En el encuentro de preguntas y respuestas que tuvimos el pasado mes de septiembre alguien planteó la pregunta acerca de la diferencia entre mostrar y contar. (Por cierto, habrĆ” un nuevo encuentro el próximo 17 de febrero, si quieres asistir puedes apuntarte en el formulario que encontrarĆ”s al otro lado de este enlace). El de Ā«mostrar, no contarĀ» es un tema significativo, porque si hay un consejo que los escritores reciben sin cesar es el archifamoso Ā«muestra, no cuentesĀ». De manera que parece importante conocer quĆ© es contar y quĆ© es mostrar, para reconocer cuĆ”ndo usamos uno o el otro. En el artĆculo de hoy trataremos de aclararlo, con un ejemplo que pueda ilustrar cómo funciona el texto cuando muestra.
Mostrar, no contar (pero no siempre)
Antes de tratar de explicar en qué consiste mostrar y qué herramientas lo facilitan, es necesario hacer una aclaración previa: el famoso adagio «muestra, no cuentes» no es un consejo que deba aplicarse todo el tiempo.
PodrĆa decirse que mostrar y contar son dos herramientas, dos tĆ©cnicas distintas y que, por tanto, no sirven para lo mismo. CoincidirĆ”s con nosotros en que aconsejar el uso de una misma tĆ©cnica a lo largo de todo un texto (especialmente si se trata de un texto largo, como una novela) no tiene mucho sentido. Recurriendo al ejemplo que siempre usamos, el de nuestro querido carpintero: no construirĆ” su mesa usando una sola de sus herramientas, por efectiva que esta sea. Por el contrario, elegirĆ” su herramienta en función de lo que quiera hacer en cada momento: serrar, clavar, lijar, tornear⦠Exactamente lo mismo sucede a la hora de escribir: a veces querremos mostrar, otras contar, en función de lo que convenga en cada ocasión dependiendo de cómo queramos contar la historia.
La cuestión no estriba, entonces, en Ā«mostrar, no contarĀ», sino en saber cómo se muestra y cómo se cuenta y, tambiĆ©n, para quĆ© se muestra y para quĆ© se cuenta. Y despuĆ©s tener la inteligencia narrativa que te permita distinguir cuĆ”ndo necesitas usar una u otra herramienta. Y es que, como decĆamos el otro dĆa, Ā«el arte tambiĆ©n estĆ” hecho de artesanĆa, es decir, de absoluto dominio tĆ©cnicoĀ».
QuƩ es mostrar y quƩ es contar
Para explicar de quĆ© se habla cuando se habla de mostrar y de quĆ© cuando se hace de contar, traeremos a colación algunos conceptos auxiliares instaurados hace mucho por Platón: la mĆmesis y la diĆ©gesis.
La mĆmesis es, de acuerdo con la RAE, la Ā«imitación del modo de hablar, gestos y ademanes de una personaĀ». Mientras que la diĆ©gesis, tambiĆ©n segĆŗn la RAE, es Ā«en una obra literaria o cinematogrĆ”fica, desarrollo narrativo de los hechosĀ». Con esto ya vamos comprendiendo mejor a nuestra pareja: la mĆmesis se corresponderĆa con el famoso mostrar, cuando llevamos al texto el modo de hablar, los gestos y los ademanes de un personaje; mientras que la diĆ©gesis serĆa el contar, el desarrollo narrativo de los hechos.
Profundicemos aún mÔs para que quede claro en qué consiste cada concepto. Usaremos esta vez otra nomenclatura, esta propuesta por el teórico de la literatura Gerard Genette, quien distingue entre relato de palabras y relato de acontecimientos.
- El relato de palabras es aquel que se centra en el discurso o pensamiento de los personajes, mostrando sus diƔlogos o pensamientos.
- Por su parte, el relato de acontecimientos es la narración de hechos, acciones o estados, es el que se centra en la acción, el «hacer» o «suceder» y narra hechos ordenados cronológicamente.
De manera que el relato de palabras se corresponderĆa con la mĆmesis y con el mostrar. Y el relato de acontecimientos lo harĆa con la diĆ©gesis y el contar.
Lo resumimos con una fórmula:
Mostrar (showing) = mĆmesis = relato de acontecimientos
Contar (telling) = diƩgesis = relato de palabras
Pero, como siempre sucede, esta explicación teórica se comprenderÔ mejor reforzada por un ejemplo prÔctico.
Un ejemplo
Veamos entonces un ejemplo que nos permita examinar cómo un narrador alterna entre la descripción de acciones (mostrar, mĆmesis, relato de acontecimientos) y la reproducción de voces (contar, diĆ©gesis, relato de palabras). Usaremos como tal el inicio del tercer capĆtulo de La soledad era esto, de Juan JosĆ© MillĆ”s.
El domingo, Elena se levantó de la cama con mal sabor de boca y ardor de estómago. Lo atribuyó al hecho de haber tomado mucha miel la noche anterior, en el transcurso de un ataque de hambre producido por el hachĆs. Se preparó un baƱo al que se entregó sin placer y pensó vagamente en depilarse la pierna izquierda, pero habĆa quedado con Juan y con Mercedes, sus hermanos, en la casa de su madre y conjeturó que llegarĆa tarde si dedicaba mucho tiempo al aseo personal. Se vistió unos pantalones vaqueros y un jersey viejo sobre los que se puso una gabardina de su marido que le gustaba especialmente. No llovĆa, pero el cielo seguĆa encapotado y las fachadas de los edificios mostraban grandes manchas de humedad. Condujo sin prisas, retrasando el acontecimiento, y entró en el barrio por la parte de atrĆ”s para reconocerse en el deterioro de las aceras que habĆan constituido el paisaje de su juventud.
Cuando llegó al piso de su madre, sus hermanos ya estaban allĆ, esperĆ”ndola. Mercedes lloraba en el sofĆ” del salón y Juan le acariciaba mecĆ”nicamente la cabeza.
āĀæQuĆ© pasa? āpreguntó Elena.
āLe ha impresionado entrar āreplicó Juan.
La casa estaba oscura, como el dĆa. La disposición de los objetos y los muebles evocaba aĆŗn la presencia de la madre, o de su memoria. Tan solo una mayor acumulación de polvo en las zonas oscuras del mobiliario y en la pantalla del televisor hacĆan sugerir un abandono.
āHuele a cerrado āseƱaló Elena.
āHuele a muerte āaƱadió su hermana entre sollozos.
āMamĆ” murió en el hospital.
āNo importa, huele a muerte ā–insistió.
Elena se acercó a la puerta de la terraza y la abrió, pero no notó que la atmósfera interior ganara algo con ello; es mĆ”s, le pareció que el ambiente mortuorio de las calles era la emanación de la muerte atenuada que se respiraba en el interior de la vivienda. HabĆa comenzado a llover de nuevo, pero el agua ādifuminada y borrosaā caĆa sobre los tejados como una gasa que hubiera sido aplicada anteriormente sobre un cuerpo agonizante.
Elena fue a la cocina y comprobó que habĆa algĆŗn alimento en proceso de descomposición, que guardó con asco en una bolsa de plĆ”stico. Alguien se habĆa ocupado de desconectar el interruptor general de la luz cuando su madre fue trasladada al hospital, pero no se le habĆa ocurrido mirar si habĆa algo en la nevera. Abrió tambiĆ©n la ventana de la cocina y se estableció una corriente hĆŗmeda que le produjo un estremecimiento. Volvió al salón.
āHabĆa comida en la nevera ādijo.
āSi yo no viviera en Barcelona, me habrĆa acercado a limpiar cualquier dĆa ārespondió su hermana en tono de reproche.
Juan y Elena intercambiaron una mirada de solidaridad, pero permanecieron en silencio. Estaban sentados los tres en el semicĆrculo formado por el tresillo, frente al televisor. Elena contempló a su hermana, que le ofrecĆa el perfil derecho, y tuvo la impresión de estar mirando algo muy antiguo. DespuĆ©s dejó resbalar la mirada por la superficie de los muebles, oscuros de color y torturados de forma, anotando que mostraban una opacidad turbia, tras la que se agazapaba una sospecha. Notó un movimiento en sus intestinos, pero la idea de utilizar el cuarto de baƱo de aquella vivienda le resultó repugnante. HabĆan ido a vaciar la casa, a clasificar los objetos, pero permanecĆan sentados, como a la espera de una decisión ajena a sus voluntades.
Elena es la protagonista de La soledad era esto, una novela que cuenta su transformación mediante el aprendizaje de la soledad y que, a través de su personaje, ofrece una visión de la vida a finales del siglo XX.
En el capĆtulo tres, Elena se reĆŗne con sus hermanos para vaciar el piso de su madre, muerta recientemente. El capĆtulo se inicia con un relato de acontecimientos (contar) en el que el narrador nos cuenta cómo se prepara Elena para acudir a la cita con sus hermanos. Como ves, lo que hace el narrador es presentar el desarrollo narrativo de unos hechos: Elena se levanta resacosa porque el dĆa anterior fumó hachĆs, toma un baƱo, se viste y se desplaza hasta el barrio donde vivió su juventud. TambiĆ©n tenemos relato de acontecimientos (contar) en las descripciones: del dĆa lluvioso, del barrio envejecido de los muebles polvorientos del salón… que contribuyen a crear una determinada atmósfera.
Pero despuĆ©s entra en acción el relato de palabras, la mĆmesis o el mostrar. Asistimos al Ā«decirĀ» de los personajes, Elena, Mercedes y Juan, cuyo diĆ”logo leemos. Y tenemos la narración de gestos y ademanes de los personajes: Juan acaricia de manera mecĆ”nica el pelo de Mercedes, Elena abre la puerta de la terraza, retira comida en mal estado de la neveraā¦
Recordemos que el relato de palabras también anota los pensamientos de los personajes, algo que vemos igualmente en este fragmento de MillÔs, donde se nos presentan algunos pensamientos de Elena: por ejemplo, su desagrado ante la idea de utilizar el baño de la casa; o cuando el narrador apunta: «Le pareció que el ambiente mortuorio de las calles era la emanación de la muerte atenuada que se respiraba en el interior de la vivienda».
En este caso, los pensamientos de Elena no se presentan directamente (por ejemplo, entrecomillados), sino filtrados por el narrador, que focaliza en ella. Y es que el mostrar tiene distintos grados, desde el mÔs puro (un diÔlogo, un monólogo interior) que nos permite conocer de forma directa los pensamientos del personaje, hasta otros mÔs mixtos, en los que el narrador mediatiza esos pensamientos. Es el autor quien decide el grado de pureza con el que mostrarÔ. Y esa decisión obedece tanto a una cuestión de estilo y visión, como a una cuestión de lo que pretendamos conseguir con el fragmento concreto en el que trabajamos.
Las mejores herramientas para mostrar
ĀæCuĆ”les serĆan entonces las mejores herramientas para mostrar en nuestras obras?
La primera de ellas, sin duda, la escena. Tenlo presente: el mostrar suele apoyarse en el diÔlogo, porque se corresponde con ese relato de palabras que nos presenta el decir de los personajes. Y también suele presentar la narración de acciones y gestos de los personajes. Ambos elementos se corresponden con la definición de escena, que suele incluir diÔlogo por defecto y en la que vemos a los personajes actuar (moverse, gestualizar).
Pero serĆa un error apoyarse Ćŗnicamente en la escena (en una sucesión de escenas) para presentar el enorme flujo de información de una obra extensa (algo que sĆ podrĆa funcionar en un relato). Si Ćŗnicamente usases la escena el ritmo de la obra en su conjunto resultarĆa monocorde y quizĆ” habrĆa información que te resultarĆa difĆcil dar.
Por suerte, tenemos otras herramientas que pueden servir igualmente al relato de palabras, como aquellas que representan los pensamientos del personaje: monólogo interior, flujo de conciencia y estilo indirecto libre.
Contar
Y no olvides que contar tambiĆ©n es una posibilidad vĆ”lida, muy Ćŗtil a la hora de aportar contexto, valorar los acontecimientos, crear atmósferas, presentar información con la intención de caracterizar al personaje, crear transiciones entre escenas o, como es tan comĆŗn en la narrativa contemporĆ”nea, lograr que el narrador āaunque sea en terceraā se convierta en un personaje en sĆ mismo, una voz peculiar.
Es decir, y como seƱalĆ”bamos al comienzo, se trata de comprender en quĆ© consiste cada una de estas dos opciones, mostrar y narrar, entender sus posibilidades de uso (fĆjate para ello en cómo las emplean otros escritores en sus obras) y decidir cómo las usarĆ”s en función de tu estilo, el tema, el tono y el registro que consideres adecuados para ese tema y acordes con tu estilo⦠No hay una proporción exacta en que deban emplearse, no hay una Ćŗnica receta; debes dar con la tuya, y probablemente varĆe con cada texto que escribas. Esa es la complejidad y la magia de la creación literaria.
Si quieres compartir un par de horitas hablando de esa magia y esa complejidad, con otros entusiastas como tú del arte literario y la palabra escrita, no te pierdas el encuentro de la semana que viene. En este enlace tienes la información y el formulario para unirte.
Muy cierto, me gustó la diferenci entre contar y mostrar, gracias, te sigo
Hola! Creo que confundieron el nombre del libro, hablan de que Elena es la protagonista de Ā«El desorden de tu nombreĀ», pero el libro es, como dijeron mĆ”s arriba, Ā«La soledad era Ć©stoĀ». De todas maneras les agradezco el error, porque asĆ pude encontrar ese libro, que ya me invita a leerlo š
Saludos!
Gracias por estar al quite del gazapo, Claudia. Lo corrijo. Un abrazo.
Ortega y Gasset, en Ā«Ideas sobre la novelaĀ» escribe que Ā«un novelista que me CUENTA que un personaje es melancólico me obliga a imaginar a una persona melancólica, pero deberĆa MOSTRARME y descubrirme (con sus actos) que es melancólico sin decĆrmeloĀ»
Excelente aporte, Luis, muchas gracias.
Un abrazo.