Todo escritor tiene un ideal literario. Tú también, aunque quizá nunca te lo hayas planteado.
Ese ideal es aquel que aspiras a alcanzar con tus obras. Hay un arquetipo, un modelo, una cúspide a la que ambicionas llegar. Y ese ideal tiene una misión importante en la construcción de tu obra. Por eso hoy hablaremos sobre el ideal literario, cómo se construye y cómo te ayuda durante la escritura, incluso aunque no te des cuenta.
Cómo se construye el ideal literario
Definir qué es el ideal literario no es sencillo. Quizá la mejor forma de hacerlo sea explicar cómo se origina, cómo se construye.
Como queda dicho, un ideal es un arquetipo, un modelo perfecto que sirve de norma. Pero el ideal no existe sino en el pensamiento. No podemos ir a una tienda y pedir que por favor nos despachen un ideal literario. Cada escritor debe construir el suyo, y es una tarea que, como todas las tareas importantes, dura toda una vida.
El ideal literario de cada escritor se crea poco a poco, a lo largo del tiempo, y lo hace a través de dos vías: la lectura y la reflexión.
La lectura en el ideal literario
Nunca remarcaremos lo suficiente la importancia de la lectura para un escritor. Si se puede ser lector sin ser escritor, no se puede ser escritor sin ser lector. Con frecuencia hemos dicho que la lectura (sobre todo la de buenas obras) es una clase magistral en la que el escritor atento recibe una lección práctica sobre el modo de utilizar distintos recursos y herramientas. Pero, además, leer es también la manera en que el escritor erige su ideal literario.
Con cada libro que lees pones un ladrillo a tu ideal literario. Porque de cada uno de ellos extraes, a veces incluso de manera inconsciente, enseñanzas y valores literarios. Seguro que hay un autor, probablemente más de uno, cuya escritura admiras tanto que te gustaría que la tuya compartiera con ella algunos rasgos. Tal vez de este escritor te gustan sus diálogos, vivaces y naturales; de aquel otro sus personajes, complejos y entrañables; y de un tercero la potencia de sus tramas o la fluidez de sus frases.
Con esos elementos, tomados de aquí y de allá, se va construyendo tu ideal. Quisieras que tus diálogos sonaran como aquellos, que tus tramas tuvieran esa potencia, que tus personajes fueran parecidos… Puede que ese deseo no sea del todo consciente, pero está en ti, y cuando escribes comparas sin cesar tus textos con ese modelo ideal. Pero sobre eso punto iremos después, sigamos hablando de la construcción del ideal literario.
A medida que tu bagaje de lecturas aumenta, tu ideal muta y se acrecienta. Autores nuevos te descubren nuevas perspectivas fascinantes, nuevas posibilidades expresivas o estéticas, nuevos modos de hacer. Por eso resulta tan importante llevar una dieta variada de lecturas, cuánto más ampliemos el foco, más amplios serán también nuestros horizontes y más rica la textura de nuestro ideal.
De igual modo, la calidad de lo que leemos es importante. Si cada libro es un ladrillo con el que construyes tu ideal, deberías dar importancia a la naturaleza de esos ladrillos: ¿son de barro o son de mármol?
Como decíamos al comienzo, tú ya tienes un ideal, incluso si no eres consciente de él. La índole de tus lecturas lo ha ido construyendo, el tipo de lector que seas es indicativo del tipo de ideal que albergas y, en consecuencia, será también indicativo del tipo de obras que aspiras a escribir.
Pero hemos dicho que hay una segunda vía a través de la cual el ideal literario de un escritor toma forma: la reflexión.
La reflexión en el ideal literario
El trabajo del escritor abarca mucho más que la escritura; incluso que la escritura y la lectura. En el trabajo del escritor la reflexión, el pensamiento, es tan importante como esos dos otros elementos. El escritor es, no lo olvidemos, un intelectual.
Como escritor debes dedicar tiempo a reflexionar. A reflexionar sobre el arte de la escritura y el oficio de escritor, de una manera general; pero también, de una manera particular, sobre tu arte de la escritura y sobre quién eres (y deseas ser) tú como escritor.
Las obras de otros escritores, la historia de la literatura universal, lo que están haciendo tus coetáneos… deben ser para ti fuente de reflexión. Habrá cosas que apruebes y cosas que desapruebes, modos de hacer que valores y otros que te parecen que no funcionan o que no encajan con la obra que tú quieres construir (y por ahí ya asoma el ideal literario). Todo debe ser fuente de reflexión para el buen escritor, y especialmente debe serlo la materia literaria. No es desacertado comparar la escritura con un sacerdocio, donde la literatura ocupará el lugar de Dios.
A través de esas reflexiones irás elaborando una poética propia, esas directrices autoimpuestas (pero mudables) que van a caracterizarte como escritor.
Y recordemos que el ideal no es otra cosa que eso: un arquetipo, un modelo, algo que nos sirve para realizar comparaciones y, a la luz de estas, hacer ajustes para intentar que nuestro trabajo se acerque lo más posible al prototipo.
La utilidad del ideal literario
Ahora ya sabemos qué es el ideal literario y la forma en que se va construyendo. Pero ¿para qué sirve?, ¿cuál es su utilidad? Pues el ideal literario tiene una función clave en la construcción de tu obra. Él es tu guía, tu estrella polar, la obra que construyas (en el sentido amplio de toda tu producción literaria) estará condicionada y marcada en gran parte por ese ideal.
Tú sabes el tipo de obras que quisieras escribir, te imaginas siendo un determinado tipo de escritor, imaginas para ti una trayectoria determinada. Hablamos de tu carrera de escritor, por supuesto, pero no solo; hablamos de la esencia de cada una de tus obras por separado y de la esencia del conjunto. Tu ideal literario brilla como una estrella que dirige tus pasos: es por aquí.
Pero el ideal literario colabora además de manera activa cuando escribes. Él es quien te estimula para hacerlo mejor, para no conformarte con un borrador titubeante y continuar trabajando hasta que el resultado está lo más cerca posible de ese ideal, ese metro de platino iridiado que vive dentro de ti.
En la edición de la editorial Debolsillo de Últimas tardes con Teresa, la novela de Juan Marsé, se incluye un prólogo que el autor escribió como nota a la séptima edición de la novela. En ella el escritor explica:
Si de algo puede estar más o menos seguro un autor acerca de un libro suyo recién escrito, es de la distancia que media entre el ideal que se propuso y los resultados obtenidos, pese al rigor formal con que intentó amarrar el deseo y la realidad.
Las palabras de Marsé expresan muy bien esa lucha del escritor con sus materiales para intentar «amarrar el deseo con la realidad». El deseo es el ideal, la realidad es el texto escrito. Sin esa imagen ideal, sin el deseo que lo acicatea, el escritor no puede llevar a cabo esa labor de decantación de la que es fruto la buena literatura. Hay una brecha que separa al ideal de la obra escrita y el escritor lucha con todos sus recursos por salvarla. Marsé habla de «amarras profesionales destinadas a acortar la famosa distancia insalvable, aquellas tal vez triviales soldaduras del relato, fuentes de diseño o suturas de sentido» (la cursiva es nuestra).
Si el escritor no tiene ningún ideal literario —algo raro, porque implicaría que no ha tenido ninguna relación con la literatura en su vida— o si su ideal es pobre, construido con pobres ladrillos de barro inconsistente, será ciego a la verdadera realidad del texto. No podrá reducir «la famosa distancia insalvable». Y no podrá hacerlo por dos motivos. Para empezar, seguramente no tenga las herramientas necesarias para lograrlo; sin buenas lecturas es difícil que el escritor conozca bien los útiles de su oficio y pueda trabajar con éxito en las soldaduras y suturas que el texto precisa. Pero, además, si no tiene un modelo con el que confrontar su original, o su modelo es estéril, es más que posible que dé por buena una obra que en realidad todavía puede mejorarse.
El ideal literario opera pues en cada obra concreta. Está ya presente mientras escribes, incluso cuando planificas e ideas la historia. A lo largo de todo el proceso de escritura el ideal brilla en el horizonte del escritor, quien tiene una imagen mental de lo que quiere hacer. Planifica y escribe el texto con ella en mente, tratando de materializarla. Y es esa imagen la que lo hace percibir si algo falla, si el resultado no se asemeja todavía a ese ideal. Entonces debe seguir trabajando y ajustando para que la distancia entre la imagen ideal y el resultado se asemejen lo más posible.
Dos aspectos más del ideal literario
Hay dos aspectos del ideal literario que quedan ya mencionados, pero sobre los que quizá merece la pena volver. Que el ideal literario varía con el tiempo. Y que el ideal literario no existe sino en el pensamiento.
Si el ideal literario es fruto de las lecturas y de la reflexión (también, seguramente, de la experiencia) es lógico pensar que no es inmutable, sino que irá cambiando a medida que el escritor madure, acumule lecturas y experiencia y sus reflexiones sean quizá más elaboradas y completas.
Pero revisar obras antiguas a la luz de un ideal más maduro no tiene por qué resultar desalentador. Juan Marsé habla de un «cálido estupor» y confiesa que sus relaciones con Teresa son «incluso más estimulantes de lo que había supuesto».
Quizá porque Marsé, escritor inteligente, sabía que el ideal literario no existe sino en el pensamiento. Como cualquier otro ideal, el literario también es inalcanzable, una aspiración que a la postre no puede ser realizada. El escritor lucha denodadamente cada vez para tratar de alcanzarlo, pone en juego todo lo que sabe, pero el ideal implica una perfección que no se puede conseguir en esta tierra, no por los mortales. Por eso Jean Cocteau decía: «Cuando uno termina de escribir y releer algo, siempre tiene la tentación de cambiarlo, mejorarlo, eliminar el veneno, pulir las aristas».
El lector aplaudirá admirado el trabajo del escritor. Pero él, el artista, sentirá que esta vez tampoco ha alcanzado la cumbre a la que aspiraba. Y, perseverante, alistará sus útiles dispuesto a intentarlo otra vez, con otra obra, con otra historia, una vez más.
¡Me ha encantado este artículo!
Qué fascinante el tema del ideal literario.
Un abrazo.
Otro estupendo articulo que nos obliga a reflexionar.
En mi opinión un escritor es, ante todo, un pensador. Ese es el centro desde donde crea, erige su ideal literario, escribe,compara, reescribe, pule… Y cuanto mas contacta con ese centro, la esencia de todo, mejor escritor es.
Creo que este proceso, como bien decís, lleva su tiempo. Tiempo para sedimentar lecturas, técnica, experiencia de vida…Para que poco a poco todo ello se refleje en la obra a medida que pensamos, vivimos, escribimos. Creo también que, al final, y pensándolo bien, lo mas hermoso de esta idea es que por mucho que aspiremos a ello,nunca lograremos completar ese ideal literario porque es algo tan mutable y cambiante que es inalcanzable.
Y sin embargo, no hay mejor brújula que esta, para mantenernos en el camino de la escritura?