El instinto creador en el escritor

El escritor es un artista que, coincidirás conmigo, crea mundos de la nada. Es cierto que la ficción imita a eso que llamamos «la vida», que la ficción, como decía Stendhal, es un espejo que se pasea a lo largo de un camino. Pero a pesar de que el origen de la ficción esté en la mímesis, en una imitación más o menos exacta de la realidad, el escritor levanta una realidad concreta, única, justamente «ficticia», en cada una de sus obras.

Sus personajes pueden tener mucho de él y mucho de las gentes que conoce, pero no son reales; y lo mismo sucede con las situaciones, los acontecimientos, las calles o los pueblos, el cielo y la tierra: imitan, pero no son; el escritor los inventa. Y a ese trabajo de invención hay que sumar el de ideación de la obra: cómo va a trabajar y montar esos materiales que ha imaginado.

Siendo así, el «instinto creador» forma parte insoslayable de la naturaleza de un escritor, de su oficio. Para ampliar esta idea, permíteme que, una vez más, recurra a una cita de William Somerset Maugham:

Cabría pensar que, de todos los dones que el novelista necesita, la facultad de inventar al por mayor es el más esencial.

Sin duda, esa aseveración puede tomarse por cierta: si algo necesita un escritor —‍en realidad cualquier artista‍— es la capacidad de inventar. Quizá por ello las especulaciones sobre la naturaleza de esa capacidad recorren, como una corriente, las reflexiones de muchos escritores acerca de su propio oficio: ¿de dónde surgen sus ideas?, ¿dónde nacen las historias, los personajes, los mundos, las situaciones que ellos convertirán en narraciones?, ¿es un don que solo algunos afortunados tienen?, ¿puede agotarse?

Puesto que está claro que un escritor tiene, como artista, ese instinto creador —‍llamémoslo así—, hoy quisiera hablarte de la naturaleza de dicho instinto y del modo en que este obra.

Un instinto común

Aunque con frecuencia se piensa lo contrario, el instinto creador es algo connatural al ser humano. Podría decirse que lo traemos de serie, por eso hemos «inventado» cosas desde los albores de la humanidad: tecnología, arte, ciencia, religiones, formas de organizarnos como sociedades… Para bien o para mal, el ser humano es un inventor nato.

Por desgracia, habitualmente dejamos que ese talento imaginativo, creador, se marchite. Como dijo Picasso: «Todos los niños nacen artistas. El problema es cómo seguir siendo artistas al crecer».

Nuestro amigo W. S. Maugham abunda en esa idea:

Es probable que en todas las personas haya algo del instinto creador. Es natural que un niño juegue con lápices de colores y pinte pequeños cuadros a la acuarela, y después, con harta frecuencia, cuando aprende a leer y escribir, que escriba pequeños poemas y cuentos. Creo que el instinto creador alcanza su apogeo de los veinte a los treinta años, y después, unas veces porque las cosas de la vida o la necesidad de ganarse el sustento no dejan tiempo para ejercitarlo, languidece y muere. Pero en muchas personas, en más de las que la mayoría de nosotros sabemos, continúa pesando y hechizándolas.

«Las cosas de la vida» hacen que nuestro instinto creador se anquilose. Como veremos después, nuestra imaginación, nuestra creatividad necesitan ser entrenadas. Si nuestro modo de vida —o nuestra voluntad— no permite que las ejercitemos, acaban por atrofiarse.

Lo bueno es que, como asegura Maugham, siguen vivas, están ahí, latentes. Por eso tanta gente las recupera cuando, felizmente, «las cosas de la vida» lo permiten. Cuántos de vosotros retomáis, en vuestra edad dorada, el gusto por escribir del que os habéis visto apartados durante el desempeño de vuestra vida profesional o de vuestras responsabilidades familiares.

Interpretar y dar sentido

De manera que todos tenemos instinto creador, pero, como es obvio, no todos somos escritores, no todos somos artistas. Porque no basta con tener ese instinto, ese que nos viene de serie De manera que todos tenemos instinto creador, pero, como es obvio, no todos somos escritores, no todos somos artistas. Porque no basta con tener ese instinto, ese que nos viene de serie a los seres humanos: el escritor tiene además algo que decir.

Ese «algo que decir» es fruto sin duda de la necesidad humana de comprender, interpretar y dar sentido a nuestra existencia; una necesidad que podríamos considerar también inherente al ser humano, pero que en el escritor es especialmente acuciante.

¿Cómo realiza el escritor su labor de interpretar y dar sentido? Pues, en gran medida, ejercitando su mirada. De nuevo, Maugham apunta:

El gran novelista necesita diversas facetas, no solo creatividad, sino también rapidez de percepción, una mirada atenta, la facultad de sacar provecho de la experiencia, y, sobre todo, un interés absorbente por la naturaleza humana, a través de cuya feliz conjunción se convierte precisamente en la clase de novelista que es.

Podría decirse que ese sustrato básico que forma el instinto creador en todo ser humano alimenta en el escritor una mirada atenta lanzada sobre el mundo a su alrededor, sobre sí mismo y sobre sus congéneres. La base del trabajo del escritor, incluso un ingrediente fundamental de eso que se ha dado en llamar «talento», consiste en observar y reflexionar sobre lo observado.

Tiene sentido que así sea, en cuanto la ficción es un espejo que nos refleja, que refleja la vida, el escritor debe permanecer atento al transcurrir de la vida a su alrededor.

En El novelista ingenuo y el sentimental, Orhan Pamuk reflexiona:

Las novelas nos trasladan a la verdad secreta que prometen, al centro, empezando desde los acontecimientos y detalles pequeños que todos observamos en la vida diaria y con los que estamos familiarizados a nuestro modo. Para simplificarlo, llamemos a cada una de estas observaciones una «experiencia sensorial». Cuando abrimos una ventana, tomamos un sorbo de café, subimos un tramo de escaleras, nos introducimos entre una multitud, quedamos atrapados en un atasco, nos pillamos el dedo en una puerta, perdemos las gafas, nos estremecemos de frío, subimos una montaña, nadamos el primer día de verano, conocemos a una mujer bonita, comemos una galleta que no habíamos vuelto a probar desde la infancia, nos sentamos en un tren y miramos por la ventana, olemos una flor que nunca habíamos visto, nos enfadamos con nuestros padres, nos besamos, vemos el mar por primera vez, nos ponemos celosos, bebemos un vaso de agua fría… la singularidad de cada una de estas sensaciones, y el modo en que se superponen con las experiencias de otras personas, forman la base de nuestra comprensión y disfrute de una novela. (…) El poder de evocación universal y los límites de las novelas están determinados por este aspecto compartido de la vida diaria.

Escritor y lector comparten «la vida diaria». El escritor desea escribir sobre ella, el lector desea leer sobre ella. Resulta evidente que la vida diaria de un lector contemporáneo tiene poco que ver con la de una Emma Bovary o un Gregor Samsa (por citar personajes de todos conocidos), pero lo que sí compartimos con ellos es la naturaleza humana y esa experiencia de lo cotidiano.

Pamuk añade:

En pocas palabras: la verdadera medida del valor [de una novela] debe residir en el poder de la novela para evocar la sensación de que la vida es exactamente así.

Y más tarde explica cómo la experiencia se amalgama con la imaginación:

Todas las obras de un novelista son como constelaciones de estrellas en las que el autor ofrece decenas de miles de pequeñas observaciones sobre la vida; en otras palabras, experiencias vitales basadas en sensaciones personales. Estos momentos sensoriales, que lo abarcan todo, desde abrir una puerta a recordar a una examante, forman los momentos irreductibles de inspiración, los puntos personales de creatividad de las novelas. De este modo, la información que el escritor ha cosechado directamente de las experiencias vitales, lo que llamamos el detalle novelístico, se fusiona con la imaginación de tal modo que resulta difícil separar ambas cosas.

Si bien cabría apuntar que las «experiencias vitales» del escritor van mucho más allá que lo directamente por él experimentado, de acuerdo con la idea de Henry James que recogí en este artículo titulado Escribir sobre la propia experiencia.

Necesario, pero no suficiente

De modo que tenemos el instinto creador humano como base, que alimenta una mirada aguda que capta la vida común, la experiencia humana tal como todos los seres humanos la compartimos. Pero esos elementos no bastan por sí solos para escribir literatura. El poder creativo del escritor une a ellos otro ingrediente fundamental.

Vladimir Nabokov nos da una pista sobre él cuando, hablando de Turguéniev (nada menos), opina:

Su genio falla en cuanto a imaginación literaria, esto es, la facultad de descubrir, de modo natural, unas maneras de contar la historia que estén a la altura de su originalidad en el arte de la descripción.

Es sabido que en la mejor literatura no importa únicamente lo que se cuenta —la historia o el argumento—, sino cómo se cuenta esa historia o argumento. A esa capacidad de «componer» la obra, de jugar con recursos, elementos, técnicas y herramientas para contar la historia, sí, pero hacerlo de modo interesante, revelador, expresivo, significativo y literario… es a lo que Nabokov llama «imaginación literaria».

Para un escritor la imaginación sola no basta, tampoco la mirada, ellas son tan solo el sustrato inicial. Son la arcilla con las que trabajará. Pero necesita además la capacidad de dar forma a esa arcilla. La imaginación literaria no es otra cosa que el conocimiento —intelectual y práctico al tiempo— de los elementos del texto literario y las diversas técnicas con las que estos pueden montarse en busca de diversos efectos.

Gimnasia cerebral

Por último, el escritor necesita una última costumbre, que es la que, podríamos decir, une todo lo anterior: yo acostumbro a llamarlo reflexión, Patrick Modiano (una mente mucho más original que la mía), lo llama «gimnasia cerebral».

En su novela Dora Bruder, Patrick Modiano (mejor dicho, su narrador) dice:

Como muchos antes que yo, creo en las coincidencias y a veces también en el don de clarividencia de los novelistas (la palabra «don» no es exacta porque sugiere una especie de superioridad; no, eso forma parte del oficio: el esfuerzo de imaginación imprescindible en la profesión, la necesidad de fijar la atención en los pequeños detalles —y eso de manera obsesiva— para no perder el hilo y dejarse llevar por la pereza, toda esa tensión, esa gimnasia cerebral pueden sin duda provocar a la larga fugaces intuiciones «concernientes a sucesos pasados y futuros», como dice el diccionario Larousse en la entrada «Clarividencia».

Reparemos primero en que Modiano se aparta de la palabra «don» porque «sugiere una especie de superioridad»: algo dado, algo que unos han recibido y otros no. Y fijémonos en que alude también al «esfuerzo de imaginación» y a la «necesidad de fijar la atención en los pequeños detalles», de los que ya hemos hablado. Pero además menciona también una «gimnasia cerebral» que vendría a ser la capacidad del escritor para, mediante la reflexión y el esfuerzo intelectual, convertir todo lo anterior en un texto literario solvente.

Porque cuando se escribe hay mucho que pensar: seleccionar los materiales (provengan de la imaginación o de la observación); mezclarlos, ordenarlos, descartar los irrelevantes o inadecuados; pensar en la forma que deben tomar para expresar su significado, elegir las técnicas y recursos para hacerlo; resolver las dificultades narrativas que se presentarán… Todo ello para trasladar al lector esa experiencia de la vida, esa visión del mundo peculiar, original, única… que ha nacido del escritor pero que, al tiempo, es hermana de la que experimenta el lector.

Pero quizá no hay modo más efectivo de decirlo que como lo hace Stephen King: «El arte procede de una imaginación creativa que trabaja duro y se divierte».

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