Cómo se fragua un argumento

Puede que resulte interesante dedicarle unos renglones a reflexionar sobre el proceso que seguimos cuando nos ponemos a escribir; proceso cuyo origen puede estar en una imagen, una palabra, un gesto, una chispa poética preñada de posibilidades y que es, con frecuencia, solo una intuición en la mente del escritor. […]

La realidad suele ser el detonante de muchas historias por eso el escritor debe estar atento a todo lo que ocurre a su lado. Debe tener una mirada capaz de percibir la realidad, pero también algo más: debe saber encontrar las grietas de esa realidad, los huecos que se ocultan en sus esquinas, eso que pasará desapercibido a una mirada fugaz. Es ahí donde está muchas veces el germen de una historia.

Con frecuencia se piensa que para construir historias se precisa una gran imaginación. Yo creo que más bien se necesita una manera diferente de mirar. Conseguirla será cosa de mirar mucho y de educar la mirada: mirar el mundo, sí, pero con una intención, la de detectar aquellos elementos que podrían convertirse en historias. Supongo que también hay que tener un cierto gusto por la elucubración. […]

De esa luz que podríamos llamar intuición, y de las infinitas posibilidades que sospechamos nos puede ofrecer, surge el deseo de escribir. Deseo que, en un primer momento, es el deseo del lector que espera que la historia le sea revelada. Será el primero en vivirla. Pero no vale cualquier historia. De las múltiples que podemos imaginar solo sobrevivirán las que sean capaces de atrapar a uno de nuestros fantasmas internos. De ese encuentro surgirá la incertidumbre de qué podría pasar y el compromiso necesarios para continuar la historia.

«Escribiendo a partir de aquello que nos obsesiona y excita y está […] integrado en nuestra vida se escribe mejor, con más convicción y energía, y se está más equipado para emprender ese trabajo apasionante, pero asimismo, arduo, con decepciones y angustias, que es la elaboración de una novela», dice Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista.

 

Gloria Fernández Rozas. Escribir y reescribir

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