[âŠ] âSi usted es capaz de leer este libro sin dar alaridos de placer, es que su alma estĂĄ muertaâ. Eso mismo, o algo muy parecido, es lo que ahora se escribe acerca de todas y cada una de las novelas que se publican [âŠ] Las novelas nos caen encima a un ritmo de unas quince cada dĂa, y cada una de ellas es una inolvidable obra maestra: perdĂ©rnosla es poner en peligro nuestras almas. [âŠ] Cuando todas las novelas que se publican son presentadas como obras geniales, es mĂĄs que natural dar por sentado que todas ellas son paparruchas.
[âŠ]Todo esto es obvio. No me parece tan obvio el modo en que ha surgido la situaciĂłn en que nos encontramos. Z escribe un libro que publica Y, y que reseña X en el Semanario W. Si la reseña es negativa, Y retirarĂĄ el anuncio que ha incluido, por lo cual X tiene que calificar la novela de âobra maestra inolvidableâ si no quiere que lo despidan. En esencia esta es la situaciĂłn, y la reseña de novelas o la crĂtica de novelas, si se quiere, se ha hundido a la profundidad a la que hoy se encuentra sobre todo porque los crĂticos sin excepciĂłn tienen a un editor o a varios apretĂĄndoles las tuercas por persona interpuesta.
Un periĂłdico recibe la consabida pila semanal de libros, de los que recibe una docena a X, el reseñador a destajo [âŠ] Hay dos razones por las cuales a X le resulta totalmente imposible decir la verdad acerca del libro que recibe. Para empezar, lo mĂĄs probables es que once de cada doce libros no consigan prender en Ă©l ni la mĂĄs mĂnima chispa de interĂ©s. No serĂĄn mĂĄs que consabidamente malos, meramente neutros, inertes, sin demasiado sentido. Si no se le pagase por hacerlo, jamĂĄs leerĂa ni un solo pĂĄrrafo de esos libros, y prĂĄcticamente en todos esos casos la Ășnica reseña verdadera y fiel a la realidad que podrĂa escribir serĂa mĂĄs bien esta. âEste libro no me inspira pensamientos de ninguna claseâ. ÂżLe pagarĂa alguien por escribir una cosa asĂ? Obviamente, no. De entrada, por tanto, X se encuentra en la falsa posiciĂłn de tener que producir, de entrada, trescientas palabras acerca de un libro que para Ă©l no ha significado nada. Por lo comĂșn lo hace mediante un breve resumen de la trama (lo cual, a la sazĂłn, ante el autor le delata: pone de manifiesto que no ha leĂdo el libro) y unos cuantos halagos de cortesĂa, que a pesar de su empalago o exageraciĂłn tienen el mismo valor que la sonrisa de una prostituta.
Pero hay un mal mucho peor que este. De X se diga no sĂłlo de quĂ© trata el libro, sino tambiĂ©n que pronuncie su opiniĂłn y dictamine si es bueno o malo. Dado que X puede sostener una pluma con la mano, probablemente no es tonto, o no tan tonto como para imaginar que La ninfa constante sea la tragedia mĂĄs sensacional que jamĂĄs se haya escrito. Muy probablemente, su novelista preferido, si es que las novelas le importan, sea Stendhal, o Dickens, o Jane Austen, o D. H. Lawrence, o Dostoievski, o, en cualquier caso, alguien inconmensurablemente mejor que cualquiera de los novelistas contemporĂĄneos del montĂłn. Tiene que empezar, de entrada, por rebajar de un modo abismal sus propios criterios. [âŠ]Aplicar un criterio decente a las novelas ordinarias, del montĂłn, es como ponerse a pesar una mosca en una bĂĄscula de muelles preparada para pesar elefantes. En semejante bĂĄscula, sencillamente no se registra el peso de las moscas; hay que empezar por construir otra bĂĄscula que sirva para poner de relieve que existen moscas grandes y moscas chicas. Y esto es aproximadamente lo que hace X. [âŠ] Esto significa rebajar su criterio a una profundidad a la que, digamos, El vuelo del ĂĄguila, de Ethel M. Dell, pase por ser un libro bastante bueno. Pero en una escala de valores en la que El vuelo del ĂĄguila pasa por ser un libro bastante bueno, La ninfa constante serĂĄ un libro soberbio.
AsĂ pues durante mucho tiempo seguirĂĄn haciĂ©ndose y publicĂĄndose textos promocionales y reseñas muy similares, y seguirĂĄn yendo a peor: el Ășnico remedio consiste en ingeniar algĂșn modo de que no se les preste atenciĂłn y no se les tenga el menor respeto. Pero esto solo podrĂa suceder si en alguna parte alguien hiciera una crĂtica decente que sirviera como punto de comparaciĂłn para todas las reseñas de medio pelo. Dicho de otro modo, existe la necesidad de un periĂłdico (uno solo serĂa suficiente para empezar) que se especialice en la crĂtica de novelas, pero que se niegue a publicar paparruchas de ninguna clase, es decir, un periĂłdico en el que los crĂticos, o reseñadores, lo sean de verdad, en vez de ser meros muñecos de ventrĂlocuo que baten la mandĂbula cuando el editor tira de los hilos correspondientes.
Extracto de En defensa de la novela, de George Orwell