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Una poética del cuento por Cristina Fernández Cubas

El cuento, a ratos, parece un organismo vivo. Un microcosmos autosuficiente que impone sus designios desde las primeras líneas y contra el que no cabe cualquier intento de resistencia. Se diría que sólo el conoce sus propias reglas, no ya las generales —a las que todos podemos llegar con sólo meditar un poco— sino las específicas, las aplicables a cada caso, a cada historia, mucho antes de que lo hayamos concluido. Por eso solemos acercarnos con cautela, hablar de esfericidad, de mecanismo de relojería, de punto de arranque, de intensidad, de concisión… sabiendo que no agotamos, ni de lejos, el extenso inventario de atributos. porque el cuento es también un género escurridizo que se nos escapa de las manos a la menor ocasión; un género en el que vale tanto lo que se dice como lo que se oculta; un género en el que, muy a menudo, se cuenta sobre todo lo que se oculta. Quizá solo se trate de permanecer atentos, y la voz, que empezó siendo nuestra pero que ya no nos pertenece, se encargará de expulsar lo que no le convenga. Aunque a veces ese mecanismo de relojería se convierta en un auténtico detonador de bomba. Y nuestro cuento, pese a todos los esfuerzos, termine explotando irremisiblemente. Cuando esto ocurre, no es raro que, entre asombrados y armados de paciencia, constatemos al cabo de un buen rato que el detonador no está en la historia,  que el lenguaje es conciso y el punto de vista adecuado, que los elementos de inquietud han sido sabiamente dosificados, que posee en fin, todos los ingredientes de un buen cuento… Pero no lo es, porque inexplicablemente hemos equivocado el tono.
Confieso que no sé como se encuentra el tono. cómo se le invoca cuando no aparece, o cómo se produce esa fusión o milagro que nos lleva a creer, exageradamente o no, que de todos los caminos para contar una historia hemos optado por el único. Pero sí sé reconocer al instante cuando no se ha producido. El tono, cada vez más, me recuerda a aquel fantasma que, cansado de permanecer durante años en el mismo castillo, junto a varias generaciones de una familia que ya no le hace el menor caso, decide tomarse unas vacaciones y recorrer el mundo. Nadie reparó en él mientras estaba. Ahora, en cambio, todos echan de menos su presencia.

De Cristina Fernández Cubas en El arquero inmóvil. Nuevas poéticas sobre el cuento.

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