Cuidado, no estoy hablando de alambicamiento, de usar palabras poco frecuentes o más «cultas»; no estoy hablando de retorcer las frases o ponerse grandilocuente —recursos usados con mucha frecuencia cuando un escritor novel aspira a «escribir bien», sobre todo si tiene pocas lecturas y, por ende, un lenguaje pobre—. Estoy hablando de ornato.
El ornato consiste en coger el lenguaje cotidiano y jugar con él, disponerlo de otro modo, para que «suene» de otra manera. Atañe al modo en que se componen las oraciones, al ordenamiento de las palabras dentro de ellas; también a esos recursos estilísticos que son los que ayudan de un modo determinante a atrapar la atención del lector porque construyen en su mente imágenes originales; metáforas, símiles, analogías, contrastes, personificaciones, repeticiones, paralelismos… Todo ello vuelve la prosa rítmica, evocadora, ayuda a dar a entender de manera vívida las ideas y le otorga al conjunto tanto elocuencia como expresividad. Te he hablado ya sobre él en este otro artículo.
Si quieres aprender a escribir mejor y seducir con tus palabras, quizá te interese unirte al curso de estilo que comenzará el 9 de noviembre. En él repasaremos los elementos de un texto literario, desde los párrafos a las palabras, y estudiaremos una nutrida batería de recursos retóricos que te van a ayudar a expresarte con más efectividad, armonía y belleza. Recursos que sirven para trabajar el ritmo, crear énfasis o mostrar en lugar de meramente contar, para que el lenguaje contribuya decididamente a poner en marcha la imaginación del lector.
Y, como siempre, tendrás que escribir para poner en práctica los recursos vistos y yo leeré y comentaré contigo tus textos para darte una visión externa sobre tu estilo que te ayude a reforzarlo y mejorarlo.
Te unas o no al curso de estilo, te animo a prestar una atención intensa al lenguaje: él es el corazón de tus historias, en él late tu arte.