Llega septiembre y, como es habitual, todos nos sentimos situados nuevamente en la casilla de salida. Ante nosotros se despliega, virgen y cargado de promesas, el nuevo curso, una nueva temporada. Una sensación esperanzadora nos recorre a la mayorĆa: es momento de seguir trabajando para alcanzar nuestras metas.
Cuando la meta que se persigue es llegar a ser un buen escritor, un escritor que domine su oficio, que domine la técnica, que tenga una voz propia y un estilo depurado⦠la tarea se sabe eterna. El camino hacia esa meta se recorre a lo largo de toda la vida. El escritor, como un piloto, debe sumar horas de vuelo. Cuanta mÔs experiencia acumule, mejor serÔ su escritura.
Un piloto empieza a sumar horas de vuelo desde su primera clase prÔctica de instrucción. Y cada minuto que pasa a los mandos de una aeronave cuenta para su cómputo de horas de vuelo. Cuantas mÔs horas acumule, mÔs destreza tendrÔ.
Exactamente lo mismo sucede con un escritor, Āæno te parece? Pensemos sobre ello.
Escribir o ser escritor
Conviene quizĆ”, antes de empezar, hacer una distinción, que no es tan sutil como a primera vista podrĆa parecer. Una cosa es escribir y otra es ser escritor.
Cuando se escribe, la escritura es una actividad del tiempo libre: solo cuando se dispone de un rato de ocio, ese rato libre se dedica a escribir. Cuando se es escritor la escritura es una forma de vida, una manera de estar en el mundo: el escritor no espera a tener un ratito para escribir, el escritor organiza su tiempo, su dĆa a dĆa, toda su rutina para disponer de tiempo de calidad que dedicarle a la escritura. Incluso cuando eso supone hacer ciertos sacrificios.
Cuando se escribe, ademĆ”s, se suele obedecer a impulsos. Quien escribe se despierta un dĆa con la idea para una historia y se lanza a escribirla tan pronto como puede. El que escribe suele pensar que basta con tener una buena idea para dar a luz una obra literaria, aunque en realidad no es asĆ. Como su escritura obedece a un impulso, el primer dĆa escribe una buena tirada y, a la luz de ese progreso, piensa que en breve plazo podrĆ” tener su obra terminada. Pero, como sucede con casi cualquier impulso, esa fuerza primera se va debilitando: los siguientes dĆas escribe menos, luego llega un dĆa en que no escribe nada; cuando retoma la escritura la idea ha empalidecido y al releer lo escrito comienzan las dudas. Al tiempo, se topa con las inevitables dificultades que entraƱa la creación literaria y el trabajo se complica. Sin hĆ”bito ni oficio, es probable que la obra quede abandonada y que quien escribe deje de hacerlo hasta que, en otra ocasión, una nueva idea despierte el impulso de escribir. Si tienes muchas obras empezadas, pero te cuesta perseverar y concluirlas, sabes de lo que te hablo.
Por su parte, el escritor no escribe por impulso, cuando la Idea aparece. El escritor escribe siempre, cada dĆa, y de esa escritura constante van saliendo sus ideas. Y cuando escoge una de ellas, sabe que, ademĆ”s de escribir, tambiĆ©n tiene que pensar. Solo que la manera de pensar del escritor puede tomar la forma de la escritura: el escritor piensa escribiendo, por eso no todo lo que escribe acaba en la obra.
Pero, al margen de cualquier otra consideración, lo que podemos extraer de la diferencia entre quien escribe y quien es escritor es que el segundo estĆ” sumando horas de vuelo de continuo. Porque la prĆ”ctica de la escritura es una constante en su vida, no hay dĆa en que no se encierre a solas con sus ideas y con las palabras. Y eso, justamente, es lo que lo convertirĆ” en un buen escritor.
Horas de vuelo
Si quieres convertirte en un buen escritor, tu obsesión deberĆa ser sumar horas de vuelo. Acumular horas dedicadas a escribir, a combatir cuerpo a cuerpo con las palabras sobre un papel (o mĆ”s probablemente sobre la pĆ”gina en blanco de un procesador de textos).
Porque eso es lo que han hecho muchos de los autores a los que todos admiramos.
Pensemos, por ejemplo, en J.R.R. Tolkien. El señor de los anillos tiene, aproximadamente, unas 1200 pÔginas. Pero el archivo donde se conservan los borradores de la obra reúne mÔs de 11 000 pÔginas de bosquejos y apuntes.
Tolkien tardó unos doce aƱos en terminar su obra. Si hacemos un cĆ”lculo rĆ”pido, podemos colegir que escribió unas 900 pĆ”ginas al aƱo durante esos doce aƱos āunas dos pĆ”ginas y media al dĆaā. Es decir, en un aƱo escribĆa casi el equivalente a la extensión de su obra completa de materiales que luego serĆan desechados.
Pero, aunque desechados, esos miles de pĆ”ginas tienen una importancia vital para el resultado final, para la construcción de la obra. Por supuesto, porque en ellas Tolkien refinó su idea, la convirtió de ese estado gaseiforme primigenio que adopta toda obra en sus orĆgenes en la obra que ha fascinado a tantos lectores desde hace dĆ©cadas. Pero en el proceso, Tolkien escribĆa y, haciĆ©ndolo, su tĆ©cnica, su estilo, su proceso de creación, su comprensión del lenguaje⦠mejoraban dĆa a dĆa.
Algo parecido sucede con Lev Tolstói y su monumental Guerra y paz. La novela impresa ronda las 1300 pĆ”ginas. Tolstói tardó cerca de siete aƱos en escribirla y redactó siete borradores completos de la novela āa manoā. Se calcula que el material de archivo acumulado con todas las versiones descartadas, correcciones y notas previas supera holgadamente las 10 000 pĆ”ginas.
De nuevo, Tolstói escribió al aƱo ādurante siete aƱosā el equivalente en palabras al texto completo de Guerra y paz. Escribió en torno 1400 pĆ”ginas al aƱo (unas cuatro pĆ”ginas al dĆa) de las que la mayorĆa no vieron la luz. Pero escribĆa, y ese trabajo es el que le permitió escribir una novela inmortal.
Los casos de Tolkien y de Tolstói no son la excepción. Si pensamos en cualquier autor y sumamos el nĆŗmero de pĆ”ginas que ocupa su obra publicada, podemos estar seguros de que esa es tan solo la punta del iceberg. Por debajo de ellas, sumergidas, hay miles de pĆ”ginas mĆ”s que son las que explican su maestrĆa. Todos ellos han sumado gran cantidad de horas de vuelo.
Un puƱado de pƔginas
AsĆ que ahora, cuando nos hallamos en el arranque de una nueva temporada, con ganas renovadas de alcanzar nuestras metas, podrĆa ser un excelente propósito plantearse Ā«ser escritorĀ» y no meramente Ā«escribirĀ». Convertir la escritura en algo que estĆ© muy próximo al centro de tu vida, y no en la periferia. Una actividad a la que dedicas tiempo de calidad, y no solo un impulso momentĆ”neo fruto de un rapto de inspiración esporĆ”dico.
Si volvemos a nuestros ejemplos y a nuestros cĆ”lculos, Tolkien escribĆa aproximadamente dos pĆ”ginas y media al dĆa; y Tolstói escribĆa unas cuatro. Aunque cualquiera que escriba sabe el trabajo que puede llevar parir dos, tres, cuatro pĆ”ginas, si lo piensas en el fondo no son cantidades inasumibles. Conviene recordar ademĆ”s que esas pĆ”ginas no pasarĆ”n en muchos casos de ser material de desecho, serĆ”n descartes, ejercicios de calentamientoā¦
Pero escribir dos o tres pĆ”ginas cada dĆa supondrĆ” una gran diferencia para ti como escritor. Esa es la prĆ”ctica diaria imprescindible para depurar tĆ©cnica y estilo, para comprender mejor cómo funciona el lenguaje y cuĆ”l es el modo en que tĆŗ deseas usarlo; para comprender cómo funcionan las historias escritas y cuĆ”l es el modo en que tĆŗ prefieres articular sus engranajes.
Un buen modo de hacer mĆŗsculo y sumar horas de vuelo lo encuentras en los cursos de creación literaria. Hace poco, Rosa āalumna, pero sobre todo amigaā me contaba que iba a comenzar un curso en la Escola dāEscriptiua del Ateneu BarcelonĆ©s. Acababa justo de finalizar el curso de tĆ©cnicas narrativas en Sinjania, y me explicaba:
En realidad, decidĆ apuntarme y empalmarlo con el tuyo porque he descubierto (fĆjate quĆ© cosa mĆ”s tonta, a estas alturas…) que cuando termino un relato me es mĆ”s fĆ”cil empezar a escribir otro. Es como estar ya en racha. Y no hay que dejar perder esta velocidad de crucero que a veces es tan fĆ”cil perder y luego cuesta tanto volver a reencontrar. Al menos en ese punto delicioso donde estabas, con las ideas brotando, amasando la historia todo el tiempo y las ganas de escribir empujando, como si no hubiese nada mĆ”s importante que soltarla en el papel (papel de verdad, en mi caso).
Como ves, con un curso de escritura no solo vas a aprender recursos interesantes y conocer mejor los mecanismos de la ficción, sino que ademĆ”s vas a tener que escribir. En los mĆos, que suelen durar dos meses, tienes que escribir cuatro textos (uno a la quincena) de unas dos mil palabras. Te apunto los cursos que incluyen ejercicios de escritura, por si te interesan.
Siguiendo los enlaces encuentras la información sobre cada uno de los cursos y un formulario para apuntarte a la lista de interesados de cada uno de ellos. AsĆ, si te quieres apuntar al curso, te avisaremos en cuanto se abra el plazo de inscripción.
Una propuesta
De modo que ahĆ va mi propuesta.
Comienza un nuevo curso, estamos al inicio de una nueva temporada. Te insto a abrazar esta prĆ”ctica en estos próximos meses (unos diez hasta junio): escribe entre dos y cuatro pĆ”ginas por dĆa, todos los dĆas āo casi todosā. Y cuĆ©ntame a final de curso los progresos de tu escritura, porque los notarĆ”s.
Complementa esta prĆ”ctica con la lectura abundante y los resultados mejorarĆ”n exponencialmente. Porque, ya lo sabes, para escribir hay que leer. No te engaƱes pensando lo contrario. AsĆ lo explica Vanni Santoni en su pequeƱo pero atinadĆsimo ensayo titulado justamente Para escribir hay que leer:
Lo primero que hay que cuidar, si se quiere escribir en serio, es la dieta. Sólo nutriĆ©ndose de buenos libros se puede pensar en producir uno decoroso. Es mĆ”s: siendo el campo literario tan desaforado, se puede pensar en conseguirlo sólo si uno se alimenta de lo mejor. [ā¦] La dieta, mira lo que te digo, lo es todo. En el momento en que se empieza a escribir en serio, el cambio de dieta es tan esencial como el de quien decidiera, de pronto, convertirse en levantador de pesas o en luchador. En la dieta de un escritor, los manuales equivalen a los complementos alimenticios: pueden ser Ćŗtiles solo si ya hay una adecuada base de proteĆnas.
Santoni explica el porquƩ de la necesidad de recomendar este cambio de dieta a los aspirantes a escritor:
La verdad āque me atrevo a definir como tal, basĆ”ndome en la observación de incontables alumnosā es que un porcentaje alto, muy alto, de los que quieren escribir no ha leĆdo y no lee lo suficiente. En lĆneas generales, y a juzgar por quienes se matriculan en escuelas o cursos de escritura āpersonas, pues, dispuestas a gastar dinero para nutrir su ambiciónā, solo uno de cada veinte ha leĆdo lo suficiente. Por tanto, el 95% ya estĆ” en el camino equivocado. ĀæQuĆ© quiere decir Ā«suficienteĀ»? ĀæNo serĆa mejor decir Ā«suficientes libros buenosĀ», para evitar la primacĆa absurda de la cantidad sobre la calidad? ĀæY cuĆ”les son los libros buenos?
Haz esto durante los próximos diez meses y tĆŗ mismo podrĆ”s comprobar tus progresos. Hazlo simplemente un cuatrimestre, de septiembre a diciembre, y ya podrĆ”s verlos. ĀæTenemos un compromiso? DĆmelo en los comentarios.