Hablemos de sexo

En dos de los encuentros gratuitos de preguntas y respuestas que celebramos periódicamente ha surgido una misma cuestión:  cómo escribir escenas de sexo.

En ninguno de los casos hubo ocasión para abordar el tema, que quedó pendiente, no por mojigatería o pudor, sino por cuestiones de tiempo. Hoy ha llegado por fin el momento de tocar un asunto candente. Como decía hace mucho la doctora Elena Ochoa: hablemos de sexo.

Pero antes, queremos anunciarte que el próximo miércoles 17 de junio habrá un nuevo encuentro gratuito. Son encuentros muy dinámicos y participativos, el foro ideal donde plantear esas dudas escritoriles para las que no encuentras respuesta y pasar un rato divertido hablando sobre creación literaria con escritores como tú. ¡No te lo pierdas!

Atento a la información:

Fecha y hora: será el miércoles 17 de junio, a partir de las 18:00 horas, en horario de España peninsular. Si no vives en España puedes consultar la diferencia horaria aquí.

Plataforma: la sesión tendrá lugar a través de Zoom.

Acceso: recibirás un correo con los datos de acceso unos minutos después de que te apuntes en el formulario que encontrarás más abajo.

Plazas: por razones técnicas y organizativas las plazas son limitadas. Suscríbete en el formulario de aquí debajo para conseguir la tuya.

Gratis: el encuentro es totalmente gratuito.

Hablemos de sexo

En Diez grandes novelas y sus autores, William Someset Maugham aborda el tema del sexo en la literatura. Dice:

En nuestros días, debido a la invención de los anticonceptivos, ha perdido vigencia el elevado valor que antaño se atribuía a la castidad. Los novelistas no han tardado en advertir que este hecho ha cambiado las relaciones entre los sexos y, de esta manera, siempre que creen que hay que hacer algo para mantener el interés decreciente del lector ponen a sus personajes a copular. No estoy seguro de que los hayan aconsejado bien. A propósito del acto sexual, Lord Chesterfield decía que el placer es efímero, la postura ridícula y el gasto deplorable: si hubiera vivido para leer la narrativa moderna, habría añadido que el acto es de una monotonía tal que vuelve en exceso tediosa su reiterada narración.

Esas palabras fueron escritas en 1954, así que la visión que transmiten es quizá algo anticuada, pero son un buen punto de inicio para comenzar a reflexionar.

Maugham atribuye la atención cada vez mayor que la narrativa prestaba al sexo a mediados del pasado siglo a la bendita aparición de los anticonceptivos; sin duda esa nueva realidad algo tuvo que ver. Pero lo cierto es que desde comienzos del siglo la literatura había comenzado a ocuparse del sexo de una manera más explícita y desinhibida. Pensemos en la polémica levantada por El amante de lady Chatterley (1928) de D. H. Lawrence, o la escena de la masturbación en el Ulises (1922) de Joyce.

Antes y después

Después de la Primera Guerra Mundial la sociedad se liberó de muchos de sus viejos atavismos, también en lo sexual, y la literatura, ese «espejo junto al camino» que decía Stendhal, la siguió; o quizá, de alguna manera, contribuyó también a ese cambio. Por supuesto, las escenas de D. H. Lawrence nos parecerían hoy bastante tibias, por más que en su día fueran un escándalo.

Por entre la densidad de los árboles de rugosa corteza, avanzando difícilmente, la llevó a un lugar en el que había un pequeño claro. Arrojó al suelo un par de ramas secas, puso sobre ellas su chaqueta y chaleco, y allí tuvo que tenderse Connie, bajo las ramas del árbol, como un animal, mientras él esperaba, en pie, en camisa y calzones, mirándola con ojos de alucinado. Pero, a pesar de todo, había tenido consideraciones con ella, ya que le había proporcionado un lugar decente, muy decente, en que acostarse. Sin embargo, el guardabosque le rompió la goma de la prenda interior, ya que Connie en nada le ayudó, limitándose a yacer inerte.

También él había descubierto la parte delantera de su cuerpo, y Connie sintió su carne desnuda contra la suya, cuando penetró en ella. Durante unos instantes, el hombre quedó quieto, en el interior de Connie, turgente y estremecido. Luego, cuando el hombre comenzó a moverse, en el súbito e inevitable orgasmo, despertó en Connie nuevas y extrañas sensaciones que, a oleadas, recorrieron sus entrañas. A oleadas, a oleadas, a oleadas, alcanzándose y volviéndose a alcanzar las unas a las otras, como suaves llamas, como suaves plumas, alcanzando un punto de esplendor exquisito, exquisito, y fundiéndose en sus ya fundidas entrañas. Era como un sonido de campanas más y más alto, hasta llegar a una última culminación. Yacía sin tener conciencia de los gritos breves y enloquecidos que al final emitía. Pero terminó pronto, demasiado pronto, y Connie ya no podía forzar su propia conclusión mediante su actividad. Aquello era diferente, muy diferente. Nada podía hacer. Ya no podía dominarse y hacer lo preciso para conseguir del hombre su satisfacción. Sólo podía esperar, esperar y gemir en su fuero interno, mientras sentía cómo el hombre se iba retirando, retirando, contrayéndose, acercándose al terrible momento en que saldría de ella y se iría. Mientras su útero, íntegramente, estaba abierto y suave, clamando suavemente, como una anémona marina bajo la marea, clamando para que el hombre volviera a penetrar en ella y la llevara a la plenitud del logro. Llevada por la pasión, Connie sujetaba inconscientemente al hombre, que no había aún salido totalmente de ella, y Connie sentía la suave raíz del hombre moviéndose en su interior, y extraños ritmos ascendían en su interior, con extraño y rítmico movimiento creciente, hinchándose e hinchándose hasta que llenaron totalmente su hendida capacidad de percepción, y, entonces, volvió a comenzar aquel indecible movimiento que en realidad no era movimiento, sino puros y profundos remolinos de sensaciones, girando y descendiendo a mayores y mayores profundidades a través de todos sus tejidos y de su conciencia, hasta que llegó el momento en que Connie fue un fluir de sensaciones perfectamente concéntrico, mientras yacía allí, lanzando inconscientes gritos inarticulados. Era la voz surgida de la más profunda noche, surgida de la vida. El hombre la oyó allí, debajo de él, con maravillado temor, como si estuviera entregando su vida a la mujer. Y, cuando aquello cesó, también el hombre se apaciguó y quedó yacente en absoluta inmovilidad, sin pensar, mientras el abrazo de la mujer se relajaba despacio, quedando la mujer yacente, inerte. Y así yacían los dos y nada sabían, ni siquiera el uno del otro, ambos perdidos.

No hay que pensar, en cualquier caso, que en las novelas más antiguas no había alusiones al sexo. Pero estas eran, naturalmente, veladas, apoyadas hábilmente en el subtexto. Como este fragmento de El molino del Floss (1860), de George Eliot.

Mientras pronunciaba esta última frase, la señora Tulliver sacó un brillante manojo de llaves del bolsillo, escogió una y la frotó entre el pulgar y el índice con una sonrisa plácida, sin dejar de contemplar las brasas ardientes de la chimenea. Si el señor Tulliver hubiera sido un hombre susceptible en sus relaciones conyugales, podría haber supuesto que extraía la llave para ayudarse a imaginar el momento en que él se encontrara en estado tal que hiciera necesario ir a buscar las mejores sábanas de Holanda.

¿Escenas sexuales sí o no?

Hoy en día incluir escenas de sexo más o menos explícito en una narración ya no es motivo de escándalo. El autor no tiene que luchar —no pretende ya luchar— contra los tabúes que encorsetaban nuestras sociedades tiempo ha. De modo que incluir escenas sexuales debería ser una cuestión meramente literaria y, como sucede con cualquier otra parte de la narración, la pregunta está en si ese elemento conviene a la historia y, de ser así, cómo trabajarlo. Es decir, es una cuestión puramente artística, incluso estética.

Si la novela (la literatura en general) refleja la vida, está claro que el sexo forma parte de ella. Y puede tener, por tanto, cabida en el relato. Pero no es menos cierto que en una obra literaria no se recoge toda la vida; el autor escoge aquellas partes de ella que le interesan, las que considera que ilustran mejor el tema, el conflicto, el carácter del personaje y su desarrollo. Esas son cuestiones que hay que valorar para dirimir si incluir o no escenas de sexo.

Otra cuestión relevante en este caso tiene que ver con el respeto que el escritor debe mostrar hacia sus personajes.

En Lo más parecido a la vida, James Wood explica que el escritor tiene un poder divino sobre sus personajes, decide su principio y su fin, si mueren o viven, si son desgraciados o felices. Por eso tanto Wood como otros autores consideran que esa omnipotencia debe ser atenuada. Para hacerlo, el escritor ha de darles a sus personajes «un espacio de libertad».

No resulta sorprendente que varios novelistas modernos se hayan planteado explícitamente qué significa contar una historia, qué significa tener un poder divino sobre el principio y el fin de alguien y cómo un personaje puede crearse un espacio de libertad bajo la mirada vigilante del autor y del lector.

El escritor no debe mostrarse tiránico, no debe hacer un mal uso del poder omnímodo que tiene sobre sus creaciones. Milan Kundera se oponía a esas novelas que «se parecen a una calle estrecha por la que alguien hace correr a latigazos a los personajes».

En Un lector, George Steiner ataca especialmente el gusto de la narrativa contemporánea por incorporar escenas de sexo. Para él, esas escenas resultan una violación flagrante de la intimidad del personaje, suponen pisotear ese espacio de libertad que el escritor debería esforzarse en preservar y, de algún modo, servirse del látigo para obligar a actuar a los personajes.

Las novelas producidas con el nuevo código de decirlo todo tratan a gritos a sus personajes: desnúdate, fornica, ejecuta tal o cual perversión. Así lo hacían los SS con filas de hombres y mujeres de carne y hueso.

Hemos abordado el tema del respeto del escritor hacia sus personajes (y hacia sus lectores) en un artículo que puedes leer aquí.

Tal vez una cuestión importante para decidir si tu obra debe incluir o no escenas de sexo será valorar quién es tu personaje. Tú lo conoces mejor que nadie, eres su creador. ¿Te parece que el sexo es una parte tan fundamental de su vida, su personalidad y su carácter que debe llevarse al texto? ¿Es una persona desinhibida que, por ejemplo, hablaría de sexo abiertamente con sus amigos?, ¿o quizá sea una persona celosa de su intimidad que preferiría dejar sus relaciones sexuales en la penumbra?

Una mala escena de sexo puede ser peor que el mal sexo

Pero conviene tener en cuenta algunas cuestiones más. Hay determinados géneros en los que el lector espera que haya escenas de sexo. Cualquier bibliotecaria podrá decirte que muchas mujeres, especialmente las más mayores, piden recomendaciones de novelas que tengan «su poquito de picante».

En sentido inverso, la advertencia de Maugham es pertinente: no pongas a tus personajes a copular solo porque creas que es una buena estrategia para «mantener el interés decreciente del lector». No tiene por qué serlo. Si la escena no está bien trabajada, a menudo puede romper el ritmo o resultar chocante o incluso desagradable. En su libro Cómo piensan los escritores, Richard Cohen —que dedica todo un capítulo al sexo en la literatura— menciona la existencia de un premio otorgado a las peores escenas de sexo.

Hace veintidós años, la revista Literary Review creó el Bad Sex in Fiction Award (premio al mal sexo en la ficción). El entonces editor Auberon Waugh anunció que este galardón anual premiaría a quien hubiera escrito la peor escena de sexo en una novela, con el propósito de «llamar la atención sobre el uso burdo, vulgar y a menudo mecánico de pasajes redundantes de contenido sexual en la novela moderna y desincentivarlo». […]

Desde entonces, una serie de nombres famosos ha dado empaque a las listas de candidatos: Thomas Pynchon, Julian Barnes, Alice Walker, Carlos Fuentes, Isabel Allende, Vikram Seth, Jeanette Winterson, Ian McEwan («¿Había agarrado lo que no era? Dejó escapar un grito…»), Salman Rushdie, Paul Theroux, Tom Wolfe, Joyce Carol Oates, Stephen King, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Norman Mailer, Doris Lessing, J. G. Ballard, Iain Banks, David Mitchell, Ben Okri y Ali Smith (cuyo protagonista, en pleno orgasmo, dice: «Éramos como un pájaro capaz de cantar a Mozart»). Casi ningún novelista importante actual ha quedado libre de escarmiento…

Cómo trabajar las escenas de sexo

Es imposible dar recomendaciones valederas en este punto. O, mejor dicho, las recomendaciones serían las mismas aplicables para trabajar cualquier otro tipo de escena.

  • No las uses como relleno ni para tratar de insuflar interés a una trama que carece de él o que ha llegado a un punto muerto.
  • Valora el aporte de esa escena en el ritmo global: ¿es una pausa?, ¿es un clímax?, ¿es un punto de giro?
  • No seas redundante. Recuerda la advertencia de Maugham: «El acto es de una monotonía tal que vuelve en exceso tediosa su reiterada narración». Asegúrate de que tus escenas no vuelven tedioso el relato.
  • Huye, en la medida de lo posible, del cliché.
  • Pero cuidado, en un intento de no ser repetitivo, de que la prosa no suene a cosa mil veces leída o de no caer en el cliché, no te pongas en exceso creativo u original. Puedes acabar recibiendo el Bad Sex in Fiction Award.
  • El lenguaje explícito está permitido, pero recuerda que el modo en que se trate el sexo en la narración tiene que concordar con la voz que ha venido manteniendo el narrador, por un lado, y con la de los personajes, por otro.

En resumen, valora si la obra en la que trabajas se verá beneficiada si incluyes escenas de sexo. Parece obligado escribir al menos una, pero no lo es. Si la respuesta es afirmativa trabájalas con la atención y el cuidado que pones en el resto de la obra, pensando en el papel que juegan en el conjunto, pero también en ellas como pieza individual. Y, sobre todo, no olvides que quien actúa es tu personaje, y tiene que hacerlo de acuerdo con quién es.

Si quieres plantear más cuestiones sobre este u otro tema, no te pierdas en encuentro gratuito de preguntas y respuestas del día 17 de junio. ¡Apúntate aquí!

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