Marguerite Duras, escribir

Un paso imprescindible en la vida de todo escritor es teorizar en torno al acto de escribir, intentar encontrar algunas respuestas, no para satisfacer la curiosidad de los otros, si no para comprender nuestro propio proceso y de esta manera consolidar aquello que bulle de forma natural en si interior. Es necesario responder a algunas preguntas importantes: ¿qué es aquello que nos mueve hacia la escritura?, ¿por qué estamos atados a ella?, ¿perseguimos algo a través de ella?, ¿cuál es su sentido último? Marguerite Duras trató de dar respuesta a esas preguntas en su libro Escribir.

Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.

No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea del libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible.

Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe.

Los escritores son gente solitaria. En todas partes, y siempre, lo han sido.

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí done debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre ha de haber una separación de los demás, es una soledad. Es la soledad del autor, la de escribir.

No creo a la gente que dice: ‘He roto mi manuscrito, lo he tirado’. No lo creo. O bien lo que estaba escrito no existía para los demás, o no era un libro. Y uno siempre sabe lo que no es un libro.

Me dije que uno escribe siempre sobre el cuerpo muerto del mundo, y también sobre el cuerpo muerto del amor. Que es en los estados de ausencia donde se hunde el escrito, no para reemplazar nada de lo que ha sido vivido o supuestamente ha sido, sino para consignar el desierto dejado por ello.

No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía.

Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda la vida, el lugar común de todo pensamiento.

…nunca he podido empezar un libro sin terminarlo. Nunca he hecho un libro que no fuera ya una razón de ser mientras se escribía, y eso, sea el libro que sea.

La duda, la duda es escribir.

Fuente: Escribir, Marguerite Duras

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  • «aquello que bulle de forma natural en si interior». Michel se quedó repasando el fraseo en su espejo literario. Que gran sincronía en esa entrada de blog, la soledad eremita, la espontaneidad reflexiva del fraseo. Pudo ser en «su», pero en «si», abría un nuevo campo, una fe derrata innecesaria, por implicancia semántica en fraseo. Puedes no ser perfecto, pero puedes llegar a ser magnífico, empuja Alejandro Jodorowski, amigo como Rodrigo Rey Rosa, de la escritura automática. Hay una soledad interna, un vacío, un huevo que se gesta y frota día a día, grafo a grafo, línea a línea, descartando, concentrando, depurando, cual conciencia literaria totalmente implicada a sus tramas, personajes, universos. Cuando tú te pones en algo, cuando entras profundamente en algo, ese algo se te manifiesta, y el mundo te da lo que estás buscando, insiste Jodorowski, desde universo periférico. Michel, que recibió un tarot, como regalo de su propio autor, correlaciona sus lecturas, con sus pelis favoritas, y su arcano del día. Si suspendes el tiempo, si entras en lo callado de escribir, entras en silencio en el vacío, en Le pendu. Y el libro de cada muchos seres que te habitan, se abre, cual cósmico hormiguero o cielo neuronal de tu universo, de su inconciente. Vas y vienes, lees y abandonas, luego al otro, luego al otro, luego al otro, en inmersión en tu quietud, en inquieta armonía literaria, cual peregrino interno de tus caminos externos, tus silencios, tus invisibles. Me encanta escribir, escribe alguien, me encanta leer, confirma alguien, me carga este tío, acota x». Michel, ante un caballo libador de agua de luna, se interroga: ¿será finalmente mi novela, de tal y tal coleccionable, very very paceful, very very unncunny? ¿Será acaso una de esas páginas ígneas, que cayéndose de los acantilados miedos, vuela como una rosa esperanza, rumbo a su único destino, y su horizonte? Y no lo olvides Michel, dar saludos literarios a Laura, de Ale.

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