La palabra heredada

La palabra heredada (Editorial Impedimenta, 2012) es el libro de memorias en que la escritora Eudora Welty repasa los recuerdos de su niñez y los comienzos de su carrera literaria.

«Cuántos descubrimientos me ha revelado la escritura de un relato; comienzan todos por algo particular, nunca por algo general. Surgen, sobre todo, a raíz de visiones retrospectivas: flechas que ahora descubro que he dejado a mis espaldas, que me han mostrado algún acierto, o algún error, en mi manera de actuar. Las enseñanzas de un relato no sirven de nada a la hora de redactar otro. Pero no es esa «disponibilidad» lo que busco realmente; lo que cada texto me proporciona es la libertad que me aguarda, la promesa de un nuevo inicio. Y, entre tanto, tal como me ha mostrado la mirada retrospectiva, existen en mi obra ciertas estructuras que se repiten sin que yo alcance a darme cuenta. No habría modo de saberlo, pues cuando me embarco en la escritura de un relato no existe ningún otro en perspectiva. Cada escritor ha de averiguar por sí mismo, imagina, sobre qué extraña base descansan sus creaciones.

Había escrito ya cierto número de relatos, más o menos encadenados, cuando adquirí la conciencia —con cierto retraso, eso es verdad—, de que algunos de los personajes de un relato eran los mismos —y es más: lo habían sido en todo momento— que ya había utilizado en otros relatos. Lo que pasaba es que había escrito acerca de ellos dotándolos de nombres diferentes, o había escogido distintos momentos de sus vidas, en situaciones aún no totalmente incardinadas las unas con las otras, pero casi. Parecía como si esos personajes estuvieran unidos por los cuatro costados. De ese modo muchos de mis cuentos se hallan relacionados (y ese hecho estaba oculto en ellos desde su misma concepción) por vínculos intensos: identidades, parentescos, relaciones o afinidades ya sabidas, o rememoradas, o prefiguradas… De un relato a otro, había conexiones entre las vidas de los personajes, nexos que tenían que ver con sus motivaciones o sus actos, o a veces con sus sueños, que respiraban ya sin que yo lo supiera; tan sólo necesitaba detectarlas. Ahora todo el conjunto —parte de él aún en el futuro— cae, por etapas, en cierta localización ya evocada, que de pronto entendí en tanto punto focal de todas las historias. Lo que unía a todos los personajes era un hebra común a todos ellos: vivían de una forma u otra en un sueño o en una forma de aspiración romántica, o sumergidos en una ilusión acerca de su propia vida, acerca del significado de esas vidas que, de pronto, tan íntimamente se relacionaba.»


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