En los Ćŗltimos tiempos hemos hablado con frecuencia de la tĆ©cnica, de la importancia para el escritor de conocerla y dominarla. Para abundar en este punto, que nunca se encarecerĆ” lo suficiente, nada mejor que unas palabras del escritor italiano Cesar Pavese tomadas de su diario, publicado tras su muerte con el hermoso tĆtulo de El oficio de vivir.
Pavese reflexiona:
Todo artista trata de desmontar el mecanismo de su tĆ©cnica para ver cómo estĆ” hecha y para servirse de ella, si viene el caso, en frĆo. […] El artista que no analiza y no destruye continuamente su tĆ©cnica es un pobre hombre.
La reflexión de Pavese contiene dos ideas interesantes en las que nos detendremos hoy, en un intento de ver mÔs claro, si no en el oficio de vivir, sà al menos en el de escribir.
Desmontar el mecanismo
Cesare Pavese nos habla de la necesidad del autor de Ā«desmontar el mecanismo de su tĆ©cnicaĀ» para analizarlo continuamente. Ya hemos usado en muchas ocasiones el sĆmil de la pieza literaria como la maquinaria de un reloj (de aquellos de antaƱo, con engranajes y ruedecillas). El texto literario estĆ” compuesto por una serie de elementos que serĆan el equivalente a los engranajes de un reloj. Y, como esos engranajes, deben trabajar todos juntos en pos de un objetivo: para el reloj, que las agujas se muevan y marquen el trascurso de tiempo; para el texto, procurarle al lector los distintos goces (incluido el estĆ©tico) que la obra literaria proporciona.
ĀæQuĆ© implica esto? En primer lugar, obviamente, que el escritor tiene que conocer cuĆ”les son esos mecanismos y cómo montarlos en artefactos literarios bien ajustados. El escritor necesita conocer los distintos engranajes que componen el texto, saber cómo se llaman y para quĆ© sirven, desde lo mĆ”s elemental (narrador, estructura, personajesā¦) a lo mĆ”s complejo (esas tĆ©cnicas que le aƱaden sal al texto y elevan su literariedad). Pero no basta con ese conocimiento, el escritor tiene, ademĆ”s, que saber Ā«montarĀ» esos mecanismos, saber elegir cuĆ”les necesita usar, cuĆ”les pueden contribuir mejor a levantar la obra tal como Ć©l la concibe para poder construir el texto de acuerdo con esa idea.
Al conocimiento de esos mecanismos llevan, como sabemos, el estudio, las muchas lecturas y la prĆ”ctica. Mediante el estudio, el escritor se hace con la Ā«teorĆaĀ» sobre esos mecanismos. Con la lectura, los ve operar Ā«en vivoĀ» y puede examinar cómo los han usado los grandes autores de todos los tiempos. Y la prĆ”ctica constante es, por supuesto, el modo de hacerse con su funcionamiento y llevĆ”rselos a los propios textos.
Por cierto que si quieres aprender un poco mÔs sobre esas técnicas que añaden sal y literariedad a la obra no te puedes perder el nuevo curso de técnicas narrativas que comienza en mayo. En él se aúna el estudio de diversas técnicas, ejemplificadas, para comprenderlas bien, mediante textos de los grandes autores que las han empleado. Pero también deberÔs ejercitarte en su empleo, a través de cuatro propuestas de escritura que serÔn revisadas de manera completa y atenta para ayudarte a interiorizar su uso.
DecĆamos, siguiendo con Pavese, que el escritor tiene que conocer cuĆ”les son los mecanismos del texto literario y cómo montarlos. Pero, ademĆ”s, y en segundo lugar, el escritor debe examinar tambiĆ©n sus propios textos para ver cómo emplea Ć©l la tĆ©cnica. Su tĆ©cnica. El escritor necesita conocer sus propias Ā«maƱasĀ», ser capaz de analizar sus textos y entresacar de ellos modos de hacer, recursos, elementos comunesā¦; es decir, el escritor necesita desarrolla lo que se conoce comĆŗnmente como una poĆ©tica.
Analizar sus textos y su tƩcnica es una excelente manera, para el escritor en sus comienzos, de mejorar, de detectar fallos y vicios que puedan entorpecer sus obras y tratar de ponerles remedio.
En frĆo
Pero, como dice Pavese, desmontar el mecanismo de su tĆ©cnica sirve no solo para ver cómo estĆ” hecha, sino tambiĆ©n para servirse de ella Ā«en frĆoĀ». ĀæQuĆ© significa esto?
Aunque existe el mito romĆ”ntico del artista poseĆdo por el furor creativo, una criatura de pura emoción que crea en un estado de trance, en la escritura, en realidad, como en cualquier disciplina artĆstica, hay siempre un equilibrio, o al menos una alternancia, entre lo dionisĆaco y lo apolĆneo; entre lo que brota impulsivo desde las profundidades del instinto y lo inconsciente y el fruto metódico del razonamiento.
El uso de la tĆ©cnica, sobre todo en aquellos escritores que son buenos lectores, es a menudo intuitivo; el escritor tiene tan interiorizado el cómo y el por quĆ© que hay partes de la obra que parecen surgir por sĆ mismas, sin ayuda alguna. Otras partes, por supuesto, serĆ”n fruto de la decisión consciente; la elección de un adjetivo o de un recurso no es Ā«naturalĀ», sino una elección tomada en un vacĆo de posibilidades. Entre miles, millones de opciones, el escritor elige la suya y, con cada una de esas decisiones, la obra va tomando forma.
Pero, como ya sabemos, esas decisiones, esas elecciones no resultan siempre fĆ”ciles. El escritor, duda, titubea, se paraliza⦠Esas son las dificultades de la creación a las que el autor se enfrenta una y otra vez. Entonces es cuando viene bien saber usar la tĆ©cnica Ā«en frĆoĀ».
El escritor que ha llegado a desarrollar una soberanĆa tĆ©cnica no depende de la inspiración o del azar. Es capaz de analizar la dificultad a la que se enfrenta y, echando mano de sus conocimientos, pensar una manera adecuada e incluso airosa de sortearla. Sabe cómo ha resuelto en otras ocasiones los retos que plantea la obra, y puede volver a hacerlo.
Destruir la tƩcnica
Pero vayamos con la segunda parte de la proposición de Cesare Pavese, que nos dice: Ā«El artista que no analiza y no destruye continuamente su tĆ©cnica es un pobre hombreĀ». La conveniencia de Ā«analizar su tĆ©cnicaĀ» ha quedado expuesta hasta aquĆ, pero ĀæcuĆ”les pueden ser las ventajas de destruir la tĆ©cnica? Pues, aunque parezca contradictorio, las tiene. Y son al menos dos.
La primera es el progreso del propio arte.
ĀæPor quĆ© el escritor habrĆa de ser tan loco de destruir lo que funciona? Si sabe que algo resulta bien, si en otras ocasiones lo ha usado con Ć©xito e incluso ha resuelto asĆ sus dificultades narrativas, Āæpor quĆ© destruirlo? Porque en el arte, lo que funciona es tambiĆ©n lo que ya ha sido dicho.
La destrucción de la tĆ©cnica no es un acto de locura, ni siquiera de rebeldĆa, sino de renovación. Si un artista utiliza una y otra vez las mismas herramientas del mismo modo en su arte ya no habrĆ” progreso ni renovación. HabrĆ” dejado de ser un artista para convertirse en un imitador de sĆ mismo. Pavese nos dice que la tĆ©cnica debe ser consumida en el acto de la creación y luego desechada, obligando al artista a reinventar su lenguaje ante cada nueva obra.
La verdadera riqueza del escritor reside en su capacidad de estar siempre en los comienzos, en esa vulnerabilidad de quien ha desarmado el reloj y ahora tiene las piezas sobre la mesa, sin saber cómo volverĆ” a armarlo, pensando nuevos ensamblajes posibles. Es el anĆ”lisis constante lo que asegura que el arte continĆŗe siendo un proceso de conocimiento y no solo de producción. Destruir la propia tĆ©cnica es, en Ćŗltima instancia, un acto de fe: la creencia de que, tras las ruinas de lo que ya sabemos hacer, aparecerĆ” algo de lo que todavĆa no sabĆamos que Ć©ramos capaces.
El Ā«pobre hombreĀ» al que se refiere Pavese es el artista que se ha vuelto previsible. Es aquel que ha confundido la maestrĆa con la comodidad. Este tipo de escritor posee una tĆ©cnica, pero ya no la habita.
Y, a travƩs de ese camino, llegamos a la segunda ventaja de destruir la tƩcnica: el progreso del arte de la escritura en general.
Cualquiera que haya leĆdo una historia de la literatura universal o que, mejor todavĆa, haya leĆdo algunas de las obras que ese tipo de manuales censan y comentan, serĆ” capaz de distinguir la evolución continua del arte literario. Pero esa evolución no se produce de manera casual, por la propia naturaleza del arte. Cada escritor contribuye a ella.
Camilo JosĆ© Cela decĆa: Ā«La literatura es una carrera de antorchas. En cada generación se lleva el testigo hasta donde se puede y ahĆ se le entrega al escritor de la etapa siguienteĀ». Pero en esa carrera solo participan, en realidad, los escritores que se atreven a destruir su tĆ©cnica y, al hacerlo, se retan a hacer cosas nuevas. Es el progreso de cada escritor como individuo lo que lleva, por acumulación, al progreso del arte literario en su conjunto.
Y todo ello sucede porque un dĆa, en su taller, un escritor decidió desmontar el mecanismo.
Para mĆ, escribir una nueva obra es un reto. Encontrar la mejor manera de contarlo. Puede que utilices una tĆ©cnica que ya empleaste, pero no debemos quedarnos estancada en ella. Siempre hay matices, nuevas formas de llegar, de sorprender y no solo al lector, tambiĆ©n a nosotros mismos. Atreverse a hacer cosas diferentes, aunque todos reconozcan tu estilo detrĆ”s de las palabras. Siempre atrevete a llegar a donde no lo has hecho todavĆa.
š» HermosĆsimo post!
Es como vivir, igual a la vida, se muere todo y nace un pƔjaro de fuego al vuelo!
Yo perdĆ todo lo que tenĆa escrito de adolescente, de mis libretas y apuntes no quedó nada. Todo lo perdĆ. Tengo lo que pude guardar apenitas de hace 20 aƱos atrĆ”s, ese mundo se sumergió. Pero me quedó todo el resto porque a partir de ahĆ empecĆ© a escribir. Inclusive publiquĆ© mal, sin un peso, sin cómo! Y no he vuelto a sacar nada. Pero de seguro lo que viene va a ser un pĆ”jaro de fuego. Amo Stravinsky! š»
Muy buenas las reflexiones de vuestro artĆculo sobre porquĆ© un escritor debe conocer y dominar la tecnica y, en un segundo tiempo, trascenderla para llegar al arte.
Para mi el camino de un escritor es como una escalera que sube hacia el cielo. PeldaƱo a peldaƱo, apoyĆ”ndose en la tĆ©cnica y, al mismo tiempo, contemplando el paisaje de lo que esta haciendo, siendo consciente de cómo lo ha realizado. En cada tramo el escritor debe tomarse el tiempo necesario para reflexionar, y a partir de ahĆ construir y deconstruir…hasta dar con ese algo nuevo que le harĆ” evolucionar y mejorar.
Seria algo asà como alternar continuamente el hemisferio derecho ( intuición) y el hemisferio izquierdo ( logica y técnica) para lograr ese salto que nos lleve mÔs allÔ y rozar, aunque sea por un instante, un pedacito de cielo.