En dos de los encuentros gratuitos de preguntas y respuestas que celebramos periódicamente ha surgido una misma cuestión: cómo escribir escenas de sexo.
En ninguno de los casos hubo ocasión para abordar el tema, que quedó pendiente, no por mojigaterĆa o pudor, sino por cuestiones de tiempo. Hoy ha llegado por fin el momento de tocar un asunto candente. Como decĆa hace mucho la doctora Elena Ochoa: hablemos de sexo.
Hablemos de sexo
En Diez grandes novelas y sus autores, William Someset Maugham aborda el tema del sexo en la literatura. Dice:
En nuestros dĆas, debido a la invención de los anticonceptivos, ha perdido vigencia el elevado valor que antaƱo se atribuĆa a la castidad. Los novelistas no han tardado en advertir que este hecho ha cambiado las relaciones entre los sexos y, de esta manera, siempre que creen que hay que hacer algo para mantener el interĆ©s decreciente del lector ponen a sus personajes a copular. No estoy seguro de que los hayan aconsejado bien. A propósito del acto sexual, Lord Chesterfield decĆa que el placer es efĆmero, la postura ridĆcula y el gasto deplorable: si hubiera vivido para leer la narrativa moderna, habrĆa aƱadido que el acto es de una monotonĆa tal que vuelve en exceso tediosa su reiterada narración.
Esas palabras fueron escritas en 1954, asà que la visión que transmiten es quizÔ algo anticuada, pero son un buen punto de inicio para comenzar a reflexionar.
Maugham atribuye la atención cada vez mayor que la narrativa prestaba al sexo a mediados del pasado siglo a la bendita aparición de los anticonceptivos; sin duda esa nueva realidad algo tuvo que ver. Pero lo cierto es que desde comienzos del siglo la literatura habĆa comenzado a ocuparse del sexo de una manera mĆ”s explĆcita y desinhibida. Pensemos en la polĆ©mica levantada por El amante de lady Chatterley (1928) de D. H. Lawrence, o la escena de la masturbación en el Ulises (1922) de Joyce.
Antes y despuƩs
DespuĆ©s de la Primera Guerra Mundial la sociedad se liberó de muchos de sus viejos atavismos, tambiĆ©n en lo sexual, y la literatura, ese Ā«espejo junto al caminoĀ» que decĆa Stendhal, la siguió; o quizĆ”, de alguna manera, contribuyó tambiĆ©n a ese cambio. Por supuesto, las escenas de D. H. Lawrence nos parecerĆan hoy bastante tibias, por mĆ”s que en su dĆa fueran un escĆ”ndalo.
Por entre la densidad de los Ć”rboles de rugosa corteza, avanzando difĆcilmente, la llevó a un lugar en el que habĆa un pequeƱo claro. Arrojó al suelo un par de ramas secas, puso sobre ellas su chaqueta y chaleco, y allĆ tuvo que tenderse Connie, bajo las ramas del Ć”rbol, como un animal, mientras Ć©l esperaba, en pie, en camisa y calzones, mirĆ”ndola con ojos de alucinado. Pero, a pesar de todo, habĆa tenido consideraciones con ella, ya que le habĆa proporcionado un lugar decente, muy decente, en que acostarse. Sin embargo, el guardabosque le rompió la goma de la prenda interior, ya que Connie en nada le ayudó, limitĆ”ndose a yacer inerte.
TambiĆ©n Ć©l habĆa descubierto la parte delantera de su cuerpo, y Connie sintió su carne desnuda contra la suya, cuando penetró en ella. Durante unos instantes, el hombre quedó quieto, en el interior de Connie, turgente y estremecido. Luego, cuando el hombre comenzó a moverse, en el sĆŗbito e inevitable orgasmo, despertó en Connie nuevas y extraƱas sensaciones que, a oleadas, recorrieron sus entraƱas. A oleadas, a oleadas, a oleadas, alcanzĆ”ndose y volviĆ©ndose a alcanzar las unas a las otras, como suaves llamas, como suaves plumas, alcanzando un punto de esplendor exquisito, exquisito, y fundiĆ©ndose en sus ya fundidas entraƱas. Era como un sonido de campanas mĆ”s y mĆ”s alto, hasta llegar a una Ćŗltima culminación. YacĆa sin tener conciencia de los gritos breves y enloquecidos que al final emitĆa. Pero terminó pronto, demasiado pronto, y Connie ya no podĆa forzar su propia conclusión mediante su actividad. Aquello era diferente, muy diferente. Nada podĆa hacer. Ya no podĆa dominarse y hacer lo preciso para conseguir del hombre su satisfacción. Sólo podĆa esperar, esperar y gemir en su fuero interno, mientras sentĆa cómo el hombre se iba retirando, retirando, contrayĆ©ndose, acercĆ”ndose al terrible momento en que saldrĆa de ella y se irĆa. Mientras su Ćŗtero, Ćntegramente, estaba abierto y suave, clamando suavemente, como una anĆ©mona marina bajo la marea, clamando para que el hombre volviera a penetrar en ella y la llevara a la plenitud del logro. Llevada por la pasión, Connie sujetaba inconscientemente al hombre, que no habĆa aĆŗn salido totalmente de ella, y Connie sentĆa la suave raĆz del hombre moviĆ©ndose en su interior, y extraƱos ritmos ascendĆan en su interior, con extraƱo y rĆtmico movimiento creciente, hinchĆ”ndose e hinchĆ”ndose hasta que llenaron totalmente su hendida capacidad de percepción, y, entonces, volvió a comenzar aquel indecible movimiento que en realidad no era movimiento, sino puros y profundos remolinos de sensaciones, girando y descendiendo a mayores y mayores profundidades a travĆ©s de todos sus tejidos y de su conciencia, hasta que llegó el momento en que Connie fue un fluir de sensaciones perfectamente concĆ©ntrico, mientras yacĆa allĆ, lanzando inconscientes gritos inarticulados. Era la voz surgida de la mĆ”s profunda noche, surgida de la vida. El hombre la oyó allĆ, debajo de Ć©l, con maravillado temor, como si estuviera entregando su vida a la mujer. Y, cuando aquello cesó, tambiĆ©n el hombre se apaciguó y quedó yacente en absoluta inmovilidad, sin pensar, mientras el abrazo de la mujer se relajaba despacio, quedando la mujer yacente, inerte. Y asĆ yacĆan los dos y nada sabĆan, ni siquiera el uno del otro, ambos perdidos.
No hay que pensar, en cualquier caso, que en las novelas mĆ”s antiguas no habĆa alusiones al sexo. Pero estas eran, naturalmente, veladas, apoyadas hĆ”bilmente en el subtexto. Como este fragmento de El molino del Floss (1860), de George Eliot.
Mientras pronunciaba esta Ćŗltima frase, la seƱora Tulliver sacó un brillante manojo de llaves del bolsillo, escogió una y la frotó entre el pulgar y el Ćndice con una sonrisa plĆ”cida, sin dejar de contemplar las brasas ardientes de la chimenea. Si el seƱor Tulliver hubiera sido un hombre susceptible en sus relaciones conyugales, podrĆa haber supuesto que extraĆa la llave para ayudarse a imaginar el momento en que Ć©l se encontrara en estado tal que hiciera necesario ir a buscar las mejores sĆ”banas de Holanda.
ĀæEscenas sexuales sĆ o no?
Hoy en dĆa incluir escenas de sexo mĆ”s o menos explĆcito en una narración ya no es motivo de escĆ”ndalo. El autor no tiene que luchar āno pretende ya lucharā contra los tabĆŗes que encorsetaban nuestras sociedades tiempo ha. De modo que incluir escenas sexuales deberĆa ser una cuestión meramente literaria y, como sucede con cualquier otra parte de la narración, la pregunta estĆ” en si ese elemento conviene a la historia y, de ser asĆ, cómo trabajarlo. Es decir, es una cuestión puramente artĆstica, incluso estĆ©tica.
Si la novela (la literatura en general) refleja la vida, estƔ claro que el sexo forma parte de ella. Y puede tener, por tanto, cabida en el relato. Pero no es menos cierto que en una obra literaria no se recoge toda la vida; el autor escoge aquellas partes de ella que le interesan, las que considera que ilustran mejor el tema, el conflicto, el carƔcter del personaje y su desarrollo. Esas son cuestiones que hay que valorar para dirimir si incluir o no escenas de sexo.
Otra cuestión relevante en este caso tiene que ver con el respeto que el escritor debe mostrar hacia sus personajes.
En Lo mÔs parecido a la vida, James Wood explica que el escritor tiene un poder divino sobre sus personajes, decide su principio y su fin, si mueren o viven, si son desgraciados o felices. Por eso tanto Wood como otros autores consideran que esa omnipotencia debe ser atenuada. Para hacerlo, el escritor ha de darles a sus personajes «un espacio de libertad».
No resulta sorprendente que varios novelistas modernos se hayan planteado explĆcitamente quĆ© significa contar una historia, quĆ© significa tener un poder divino sobre el principio y el fin de alguien y cómo un personaje puede crearse un espacio de libertad bajo la mirada vigilante del autor y del lector.
El escritor no debe mostrarse tirĆ”nico, no debe hacer un mal uso del poder omnĆmodo que tiene sobre sus creaciones. Milan Kundera se oponĆa a esas novelas que Ā«se parecen a una calle estrecha por la que alguien hace correr a latigazos a los personajesĀ».
En Un lector, George Steiner ataca especialmente el gusto de la narrativa contemporĆ”nea por incorporar escenas de sexo. Para Ć©l, esas escenas resultan una violación flagrante de la intimidad del personaje, suponen pisotear ese espacio de libertad que el escritor deberĆa esforzarse en preservar y, de algĆŗn modo, servirse del lĆ”tigo para obligar a actuar a los personajes.
Las novelas producidas con el nuevo código de decirlo todo tratan a gritos a sus personajes: desnĆŗdate, fornica, ejecuta tal o cual perversión. AsĆ lo hacĆan los SS con filas de hombres y mujeres de carne y hueso.
Tal vez una cuestión importante para decidir si tu obra debe incluir o no escenas de sexo serĆ” valorar quiĆ©n es tu personaje. TĆŗ lo conoces mejor que nadie, eres su creador. ĀæTe parece que el sexo es una parte tan fundamental de su vida, su personalidad y su carĆ”cter que debe llevarse al texto? ĀæEs una persona desinhibida que, por ejemplo, hablarĆa de sexo abiertamente con sus amigos?, Āæo quizĆ” sea una persona celosa de su intimidad que preferirĆa dejar sus relaciones sexuales en la penumbra?
Una mala escena de sexo puede ser peor que el mal sexo
Pero conviene tener en cuenta algunas cuestiones mÔs. Hay determinados géneros en los que el lector espera que haya escenas de sexo. Cualquier bibliotecaria podrÔ decirte que muchas mujeres, especialmente las mÔs mayores, piden recomendaciones de novelas que tengan «su poquito de picante».
En sentido inverso, la advertencia de Maugham es pertinente: no pongas a tus personajes a copular solo porque creas que es una buena estrategia para Ā«mantener el interĆ©s decreciente del lectorĀ». No tiene por quĆ© serlo. Si la escena no estĆ” bien trabajada, a menudo puede romper el ritmo o resultar chocante o incluso desagradable. En su libro Cómo piensan los escritores, Richard Cohen āque dedica todo un capĆtulo al sexo en la literaturaā menciona la existencia de un premio otorgado a las peores escenas de sexo.
Hace veintidós aƱos, la revista Literary Review creó el Bad Sex in Fiction Award (premio al mal sexo en la ficción). El entonces editor Auberon Waugh anunció que este galardón anual premiarĆa a quien hubiera escrito la peor escena de sexo en una novela, con el propósito de Ā«llamar la atención sobre el uso burdo, vulgar y a menudo mecĆ”nico de pasajes redundantes de contenido sexual en la novela moderna y desincentivarloĀ». [ā¦]
Desde entonces, una serie de nombres famosos ha dado empaque a las listas de candidatos: Thomas Pynchon, Julian Barnes, Alice Walker, Carlos Fuentes, Isabel Allende, Vikram Seth, Jeanette Winterson, Ian McEwan («¿HabĆa agarrado lo que no era? Dejó escapar un grito…Ā»), Salman Rushdie, Paul Theroux, Tom Wolfe, Joyce Carol Oates, Stephen King, Gabriel GarcĆa MĆ”rquez, Mario Vargas Llosa, Norman Mailer, Doris Lessing, J. G. Ballard, Iain Banks, David Mitchell, Ben Okri y Ali Smith (cuyo protagonista, en pleno orgasmo, dice: Ā«Ćramos como un pĆ”jaro capaz de cantar a MozartĀ»). Casi ningĆŗn novelista importante actual ha quedado libre de escarmiento…
Cómo trabajar las escenas de sexo
Es imposible dar recomendaciones valederas en este punto. O, mejor dicho, las recomendaciones serĆan las mismas aplicables para trabajar cualquier otro tipo de escena.
- No las uses como relleno ni para tratar de insuflar interƩs a una trama que carece de Ʃl o que ha llegado a un punto muerto.
- Valora el aporte de esa escena en el ritmo global: Āæes una pausa?, Āæes un clĆmax?, Āæes un punto de giro?
- No seas redundante. Recuerda la advertencia de Maugham: Ā«El acto es de una monotonĆa tal que vuelve en exceso tediosa su reiterada narraciónĀ». AsegĆŗrate de que tus escenas no vuelven tedioso el relato.
- Huye, en la medida de lo posible, del clichƩ.
- Pero cuidado, en un intento de no ser repetitivo, de que la prosa no suene a cosa mil veces leĆda o de no caer en el clichĆ©, no te pongas en exceso creativo u original. Puedes acabar recibiendo el Bad Sex in Fiction Award.
- El lenguaje explĆcito estĆ” permitido, pero recuerda que el modo en que se trate el sexo en la narración tiene que concordar con la voz que ha venido manteniendo el narrador, por un lado, y con la de los personajes, por otro.
En resumen, valora si la obra en la que trabajas se verÔ beneficiada si incluyes escenas de sexo. Parece obligado escribir al menos una, pero no lo es. Si la respuesta es afirmativa trabÔjalas con la atención y el cuidado que pones en el resto de la obra, pensando en el papel que juegan en el conjunto, pero también en ellas como pieza individual. Y, sobre todo, no olvides que quien actúa es tu personaje, y tiene que hacerlo de acuerdo con quién es.
Muchas gracias…por el presente articulo y lo aprendido en el…hoy… que importante saber pues; la relevancia del tema sexual en la escritura y poder aprender a conocer cuando es o no adecuado o necesario tratarlo, al igual que la manera correcta de poder entrar a describir una escena intima… de acuerdo a las variantes de estilo del escritor, pero conservando siempre el ejemplar respeto en lo narrado tanto al lector como a uno mismo.
El mejor erotismo nunca antes leĆdo estĆ” siempre en los poetas y la poesĆa. Nunca hubo ni habrĆ” una buena escena de sexo sin que el autor no haga alusión a ella.
La mĆŗsica tiene palabras explĆcitas en Reguetón, pero pasarlas asĆ, perrea nena, en una novela, ponte en cuatro, bebĆ©, creo que no suena.
El mejor ejemplo de erotismo total creo que lo leĆ a CortĆ”zar, ese mago de la palabra! Y a Hemingway en Ā«Por quiĆ©n doblan las campanasĀ», una escena que, si le quitas el sexo, el temblor de la tierra, no vas a sentir el fragor de la guerra de EspaƱa ni la inquietante inocencia de ella, mutilada en el pelo, Esa escena es inolvidable! Es lo mĆ”s magnĆfico en esa obra!
El erotismo de Pablo Neruda lo leĆ con ganas y el de Las mil y una noches fue estupendo. A veces diciendo mucho no dices nada del sexo, excepto lo que ya todos sabemos, se enchufaron y listo.
Hay premios al ARTE ERĆTICO y es lo mĆ”s exigente en artes plĆ”sticas!
Muy buen tema, de hecho, temazo riguroso para cualquier escritor que se respete y no repita! AhĆ se prueba su altura!
Gracias š«