La muerte del crítico como «juez de la literatura»

La crítica literaria, tal y como la entienden muchos, siempre me ha parecido una futilidad. Me refiero a la crítica que intenta sentar cátedra, como si la literatura fuera una religión llena de dogmas intocables y el señor crítico, un miembro de la Gestapo. Para las opiniones, y ya no digamos para el arte, no hay vara de medir objetiva tal y como la hay en la Física (no cuántica) o en las Matemáticas (Gödel mediante), mal que le pese a muchos humanistas.

A la crítica, entonces, le concedo el mismo valor que a una sinopsis o a un spot como el de Bacardi, quizá sólo con un poco más de crédito. O con un poco menos: la dinámica por la cual se generan muchas críticas negativas o positivas concatenadas hacia un mismo libro es bien conocida por los teóricos de la mente, de los memes, de las modas y del azar acumulativo.

Afortunadamente, ya hemos dejado atrás al crítico como “juez de la literatura”, a la persona con conocimientos lingüísticos y literarios suficientes para leer capazmente literatura clásica, corregir errores, aclarar un sentido oscurecido y establecer una jerarquía canónica entre las diferentes autoridades.

Los que postulan cánones y normas no saben o no quieren desprenderse de su mirada rectilínea. Pero la crítica y los conceptos teóricos de la literatura no son inmutables, fluctúan y evolucionan a lo largo del tiempo y mantienen entre sí una relación dialéctica. Incluso cada vez se pueden abrir más y más divisiones y subdivisiones, habida cuenta de que las fuentes de crítica aumentan con los el tiempo, se especializan, se dirigen a públicos cada vez más concretos.

Fuente: Papel en blanco

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CATEGORÍAS: Crítica literaria

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