Ante la evidente confusiรณn que suele causar entre algunas personas el ejercicio de esta noble y poco reconocida profesiรณn, quizรก convendrรญa comenzar matizando lo que un corrector de estilo no es. Un corrector de estilo no es un profesional dedicado a susurrarle al oรญdo al escritor cรณmo y de quรฉ manera debe redactar sus textos para que รฉstos sean mejores o mรกs hermosos. Tampoco es un profesional que reescribe pรกginas y pรกginas tratando de embellecer la prosa empleada por un autor, con el fin de mejorar el estilo de sus textos. Aunque haya mucha gente que crea que su labor es esa.
Un corrector de estilo, a diferencia del corrector de pruebas, que se encarga de los aspectos tipogrรกficos de un texto โy aunque, en numerosas ocasiones, las dos figuras se reรบnan en una sola y รบnica persona, como es mi casoโ, es un profesional dedicado esencialmente a pulir y limar aquellos aspectos sintรกcticos y gramaticales que, sin ser errores desde un punto de vista ortogrรกfico, afectan al estilo y que desvirtรบan y actรบan en detrimento del aspecto formal de la obra: pleonasmos, fallos de concordancia, ambigรผedades, aliteracionesโฆ
Normalmente un profano suele preguntarse por quรฉ un escritor โo alguien que se precie de serloโ deberรญa precisar la ayuda de un corrector de estilo. Por quรฉ alguien, al que se le supone versado en lo que hace y dotado de unos dones y cualidades inherentes a su desarrollo profesional, requiere de la ayuda de otra persona que pula y revise su trabajo. La respuesta es obvia y sencilla y podrรญa resumirse en un viejo dicho popular: porque ยซcuatro ojos ven mรกs que dosยป.
La ayuda de un corrector de estilo resulta imprescindible para llevar a buen tรฉrmino la redacciรณn de un texto, puesto que una de las grandes verdades del oficio de escribir podrรญa resumirse en una รบnica sentencia: no hay peor corrector para un texto que su propio autor. Mรกxime teniendo en cuenta que de una falta ortogrรกfica es mรกs o menos sencillo darse cuenta, pero es mucho mรกs complicado hacerse consciente de una incongruencia estilรญstica.
Al margen de la mejor o peor calidad literaria del autor, todos solemos recurrir a muletillas y apoyos de los que no siempre somos conscientes, mรกs aรบn si, durante ese proceso, estamos pendientes de otras cincuenta cuestiones (personajes, tramas, desarrollo, ritmo narrativoโฆ). Expresiones como ยซsubir para arribaยป, ยซbajar para abajoยป o ยซgran cochazoยป no son incorrectas desde una perspectiva gramatical, pero sรญ deplorables desde un punto de vista estilรญstico. Y su inadvertido uso, sin ser un pecado mortal, deberรญa ser corregido y enmendado sin ninguna duda.
Por otro lado, el llevar a buen puerto la creaciรณn de una obra literaria es, al fin y al cabo, una tarea ardua y extensa, pero sobre todo viva. Un trabajo de larga duraciรณn que muda y cambia a lo largo del prolongado lapso de tiempo en el que se desarrolla (meses e incluso aรฑos).
Durante ese proceso, el autor, mรกs preocupado de insuflar vida a sus textos y personajes, suele descuidar algunos parรกmetros relativos al propio aspecto formal. Y no siempre por desconocimiento o desidia profesional. Un texto literario se altera, se modifica durante su creaciรณn. Sobre la marcha, se introducen retoques, nuevas tramas y argumentos y las escenas cambian de lugar.
Eso provoca que, en ocasiones, queden frases deslavazadas, situaciones aisladas de su contexto original, planteamientos viudos. Uno de los personajes puede ser inicialmente un jardinero y meses despuรฉs decidimos que sea chofer porque conviene mejor para nuestros fines argumentales. Para ello, revisamos todo y hacemos los cambios pertinentes, pero resulta que en una de las pรกginas hemos pasado por alto que sigue poniendo que es jardinero. Cambiamos de lugar actos y situaciones, lรญneas temporales. Algo que ocurre antes, pasa a suceder despuรฉs. Y en el proceso nos dejamos algรบn rastro de lo anteriormente escrito, creando situaciones paradรณjicas o errรณneas. Es lo que en el cine se conoce como errores de racord.
Y aunque leamos y releamos decenas de veces, pasaremos por encima de muchos de esos errores sin advertirlos por una razรณn muy sencilla y evidente: nosotros, como autores, no necesitamos leer nuestros textos en su totalidad para entenderlos, puesto que nosotros hemos sido sus creadores. Lo conocemos. Sabemos lo que ha pasado, lo que estรก pasando y lo que pasarรก. Y esa circunstancia nos conduce, aรบn sin quererlo, a leer muchas veces entre lรญneas nuestros propios textos, pasando por alto infinidad de matices errรณneos.
De evitar todo eso se encarga el corrector de estilo.
A raรญz de esta tesitura, suelen surgir dos dilemas de compleja resoluciรณn. Uno, desde la perspectiva del autor, ยฟcรณmo interpretar las indicaciones de un corrector de estilo? Bien es cierto que al tratarse de una labor que, en stricto senso, no es correctora, puesto que lo apuntado, en la mayor parte de las ocasiones, no son errores sino posibles mejoras, las indicaciones de un corrector de estilo โacertadas en su mayor parteโ deben ser tomadas como lo que son: sugerencias de cara a mejorar el estilo de un texto.
Si nosotros, como autores de un texto, determinamos que por razones de musicalidad, coherencia o expresividad, la frase, el pรกrrafo o la oraciรณn debe mantenerse tal y como la redactamos originalmente, en nosotros debe estar siempre la รบltima palabra. ยกOjo!, que esa circunstancia no ciegue nuestra vanidad, tratando de hacer pasar por ยซpeculiaridades estilรญsticasยป flagrantes errores que no queremos admitir. Para descartar la sugerencia de un corrector de estilo debemos albergar motivos fundados y claros. Como ya he comentado, las sugerencias aportadas por los correctores de estilo son acertadas en su mayor parte.
El otro dilema es mรกs difuso en su planteamiento, pero no por ello menos presente en el รกmbito real. Muchos autores defienden el errรณneo postulado de que el corrector siempre actuarรก en detrimento de la esencia genuina de su obra y renegarรกn de su labor, pero el impulso que los mueve a rechazar dicha ayuda es de otro cariz.
El autor, en su fuero interno, no puede evitar ponerse en el lugar del lector y pensar: ยฟQuรฉ confianza pueden merecer los textos de alguien al que se le supone ampliamente dotado y versado en su cometido, pero que necesita del apoyo de un profesional en teorรญa mรกs cualificado que รฉl para esa labor? Es el miedo a esa supuesta ยซmala prensaยป, unido a ciertas dosis de soberbia, la causa por la que muchos escritores nieguen y renieguen de las aportaciones de un corrector de estilo. Apreciaciรณn completamente errรณnea, en mi modesta opiniรณn.
A veces, es muy necesaria aplicar una cierta dosis de humildad y reconocer que, al margen de nuestra valรญa literaria, no somos infalibles y cometemos errores. Y, como profesionales, forma parte de nuestra obligaciรณn entregar al lector, destinatario รบltimo de nuestro trabajo, el mejor producto posible.
Fuente: Marรญa Tortosa. Agente literario
Me pareciรณ interesante el artรญculo.
Aunque debo seรฑalar que parece haber faltado la revisiรณn de un corrector, tan recomendada. En el segundo pรกrrafo se deslizรณ un error: aparece repetida la palabra aliteraciones.
Saludos cordiales.
William
Gracias por la observaciรณn, William. Ya esta corregido.
Un saludo.