Uno de los motivos por los que leemos es para emocionarnos. Por la manera en que funciona nuestro cerebro lector, al adentrarnos en una obra literaria somos capaces de sentir emociones y de hacerlo con gran intensidad: miedo, alegría, tristeza, amor, angustia, calma… La lectura despierta en nosotros una inmensa gama de emociones, como lector seguro que lo sabes. Ahora bien, ¿cómo consigue el escritor despertar esas emociones en la mente (quizá el alma) del lector? Mediante el pathos.
Exploremos qué es el pathos y cómo usarlo en narrativa.
¿Qué es el pathos?
La palabra pathos significa en griego «experiencia» o «sufrimiento». Ya Aristóteles escribió sobre el empleo del pathos en la retórica. La retórica es el «arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover» y Aristóteles definía el pathos justamente como una manera de usar el lenguaje para provocar emociones y afectar el juicio de las personas, para así persuadirlas o conmoverlas.
Es, por lo tanto, un poderoso método de persuasión, junto con el ethos y el logos. Y uno de los recursos de los que el escritor se puede servir para suscitar emociones en sus lectores y persuadirlos de que continúen avanzando por la senda que les propone la obra.
El pathos es, en definitiva, una manera de utilizar el lenguaje para apelar a los sentimientos del lector y provocar en él fuertes respuestas emocionales.
En el fondo, tú ya sabes cómo se usa el pathos, porque lo vemos aplicado a diario: en la publicidad, cuando despiertan en nosotros el deseo de cosas que no necesitamos; o en la política, cuando nos crean miedos o inseguridades con los que determinado candidato promete que va a terminar.
Pathos, ethos y logos
En retórica, el pathos forma parte de una triada junto con el ethos y el logos. Idealmente, los tres se usan para volver un argumento (retórico) fuerte y persuasivo. Pero también pueden utilizarse en narrativa para volver fuerte y persuasiva una trama.
Al escribir una obra de ficción, la función del ethos consiste en ganarse la confianza del lector. Para persuadirle, para interesarle en la historia y lograr que desee seguir leyendo es preciso que el lector confíe en la autoridad y el conocimiento del narrador.
Es decir, el lector debe fiarse de la «voz» que le cuenta la historia. Esa confianza se obtiene de muchas maneras: cuidando la verosimilitud, prestando atención a la línea cronológica y a la línea causal (si son débiles o fallan en algún punto, el lector perderá su confianza en el narrador); también a través del registro del narrador y la forma de articular su discurso se afianza la confianza del lector en el narrador.
El logos, por su parte, se apoya en el uso de la lógica para persuadir. Si en un discurso incluimos hechos, datos y argumentos lógicos estaremos aplicando el logos. De esta manera trataremos de respaldar determinados puntos para que sean considerados objetivos e indiscutibles.
Al escribir, el logos se aplica mediante los detalles. Los «divinos detalles», como decía Nabokov, son los que proporcionan credibilidad y verosimilitud al discurso. Son ellos los que hace que la historia parezca real porque, a fin de cuentas, ¿se tomaría alguien la molestia de inventar tantos pequeños detalles y pormenores? (El escritor sí, porque esa es su manera de persuadir al lector).
En Lo más parecido a la vida, James Wood explica:
Los detalles […] representan la fusión mágica en la que la máxima cantidad de artificio literario (el talento del escritor para seleccionar lo que cuenta y su imaginación creativa) produce un simulacro de la máxima cantidad de vida no literaria o real, un proceso por el que el artificio se convierte en vida (en vida ficticia, es decir, nueva).
El pathos es capaz de despertar una respuesta emocional en el lector; al sentir emociones, el lector se sentirá involucrado en la historia y deseará continuar avanzando por ella. Por eso muchos autores noveles se afanan en «hacer sentir» al lector. Pero la realidad es que la trama debe apoyarse en el ethos y en el logos tanto como en el pathos. La emoción por sí sola no funciona si no está respaldada por esos detalles que construyen la buena narrativa y por un narrador solvente en el que el lector pueda confiar.
Ahora que ya sabemos cómo funciona el pathos, apoyado por el ethos y el logos, es hora de ver cómo aplicarlo en narrativa.
Cómo usar el pathos para construir una trama
En narrativa, los buenos escritores usan el pathos para conseguir que los lectores conecten más profundamente con los personajes, para que la escritura resuene con más fuerza y para que los temas y las ideas que se exploran sean significativos e impactantes.
Hay distintas maneras de construir ese patetismo. Quizá la más elemental sea el ya conocido consejo «muestra, no cuentes». Si muestras una emoción, esta calará de manera más profunda en el lector que si simplemente la nombras.
El lenguaje, la materia de la que están hechos los textos literarios, es también una herramienta para construir ese pathos que persuada al lector. Elige con cuidado las palabras con las que vas a describir una emoción o con las que construirás los pasajes en los que la mostrarás.
Pero quizá el modo más efectivo de insuflar pathos en una narración sea a través de las metáforas y las imágenes. Las metáforas, los símiles… las imágenes en definitiva son una manera plástica de volver comprensibles, diríamos tangibles, ideas que de otro modo pueden resultar abstractas y frías, incapaces de mover ninguna emoción en el lector.
Veamos como ejemplo de uso de los puntos anteriores un pequeño fragmento tomado de David Copperfield, que ya usamos en otro artículo dedicado a hablar de la emoción.
En la novela de Charles Dickens, la madre del protagonista se vuelve a casar con un hombre cruel, con el que tiene un hijo. Tras el parto enferma y más tarde muere. Su hijito recién nacido muere también y se cumple la voluntad de la madre: «Si también muere mi bebé, Peggotty, te ruego que lo pongas en mis brazos para que nos entierren juntos».
Cuando David Copperfield regresa del colegio en el que está interno por deseo de su padrastro para asistir al entierro de su madre, dice:
Desde el momento en que conocí la muerte de mi madre, su imagen de los últimos tiempos se desvaneció. Y, a partir de entonces, solo recordé a la madre joven de los primeros años de mi infancia, la que enroscaba sus hermosos rizos alrededor de sus dedos y bailaba conmigo en el gabinete al anochecer. El relato de Peggotty, lejos de traer a mi imaginación el periodo final de su vida, hizo que arraigara en mí esa primera impresión. Puede resultar extraño, pero así fue. Como si, al morir, ella hubiera retrocedido volando hasta su tranquila y serena juventud, y todo lo demás hubiera desaparecido.
La madre que reposaba en la tumba era la madre de mi primera infancia; la pequeña criatura que yacía en sus brazos era yo, tal como había sido antaño, dormido para siempre sobre su pecho.
Dickens usa el pathos de una manera sublime, nunca convencional. La emoción subyacente es de tristeza (un niño se ha quedado huérfano), pero Dickens usa palabras positivas en su narración (madre joven, hermosos rizos, bailar, tranquila y serena juventud). Por un lado, embellece a la madre muerta, lo que acentúa el patetismo de su pérdida; por otro, retrata un dolor sereno, cierta aceptación de la pérdida.
El último párrafo, que además cierra un capítulo, es puro pathos condensado: «La madre que reposaba en la tumba era la madre de mi primera infancia; la pequeña criatura que yacía en sus brazos era yo, tal como había sido antaño, dormido para siempre sobre su pecho». Y lo es porque Dickens crea una imagen potente: una madre (muerta) abrazando y protegiendo a su hijo. No recurre a imágenes triviales o a clichés, como lágrimas corriendo a raudales. Crea su propia imagen, una imagen poderosa y cargada de pathos.
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Confiamos en que este artículo te haya aclarado un tanto el concepto de pathos, por qué te conviene emplearlo en tus textos y cómo puedes aplicarlo. Si es así, y deseas recibir más artículos como este, únete a nuestra comunidad. Todos los jueves recibirás en tu correo nuestro artículo de la semana.
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Un magnífico artículo y muy útil. Lo tendré presente a la hora de escribir, aunque creo que inconscientemente ya lo hago. Otro punto importante es releer a los clásicos de manera analítica y aprender de ellos. Son los grandes maestros.
Me encantan estos artículos, además aprendo mucho pues, soy una principiante en la escritura. Los ejemplos son magníficos ilustran, emocionan, obligan a la reflexión. Gracias, no dejen de enviarlos.
Siempre hacía uso de manera inconsciente de la triada, pero a veces, me perdía en mis divagaciones y terminaba escribiendo algo que a mí parecer era gracioso o satisfactorio para mí, sin darme cuenta que rompía el hilo de «logos» y que generaba una especie de rechazo entre los lectores; y es está misma triada la que me permite estar en sintonía y me produce gran placer cuando leo, me hincha de emoción el pecho, pero no sabía porque. Tener conocimiento de los términos me ayuda más a entender lo que un escrito puede ser, y el cuidado que debo tener para ciertos detalles; muchas gracias por la información!
Todos vuestros artículos me apasionan pero a veces, como hoy, y después de leer a Dickens me planteo muchas cosas porque es magistral.Intento haceros caso con vuestras recomendaciones e ilustraciones. Por cierto ayer terminé «Lo más parecido a la vida » de James Wood, que mágicamente nombráis.Procuraré haceros caso , hoy no tengo palabras después de Dickens. Muchas gracias.