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Dos motivos por los que no escribir un prólogo

A través de las Asesorías de Proyectos Narrativos —nuestro servicio de editing— revisamos cada año varias decenas de novelas, y hemos podido constatar que muchas de ellas —especialmente novelas de fantasía— comienzan con un prólogo: una especie de capítulo cero que sirve para ubicar al lector en el mundo en que se desarrollará la acción y dar ciertos datos de contexto que, obviamente, el autor considera relevantes.

Sin embargo, comenzar tu novela con un prólogo de este tipo puede no ser la mejor idea, por las razones que te vamos a explicar a continuación; así que si estás esperando el pistoletazo de salida de NaNoWriMo y te planteas comenzar tu novela con un prólogo que ponga al lector en situación, lee atentamente.

Qué es un prólogo

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define prólogo, en su primera acepción, como el «texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura».

En efecto, así se ha entendido tradicionalmente el prólogo. Como un texto que introduce la obra —y en ocasiones a su autor—, que la explica o la comenta y nos dice algo relevante sobre ella, pero sin adentrarse todavía en la historia que narra.

Este tipo de prólogos pueden estar escritos por el propio autor, pero también es frecuente que lo estén por el editor o el traductor, o por algún experto en la obra o la figura de un determinado autor que analiza las características y complejidades de las mismas.

Cuando el prólogo está escrito por el autor, este suele usarlo para explicar los motivos que le impulsaron a escribir sobre determinado tema, cómo fue el proceso de gestación de la obra o, cuando se trata de una nueva edición de una obra ya publicada, puede hablar sobre cómo le ha ido al libro en los años transcurridos desde que fuera publicado por primera vez.

Miguel de Unamuno gustaba de escribir prólogos para sus novelas en los que explicaba sus intenciones narrativas y las dificultades del proceso narrativo. Por ejemplo, en el de La tía Tula el autor se plantea la cuestión de en qué género podría englobarse su novela:

¿Es acaso un libro de caballerías? Como el lector quiera tomarlo… Tal vez a alguno pueda parecerle una novela hagiográfica, de vida de santo. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo.

Mientras que Rafael Sánchez Ferlossio se ve obligado a hacer una puntualización en forma de prólogo que antecede a la sexta edición de su novela El Jarama para explicar el origen de los textos que abren y cierran su novela:

Como quiera que a lo largo de los nueve años que la presente novela lleva a merced del público han sido no pocas las personas que, creyendo hacer un cumplido a mi propia obra, me han dicho «lo que más me gusta es la descripción geográfica del río con que se abre y se cierra la narración», y visto que las comillas que acompañan a esta descripción no surten —a falta de otra indicación, cuya omisión hoy me resulta del todo imperdonable— los efectos de atribución —o de no atribución— deseados, es mi deber consignar aquí de una vez para siempre su verdadera procedencia […]

Conocido es también el breve pero enfático prólogo de Victor Hugo a Los miserables, en el que explica el porqué de la obra:

Mientras a consecuencia de las leyes y de las costumbres exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas; en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.

En general todos los prólogos suelen contener información muy interesante que te ayudará a comprender mejor la obra en la que estás a punto de adentrarte, conocer más a su autor y hacerte una idea global del panorama literario de cada época. Si eres de los que suelen saltárselos, te aconsejamos que dejes de hacerlo y comiences a prestarles más atención.

Cuando el prólogo forma parte de la novela

Hemos visto varios ejemplos en los que el prólogo es usado por el autor para hacer alguna aclaración sobre la obra en cuestión. Sin embargo, un prólogo también es, de acuerdo a su tercera acepción —siempre según el diccionario de la RAE— la «primera parte de una obra, en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con su tema central».

En efecto, también un prólogo puede plantear hechos directamente relacionados con la narración que está a punto de comenzar unas páginas más allá. Gonzalo Torrente Ballester lo hace así en La saga/fuga de J.B. con un «Íncipit» que comienza:

Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!


En la mañana de niebla, casi al alba, las voces estremecen el aire como trompetas. Toca todavía la campana, a la primera misa; pero su sonido es tenue, precavido, como para entrar de puntillas en las alcobas oscuras, un sonido al que se da la espalda, que se esquiva o acalla metiendo la cabeza bajo las sábanas. «Pepiño, levántate, que ya son las seis y media». Un sonido que sería impertinente si no fuera habitual; que sería íntimamente detestado si no actuara de despertador, a esa hora en que los que trabajan tienen que despertarse.


¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

Este prólogo ayuda al lector a entrar en el mundo —mezcla de realidad y fantasía— que el escritor ha creado para él, dándole las claves para comprender el resto de la narración e incluso advirtiéndole mediante insinuaciones «que no crea en absoluto lo que se le está contando» (según explica el propio Torrente Ballester en el prólogo de otra de sus novelas, Fragmentos de Apocalipsis).

Por su parte, Alexandre Dumas, sirviéndose de la técnica del manuscrito encontrado, usa el prólogo en Los tres mosqueteros para explicar el origen del texto:

Hará un año que, mientras estaba entregado a serias investigaciones en la Biblioteca Real para mi historia sobre Luis XIV, la casualidad puso en mis manos las Memorias de m. D’Artagnan, impresas en Ámsterdam, en la imprenta de Pierre Rouge […] y, como el título me cautivó, con permiso del conservador de la Biblioteca Real me llevé las mentadas memorias a casa, donde las leí, qué digo leí, las devoré.

De nuevo Miguel de Unamuno, en su novela Niebla, se sirve de un prólogo, en realidad de dos, al comienzo de la obra: uno de Víctor Goti y otro del propio Unamuno. La peculiaridad de estos prólogos es que Víctor Goti, el primer prologuista, es en realidad uno de los personajes de la novela (el mejor amigo del protagonista), mientras que el propio Unamuno aparecerá más adelante en la narración como personaje: un escritor al que su protagonista visita.

Como ves, estos prólogos no se limitan a dar un atisbo o una explicación exógena de la obra, sino que forman parte de ella: son ya ficción. Victor Hugo fabula el hallazgo de unas memorias; Torrente Ballester nos sitúa en el amanecer de Castroforte del Baralla, la ciudad que ha creado para que en ella transcurra la historia; Unamuno convierte a uno de sus personajes en prologuista…

Siendo así, ¿por qué te recomendamos que te replantees escribir un prólogo como inicio de tu novela?

Dos motivos por los que no escribir un prologo

En primer lugar, porque es un recurso ya demasiado visto —especialmente en obras de fantasía o ciencia ficción, como ya hemos apuntado—. Los escritores noveles lo usan con abundancia, pero no solo ellos. Es harto frecuente encontrarse con ese capítulo preliminar en forma de prólogo que nos aporta cierto contexto sobre la historia que enseguida va a comenzar, explicando ciertos acontecimientos anteriores cuyo conocimiento por parte del lector es necesario para comprender lo que viene a continuación.

No somos de los que defendemos la originalidad a toda costa, como te explicamos en este otro artículo. Pero a veces sí conviene intentar apartarse de las fórmulas ya muy gastadas e intentar nuevos planteamientos y visiones.

El segundo motivo por el que te recomendamos no servirte de un prólogo, y en realidad el más importante, es porque muchas veces el contexto que aporta el prólogo podría haberse incluido sin problemas dentro del cuerpo de la novela.

Con una buena dosificación de la información esos datos que el autor da de forma preliminar en el prólogo podrían darse dentro de la narración. Cierto es que hacer una buena dosificación de la información requiere pericia y un buen plan previo (por eso en el Curso de Novela le dedicamos todo un módulo), pero es ahí donde el escritor muestra su talla.

Recuerda que una buena novela debe explicarse por sí misma, sin necesidad de aclaraciones previas que tapen los huecos que han podido quedar en la trama más adelante. De modo que si estás pensando en usar un prólogo en tu próxima obra, párate a pensar si de verdad quieres usar ese recurso, ya algo trillado; si no hay opción de incorporar la información que vas a dar en él dentro de la propia historia; y si, puestos a usar un prólogo que formará ya parte de la ficción de la obra, no puedes crear un planteamiento original que sorprenda al lector.

Se abre debate en los comentarios: ¿acostumbras a usar prólogos en tus obras o los has usado alguna vez?, ¿has reparado en el gran número de novelas que comienzan con un prólogo que sirve para dar la clave de algún acontecimiento ulterior? O, en otro sentido, ¿te gusta leer los prólogos que acompañan a algunas obras para extraer de ellos nuevos conocimientos literarios?

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8 COMENTARIOS


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  • Yo como autora novel lo he hecho en mi primer libro, pero muy brevemente. He explicado por qué di ese título.

  • Hoy en día uso los prólogos cuando siento que el primer capítulo se aleja demasiado del tono que tendrá la historia.
    Antes iba derechito al primer capítulo (y todavía lo hago, en ocasiones), pero siempre me ha gustado mucho leer los prólogos que son parte de la historia.

  • El planteo es interesante puesto que un prólogo puede resultar reiterativo en algunos casos. En mi primera novela, publicada recientemente, lo usé por la referencia no sólo a aquellas leyendas en base a las cuales se construye la trama ( y el juego un poco sarcástico con el “Había una vez…”) sino también porque – creo- me asustó un poco haber llegado a niveles de complejidad que podían “empastar” el desarrollo del relato propio. Ahora que lo pienso, temo haberme vuelto un poco reiterativo. De todas maneras, el proceso de corrección incluyó revisar ese y el “otro” prólogo, mucho más breve y críptico que de alguna manera recordaba esa suerte de canto épico con el que comienza “El señor de los anillos” . Finalmente, creí interesante introducir a cuestiones propias del mundo en el que se desarrolla por medio de un correo electrónico que un personaje envía a otro. Quizá han sido recursos que usé para asegurarme de dar un registro visual cierto y potente de la historia( cosa que me importaba mucho) sin ralentar demasiado el desarrollo en sí.
    ¡Siempre me encanta leer los posteos de Sinjania!

  • No soy partidario de los prólogos en las novelas. No me estoy refiriendo a una escena o un capítulo preliminar o inicial, sino a un prólogo propiamente dicho. Antes de empezar la acción sobra todo, cualquier distracción puede resultar negativa para el lector. Estoy de acuerdo que lo que haya que decir debe encontrar su lugar dentro de la novela.

  • No estoy de acuerdo en que no es aconsejable incluir un prólogo por ser un recurso manido; también son muchas las novelas que no cuentan con uno y no por ello se puede decir que su estructura no sea original. En cambio, si me parece acertado el segundo argumento, con el que aconsejáis no incluirlo si la información que aporta se puede exponer en la propia novela.
    En mi caso, una de mis novelas sí lleva prólogo. En realidad era un relato que escribí con anterioridad, una historia que sucedía años antes de los hechos que se narran en el libro y que dieron pie a que esa novela. El resto de la historia transcurre en una sola noche. Como curiosidad, al final cuenta con un epílogo, un pequeño capítulo que se desarrolla un año después y que utilizo para esclarecer si los sucesos son cerrados o no.

  • Hola. En mi novela “Harvey” utilizo, a manera de introducción, la primera parte de mi novela que llamé Prefacio, no prólogo, porque a veces se piensa que este es un resumen de la novela, o una aclaración de la misma, o un punto de vista de otro escritor, editor, traductor, y no lo leen.
    Para que no lo pasen por alto y lean el Prefacio le puse título “El club de Lectura”. Es el inicio de la novela que es coral, pues los capítulos son tomados por las protagonistas. Al final, tengo un Epílogo donde vuelvo a colocar “El Club de Lectura”, que es como un capítulo final de la novela.
    Personalmente, me gustó la estructura y creo que al lector también. Espero, les sirva la información. Gracias.

  • ¡Buenas! ¿Qué tal? En mi caso, soy lectora de literatura árabe y africana. Por tanto, la lectura de los prólogos, en caso de que las obras los contengan, suele ser bastante útil. Por otra parte, leí muchos durante mi época de estudiante de filología porque me servían para preparar apuntes. Más allá de eso, no me paro mucho en ellos. Si es una novela histórica, por ejemplo, prefiero las notas que dejan los autores al final indicando sus fuentes, quiénes les han ayudado, etc. No me marcho sin felicitaros por este estupendo contenido. ¡Gracias!

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