Algo de arquitecto y algo de anarquista

Hace tiempo hablamos de que el escritor tiene algo de filósofo y algo de pintor. Pero resulta que también tiene algo de arquitecto y algo de anarquista. En un ensayo recopilado en el volumen George Steiner en «The New Yorker», el teórico de la literatura recoge un pensamiento que invita a reflexionar:

La función liberadora del arte reside en su capacidad singular de «soñar contra el mundo», de estructurar mundos que son de otra manera. El gran escritor es a la vez anarquista y arquitecto; sus sueños socavan y reconstruyen el paisaje chapucero y provisional de la realidad.

Esta idea de Steiner plasma muy bien la voluntad del arte y el talante de los artistas, de los escritores: crear destruyendo, destruir creando. Para el escritor, la realidad es la materia prima con la que edifica sus mundos, pero para poder hacerlo tiene primero que destruir esa realidad, o al menos desmontarla.

Al tiempo, y desde otro punto de vista, lo anárquico y lo arquitectónico conviven a lo largo de todo el proceso creativo, son la esencia misma de la escritura. El escritor tiene un plan que dinamita una y otra vez a medida que la obra crece, se modifica y se transmuta. Por no hablar de la necesidad de romper con lo anterior, destruyendo los modos de hacer de quienes le precedieron por la senda de la escritura.

Hoy queremos reflexionar contigo sobre este par de ideas, al calor de la propuesta de George Steiner. ¿Nos acompañas?

Soñar contra el mundo

El escritor crea «mundos que son de otra manera». Esto resulte evidente en obras donde la fantasía tiene un peso importante. Utopías, distopias, novela fantástica o de ciencia ficción…, en esas obras el escritor pone en juego toda su potencia creadora e idea mundos que nada tienen que ver con el que conocemos.

Pero con mucha frecuencia los mundos que crea el escritor son muy parecidos al nuestro, solo que estos mundos tienen la particularidad de que en ellos reina el orden narrativo. La literatura da al caos de la vida un orden y un sentido, un orden causal y relacional en el que todo lo que sucede, sucede por algo, tiene un significado y un final. (Ya desarrollamos esta idea cuando hablamos del sentido de un final). El escritor es un demiurgo que crea mundos nuevos, incluso cuando son una mímesis del mundo en el que habitamos. Aunque la literatura imite a la realidad, es una realidad diferente, que se atiene a sus propias reglas: en el texto no manda otra ley que la ley literaria, y tanto el escritor como el lector lo saben.

Para crear esos mundos, el escritor debe «soñar contra el mundo». Como apunta William Somerset Maugham en su ensayo Diez grandes novelas y sus autores:

A través de los hechos que decide narrar, de los personajes que escoge y de su actitud hacia ellos, el autor nos ofrece una crítica de la vida. Puede que no sea muy original, o muy profunda, pero está ahí y, en consecuencia, aunque tal vez no lo sepa, es modestamente un moralista.

El sistema que el escritor crea, el mundo que estructura —por seguir con Steiner—, existe para sostener una reflexión; una reflexión que busca menos enunciar verdades que dinamitar, o al menos desestabilizar, nuestras certidumbres. Por eso la literatura es liberadora. Y lo es tanto para quien la crea como para quien la recibe, para el escritor y para el lector.

Y ahí aflora ya esa dualidad del escritor: arquitecto y anarquista. Es arquitecto porque crea un mundo y lo dota de sus propias leyes. Nada en el texto obedece al azar o a la improvisación. Tras la obra literaria hay un plan maestro, unos planos, unas proporciones bien ajustadas y leyes que sostienen el conjunto. Al «paisaje chapucero y provisional de la realidad», el escritor opone orden y concierto, incluso en aquellas obras en las que —intencionalmente— se ha buscado el desorden y lo fragmentario.

Pero, al tiempo, el escritor es un anarquista porque ese mundo que obedece a un plan se ha creado a expensas del orden de nuestro propio mundo. El escritor lanza su mirada creadora e inquisitiva en derredor, hacia el presente, hacia el pasado, hacia el futuro y se hace preguntas sobre el por qué y el cómo. De sus respuestas surge la obra que, cuando es buena, hace tambalearse nuestras certezas, nos obliga a preguntarnos a nuestra vez sobre la realidad que habitamos. El escritor desmonta el mundo que habitamos y lo monta de nuevo con un nuevo orden, y así nos obliga a replantearnos lo existente.

No esta de más recordar que ese mundo que el escritor monta y desmonta, hace y deshace no es meramente el mundo exterior; también nuestro mundo interior es puesto en entredicho por su arte.

Así es como el escritor sueña contra el mundo, y lleva de la mano consigo al lector.

Lo anárquico y lo arquitectónico en el proceso de escritura

Pero decíamos que esa oposición entre orden y caos, entre lo arquitectónico y lo anárquico atañe también al proceso mismo de la creación. A lo largo del proceso de escritura conviven y se alternan fases donde reinan lo apolíneo y lo dionisiaco, lo que brota impulsivo desde las profundidades del instinto y lo inconsciente y el fruto metódico del razonamiento.

La parte racional, arquitectural, del escritor toma notas, traza un plan, resuelve problemas narrativos, levanta una estructura, decide y analiza. Esa parte lógica de la escritura no puede omitirse, el escritor que crea que llevará a buen término una obra fiado solo de su instinto pronto se desengañará (si tiene el juicio necesario para valorar su obra con criterio).

El trabajo analítico se ejecuta sobre todo, como es natural, en la fase de planificación, donde el escritor toma muchas de las decisiones que le darán su fisonomía al texto. Pero también en la fase de revisión el trabajo analítico es básico. Entonces el escritor debe dar un paso atrás y valorar con mirada ecuánime el conjunto y cada una de sus partes y tomar de nuevo decisiones que mejoren la obra.

¿Y por qué hace falta volver a lo analítico, a lo arquitectónico o racional en la fase de revisión? Si el escritor, racionalmente y poniendo en juego cuanto sabe de técnica narrativa, ha trazado su plan maestro, el resultado debería resultar satisfactorio, ¿no? Así debería ser, pero en la fase de escritura entra en juego lo dionisíaco: la intuición, lo subconsciente, lo impulsivo… peligrosos anarquistas, penetran impunemente en el taller del escritor (que, seamos sinceros, suele dejarles la puerta abierta) y trastocan el plan previo.

Debe ser así. Esa es la magia de la creación. De esa convivencia entre lo planificado y lo irreflexivo, de la alternancia entre lo anárquico y lo arquitectónico surge la obra de arte.

Lo anárquico y lo arquitectónico en la historia de e la literatura

El escritor es, entonces, un constructor de mundos, arquitecto e ingeniero. Conoce las leyes de la narrativa y las aplica con orden. Pero hay también en él un agente disolvente, un deseo permanente de revolución y desacato. El escritor, como dijimos al principio, tiene a menudo una necesidad de romper con lo anterior, destruyendo los modos de hacer de quienes le precedieron por la senda de la escritura.

Un buen escritor, lo hemos dicho en otras ocasiones, debe tener un excelente conocimiento de la historia de la literatura, de las obras que componen los adoquines del camino por el que él circula o los peldaños de la escalera por la que aspira a ascender. Por eso es tan importante para un escritor leer mucho y bueno, porque ese conocimiento de la tradición es mejor y más completo cuando se basa en la propia experiencia.

Gracias a ese conocimiento el escritor comprende que no crea ex nihilo, que sus obras no surgen de la nada o de su mera inventiva, sino que tiene a sus espaldas siglos de tradición literaria. Y la conciencia de esa realidad es un respaldo, pero a la vez un acicate para dinamitar esa tradición, para subvertir lo ya hecho y buscar formas innovadoras de hacer, manipulando las obras canónicas, desmontándolas, rechazándolas, parodiándolas. Hay en el escritor una pulsión iconoclasta que lo lleva una y otra vez a «matar al padre».

De nuevo, el escritor destruye para construir (o reconstruir). Desguaza y, con las piezas de lo desmantelado, crea algo nuevo, un mundo, una realidad diferente, una obra que «es de otra manera» aunque haya sido construida con materiales de derribo.

El escritor es, al fin, como un Jano bifronte: por un lado, presenta la cara de un arquitecto, por otro, la de un anarquista. Y en esa dualidad radica su arte.


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