Hemos hablado ya en otras ocasiones de la mirada del escritor, de su importancia y de la necesidad de mantenerla afilada y alerta; pero su trascendencia es tal que es un tema sobre el que se hace necesario volver una y otra vez, para ampliarlo y matizarlo.
La mirada del escritor, la forma en que ve el mundo y ansía transmitirlo, es la base sobre la que se asienta toda su obra, su personalidad como autor y, por supuesto, su estilo. Es en ese aspecto, en la relación entre la mirada y el estilo, donde queremos detenernos hoy.
Con frecuencia los escritores no se preguntan sobre su mirada, como lo prueba el hecho de que sea un tema que rara vez se aborda en podcast, blogs, cursos o talleres de escritura. La mirada del escritor se da por sentada: quien escribe la tiene, por eso lo hace; pero un buen escritor debe ser consciente de su mirada, como debe ser consciente de su estilo. Conocer la propia mirada forma parte de esa escritura consciente que siempre encarecemos.
El ojo del hombre que mira el mundo desde sí mismo
En Ciudad de cristal, la primera novela de La trilogía de Nueva York, Paul Auster (o mejor dicho: su narrador) incluye un pequeño apunte sobre la mirada del escritor. Ese apunte forma parte de un juego de palabras intraducible al español. El personaje de Auster es un escritor de novelas de misterio protagonizadas por un detective privado (private eye, en inglés), y en el fragmento que citamos se juega con la homofonía en inglés de las palabras I (yo) y eye (ojo). Para el narrador de Auster, existe un paralelismo entre un detective y un escritor:
El detective es quien mira, quien escucha, quien se mueve por ese embrollo de objetos y sucesos en busca del pensamiento, la idea que una todo y le dé sentido. En efecto, el escritor y el detective son intercambiables. El lector ve el mundo a través de los ojos del detective, experimentando la proliferación de sus detalles como si fueran nuevos. Ha despertado a las cosas que le rodean, como si éstas pudieran hablarle, como si, debido a la atención que les presta ahora, empezaran a tener un sentido distinto del simple hecho de su existencia. […] Era también el ojo físico del escritor, el ojo del hombre que mira el mundo desde sí mismo y exige que el mundo se le revele.
Hay dos aspectos interesantes en esta propuesta de Paul Auster. Por un lado, está la equivalencia entre I y eye, entre «yo» y «ojo». Nuestro yo, quienes somos, viene determinado en gran medida por nuestra manera de ver el mundo. Son aspectos que se retroalimentan: veo el mundo como lo veo porque soy yo; pero soy yo, en parte, por mi manera de ver el mundo. Esto, que es aplicable a cualquier ser humano, es especialmente cierto cuando concierne a un escritor. Porque el escritor pretende, justamente, trasladar su mirada al lector, hacerle partícipe de su manera de ver el mundo.
El segundo aspecto interesante de las palabras de Auster tiene que ver con la comparación de un escritor con un detective. Si cambiamos la palabra «detective» por la palabra «escritor», el texto de Auster cobra un nuevo sentido: «El escritor es quien mira, quien escucha, quien se mueve por ese embrollo de objetos y sucesos en busca del pensamiento, la idea que una todo y le dé sentido».
El escritor «exige que el mundo se le revele» y luego «ordena» la realidad para el lector, él es quien encuentra la idea que da sentido al embrollo de objetos y sucesos de la realidad. Y al hacerlo, descubre para el lector verdades nuevas, nuevas realidades, o, mejor, verdades y realidades que siempre han estado ahí, pero que el lector no hubiera sabido descubrir por sí mismo.
En palabras de Vladimir Nabokov:
El arte de escribir es una actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción. Puede que la materia de este mundo sea bastante real (dentro de las limitaciones de la realidad), pero no existe en absoluto como un todo fijo y aceptado: es el caos, y a este caos le dice el autor: «¡Anda!», dejando que el mundo vibre y se funda.
Esto quiere decir que el escritor mira todo a su alrededor como la sustancia de la que va a extraer los materiales con los que construirá sus obras. Pero esa sustancia no tiene una forma determinada, es el autor quien la moldea (en cierto modo a su imagen y semejanza) antes de entregársela al lector. Porque eso es lo que busca el lector: miradas nuevas que amplíen, contrasten e incluso refuten la suya. Como apunta Harold Bloom: «Con frecuencia, aunque no siempre sabiéndolo, leemos en busca de una mente más original que la nuestra».
El escritor debe, entonces, mirar con atención la realidad; pero siendo consciente de que no existe una realidad única: cada ser humano percibe «lo real» de una manera propia, esa subjetividad es la base de la narrativa y esa subjetividad es la que busca el lector. Auster dice: «El lector ve el mundo a través de los ojos del detective escritor, experimentando la proliferación de sus detalles como si fueran nuevos».
Mirada y lenguaje
Ahora bien: ¿cómo percibe el escritor esa realidad?, ¿y cómo la expresa? Con palabras. Entramos entonces en la relación entre mirada y lenguaje, entre mirada y estilo.
Auster dice también que el lector «ha despertado a las cosas que le rodean», pero el primero en despertar a las cosas que le rodean es en realidad el escritor. Por la atención que el escritor les presta, las cosas empiezan a tener un sentido distinto, el sentido que les otorga el escritor y que traslada al lector.
Pero Ludwig Wittgenstein dijo que el límite del lenguaje es el límite del pensamiento. Es decir, solo podemos describir (y aun comprender) la realidad mediante el lenguaje, todo aquello que no se puede expresar mediante el lenguaje no forma parte de nuestra realidad ni se puede pensar. De acuerdo con esto, el lenguaje no solo es una forma de expresar el pensamiento, sino que también estructura nuestra comprensión de la realidad
De modo que la capacidad del escritor para nombrar la realidad es determinante. Primero porque solo podrá captar de ella aquello que pueda nombrar. Segundo, porque para trasladarle al lector su idea de la realidad necesitará igualmente servirse del lenguaje.
Así, cuanto mejor sea el dominio del lenguaje del escritor, mejor podrá captar la realidad; es decir, más certera será su mirada. Si ve un «sitial», no lo registrará meramente como «silla» o «asiento», porque comprenderá la connotación de autoridad y ceremonia que tiene la primera palabra con respecto a las otras y sabrá que esa connotación es relevante, que modifica sustancialmente la esencia del objeto.
En resumen, cuanto mejor domines el lenguaje mejor podrás mirar a tu alrededor y comprender los mil matices de la realidad, esa «proliferación de detalles» a la que alude Auster.
Al mismo tiempo, tu mirada condiciona también tu lenguaje. Pensemos en el lenguaje sencillo de Pío Baroja, que trataba de retratar la realidad sin florituras. O en las largas oraciones reiterativas de Thomas Bernhard, fruto de una visión obsesiva de determinados temas. Cada visión del mundo encuentra su modo de expresión: irónico, ampuloso, severo, jovial… Un escritor debería tratar de reflexionar sobre cuál es su visión del mundo y cuál es el lenguaje que mejor puede expresarla. Aunque, en parte, el modo de expresión del escritor surge de manera natural de la visión del autor, ser consciente de ella y buscar la manera de reforzarla o potenciarla siempre es conveniente.
Por supuesto, el lenguaje es también la herramienta para expresar de manera inteligible aquello que el escritor ve. Es mediante el lenguaje como entrega esa visión al lector. No debemos olvidar que el verdadero material del que está hecha la literatura son las palabras; palabras sobre una página es lo único que tendrá ante sí el lector.
Mirada y estilo
De manera que el escritor necesita un dominio absoluto, perfecto, de las palabras y el lenguaje. Pero, todavía más, el escritor necesita usar el lenguaje de un modo que resulte eficaz para trasladar su visión del mundo al lector. Y hacerlo, además, de una manera, en lo posible, original. Recordemos las palabras de Bloom: «Con frecuencia, aunque no siempre sabiéndolo, leemos en busca de una mente más original que la nuestra».
No es solo que el escritor sea capaz de ver lo que nosotros, lectores, no vemos, y ordenarlo de un modo que lo dota de un nuevo sentido (y pensemos que ahí ya hay originalidad). Además, el escritor es capaz de expresar esa realidad de una manera novedosa. Usa el lenguaje como no lo hacemos los demás. Cuidado, esto no significa que el escritor use palabras diferentes (de menos uso, más cultas, arcaicas o técnicas…); por el contrario, el escritor usa las palabras que todos usamos a diario, pero lo hace de manera diferente, más expresiva, elocuente y comunicativa.
Esa expresividad viene dada, en gran parte, por el uso de recursos de estilo: metáforas, personificaciones, quiasmos, retruécanos…, que ayudan a crear imágenes vivaces en la imaginación del lector. Hemos dicho que el lector solo tiene ante sí palabras en una página: es su imaginación la que transforma esas palabras en personajes, lugares y situaciones. Para que esas imágenes sean lo más parecidas posible a las que en el momento de la creación imaginó el escritor (aunque nunca lo serán del todo), este debe tener mucho cuidado a la hora de elegir las palabras. Y si quiere que esas imágenes resulten vivaces, coloridas, potentes, que despierten la atención del lector…, debe cuidarse también del modo en que usa el lenguaje para crearlas.
En resumen, la mirada del escritor y el lenguaje que este usa para trasladarla al lector están indisolublemente unidas. Por eso, en nuestro Curso de Estilo dedicamos un par de temas a este asunto: uno sobre esa mirada y otro sobre los recursos de estilo de los que el escritor dispone para expresarla.
El Curso de Estilo es un curso muy completo donde aprenderás tanto la importancia del lenguaje y cómo usarlo con eficacia desde la composición de las oraciones a la elección de las palabras; así como el modo de usar recursos estilísticos para jugar con el rimo o expresar tu visión del mundo.
El permanente uso de palabras y la intensión para describir lo imposible de describir te da una destreza. Es la constancia en buscar tu lenguaje, eso hace la diferencia, ya que no es espontáneo, es laborado y buscado.
En la escritura de la novela se desarrolla mucho, estás obligada a tener un tono o hasta dos, si tienes dos o más narradores, y no es escribir una página, es fruto de arduo y largo trabajo y planteamiento.
Eso es lo que más me gusta de la novela.
Habrá quienes se adornen, a mí la palabra más escueta y burda, la simple, es la que más me agudiza.
Buen tema!