Escritores y dinero

La relación entre escritores y dinero es una relación espinosa. El escritor se debe a su arte, que es inmortal; pero el creador de dicho arte es mortal y, por tanto, necesita dinero. Desearlo parece obsceno, prescindir de él es imposible…

Hablemos sobre escritores y dinero.

El dinero resta dignidad al hecho literario, ¿o no?

En su pequeño ensayo Literatura y dinero (Trama, 2020), Émile Zola dice:

Todo el mundo parece de acuerdo en que el dinero es una cosa vulgar que resta dignidad al hecho literario.

Esa parece ser la opinión de muchos escritores, a quienes obtener dinero a cambio de su trabajo les parece una manera de prostituir su arte. La escritura, la necesidad que siente el autor de entregarse al mundo por medio de la palabra escrita, está por encima de cualquier consideración de índole económica.

Y es cierto. Puesto que escribir es una expresión artística, lo que impulsa a una persona a dedicarse a la escritura no suele ser la búsqueda del beneficio económico. Sin embargo, es justo y legítimo que un escritor aspire a ganar su sustento (y por tanto dinero) con su trabajo. Y no debería sentirse incómodo por ello.

De hecho, muchos grandes escritores han reconocido sin ambages el peso de lo económico en su tarea.

Preguntada Dorothy Parker por cuál era la fuente de inspiración de su obra, contestó sin rodeos: «La necesidad de dinero, querida». Truman Capote dijo: «Nunca escribo nada, es más, soy físicamente incapaz de escribir sin creer que me van a pagar». Y a la pregunta de si escribía por placer Louis-Ferdinand Céline explicó: «No, para nada. Si tuviera dinero, no volvería a escribir nunca más».

Zola llevaba esa ida más allá y consideraba que fue el dinero lo que emancipó al escritor y creó la literatura moderna. Hasta avanzado el siglo XIX, el escritor dependía de la benevolencia de reyes y nobles, quienes lo tenían a su servicio. «Un escritor era un lujo que un señor se permitía». Pero esa dependencia podía comprometer su arte porque, como es natural, su primer cuidado era agradar a su amo. Sin embargo, cuando la educación se generaliza y la letra impresa (con la prensa a la cabeza) llega a todas partes:

Estamos ante unos acontecimientos decisivos: a partir del momento en que el pueblo aprende a leer, y puede hacerlo por poco dinero, el comercio librero multiplica su negocio y el escritor puede vivir de su pluma sin mayores inconvenientes. Entonces la protección de los grandes se vuelve innecesaria, se pierde el hábito del parasitismo, el autor se convierte en un obrero como cualquier otro que se gana la vida por medio de su trabajo.

Para Zola, el escritor es «un obrero más», pero «no basta con haber escrito unas cuantas páginas para hacerse el mártir si nadie las imprime […]. Es el trabajador el que debe imponer su trabajo al público. Y si carece de esa fuerza, no es nadie, permanecerá en el anonimato por su culpa, y parece justo que así sea».

Es decir, el trabajo del escritor, si aspira a ganar dinero con él, incluye más que la concepción de la obra. No basta con planificar, documentarse, escribir, revisar y reescribir. El escritor debe «imponer su trabajo al público». Zola tenía claro, hace casi ciento cincuenta años, que el escritor debe ocuparse de la gestión comercial de su obra: contratos, derechos, marketing y promoción…

Están verdes…

Y es que la actitud de los escritores cuando se habla de dinero, de hacer que su obra y su trabajo produzcan, se divide en dos. Una es la que ya hemos mencionado: considerar que «resta dignidad al hecho literario». La otra es alegar toda clase de justificaciones para explicar por qué ellos no lo ganan. Como la zorra de la fábula, dicen que las uvas están verdes para excusar su derrota.

Entre esas justificaciones está la de que conseguir que un editor apueste por la obra es tarea casi imposible. Esa idea no es nueva. Desde que el mundo es mundo los escritores se lamentan de las dificultades para publicar. Zola la menciona en su texto: «Es una puerilidad quejarse de lo difícil que es acceder a los editores. Publican demasiado; Francia publica cada año miles de títulos». Y, en nuestros días, el agente literario Guillermo Schavelzon parece de acuerdo con él, a tenor de lo que expone en su blog:

Que las novelas que buscan editorial son muchas, es más una sensación subjetiva que una realidad […] Sin contar los libros “auto editados” (aquellas ediciones pagadas por el autor que nadie lee, de las que Amazon es el principal beneficiario), en español se publican alrededor de 180.000 nuevos libros cada año, de los cuales, según estadísticas de Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe), y de la Federación de Gremios de editores de España, un 21% (37.800) son novelas, de las cuales un 40% (15.120) están escritas en español. No es una cifra exacta, pero sí una buena aproximación.

Que cada año de publiquen 15.120 novelas escritas en español no me parece una cifra baja. Claro, esto incluye las nuevas novelas de quienes ya habían publicado antes. ¿Cómo calcular cuántas de este total son de escritores inéditos?

De los libros que se publican cada año solo el 7% son reimpresiones, lo que quiere decir que el 93% (14.061) son libros de primera edición. Esta cantidad refleja una posibilidad bastante interesante para quien quiera publicar por primera vez.

A pesar de ello, ciertamente en ocasiones la publicación se hace esperar. Zola lo veía como una ventaja: «Mejor para aquellos a los que se les ha hecho esperar, porque mientras tanto maduran. Lo peor que le puede ocurrir a un escritor novel es alcanzar el éxito demasiado pronto». Una idea que, tiempo después, también compartió Ernest Hemingway:

Si el dinero llega demasiado pronto y amas la vida tanto como tu trabajo, te va a hacer falta mucho carácter para resistir las tentaciones. Pero una vez que escribir se ha convertido en tu vicio más irrenunciable y tu mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin. En ese caso, la seguridad financiera es una gran ayuda, pues te quita preocupaciones. Las preocupaciones destruyen la capacidad de escribir.

Otro argumento que los escritores esgrimen para explicar lo exiguo de sus ingresos tiene que ver con el hecho de que los escritores «famosos» copan el mercado e imposibilitan que sus obras vean la luz o atraigan la atención del público.

Algo de verdad hay en eso, veamos las cifras. De nuevo según Schavelzon «cuatro de cada cien libros que se publican representan el 60% de los beneficios, pero [los editores] no pueden saber por adelantado cuáles cuatro serán. Lo que explica la tómbola de la sobre-publicación. [Y también permite] comprender por qué los autores del 96% de los títulos publicados reciben poca atención, y sus libros duran unos pocos días en las librerías o pierdan visibilidad online, una queja recurrente de los autores que ya han logrado publicar».

La realidad es dura, ciertamente, pero no nueva. Ya Zola hablaba en su ensayo sobre los «folletinistas» (el equivalente de la época a nuestros best sellers) que copaban el mercado.

En mi opinión, ganan dinero legítimamente por medio de su trabajo, y en algunos casos gracias a su enorme talento; pero lo que está aquí en juego no es la literatura, y con eso debería quedar zanjada la cuestión. Los escritores noveles se equivocan al indignarse contra los folletinistas, que en realidad no obstruyen ninguna vía literaria, se han hecho con un público propio que solo lee folletines.

Como ya dijimos cuando hablamos de la fórmula para escribir un best seller, los lectores de superventas suelen ser lectores que solo consumen ese género (que logra atraer incluso a no lectores). Si tú no escribes best sellers, no te diriges al mismo tipo de público lector que quienes lo hacen y, en consecuencia, esos escritores «reconocidos» no te están arrebatando nada. Y si los escribes, tienes un amplio público ante el que presentar tu obra y la posibilidad de que los editores apuesten por él y pongan todos sus medios para promocionarlo.

Pensemos también que entre esos 14.061 libros publicados solo una ínfima cantidad corresponde a obras de esos autores archiconocidos que, según algunos escritores noveles, copan el mercado.

La realidad es que, como en cualquier oficio, los comienzos no son sencillos. El escritor no logra de un día para el siguiente conseguir editor, llegar a los lectores y hacerse un nombre. Zola apunta: «Hay que saber que, tras toda reputación sólida, hay veinte años de sacrificios y de trabajo».

Y remacha:

Digámoslo sin tapujos. Los débiles, en literatura, no merecen el menor interés. ¿Por qué, siendo débiles, ambicionan ser fuertes? Nunca el grito «¡Ay de los vencidos!» había sido proferido tan a propósito. Nadie obliga a un chico honrado a escribir; cuando agarra una pluma, acepta las consecuencias de la batalla, y tanto peor para él si lo derriban el primer envite o si una generación entera le pasa por encima. Las lamentaciones, en tales casos, son pueriles, y además no sirven de nada. Los débiles sucumben a pesar de las protecciones; los fuertes llegan a pesar de los obstáculos. Y esa es toda la moraleja del asunto.

Las palabras de Émile Zona son, quizá, demasiado taxativas, pero contienen un fondo de verdad: solo llegan los escritores «fuertes»; entendidos estos como los escritores que saben hacer su trabajo: no solo escribir, sino, como hemos visto, tratar con editores y agentes, cuidar la promoción, moverse bien por el entramado del mundo editorial…

Muchos escritores no saben lo necesario para sacar adelante sus obras, y eso les perjudica a la hora de ganar dinero con ellas. Y muchas veces no han aprendido lo necesario para defender su trabajo justamente por esa idea de que el dinero es una cosa vulgar que resta dignidad al hecho literario. Piensan que con escribir basta y que, si lo hacen, un día editores y lectores tocarán a su puerta, sin mayor preocupación por su parte. Por desgracia no es así.

¿Cuál es tu relación como escritor con el dinero? ¿Eres de los que cree que envilece el arte?, ¿o por el contrario tiendes a justificarte por no obtenerlo? O tal vez tu situación sea otra. Nos encantará conocer tus opiniones y juicios sobre este proceloso asunto.

7 COMENTARIOS


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  • Pienso que la idea de vivir de lo que se escribe requiere más de esfuerzo de encontrar a los lectores. Al final, son ellos los que pagan, los que se encantan y te recomiendan. El dinero, más que mal, es el intercambio del valor de tu trabajo y serán ellos los que decidirán si quieren o no pagar por él. Pero deben encontrarte. Deben saber que estás ahí. Lo importante es invertir en campañas de marketing (más allá de lo paupérrimo de las editoriales) para llegar a todos los que puedas y convencerlos de que lo que haces merece ser leído y deban pagar por ello.

  • Me gusta la opinión de Zola a la que se une Hemingway. Creo que el dinero desvirtúa los escritos, el dinero es una tentación de siempre y más aún en los tiempos que corren. Escribir sin condicionamiento, en libertad porque ya no lo puedes remediar, creo que es tu éxito personal. Mientras tanto me dedico a enviar manuscritos, eso significa que mis novelas aumentan y mis ganas de escribir permanecen.

  • El dinero quizá restaría calidad al escrito si tocara disminuir tiempos de revisión, pero con certeza, la osadía para luchar por publicarse le añade una característica al perfil del escritor deseoso de permanecer él mismo en la sombra y con su obra divulgada al público lector.

  • Creo que es importante, como dice el artículo, madurar y obtener un hábito de escritura antes de empezar a ganar dinero. A veces me he alegrado de no obtener el triunfo esperado la primera vez que lo intenté porque no tenía la voluntad que pueda tener ahora e, incluso ahora, me queda mucho por aprender, pero cada vez que mando un manuscrito me siento feliz, reciba o no respuesta, sigo en el tablero de juego. Formo parte de manera invisible del sector editorial. Si algún día me pagan por lo que escribo me hará feliz porque lo entenderé como un reconocimiento hacia mis novelas, no veo nada de malo en que me paguen, como no lo veo en que no lo hagan. Mi obra no es mejor por estar o no estar publicada, es cuestión de oferta y demanda, de modas, de oportunidades… Seguiré aprendiendo y seguiré intentándolo.

  • Me gusta la idea romántica de escribir sin tener qué lidiar con nada más, pero es sólo eso, una idea romántica.

  • El artículo de esta semana es realmente interesante. Como dice, hablar de escritores y dinero es un asunto espinoso que anima al debate. Las citas, además, ejemplifican bastante bien el tema de esta semana.
    Lo cierto es que la profesión del escritor requiere adaptarse a su época. Y con esto, escribir una buena obra (que no es fácil), buscar un agente/editorial (que tampoco es fácil) y participar activamente en la promoción de la obra, si consigue publicarla, tanto en medios online como offline.
    A mi modo de ver, no es una cuestión de «fuertes» o «débiles», es una cuestión de esfuerzo. Quiero decir, ser un buen escritor requiere de esfuerzo y llegar a las editoriales y, con ello, a los lectores también.

  • Buenas tardes,

    Cuando Julián López Escobar “El Juli”, con catorce años, en una plaza de carros montada en Sevilla para un festival, nos levantó a todos del asiento, ya llevaba una corte de subalternos y una campaña de marketing detrás. Él demostró su arte, pero sin promoción e inversión no hubiese llegado tan lejos ni tan pronto. Darse a conocer en el mundo literario requiere de oficio, de sensibilidad, de paciencia, de tiempo, de amor propio y de dinero. Invertir para recoger. Y una vez que arrancas ya no valen los arrepentimientos ni las lamentaciones, aunque hayas vendido muy pocos ejemplares de tu primera publicación. Si sabes que tienes el don, tira para adelante. Siéntete escritor, piensa como escritor y vislumbra tu futuro entre las estrellas de las letras. Si eres bueno y haces por mejorar sin descanso, antes o después llegarás. Yo digo que si de cien amigos que te leen todos dicen que les gustas, no hay óbice para que piensen lo mismo cien mil lectores. Ya lo dice el refrán «No hay don sin din».

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