¿Qué viene después del borrador?

¿Es, como afirmaban aquí el otro día, el borrador la parte más difícil de ser escritor? Mucho se ha hablado sobre el reto del papel en blanco, de ese primer momento de empezar a plasmar la idea que tenemos en la cabeza, de la frustración que puede suponer para el escritor no dar con la palabra exacta, con ese comienzo que, eclosionando, rompa la cáscara de la idea y empiece a dar forma a algo que, sólo en parte, se parecerá al texto final.

Sí, ese momento, que mucho tiene que ver con la chispa creadora, con un soplo de inspiración, supone un duro reto para todos los escritores. La idea está ahí, vertiginosa, clara: es un impulso increíblemente potente que pugna por corporeizarse. La hoja en blanco —en nuestros tiempos será casi siempre la de un procesador de textos— es el receptáculo que aguarda paciente la palabra, la frase. Y es que al principio, siempre es el verbo.

Pero si ese momento es crítico, no cabe restar importancia a lo que vendrá a continuación. Las primeras frases volcadas en ese avieso y blanco enemigo que parece aguardar la derrota del creador son semejantes al minuto decisivo de un parto. Antes de él, mucho antes, hubo el instante de la concepción. La idea del texto surgió como un chispazo en la mente del escritor, o puede que su imaginación le diera vueltas despaciosamente, rumiándola, valorándola, sopesándola. En cualquiera de los dos casos, la trama surgió de las tinieblas de la imaginación, los personajes tomaron cuerpo, sus diálogos empezaron a resonar en el pensamiento del autor.

Y así, poco a poco, el embrión crece, toma cuerpo, ocupa cada vez más espacio. Hasta que, sobre el límpido folio, se hace palabra. Y entonces, y sólo entonces, comienza el verdadero trabajo para el escritor. Las partes de su obra brotan desordenadas, las palabras se tornan esquivas y cuesta horas dar con la que expresa exactamente aquello que necesita ser dicho, los personajes se rebelan y se muestran completamente distintos de los que su autor esperaba.

Rara vez el trabajo avanza por dónde el escritor esperó en un principio. Como un hijo, el texto crece, se desarrolla  y exhibe su propia personalidad. Y el escritor debe, como un padre, orientar, dar coherencia al todo, corregir, dar tiempo para que el universo de las palabras cuaje. Su destino será permanecer para siempre ligado a esa obra que es fruto de su imaginación, su observación, su inteligencia, su genio, pero, sobre todo, de su trabajo.

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