Cómo afrontar la vergüenza y tolerar la exposición cuando eres escritor

Seguro que todavía recuerdas la sensación de vergüenza que tuviste la primera vez que le diste un texto tuyo a otra persona para que lo leyera. Esa especie de rubor interno que te recorría cada vez que pensabas que unos ojos ajenos (tal vez más severos que los tuyos) iban a recorrer cada palabra que habías escrito…

Si hay una verdad incuestionable es que un escritor es alguien que se expone.

Expone, en primer lugar, su obra a los ojos de los demás. Incluso cuando ese «los demás» son personas cercanas a las que entrega su trabajo para que lo valoren o lo disfruten.

La exposición es mayor cuando el autor publica sus obras y las ofrece a potencialmente miles de lectores. Y si es un autor que trabaja activamente en la promoción de sus obras, la exposición aumenta todavía más.

El problema es que, a menudo, esa exposición lleva aparejado un sentimiento de vergüenza. Vergüenza de que los demás te conozcan, lean tu obra, te juzguen, critiquen lo que escribes, hablen de ti… Solo de pensarlo se te corta la respiración.

Cuando la vergüenza paraliza

Lo cierto es que la opinión de los demás nos importa. Somos seres sociales, vivimos conectados y anhelamos que los demás tengan una opinión favorable de nosotros. Algo que es todavía más cierto cuando se trata de que juzguen la obra en la que has trabajado con esfuerzo e ilusión.

Pero a muchos escritores os paraliza la vergüenza.

No sabes si vas a poder resistir las críticas, no sabes si vas a poder resistir la exposición, tienes miedo de la opinión de los demás y tienes, sobre todo, miedo a fracasar públicamente. Por eso no te arriesgas y no vas a por lo que quieres. Abandonas tus novelas sin acabar, no publicas, no haces marketing. Rehúyes todo aquello que pueda someterte a una tormenta de vergüenza.

Por eso es vital para un escritor aprender a convivir con la vergüenza y con el miedo a la exposición. Y resaltamos convivir, porque la realidad es que ambos sentimientos van a permanecer siempre a tu lado, pero tienes que aprender a gestionarlos y trascenderlos.

La realidad es que no puedes ser creativo si no superas el miedo a exponerte. Crear es hacer algo que no existía antes. Esa historia, esos personajes, esa novela no existían, han brotado de ti. Y han brotado para ser leídos, porque es el lector quien completa la obra. Pero si tienes miedo de exponerte, nunca podrás crear. Nunca podrás hacer algo novedoso; novedoso en cuanto a que sea algo que tú nunca hayas hecho antes o novedoso en el sentido de que nunca nadie lo ha hecho.

Vergüenza y perfeccionismo, una relación malsana

Como es lógico, el miedo a exponerse siempre implica a los demás: tememos su opinión y su juicio. Pero a menudo también nos implica a nosotros mismos.

Todos llevamos dentro un implacable crítico interno que nos boicotea sin cesar: «¿quién me creo para escribir una novela?», «ese argumento es una tontería», «lo que escribo es una basura», «no sé escribir».

Cuando ese crítico ataca tratamos de acallarlo con perfeccionismo. Es verdad, te repites, no escribo bien y ese argumento es una tontería. Voy a volver a empezar, voy a revisar una vez más; enviaré el original a la editorial cuando esté perfecto; hasta que la web no esté impecable no empiezo la promoción del libro.

Si estás esperando a tenerlo todo bajo control, a que todo sea perfecto, a saber todo lo que tienes que saber… para exponer tu trabajo a los ojos ajenos, sencillamente nunca lo harás. Porque ese momento ideal no existe, es una utopía inalcanzable. Por eso ya hablamos una vez de que ser perfeccionista no es en realidad una cualidad, sino una compulsión.

Vergüenza ante la opinión ajena

Ahora bien, lo que más vergüenza nos produce es, sin duda, enfrentarnos a la opinión ajena. Recibir opiniones, juicios, comentarios, críticas. Saber que los demás nos miden, nos valoran, nos escrutan y, en ocasiones, con poca benevolencia.

Para colmo, hoy día internet y las redes sociales facilitan que las opiniones vuelen, se extiendan, crezcan, lleguen a todas partes… ¿Cómo afrontar el escalofrío de la vergüenza?

Muy sencillo, teniendo siempre presente que eres un valiente.

Debes poner siempre en valor la enorme valentía que demuestras al decidir voluntariamente exponerte. Tú has bajado a la arena y te has sometido libremente a la opinión de quienes permanecen en la grada. Y tu valentía se mide no por el número de personas que te miran, sino por el esfuerzo que tú has tenido que hacer para estar ante ellas.

Puede que para un escritor el esfuerzo de entregarle su último relato a un amigo sea tan grande como para otro ir a firmar libros en una presentación ante un centenar de personas, o para un tercero ser entrevistado en una cadena de televisión nacional. Cada uno sabe la fuerza que ha tenido que hacerse para atreverse, para estar ahí. Recuérdalo y sé consciente de tu valor.

Te lo repetimos una vez más para que se te fije la idea: tú eres un valiente.

Aun así, a pesar de toda la valentía, lo cierto es que a veces resulta muy doloroso enfrentarse a las opiniones de los demás. El anonimato que nos brinda internet alienta juicios negativos, sarcásticos, destructivos e incluso insultantes. Lidiar con ellos día tras día puede resultar demoledor.

Por eso es importante que decidas a qué juicios vas a hacer caso, cuáles puedes valorar y tomar en consideración y cuáles simplemente vas a desoír.

Las opiniones son como la espalda, todo el mundo tiene una, y hay un refrán que señala que es muy sencillo ver los toros desde la barrera. A resguardo, resulta muy fácil señalar los fallos de quien está luchando en la arena.

Pues bien, recuerda que tú has tenido el valor de bajar al ruedo, mientras muchos de los que critican lo hacen cómodamente desde la barrera. Los que están en la grada no arriesgan nada porque no han intentado nada; ni siquiera pueden imaginar lo que es estar ahí abajo, luchando con el miedo pero firme, expuesto, entregando a los demás lo mejor de ti mismo.

De manera que no debes tomar en serio todas las críticas, juicios y opiniones que lleguen a ti. Sé selectivo y busca únicamente el juicio de aquellos que dan opiniones válidas (lo que no significa complacientes). Ese tipo de opiniones suelen darlas quienes también se han expuesto, quienes saben lo que es estar abajo, en el ruedo, quienes también son valientes. Busca las opiniones de esas personas y trátalas como si fueran pepitas de oro. El resto es arena y puedes devolverla al río.

Vergüenza a fracasar públicamente

Pero todavía hay una cosa que da más miedo que exponerse a la opinión ajena: la posibilidad del fracaso público.

Intentar algo y fracasar es siempre algo doloroso. Pero cuando ese fracaso es público, cuando otras personas son conscientes de que no lo has logrado y presencian tu caída, resulta todavía más lacerante.  

El problema es que si no te expones al fracaso no alcanzarás nunca el éxito.

Solemos creer que hacia el éxito hay un camino directo. Una autovía bien pavimentada, sin desvíos ni peajes, que te lleva desde donde estás hacia tu radiante objetivo, ese momento en el que te dices: «Lo he conseguido».

Esa es una idea bonita, tranquilizadora, pero falsa. El camino hacia el éxito está empedrado de fracasos. Cada uno de ellos es simplemente una advertencia, «por ahí no», así que no debes tomarlo de forma dramática. Fracasar no es una tragedia, solo es una señal de que debes reorientar tus esfuerzos y seguir adelante.

De modo que si estás dispuesto a intentarlo, si estás dispuesto a luchar por ser el escritor que quieres ser, asume desde el principio que vas a fracasar más de una vez. Que vas a equivocarte. Y que tus errores te harán sufrir, pero que también te harán aprender. No es que pueda que fracases, tómalo como una certeza: vas a fracasar.

Pero eso también muestra la magnitud de tu valentía. Libremente te enfrentas al fracaso, estás dispuesto a fallar y equivocarte las veces que sea necesario para llegar hasta el éxito.

Ah, pero fracasar en público… Eso es todavía más duro. Bien está ser consciente de que uno se ha equivocado y tratar de aprender del error, pero que lo sepan los demás… La sensación de bochorno es casi insoportable.

Vuelve a pensar en los que ven los toros desde la barrera. Ellos juzgan con dureza el fracaso ajeno porque nunca han fracasado; pero si nunca han fracasado es porque, sencillamente, nunca han intentado nada. Para ellos no existe el fracaso, pero tampoco conocerán nunca la gloria.

Aunque suene duro, puedes desechar las opiniones de esas gentes. Recuerda que la opinión válida es la de aquellos que están contigo en la arena. Ellos sí conocen el fracaso, también lo han experimentado, por eso no debes sentir vergüenza de fallar ante ellos. Sabrán ser compasivos y, todavía mejor, podrán brindarte consejos útiles basados en sus propios tropiezos.

Sé valiente, exponte, arriésgate.

Pero ten claro que lograr lo que sueñas: escribir, ser leído, que la gente valore y ame tu trabajo, solo se consigue exponiéndose. Ten claro que tienes que aprender a convivir con la vergüenza, con la crítica y con el fracaso.

Atrévete a salir de tu zona de confort.

Porque si eliges la comodidad ten por seguro que nunca conocerás la vergüenza que acarrea la exposición y probablemente fracases muy rara vez. Pero eso será sencillamente porque no te estarás moviendo hacia tus objetivos y jamás alcanzarás tus metas.

¿Es para ti la vergüenza un sentimiento paralizante?, ¿tienes miedo al juicio ajeno y eso hace que prefieras no exponerte? ¿Alguna vez has pensado el valor que entraña hacer lo que estás haciendo? Cuéntanos tu relación con la vergüenza en los comentarios.

Y, si te apetece, únete a nuestra comunidad de escritores. Aquí abajo puedes dejar tu nombre y tu correo para que, todas las semanas, te enviemos nuestros nuevos artículos a tu bandeja de entrada y así no te pierdas ni uno.

Deja un comentario:

14 comments
Añade un comentario
 
Gracias por compartir este contenido.
Puedes seguirnos en las redes para estar al tanto con los próximos artículos:
Comparte esto con quien quieras