«¡Mírame! Soy lenguaje». El uso del lenguaje en la literatura

Repito a menudo que la literatura está hecha de palabras; que, a la postre, palabras sobre una página es lo único que el lector tiene ante sí cuando se enfrenta a una obra literaria. Esta, que es una verdad evidente, es con frecuencia obviada por los escritores noveles, que dedican mucha más atención y esfuerzo a otros elementos —también importantes—: argumento, personajes, trama…

Sin embargo, la literatura es un «suceso lingüístico»: está constituida sustancialmente por palabras y se materializa a través del lenguaje. Esta es la esencia de lo que propone Jonathan Culler cuando trata de responder a la pregunta «¿Qué es la literatura?» en el pequeño manual Breve introducción a la teoría literaria.

¿Qué es la literatura?

En su manual, Culler trata de determinar los rasgos distintivos de las obras que consideramos literarias. Y esos rasgos —no puede sorprendernos— siempre se relacionan de un modo u otro con el lenguaje.

En un manual de instrucciones, un tratado científico o una noticia de prensa también se usa el lenguaje escrito. Pero ningún lector los tomará por obras literarias. ¿Qué distingue, entonces, a esos textos no literarios de aquellos textos considerados literarios? Exacto: el modo en que se usa en ellos el lenguaje.

El lenguaje no es, naturalmente, el único elemento que distingue a la literatura, hay otros; entre ellos, el tipo de atención que el lector presta al texto. Pero el lenguaje es un elemento determinante. Veámoslo de la mano de Jonathan Culler.

El lenguaje en primer plano

En gran medida, lo que convierte un texto en literario es el lenguaje. En la literatura el lenguaje deja de ser una mera herramienta utilitaria —para comunicar— y pasa a llamar la atención sobre sí mismo. Culler apunta que la literatura «rarifica [el lenguaje], nos lo lanza a la cara diciendo: “¡Mírame! ¡Soy lenguaje!”, para que no olvidemos que estamos ante un lenguaje conformado de forma extraña». Ya hemos dicho muchas veces que en literatura no importa solo lo que se cuenta, sino también cómo se cuenta. Y ese cómo incluye, no puede ser de otro modo, el lenguaje.

Un manual de instrucciones, un tratado científico o una noticia de prensa usan el lenguaje de una manera «utilitaria»; quieren transmitir una información con eficacia y claridad. Una novela o un relato se apartan, en parte, de ese utilitarismo. Quieren transmitir una información, por supuesto, y hacerlo con eficacia y claridad; pero quieren hacerlo, además, de un modo especial.

Por eso el escritor maneja el lenguaje de un modo especial, procurando que atraiga la atención del lector hacia el propio lenguaje. Si buscas modos de «atrapar» la atención del lector tienes en el lenguaje una gran baza.

Forma y contenido

Al leer los párrafos anteriores quizá estés pensando que un lenguaje que llama la atención sobre sí mismo es un lenguaje necesariamente lírico, quizá rebuscadamente enrevesado u oscuro. Desde luego, esa posibilidad existe —y hay lectores para ese tipo de textos—. Pero tu experiencia de la literatura a través de la lectura te dice que la mayoría de las obras literarias no son así. Y, sin embargo, también en ellas el lenguaje tiene un papel decisivo.

Porque incluso en aquellos casos en que el lenguaje está usado con pretendida sencillez sigue constituyendo un rasgo de literariedad. ¿Por qué? Porque en un texto literario hay lo que Jonathan Culler llama «un uso productivo de la relación entre forma y contenido o entre tema y lenguaje».

En el lenguaje literario, los distintos componentes del texto se relacionan de modo complejo, como no lo hacen (o no suelen, porque no siempre es así) cuando el lenguaje se utiliza sin intenciones literarias.

En literatura el lenguaje no importa solo por la información que transmite, sino por cómo suena y cómo se construye en función de la información que transmite. El fondo (la información) se relaciona con la forma: la elección de las palabras, la construcción de frases y párrafos, el ritmo y la cadencia, la armonía o la disonancia…

El escritor buscará en ocasiones construir una integración entre fondo y forma: que la forma en que se dice se ajuste a lo que se dice. Mientras en otras ocasiones buscará el contraste: que lo que se dice (fondo) resulte chocante o disonante por cómo se dice (forma). Y esto no solo para el conjunto del texto y su impresión global, sino para cada una de sus partes, cada una de sus frases, casi se podría decir que para cada una de sus palabras.

Objeto estético

Esa relación entre fondo y forma característica de la literatura y del modo en que esta usa el lenguaje subraya la cualidad de objeto estético que tiene la literatura. Porque la literatura es una forma de arte, no debe olvidarse jamás.

Culler cita a Kant para explicar qué es la estética: «El intento de salvar la distancia entre el mundo material y el espiritual». (Ahí es nada).

La obra literaria utiliza la forma —es decir, el lenguaje usado tal como acabamos de ver: como modo de subrayar o crear contraste, para crear diversos ritmos o estructuras…— para expresar ideas. Y justamente al hacerlo conduce al lector a prestar atención a la relación entre forma y contenido. ¿Por qué en un momento dado el fluir del texto parece que se detiene y en otros avanza presuroso?, ¿qué pretendía subrayar de ese modo el escritor?; ¿y por qué usa determinada palabra en determinado contexto? Y al descubrir y sopesar las relaciones entre fondo y forma el lector encuentra placer, eso que se suele llamar «deleite estético».

Culler habla de que el lector espera leer obras «que valgan la pena». Pero para que se dé esa cualidad de «valer la pena» la obra no solo tiene que contarnos una historia interesante o tener unos personajes atrayentes; también tiene que causar ese tipo de placer estético que emana de la relación entre fondo y forma.

Construir ficciones

La literatura es ficción, ese es uno de sus rasgos distintivos. Pero resulta que esa construcción de la ficción también se hace en gran medida a través del lenguaje. Todo aquello de los que nos hablan una novela o un relato es ficticio, y son las palabras las que crean el mundo, las situaciones, los personajes…

Ese suceso suceso lingüístico que hemos dicho que es la literatura tiene la capacidad única de fundar su propia realidad. Es mediante el lenguaje como el escritor proyecta un mundo que no necesita coincidir con la realidad tangible.

Culler pone un ejemplo sencillo pero contundente: el «yo» que muchas veces narra, la voz que cuenta en primera persona no existe. No coincide con ningún «yo» real de carne y hueso que exista o haya existido; ni siquiera con el escritor que usó ese pronombre.

De manera que la ficción se construye, de manera indudable, con palabras, con lenguaje.

Siendo así, la atención que el escritor debe prestarle al lenguaje y, por supuesto, su buen manejo de este tienen que ser totales. Si te apetece comenzar a trabajar en ambas cosas —atención y buen manejo— el curso de estilo puede ser un excelente primer paso.

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